Por lo visto, Javier Jaramillas había estado muy ocupado durante los dos meses que
habían transcurrido desde que el mundo había dado su último giro a la mierda. Desde que empezara la desconcertante hecatombe zombi éste lo había tenido muy claro y se había marchado con toda rapidez de su ciudad para instalarse en aquella zona de huertos que, por ser tan deshabitada, era perfecta para huir de los que en otro tiempo hubieran sido sus vecinos.
Buena parte de la culpa de aquella acertada idea la había tenido su abuelo paterno. El mayor en edad de los Jaramillas había sido un emigrante Manchego que, harto de las penurias de la vida pueblerina en la meseta, decidió emigrar a la tan fértil, laboralmente hablando, Barcelona industrial de los años sesenta. La vida desde entonces para la familia Jaramillas no había sido fácil pero habían tirado para adelante como buenamente pudieron. En un giro bastante paradójico de los acontecimientos, el abuelo Jaramillas se había comprado una parcela en el delta del Llobregat, donde empezó a cultivar su propio huerto a modo de hobby de fin de semana. De esta manera, el trabajo del que había huido allá por sus años mozos, resultó ser su afición en
madurez.
Sus costumbres no habían cambiado pese al paso de los años y mientras otros seguían su ejemplo llenando aquel terreno de pequeñas parcelas para cultivar lechugas, tomates y hasta patatas, la familia Jaramillas se aposentaba y crecía, dándole su hijo primogénito un nieto y luego otro.
El primero fue el que se quedó con el nombre que llevaba tanto padre como abuelo, el segundo se quedó con el nombre de Javier. Y por lo visto había sido el único superviviente de la familia, el encargado de llevar el apellido más allá de los muertos vivientes. Durante su infancia, Javier Jaramillas siempre había pasado los fines de semana en el terreno de su abuelo, de modo que aquella caseta, prácticamente una chabola, había sido como su casa. Tanto nieto como abuelo pasaban horas recogiendo los frutos de la tierra, ensuciándose de sudor y tierra para luego darse un baño en una pequeña balsa del tamaño de un pequeño jacuzzi que había construido en el mismo recinto, cuando era verano y el sol arreciaba.
Con el paso de los años, el más joven de los Jaramillas fue perdiendo el interés por el huerto y por el trato con su abuelo, para empezar a hacerse fanático primero de las motos, luego de la música bakalao, el gimnasio y finalmente de algunas sustancias de esas que generan dependencias. Obviamente Javier nunca fue demasiado fanático de los estudios.
Acabó la enseñanza obligatoria y empezaron sus desventuras con la formación profesional, con diversos años sabáticos de por medio, enlazando de la misma manera con pequeños trabajos temporales de lo más variado. Finalmente había conseguido acabar un ciclo formativo de mecánica de forma casi milagrosa, dos años antes de que la humanidad quedara reducida a unos cuantos. Pero su carrera laboral no había acabado de lanzarse, debido sobretodo, a una creciente afición por el cannabis que le había entumecido el cerebro, convirtiéndolo en una especie de paria del siglo XXI: Poco formado, poco motivado y con menos aspiraciones aun.
El fin del mundo le cogió desprevenido una mañana a las nueve. Unos días antes le habían despedido de su último trabajo en un taller de automóviles donde cambiaba pneumáticos y poca cosa más, así que la noche de antes había fumado bastante marihuana y se encontraba hecho polvo con una sandalia por lengua y cierto
embotamiento de ideas. El sonido de unos objetos rompiéndose le despertó súbitamente.
En su casa vivían su padre, su madre, su abuelo y él. El hermano mayor había volado pocos años antes. Se levantó con la intención de mandar a su madre al pairo para que le dejasen dormir un poco más tranquilo pero se encontró con una oscuridad nada frecuente a aquellas horas de la mañana. Como instintivamente se quedó bajo el dintel de la puerta de su cuarto, con la mano en el pomo mientras escuchaba como unos pies lentos y torpes se arrastraban por encima de los guijarros de los jarrones y cristales rotos. La luz que entraba por entre las rendijas de las persianas era tenue y bañaba todo el ambiente dándole el aspecto de un triste lienzo.
Normalmente su madre se levantaba temprano y, como buena ama de casa, empezaba su rutina diaria y casi compulsiva de limpieza, Javi pensó que era imposible que su madre no hubiera levantado las persianas ya a esa hora, así que no había duda: Alguien había entrado a robar en su casa ¿Quién sabe qué le había podido pasar a su familia?
La sangre se le subió a la cabeza y sintió una ira descontrolada. Se abalanzó hacia la puerta y la abrió de golpe decidido a enfrentar a aquel malhechor que se había atrevido a molestarles a plena luz del día. Hubiera querido gritar con todas sus fuerzas, pensando que así amedrentaría al furtivo, pero su grito se ahogó en su boca cuando empujó la puerta y se encontró con el familiar rostro de su madre a escasos metros de su puerta. En un espasmo saltó hacia atrás cerrando la puerta de un portazo. Los rasgos eran los mismos, incluso su camisón era el mismo, pero había algo en ella que era totalmente diferente.
“Sangre”. Pensó Javier. “Sangre en su boca y sus manos”. Y aquellos ojos…
Pronto unas uñas empezaron a acariciar la madera de la puerta de forma lenta y sutil. Al rato empezó a crecer en intensidad y un gemido ahogado se sumó a la orquesta fúnebre.
¿Uno? No, eran dos. El primero era perfectamente audible, era el más agudo y audible. El segundo era más grave y lejano y parecía surgir de las paredes, casi tímido. “¿Acaso no estaba cerrada la puerta de la habitación de mi abuelo?” Se dijo Javier Jaramillas para sus adentros. Fue entonces cuando lo supo. La ropa limpia de su trabajo (su ex-trabajo) estaba sobre una mesilla bien doblada e impolutamente limpia, tal y como le gustaba a su madre, se la puso a trompicones y guardó en una mochila todo lo que creyó útil. La marihuana y el machete que le regaló su abuelo en un viaje a Toledo iban en ella. Poco después, cuando la mano de la muerta empezó a encontrarse con el pomo, Javier Jaramillas saltaba desde la ventana de su habitación en el primer piso a cuatro metros de distancia del suelo.
En cuanto llegó a la calle el silencio le sorprendió. Normalmente su barrio era un bullicio desde buena mañana. Cerca del mercado municipal, todos los abuelotes y sus señoras rondaban por allí, compras por aquí compras por allá. Sin embargo ese día el silencio era tan absoluto que molestaba. Javier Jaramillas corrió. Le hubiera gustado poder hacerse con las llaves de su ciclomotor y disponer así de un vehículo, pero las llaves estaban en el recibidor y no se había visto con fuerzas de cruzar hasta allí. Corrió y corrió, hasta que la incredulidad se le cayó de los ojos como si fuera una cinta que le tapara los ojos.
Sus piernas le llevaron finalmente al huerto de su abuelo. El subconsciente lo guió. Los muertos no le molestaron porque los primeros días la gran mayoría habían permanecido encerrados en sus casas. De camino había visto como las calles estaban desiertas impregnadas de un silencio aterrador. Aun así no se libró de encontrar algunos rezagados por la calle poco peligrosos, pero de aspecto igualmente amedrentador. Desde entonces no había vuelto a su ciudad, colindante a la de Roberto, y había empezado a hacer vida entre los huertos, sólo volviendo en la ciudad para lo necesario, siempre quedándose en el extrarradio. Y no le había ido nada mal.
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