Debía de haber recorrido unos cuatro kilómetro desde que cruzó la autopista cuando en su camino se cruzó con una riera. Estaba seca, pues las lluvias habían sido intensas en cantidad pero escasas en el tiempo y no habían dado tiempo a que el agua se acumulara demasiado. Sólo un fino hilillo de agua discurría serpenteando por el centro de los seis metros de amplitud del canal, entre arbustos, cañas y maleza. Los dos muros de hormigón llenos de graffitis prácticamente en el cien por cien de su superficie cruzaban su camino perpendicularmente en dirección al mar.
En cuanto estuvo delante del muro de hormigón, el camino que había estado siguiendo tomó la misma dirección al este otra vez, paralelo a la riera. Saltó uno de los muros con Albóndiga dentro de su chaqueta otra vez, pues no tenía intención de caminar más en aquella dirección. Albóndiga no protesto y aceptó con agrado que su nuevo amo lo levantara y se lo colocara tan cerca y, en cuanto tuvo ocasión, el perro le lanzó un lametazo a la mejilla izquierda y le dedicó su mejor ladrido asmático en lo que pareció una señal de agradecimiento. Al saltar al otro lado del muro, sus pies se posaron sobre tierra húmeda y se hundieron varios centímetros en la tierra sedimentaria que allí se agolpaba.
Albóndiga no tardó en ir a beber del hilillo de agua que por allí discurría. Roberto en cambio no se atrevió a hacerlo, pese a que el agua era de la lluvia de los últimos días y se veía cristalina y limpia. Apartó las altas y molestas cañas que habían crecido en la tierra y se lavó la cara con el agua fresca. Al hacerlo se despabiló al momento: Llevaba horas caminando, necesitaba comer.
Roberto tomó conciencia de que “la hora de comer” ya había quedado demasiado atrás y no debía demorarse más. Decidió hacer un alto en el camino allí, protegido entre los muros de la riera y amparado por unos coloridos dibujos caricaturescos y amorfos, Roberto preparó una de sus deliciosas latas de comida pre-cocinada. En cuanto Albóndiga percibió a Roberto quitarse la aparatosa mochila y buscar el pequeño fogoncillo para poder calentar el alimento se acercó raudo y empezó a darle vueltas saltando como un poseso emitiendo extraños gruñidos. A Roberto le parecía un sonido de lo mas encantador. Albóndiga no llevaba collar así que tuvo que agarrarlo cariñosamente del cuello para poder acercarlo y rascarle la coronilla, entre las dos orejas colgantes. Mientras el perro movía la cabeza de puro placer, la baba le chorreaba lengua abajo.
Sacó una lata de fabada y la abrió tirando de la anilla. Puso la lata haciendo equilibrios sobre el fuego del camping gas, que había sido colocado junto al muro de hormigón para resguardarlo de la leve brisa, y se sentó en el suelo, sobre la mullida tierra y las malas hierbas. Se estaba cómodo y no estaba siendo un día excesivamente frío para mantenerse tan nublado como los días anteriores. Se encendió un cigarrillo acercando con la misma llama que estaba calentando la comida y se tumbó hacia atrás, con el pitillo en la boca y los brazos cruzados tras de la cabeza.
Al momento, Albóndiga se le había subido al pecho y se había hecho una bola metiendo la cabeza entre las patas delanteras casi sin él darse cuenta. Roberto miró a las nubes y se preguntó si en algún otro momento se había sentido tan vivo. Las nubes bailaban parsimoniosas en tonos blancos y grisáceos a kilómetros de altura en un espectáculo que siempre había pasado desapercibido para él. Ahora las miraba y sabía que no descargarían agua, en su otra vida lo hubiera consultado en Google y todo para salir disparado un sábado a hacer alguna actividad previamente planificada después de cinco días agobiantes. Ahora el tiempo era íntegramente suyo cada segundo de cada minuto.
¡Dios, incluso olía diferente! Apagó el cigarro recién encendido con cuidado para no romper el fino papel y lo guardó de nuevo en el arrugado paquete, luego aspiró hasta que sus pulmones dijeron basta y aguantó la respiración como intentando retener los olores que ahora su órgano captaba. Olía a hierba fresca y a tierra húmeda. Olores que, no sabía por qué, le recordaban a su infancia cuando se escapaba al campo tras la lluvia a hurgar en la tierra y sacar lombrices. “Huele a lombrices” se dijo para sus adentros, mientras pensaba en cómo había surgido aquella asociación (un clarísimo recuerdo infantil) en su cerebro.
Volvió a aspirar aquellos aromas una vez más y ahora captó también el aroma de la fabada que empezaba a calentarse. Ahora ya no era sólo Albóndiga el que salivaba. Sus tripas volvieron a pronunciarse y le dijeron más cosas que la obvia: Le dijeron que estaba hambriento, sí. Y también que aquel nuevo mundo, pese a los muertos y al aislamiento, le gustaba.
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