Episodio XII

Roberto se había quedado pasmado tras aquella afirmación. Aquello sólo podía decir una cosa: Que había tenido contacto con más supervivientes. Y no sólo eso: No había salido bien parado. Aquello empezó a hacerle hervir la sangre de nuevo. Sentía una rabia desmesurada contra no sabía qué. Era jodido comprobar que lo peor del ser humano siempre destacaba por encima de cualquier otro atributo y, sin darse cuenta, su curiosidad sobre el recién llegado creció a lo loco. Quería saber qué había pasado, quería saber qué se había perdido mientras el quemaba cosas y se escondía de los muertos.

Consiguió, no obstante, controlar el impulso de levantarse, agarrar el cuello de su chaqueta y zarandearlo mientras le gritaba que le contara todo, todo y todo, sin escatimar ni el más mínimo detalle. Cuando finalmente salió del ensimismamiento que lo había retenido por segundos tras aquella frase tan inquietante, alzó su mirada (perdida hasta ese momento en las viejas racholas de piedrecitas del suelo) y se sorprendió al ver cómo el rictus de ese que se hacía llamar Jaramillas había cambiado.

Su mirada de ceniza se encontraba ahora sombría y perdida también mirando en dirección al suelo. La ironía con la que se había presentado se había desvanecido por completo, dando paso a una hosca expresión seca y tensa. Por un momento Roberto creyó ver al hombre en el que se convertiría Jaramillas cuando pasaran veinte años más. Veinte duros años de lucha contra todo que había acabado por demacrar su mirada, por hundirle los pómulos y marcarle más aun su mentón. La mano con la que había vuelto a coger el machete lo meneaba en gestos circulares rápidos, como dibujado un símbolo de infinito invisible con la afilada punta. Luego, de forma súbita, alzó la voz y dijo:

–Pero no te voy a agobiar ahora con todas mis aburridas historias. Ya tendremos tiempo de contarnos nuestras miserias en otro momento. –Sus ojos miraban directamente a los de Roberto, dejó el machete sobre la mesa y sus manos empezaron a liar otro cigarrillo con la destreza de un lince.

–“Vaya ¿Se te acaba de derretir la coraza?”. –Pensó Roberto tras comprobar como el tal Jaramillas dejaba a un lado aquella actitud tan indolente para mostrar, aunque solo fuera por unos segundos, que también era humano y por lo tanto, no tan ajeno a la tragedia como quería hacer parecer. –“Bueno, por lo menos ahora me fío un poco más de ti. Saber que no eres un puto psicópata sin sentimientos es el primer paso para la convivencia”.

“Puto psicópata sin sentimientos” no era un termino demasiado técnico para él, que en sus tiempos decía ser psicólogo. No obstante, había acabado trabajando con bases de datos y análisis estadísticos, sin duda lo suyo no había sido el diagnóstico. De todo aquello ya había pasado mucho tiempo. Había sido en otra vida, por lo visto.

Se encendió el cigarro y aspiró una calada rápida, nerviosa, luego alzó la vista también rápidamente. Por lo visto Javier Jaramillas lo hacía todo así: rápida y nerviosamente. De nuevo aquella sonrisa de dientes torcidos y mirada ceniza.

–Te propongo un trato: Te invito a comer. Si quieres, claro. Me has caído bien y me da la impresión de que no me vas a intentar joder. Comparado con tus juguetitos, mi machete es de risa, digo mirando de soslayo la escopeta en su funda y el arco.

“Hace broma pero tiene tanto miedo como yo, incluso más”

–Mi choza está un poco alejada de aquí. A una hora de camino más o menos. Pero allí estaremos seguros y tengo algo de comida digna, cosa que en estos tiempos que corren es toda una bendición. –Matizó Jaramillas. –Te has metido en mi territorio. Así que he tenido que seguirte, si es que te has preguntado en algún momento cómo he dado contigo. Pero bueno, me huele que eres trigo limpio, vaya si no.

Era cierto, Roberto se lo había preguntado. De eso no cabía duda. Había pasado por delante de mil pequeñas casetas, unas más destartaladas que otras. En cualquiera de ellas alguien podrían haberlo visto pasar sin ningún peligro de ser descubierto.

–Bueno, ¿Qué me dices, compañero superviviente? ¿Te fías de mí o no?

Roberto caviló durante unos momentos de silencio. No le hacía mucha gracia que sus pasos le llevaran hacia atrás. Quería llegar a Barcelona, quería llegar a Montjuïc pues tenía la impresión de que era allí donde tenía que estar, fuera una locura o no. Pero estaba haciendo caso a un sueño, a una señal en el cielo que perfectamente había podido ser fruto del azar. Y ahora tenía la prueba viviente de que no estaba solo en todo aquel tinglado, de modo que igualmente sentía que tenía cosas que escuchar del mismo modo que tenía cosas que contar.

– “Habías estado buscado supervivientes y al fin los has encontrado. Además no tenemos prisa en seguir aquel haz de luz. Con suerte se suma a nuestra causa y se apunta a la misteriosa cruzada en la que nos has metido, Rober. El tío parece tener tablas en esto de la supervivencia”. –A Roberto no le gustaban las confianzas que se estaban tomando sus duendecillos. Quizá cuando pudiera volver a hablar largo y tendido con otras personas aquellas molestas vocecillas interiores se callarían un rato. De por sí ya era un buen motivo para volver con el tal Jaramillas.

–Voy contigo. Mejor dicho: Vamos contigo ¿No, Albóndiga?

El perro asintió con un ladrido ahogado, como si hubiera entendido la pregunta que le planteaba su dueño. Su cara mostraba una felicidad extrema, con sus ojos del color de las avellanas centelleante al son de las llamas de la chimenea. Los dos supervivientes se rieron, cada cual a su manera, y Albóndiga volvió a responder dando vueltas y saltos.

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