La calle no estaba desierta. Un cuerpo estaba sentado con la espalda apoyada sobre la puerta de un coche que se había estrellado contra otro que permanecía aparcado a un lado de la calzada. Sobre la cabeza del muerto, un ser amorfo ataviado con unas prendas de un color terroso y de aspecto vomitivo de pies a cabeza, la ventanilla rota mostraba lo que otrora hubiera sido un cuerpo de alguien que había perdido la vida mientras conducía, dos meses atrás. Eran restos descompuestos y roídos, algunos permanecían dentro del coche, otros habían sido arrancados por el zombi y yacían al lado del no-muerto. Nada más que huesos y jirones.
El no-muerto permanecía totalmente quieto. Las lluvias de los días anteriores parecían haber podrido un poco más la carne tumefacta, que había tomado un aspecto incluso verdoso. “El color del helado de pistacho” pensó. Era asqueroso. Roberto llegó a pensar que quizá aquel ser llevaba allí sentado semanas, pudriéndose bajo la lluvia, esperando el momento de levantarse de allí sin que este llegara nunca. Al final, fruto de quién sabe qué efectos, su cara era una pasa arrugada de la que colgaban jirones de pelo negro tan finos que Aun así el no-muerto le infundía una compleja sensación, mezcla de una pizca de respeto y un mucho de miedo.
“Parece muerto. Muerto de verdad digo ¿Pero si hubiera muerto cuando el resto no estaría ya descompuesto? ¡Más aun! ¿No se lo habrían comido aquellos jodidos zombis hasta dejar los huesos bien limpios? No te fíes Rober, no te fíes ni un pelo. Ese de ahí se moverá en cuanto te vea. Vaya si no lo hará”. El duendecillo de su cabeza parecía incluso nervioso. A Roberto le sorprendió: Él no lo estaba tanto.
De su cabeza, tendida hacia abajo como apoyando la barbilla en el pecho, frágiles mechones de finísimo y débil cabello brotaban erráticos de la calva incipiente de aquella cosa inanimada tapándole parcialmente los ojos. Roberto tenía la impresión de que el siguiente soplo de aire sería el que dejara a aquella cosa definitivamente calva. Por suerte para Roberto, Albóndiga lo había olido con bastante antelación y se había alterado, bajando el rabo entre las piernas y gimoteando como un cobarde que suplica por su vida. Él le había ordenado que dejara de hacer ruidos con un gesto inquisitivo y el perro, por lo visto, lo había entendido. Ahora estaba allí, detrás de otro coche a unos cuarenta metros, mirando a través de la ventanilla de otro vehículo.
Para moverse, Roberto debía ser extremadamente cauteloso ya que a cada paso, todos los objetos que llevaba a la espalda (arco, latas, un hacha, etc.) tintineaban delatando traicioneramente su posición. Con toda la calma del mundo y casi a cuatro patas, Roberto empezó a desplazarse entre los automóviles aparcados alejándose poco a poco de aquella cosa. Pronto las pocas casas se acabarían, los arcenes de la carretera se estrecharían y no quedaría nada que pudiera ocultar su posición. No obstante, confiaba en que la distancia entre el zombi y ellos fuese lo suficientemente grande como para disuadir a la cascada máquina de pensar de aquella cosa de levantarse y comenzar una patética persecución.
Aquel adefesio no era un problema para él. En caso de duda podía correr y dejarlo atrás. El trayecto que iba a recorrer era cuesta abajo, unos quinientos metros, serpenteando carretera abajo hasta otro sendero que volvía a internarse por la montaña. En esos quinientos metros le podía incluso sacar unos cuatrocientos de ventaja al muerto. Eso si una de sus piernas podridas no se desprendía del tronco en el trayecto, cosa que Roberto no descartaba. Lo que sí le preocupaba eran las miradas vacías que notaba sobre su nuca. Sabía que lo estaban observando desde dentro de las casas, que los muertos tras las ventanas se relamían mirándole.
No tardó en darse cuenta de que sus intuiciones eran correctas. En tanto en cuanto su vista se adecuó a la nueva escena, Roberto empezó a identificar rostros, facciones tras las ventanas, ligeros movimientos en los patios exteriores de las casas. Todos habían permanecido ocultos a su percepción a llegar a la carretera pero ahora eran perfectamente visibles. Eran miradas vacías de todo, excepto de ansia parsimoniosa. Abstraído de todo, Roberto no escuchaba como Albóndiga comenzaba a gruñir de forma ronca y seca mientras el semi-descompuesto no-muerto se erguía a duras penas sobre sus cuartos traseros. Sólo cuando los torpes pies desnudos de aquella cosa inflada por el exceso de fluidos empezaron a hacer crujir las perlas de cristal de las lunas rotas del coche sobre el que estaba apoyado cuando Roberto salió del pequeño trance y se dio cuenta de que el sigilo ya era inútil.
Ante la mirada vacua de aquellos muertos Roberto se lanzó a la carrera con una escopeta en su funda dando bandazos a su espalda, un arco enganchado a la mochila rebotando sobre las tiras de nylon que lo sujetaban y un montón de latas y demás menesteres golpeándole la columna sin piedad pese al moderno soporte lumbar de goma-espuma de la amplia mochila de travesía. Tras él, Albóndiga brincaba jovial con la lengua colgando sin el menor atisbo de nerviosismo. Ambos se dirigieron por en medio del asfalto hasta dejar atrás las casas.
Unos quinientos metros (cuesta abajo, todo un lujo) más abajo, después de pasar al lado de un caserón inmenso, Roberto y Albóndiga se internaron de nuevo en el monte por otra de aquellas amplias pistas forestales tras sortear una pequeña verja dispuesta para impedir el paso a los vehículos. En un par de kilómetros llegarían a una carretera secundaria que cruzaba aquel bosque de pinos y que, posteriormente en un desvío, se dirigía hacia la costa sin llegar a internarse en ninguna de las dos poblaciones colindantes.
Para Roberto, aquella era la mejor opción para acercarse un poco a Barcelona sin llamar demasiado la atención. Luego ya pensaría qué hacer ¿Acaso no decían que caminar iba bien para pensar? Pues ahora tenía mucho, mucho tiempo para pensar.
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