Episodio X

El tal Jaramillas era un hombre de complexión fibrosa, nervuda, y mediana estatura, tirando a bajito. Roberto le sacaba perfectamente unos diez centímetros. Supuso que antes de todo aquello aquel hombre debió de ser bastante atlético. Su pelo era aun más corto que el suyo, y su barba, a diferencia de Roberto, parecía rasurada de aquella misma mañana. Su cabello tenía un color gastado, entre el moreno claro y el color de las canas, que le confería un aspecto especial, diferente. Su mirada era gris, como el color de su pelo, bajo unas cejas finas y más oscuras. Los ángulos de su cara eran agudos y afilados, facultad que debía haber exacerbado el hambre, ni la barba que de su mandíbula nacía hubiera podía siquiera ocultar sus duras facciones.

Antes de que todo esto ocurriera y los supervivientes empezaran a pasar hambre, Javier Jaramillas había sido un tipo fuerte y atlético de facciones severas y mirada inquieta. De pelo rapado y afeitado diario. Su edad, intuía Roberto, debía ser algo mayor que la suya propia, treinta y pocos. Ahora, el hambre y la falta de alimento habían echo de él la mitad de lo que hubiera sido en otros tiempos y sus facciones se habían endurecido como si en vez de dos meses hubieran pasado doscientos años. Su mirada tenía ahora algo más que inquietante: Ahora tenía mirada de loco.

En su mano derecha descansaba un machete cromado de un filo liso y afilado y otro dentado. Se parecía sobremanera a los machetes militares que el hermano mayor de David, su mejor amigo antes del fin del mundo, trajo de estrangis cuando terminó la mili. Según él, se lo había cambiado a un legionario por una ristra de balas de la ametralladora de un transporte oruga en Zaragoza. A Roberto siempre le habían fascinado.

De su espalda colgaba una mochila negra pequeña, era de la marca de la tienda que Roberto había saqueado para conseguir la misma ropa que ahora mismo llevaba, y vestía totalmente de azul oscuro, con una especie de mono de una sola pieza y una chaqueta del mismo color. Parecía recién salido de una cadena de montaje.

Sin duda, Roberto estaba tenso. Temía que el tal Jaramillas no fuera más que un vulgar ladrón y que en cuanto viera la mochila, la escopeta y el resto de sus pertenencias se agenciara de ellas y a él le dejara de recuerdo un corte en el cuello (“Hasta luego cocodrilo”).

– “¿Desde cuándo te has vuelto tan desconfiado Rober?” –Pronunció uno de aquellos duendecillos de las cavernosas y más bajas estancias de su cerebro. En un tono que evidentemente irónico.

–“Desde que he visto la muerte y no era a manos de uno de aquellos zombis.” –Le contestó mentalmente Roberto, expeditivo. No tenía intención de relajarse. Aun no. El Jaramillas este no despertaba la menor confianza en él.

–“Rober, Rober. Si hubiese querido ya estarías muerto, con la polla fuera y los pantalones meados ¿No crees?” –Roberto tuvo que aceptar con resignación que ahí tenía razón. Aun así no se sentía cómodo.

En cuanto el extraño entró en la casa y vio a Albóndiga hecho un ovillo y durmiendo, se acercó a él y empezó a acariciarle el lomo enérgicamente. Roberto aguardó a ver la respuesta de su compañero canino, tenso, bajo el dintel de la puerta. Quizás ahora sí, quizás ahora Albóndiga reaccionara y, entre los dos, pudieran reducir a aquel extraño y descubrir cuales eran sus verdaderas intenciones. No obstante, nada más lejos de la realidad, en cuanto Albóndiga se incorporó, comenzó a retozar de placer mientras le frotaban la espalda frenéticamente. Roberto se sintió de nuevo frustrado, aunque por lo menos se alegró de ver que su perro estaba tranquilo y contento con la llegada del “forastero”.

En cuanto Jaramillas dejó de menearle el maltrecho pelaje, se giró y miró directamente a los ojos de Roberto. En sus labios había dibujada una gran sonrisa y pudo ver que tenía los dientes torcidos. “¡Así aun parece más loco!”. Roberto pensó automáticamente que ahora le diría que ya estaba bien la broma, que era hora de acabar con esta extraña comedia y que ya le podía dar todas sus pertenencias, incluido el perro, que le había caído bien y se lo iba a quedar.

En cambio sus palabras fueron otras, difusas, inesperadas, de modo que a Roberto le costó entenderlas en un primer momento. Decían algo así como: “Si me invitas a un café, te invito yo a un pitillo”. Aun así, la idea de algo más de nicotina cuando sus reservas habían llegado a su fin no consiguió sacarlo de su paranoia.

–¿Amigo, te pasa algo? –Me estas dando algo de miedo. – Preguntó el recién llegado a Roberto. –Tu dueño está un poco tenso ¿No, pequeñajo? –Le dijo Jaramillas a Albóndiga mientras volvía a removerle el pelaje de la coronilla. El perro, como si le hubiera entendido, miró a Roberto y le dedico uno de sus ya no tan ahogados ladridos.

El perro no llevaba ni un día entero con él, había sido un idiota al esperar colaboración por su parte. No le podía reprochar nada, estaba escuálido y enfermo además de falto de afecto. Roberto se sorprendió al cruzar la mirada con la de Albóndiga ¿Acaso no era la misma mirada que la del tal Jaramillas? Eso le hizo pensar y cayó en la cuenta de que no había reparado en algo muy importante, y es que: ¿Cuál debía de ser su propia mirada?

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