Episodio V

Tras la rotonda y luego el puente: otra rotonda. Parecía absurdo que todo estuviera plagado de aquellas islas entre el asfalto. Sin coches todo resultaba extrañamente absurdo. Roberto dudaba ahora si los automóviles estaban al servicio del hombre o era lo contrario.

Tras la rotonda, un edificio de Aena vallado con una verga de reja metálica rematado con alambre de espino y con torre de control propia permanecía abandonado. Entre el aparcamiento y el edificio principal una basta extensión de césped se extendía por decenas de metros, con la hierba tan crecida y frondosa que parecía un trigal verde y fresco. A su izquierda un centro comercial dedicado a la jardinería permanecía cerrado, el edificio de madera y cristal parecía ahora una mole fuera de contexto.

Tras dos rotondas más, una de ellas gigantesca, (ahora Roberto lo tenía claro: Los coches habían desbancado al hombre en la escala de la evolución), Roberto tomó un desvío a su derecha. Era una carretera recta de unos tres kilómetros, que daba de pleno al paseo marítimo y al mar. Pasando, claro está, por en medio de uno de los barrios más lujosos de la zona. Como Roberto no tenía intención de ser atacado por el zombi de alguno de los futbolistas del F.C. Barcelona que por allí solían vivir, en cuanto tuvo oportunidad tomó un desvío a su izquierda, por un camino de tierra.

Cuando las tripas de Roberto, y más que seguramente también las de Albóndiga, empezaron a sonar, el terreno cambió de nuevo para volver a acoger aquellos huertos tan curiosos. Cada cierta distancia, una caseta aparecía en medio de los desiertos huertos que se arrebujaban en torno al camino de tierra aun húmeda por las lluvias del día anterior. Aquellas chozas eran auténticas cabañas destartaladas realizadas con lo primero que uno pillaba: desde Uralita hasta un somier, pasando por el mítico e insustituible palé de obra color abedul. Al cabo del día Roberto llegaría a ver de todo formando parte de aquellas chozas, incluso puertas de coches. Y esbozó una sonrisa al pensar que incluso parecía que el fin del mundo hubiera llegado antes allí. Donde unos hipotéticos supervivientes habían hecho crecer las más variopintas e improvisadas viviendas. ¿Quizá así fueran los campamentos de los supervivientes de un futuro no muy lejano?

Sólo el tiempo lo sabía

Alrededor de las casetas, las desoladas y estériles hectáreas de terreno habían perdido su capacidad para dar productos de alguna utilidad y empezaban a ceder ante el apremiante avance de las malas hierbas, aun tímidas y escasas. Roberto se preguntó que cuántos jubilados estarían a cargo de toda aquella extensión de tierras de cultivo antes de que la gente no se despertara aquel fatídico día hacía ya un par de meses. Del mismo modo se planteó sobre lo útil que le hubiera resultado aprender algún truquito de horticultura para poder sacar buen provecho de todo aquello. No obstante, ya era demasiado tarde ¿Quién hubiera anticipar que el mundo se iba a acabar? Es más ¿Quién, en su sano juicio, se hubiera planteado aprender a cultivar para estar prevenido en caso de ataque zombi? Era de locos.

Continuó su marcha tranquila y sosegadamente en dirección al norte por aquella carretera que parecía eternizarse mientras su pensamiento caminaba en otra dirección. Se sentía algo desconcertado, tenía un sabor de boca extraño y no acertaba a adivinar el por qué. Su parte consciente le decía que era normal, que estaba solo en un mundo extraño y nada corriente, donde todo era tan familiar como diferente y su vida pendía de un hilo constantemente. Sus padres y sus amigos se habían quedado en el camino. Él, por lo visto, estaba sólo y posiblemente le esperaba un horrible final, peor que cualquiera de los que se habían ido a dormir para no despertar jamás o pasarse al bando contrario. Su parte racional de daba todos los motivos, buenos motivos sin duda, pero lo notaba en sus tripas: Ese no era el auténtico motivo.

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