Caminaba por en medio de la carretera bajo el encapotado cielo de un invierno que está llegando a su fin. Era raro caminar por en medio de la carretera aunque agradecía por fin poder pisar un firme liso después de la caminata que se había pegado entre el día anterior y este. Por allí no había coches aparcados, ni estrellados contra los árboles, ni nada. Sólo estaban Roberto y su nuevo acompañante, Albóndiga. Cuando hubo recorrido un kilómetro y medio desde que tomara la carretera, la extraña pareja llegó a una rotonda amplia, con el centro poblado de un césped excesivamente crecido y sobre la cual se podía empezar a ver la población que quedaba a menos de un kilómetro de allí.
De la rotonda, como cuatro puntos cardinales, surgían cuatro carreteras. Caminos no volvería a tomar jamás. El primero, el que accedía desde el sur, era de donde llegaba Roberto. El segundo avanzaba hacia el norte en dirección a Barcelona, pero cruzando todas las poblaciones existentes en los siguientes veinte kilómetros. El tercero era un camino cuesta arriba, en dirección al oeste, y curiosamente subía hasta la ermita del Bruguers justo donde Roberto había tenido aquel encuentro con aquellos incordios andantes que eran los muertos para luego serpentear hasta diversas poblaciones interiores. Roberto había decidido no seguir el descenso por la carretera y, en cuanto pudo, se había introducido de nuevo en el bosque esperando que, si los no-muertos se decidían a perseguirlo, se dieran una buena vuelta disfrutando de aquella preciosa vegetación mediterránea. El último de los cuatro desvíos se dirigía cuesta abajo, hacia el este, en dirección a la costa. Esa era la elección de Roberto, si bien no la primera, sí la que había decidido tomar finalmente. Y ahora allí, parado como si estuviera realizando un “ceda el paso” infinito, aun le parecía mejor idea.
Albóndiga le miraba con una lengua fuera y su mirada desquiciada, como esperando a que su dueño se animara a tomar un nuevo rumbo. El pobre y escuálido perro alargó una de sus patas para tirar con su zarpa del pantalón mientras emitía un bronco ronquido que ni con la mejor intención hubiera parecido un ladrido. Sin duda, el perro tenía una infección portentosa en la garganta que le impedía ladrar en condiciones y Roberto tenía intención de ayudarlo en lo posible para que mejorara: Le daría de comer todos los días. Poco podía hacer más.
– ¡Vamos, vamos! – Dijo Roberto mirando al perro. – ¡No te haré perder más el tiempo, don importante! Nos ha salido exigente el amigo. Venga va, a moverse que nos enfriamos. – Albóndiga contestó a Roberto con una serie de torpes cabriolas perrunas entre sus piernas mientras su lengua bamboleaba al aire.
De esta guisa, ambos se pusieron en marcha en dirección hacia la costa. El perro siempre sacaba el lado positivo de las cosas (ese era el pensamiento que Roberto había empezado a sentir ante el júbilo que el perro presentaba en casi el cien por cien de las elecciones que Roberto tomaba) y Roberto se alegraba de tenerlo a su lado pues reír no era una cosa fácil con los tiempos que corrían.
Aun les quedaban un par de kilómetros hasta que alcanzaran la plana y basta extensión que era el delta del Llobregat, de modo que aun podía ver algunos kilómetros de mar ante sus ojos. Por delante tenía carreteras a cruzar, huertos que caminar y vías de tren que saltar. Y por las tres vías podía acceder hasta Barcelona. Incluso había pasado por su cabeza llegar a la playa y caminar por allí, aunque descartó aquella idea casi automáticamente.
Ya decidiría por donde ir cuando le viniera la inspiración. Total, tampoco tenía prisa. Las nubes distaban mucho de aquellas que días atrás había descargado agua en cantidad. Incluso parecía hacer menos frío. Roberto se preguntó por cuánto debía de quedar hasta que la primavera entrara en escena y concluyó que no quedarían más de dos o tres semanas. El tiempo pasaba rápido cuando no había un calendario que seguir.
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