Fuera de la caseta, en la parte trasera, había encontrado un grifo adosado con una manguera y un grupo de más cajas de plástico, entre las que había algunas de fina madera. Con las finas láminas y un poco de papel higiénico sacado del pequeño baño consiguió encender un fuego en la chimenea. Primero tímido y pequeño y, a medida que las llamas cogían y vencían a la humedad de la madera, se había vuelto inmenso y caluroso.
La noche se le había echado encima mucho antes de lo que hubiera esperado y el frío había caído sobre él mientras se daba una vuelta por fuera para reconocer el terreno y confirmar que ningún no-muerto le había seguido. Por lo visto el tiempo había pasado más rápido de lo que él había parecido percibir, así que había puesto fin a su reconocimiento y había vuelto a la choza. Una vez dentro, interpuso el sofá ante la puerta, que había perdido el candado, y se aseguró de que las únicas dos ventanas eran seguras.
Como no tenía intención de quedarse en aquella casa más de una noche no escatimó a la hora de alimentar al fuego de modo que en un instante la pequeña choza se había convertido en una sauna. Por la chimenea, una columna negra cortaba el cielo de un azul grisáceo mortecino típico de los últimos minutos del día. Pronto la noche caería y lo que destacara en la escena no sería la columna de humo sino la brillante luz que emergería por las rendijas de las ventanas.
En la nevera sin energía Roberto encontró café molido en aparente buen estado y, sobre una ínfima estantería, una cafetera. Cuando Roberto abrió el agua de la pica las cañerías petardearon, escupieron agua sucia y luego dejaron de quejarse y le ofrecieron un agua clara y de aspecto apetecible que primero bebió directamente del chorro y luego depositó en el recipiente de la cafetera. Sabía a metal y a mil cosas más, así era el agua del Llobregat. Su sabor no era espectacular pero estaba fresca y eso ahora bastaba.
Aquel día se quedó dormido en el sofá sin ni siquiera darse cuenta y tan calentito que se había desprendido de toda su ropa excepto los calcetines, los calzoncillos y su camiseta. Antes incluso se había permitido el lujo de beberse un vaso de café amargo y sin azúcar y de fumarse un cigarrillo, regocijándose una y otra vez a cada calada. Luego, sin cenar y sin recuerdo alguno del momento, se quedó torrado en un santiamén con Albóndiga pegado a su cuerpo.
Cuando el fuego se apagó el frío empezó a ganar terreno dentro de la pequeña choza. Las frías brasas ya habían sido consumidas y Roberto, embutido en su camiseta, sus calzoncillos y sus calcetines, se despertó con el frío metido en los huesos y la nariz taponada.
Albóndiga continuaba acurrucado a su lado en la misma postura en que recordaba haberlo visto antes de quedarse dormido, ajeno a la temperatura que hiciese y a los movimientos y los carraspeos matutinos de Roberto al levantarse del pequeño sofá. Se volvió a vestir y se metió en el cuartito de la leña para coger unos cuantos troncos más. Roberto no lo sabía, pero tenía la impresión de que serían las seis de la mañana, de modo que aun estaba oscuro y no estaría de más un nuevo fuego en aquella chimenea. Cogió un par de leños gruesos y algunos cuantos más menudos y volvió al salón (si es que se le podía llamar así a aquella habitación) para dejarlos al lado de la chimenea.
El café sobrante de aquella noche estaba igual de frío que el ambiente, pero igualmente se puso un poco en el mismo vaso y buscó el paquete de tabaco, que debía de estar en las últimas. Recordaba que tenía un cigarro a medias y ese era tan buen momento como cualquier otro para acabárselo. Apartó el sofá con cuidado y pudo abrir la puerta sin despertar a Albóndiga. En cuanto salió al aire libre pudo notar la humedad de la noche flotando en el aire. Era tan densa que casi se podía ver y mojaba toda superficie plana al condensarse en pequeñas perlas de rocío. El cielo estaba pasando del negro al azul oscuro y por primera vez desde varios (largos, muy largos) días, las nubes se habían retirado, dejando a la vista las estrellas centelleantes en el cielo. Era una escena preciosa que conmovía el alma y atrapaba la vista.
Cuando consiguió librarse del hipnótico efecto de aquel cielo estrellado se dirigió a la parte de atrás de la casa en busca de otra de aquellas cajas de madera. Las palpó antes de cogerlas y pudo comprobar que estaban empapadas. El rocío había calado en la fina madera laminada y no tenía ni idea de si conseguiría encender la chimenea o sería un esfuerzo completamente inútil. Roberto se dijo que tenía que probarlo igualmente y se dispuso a coger una de ellas cuando notó como su vejiga le daba la señal de alarma: Tenía que cambiarle el agua al canario.
