Episodio VII

Se partieron la fabada entre Albóndiga y él y luego se volvieron a poner en marcha. Roberto no tenía intención de avanzar mucho más, pero quería encontrar un lugar seguro donde resguardarse del frío de la noche y del improbable ataque de algún zombi horticultor. No avanzaron demasiado para cuando, tras cruzar un invernadero destartalado, una caseta de unos veinte metros cuadrados apareció ante sus ojos.

Igual que la gran mayoría de las casetas de aquella zona, ésta estaba realizada con los más variopintos elementos, pero guardaba la peculiaridad de que sus paredes eran de tocho y del techo (como no, de Uralita), surgía una chimenea cuadrada mirando hacia las nubes. Esta techumbre se alargaba más allá de las cuatro paredes formando un rudimentario porche sobre la puerta de madera de entrada. A Roberto le bastaba, el hecho de que tuviera una estufa de obra era un añadido al cual no le iba a hacer un feo. Sólo tendría que recoger algunos rastrojos y maderos para calentar la casa por la noche. Además, así haría tiempo hasta que llegara la noche pues no tenía intención de continuar caminando hasta la mañana siguiente.

Cuatro árboles solitarios de hoja perenne estaban apostados a la izquierda de la casa. Roberto supuso que en los días soleados de verano le debían de dar una gratificante sombra al porche en aquella extensión de tierra tan plana donde, a pleno sol en agosto, la temperatura debía ser infernal. Para cuando llegó a la puerta de la casa ya llevaba el hacha en la mano, preparado para hacer saltar la cerradura como pudiera.

Al final resultó que no había cerradura alguna. La puerta, al igual que el noventa por ciento de aquella choza, era reciclada y estaba asegurada al dintel mediante un enorme candado de metal que parecía indestructible. No obstante los tornillos mediante los cuales el soporte del candado estaba asegurado a la puerta no lo parecían tanto. Roberto tuvo que golpear usando el hacha con su mano mala sobre el soporte del candado en repetidas ocasiones, haciendo saltar chispas y mellando en dos ocasiones el filo del pequeño pero contundente hacha, hasta que consiguió que el filo se colara entre el metal y la madera de mala calidad. Luego de esto, realizando un poco de palanca, consiguió hacer ceder los tornillos oxidados que se hundían en la madera y la puerta se abrió fácilmente con un sonido chirriante.

Antes de que su vista pudiera ver algo en el interior de la choza pudo captar el olor que salía de dentro. Era un olor húmedo y viejo y a Roberto le recordó, no sabía por qué, a la casa de su abuelo en el pueblo cuando llegaban el primer día de vacaciones y el olor era una novedad evidente totalmente perceptible que luego, con los días, se iba diluyendo hasta desaparecer. Era un recuerdo lejano, de cuando no era más que un niño. Ahora viendo como había acabado su mundo, aquel recuerdo no parecía más que un sueño. Suspiró de alivio y entró en la casa con la ligera seguridad de que no olía a muerto.

Así era, la casa estaba desierta y por dentro aun parecía más pequeña. Sus veinte metros cuadrados se habían invertido en un minúsculo salón con una mesa y tres sillas de plástico, la chimenea y un sofá roído de dos plazas; una cocina separada del salón con una cortinilla de tiras de plástico multicolor colgando del marco de la puerta con una pica, unos fogones de gas y una nevera más vieja que la vida misma; un cuarto de baño donde sólo había una letrina y un armariete colgado de una pared y un cuarto trastero lleno de leña ya cortada, herramientas de arado y cajas de plástico que se debían de haber usado para transportar las verduras y hortalizas que allí se cultivaban. Roberto se alegró al pensar que aquella noche podría incluso dormir en pelotas con el fuego que iba a montar allí dentro.

Dejó la mochila y el hacha sobre la mesa de plástico polvorienta, más que seguramente robada de la terraza de un bar, y se dispuso a ir a buscar algunos rastrojos para encender el fuego y pudo ver sobre la puerta un cuadro de una imagen de Jesucristo mirando hacia el cielo con su pelo liso y su barba perfecta, con una mano sobre su pecho y bajo ésta, un corazón llameante y centelleante. Ahora no le cabía ninguna duda. En aquella choza un viejo debía de haber pasado los mejores años de su vida: jubilado, cultivando verduras y olvidándose de su querida esposa durante largas jornadas de extenuante trabajo al sol. No lo había pensado nunca, pero intuía que aquel jubilado, había disfrutado de sus últimos años de vida tan feliz como un niño, con su huerto y su choza. Era otra vida, cerca de la ciudad pero lejos del estilo agobiante de la urbe. ¿Acaso no era la vida que les esperaba a los supervivientes de aquella hecatombe en pleno siglo veintiuno?

– Eso si es que al final queda algún superviviente ¿No, campeón? – Le dijo a Albóndiga mientras le revolvía los pelos del cogote al perro. Éste le devolvió un ladrido a modo de respuesta y los dos cruzaron la puerta. A Roberto le dio la impresión de Albóndiga estaba empezando a recuperarse de su “afonía canina”. Era una mascota fuerte. Fea, pero fuerte.

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Un comentario en "Episodio VII"

  1. DAV
    09/06/2011 at 20:11 Permalink

    Bueno!!! Roberto esta ultimamente muy feliz! Que no se relaje tanto a ver si se lo van a comer!

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