Episodio XIV

A Roberto no le extrañó nada que hubiera pasado por delante de la caseta donde Javier Jaramillas le había visto pasar sin ser detectado. Era una caseta vieja y destartalada con un vetusto techo de uralita y rodeada de arbustos densos y altos. Ver a través de ellos resultaba imposible y, además, tampoco Roberto estaba demasiado por la labor. Había pasado por allí sin siquiera reparar en la posibilidad que alguien le viera.

Una vez cruzada la franja de arbustos, Roberto pudo contemplar que aquella choza era peor aun que la que había encontrado él la noche anterior. Era más pequeña aun y de peores materiales. También había allí una balsa de agua estancada y verdosa y una mesa de obra hecha con restos de baldosas, construida bajo un porche de la misma uralita. Anexo a la caseta, un pequeño huerto de unos cuarenta metros cuadrados se extendía rectangular en dirección al este. La tierra parecía escarbada, como si hubieran estado extrayendo algún fruto de allí.

No obstante, lo que realmente llamó la atención de Roberto no fue el huerto, ni la caseta y ni mucho menos la balsa con la que se proveía de agua al pequeño huerto. Lo que realmente llamó su atención fue una motocicleta de montaña, grande y naranja, de anchas ruedas llenas de gruesos tacos de caucho. En la parte de atrás había enganchada mediante unas gomas elásticas una caja de plástico que en aquellos momentos se encontraba vacía. Se notaba que tenía unos cuantos años de trote pero parecía en perfecto estado. A Roberto le pareció un vehículo fantástico pese a lo polvoriento de su aspecto y a las no pocas rascadas que lucía en sus protecciones de plástico.

Jaramillas debió de notarlo porque segundos después comento:

–Ya veo que te gusta mi cacharro. No he estado perdiendo el tiempo durante estos dos meses. La verdad que la gente guardaba cosas muy interesantes dentro de estas casitas. Y hubiera sido una insensatez no aprovecharlas ¿No lo crees? ¡Sí me dejaron hasta las llaves a la vista!

–Bueno no te pongas muy cómodo que ya nos vamos. –Matizó al momento Jaramillas.

Aquello sí pilló por sorpresa a Roberto, que le preguntó con sobresalto y una pizca de ingenuidad que qué quería decir con aquella frase, pues le había vuelto a pillar con la guardia baja y no lo entendía muy bien.

–¿No pensarás que vivo aquí? Sí, es la caseta de mi abuelo y le tengo mucho cariño. Pero aquí no vivía ni él. Es pequeña y no tiene nada lo suficientemente cómodo como para acostarse y echarse un sueño. Además, está que se cae a trozos. –Dijo en tono jocoso, pero sin faltar en ningún momento a la verdad.

–Pero el huerto es otra cosa ¡Oh sí! Mi abuelo había plantado patatas y aun queda alguna ni lo suficientemente podrida, ni lo suficientemente florecida, como para no aprovecharla. Las cargamos en la moto, os cargo al perro, a ti y a ese montón de cacharros que llevas a la espalda y nos vamos a mi casa. En moto no son ni diez minutos ¿Qué te parece la idea, Rober?

A Roberto aquella idea le parecía genial. Sobretodo al saber que iba a comer por primera vez desde no sabía cuanto tiempo un producto sacado de la tierra y no del aluminio de las latas de conserva.

Las patatas las había recogido el día de antes y estaban sucias por el barro de la tierra húmeda. Las tenía dentro de la caseta que, vista desde dentro, no era más que un pequeño almacén cochambroso lleno de bártulos para la labranza del campo. Cargaron las patatas en la moto y Javier la puso en marcha. Roberto, que no tenía ni idea de motos, se sobresaltó por el grave sonido del motor. Era un ronquido petardeante y poderoso que debía escucharse a leguas. Roberto le preguntó a Jaramillas casi a gritos si aquel atronador sonido no atraería a los muertos hasta allí y la respuesta que obtuvo fue una gesticulación que venía a decir algo así como: “No me seas tiquismiquis, mariquita”.

Con el siguiente gesto le indicó que se subiera detrás de él. Roberto no le desobedeció y cogió a Albóndiga para introducírselo dentro de la chaqueta. El perro, obediente, no rechistó lo más mínimo y pareció agradecer de buena gana el paseo que le iban a dar. Juntos, se subieron sobre el alargado asiento acolchado de la moto y se pusieron en marcha. Jaramillas, como queriendo darse el gustado de fardar ante uno de los pocos supervivientes del mundo, derrapó las ruedas en el giro y tomó el camino de tierra alejándose de la vieja caseta.

Las patatas, igual que el resto de ocupantes del vehículo, aguantaron la cabriola sin caer mientras Javier Jaramillas abría gas a tirones en su enérgica salida digna del más testosterónico de los adolescentes. Mientras avanzaban por el camino de tierra entre huerto y huerto, con la escopeta en su funda, el arco y la mochila tambaleándose a la espalda, salpicaduras de tierra compacta por la lluvia y polvo se elevaban a su paso.

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