No se alejó demasiado sino que se dio la vuelta y camino hacia los árboles que había al lado de la casa. Se acomodó y empezó a orinar sobre el tronco mientras el contraste de temperatura entre su chorro amarillo y el ambiente hacía que el aire se condensara a su alrededor. A Roberto le dio la impresión de que estaba meando algún tipo de corrosivo ácido y rió sin miedo de parecer un trastornado bajo las estrellas mientras meneaba su cintura en círculos para añadir un extra de dramatismo a su meada.
No llegó a saber si fue por el ruido de su larga meada junto con sus tímidas carcajadas o si fue por el extremo sigilo, pero Roberto fue incapaz de escuchar los pasos de aquel que se aproximaba por su espalda en la escurridiza oscuridad. Unos dedos se aferraron a su pelo con fuerza y tiraron de él hacia atrás. La tensión se apoderó de todo su cuerpo y el chorro de orín se cortó al momento. Roberto, con los ojos como platos aferró instintivamente la muñeca de la mano opresora con las suyas, mientras su cerebro no paraba de repetir que la había cagado estrepitosamente.
– “¡La has cagado coño, la has cagado! Sabías que era una guerra de desgaste y ya te han pillado. Has bajado la guardia, amigo, has bajado la guardia y aquí tienes tu merecido”. –Su cerebro funcionaba a un ritmo endiablado. Todos sus duendecillos parecían cantar la misma cantinela.
–“¡La has cagado! Has bajado la guardia y te han cazado”. –Cantaba la voz de otro duendecillo. – “Era cuestión de tiempo y te han pillado. Dos meses y te han pillado”.
–El tiempo parecía haberse parado, anclado en ese momento igual que su mente se había anclado en el pensamiento de que había metido la pata hasta el fondo.
–“Ahora notarás su mordedura ¡Oh sí! La notarás y hasta luego cocodrilo. Será en tu cuello, o en tus manos. No importa, quizá te arranque una oreja. Y más vale que no pare ahí y te devore hasta que no quede nada de ti porque sino sabes lo que toca ¿No? ¿Lo sabes, verdad Rober? Te cambias de bando, amigo”. –El duendecillo tenía razón, Roberto le hubiera partido la boca por ello si lo hubiera tenido delante pero no era así. Esperó notar los dientes, una opresión afilada y fría, y se dijo que estaba preparado.
Notó que su corazón se paraba, que su cuerpo se helaba y que toda su fuerza se iba a sus manos, que seguían aferradas a la muñeca de la mano que lo sujetaba por los pelos. No con intención de apartarla de su cabeza, sino como el desesperado que no tiene nada más a lo que agarrarse y se aferra a un clavo ardiendo totalmente desesperado. Un grito se ahogó en su garganta al notar como algo abrazaba su cuello. Era frío y afilado, justo por debajo de su nuez, y le cortó la respiración al apretar con fuerza hacia arriba.
Luego, un susurro:
–¿Quién eres? –Le dijeron al oído con cautela. –Responde. Más te vale que lo hagas amigo.
Sigue leyendo » Episodio IX;
10/06/2011 at 17:27 Permalink
Joder !!! Hasta a mi se me ha cortado la meada !!!
10/06/2011 at 18:46 Permalink
Muy bueno! Ardo en deseos de saber quien es!
12/06/2011 at 7:32 Permalink
Jo-der, me he acojonado con “lo que le coje” a roberto… Pero al ver que habla, me quedo mas tranquilo…. Sigue asi que la historia es bestial!! Un abrazo amigo
13/06/2011 at 20:45 Permalink
La verdad espectacular. Me quede frio y lo peor es que espero con ansias la continuacion.
16/06/2011 at 18:51 Permalink
Ahora si que la has hecho buena!!! ya puedes publicar rapido amigo!!! no nos dejes así!!!
(Metiendo un guiño, no seas como George R.R Martin y saques un libro cada mil años XDDDDD)
20/06/2011 at 15:54 Permalink
Hombre mi intención no es esa!! ni mucho menos! Estoy preparando unos cuantos episodios más que ya están casi listos. Ahora la cosa empieza a encarrilarse hacia su desenlace y la aparición de nuevos personajes es inevitable. De modo que a Albóndiga se le van a sumar alguna nueva incorporación. No sigo más que espolieo!
¡Gracias por la fidelidad!
23/06/2011 at 0:57 Permalink
Bien bien!!! Gracias!
23/06/2011 at 22:42 Permalink
Unx, te referirás al desenlace del capítulo, no de la historia…