Episodio XVI

Por dentro a la casa no le faltaba de nada. El primer piso tenía un salón, un baño, una cocina y un pequeño dormitorio. Arriba, en el segundo piso, había una única habitación de matrimonio amplia. La casa en general era bastante sombría. La pared que daba al oeste estaba unida al muro exterior, de modo que no tenía ventanas. Todas las que había estaban orientadas al este, por donde salía el sol, pero justo el muro delantero impedía que la luz entrada cuando el sol estaba bajo y luego el frondoso y gigantesco pino se encargaba de que la luz llegara a duras penas una vez el astro había tomado altura.

A Roberto le dio la impresión de que aquel quizá fuera el precio de la extrema precaución. Pero ¿Por qué tanta precaución? Roberto no se atrevía a preguntarlo. Aun no.

Pero algo estaba claro: Aquello estaba más allá de los molestos muertos vivientes. Para los muertos con aquellos grandes muros era más que suficiente. Lejos como estaban del núcleo urbano, era improbable que una turba de descompuestos acabara agolpándose en la puerta. Seguramente uno escucharía la moto, o lo vería al ir a buscar algún tipo de alimento, o lo que fuera; y lo intentaría seguir. Otros se sumarían a él poco a poco, como había visto pasar en la casa del hombre muerto, pero los kilómetros de distancia los dispersaría poco a poco, sobretodo cuando llegaran fuera de la ciudad, donde la turba ya no se retroalimentaría a sí misma. De manera que, desatentos como eran los no-muertos, acabarían dispersándose poco a poco atraídos por otros estímulos. Velocidad y distancia, eran los conceptos clave que Jaramillas parecía dominar bien.

Era un comportamiento muy curioso el de los zombis, digno de estudio. También era curioso el comportamiento de Jaramillas.

La casa por dentro estaba echa un desastre. Jaramillas había agolpado numerosos víveres saqueados de diversos supermercados. Por lo visto había dado buen uso al maletero del coche de la policía durante aquellos días. Tenía agua embotellada por todos los lados, packs de botellas de un litro y medio, garrafas de cinco litros, incluso pequeñas botellas de treinta y tres centilitros apiladas por aquí y por allí. Había también cajas de plástico con comida enlatada, botellas de bebidas alcohólicas, algunas de ellas vacías y otros productos importantes como paquetes de papel higiénico amontonados a modo de columnas.

Aquella casa no tenía chimenea, pero era extrañamente cálida pese a las pocas horas de sol. Dentro se estaba muy a gusto, pese a que el ambiente olía en exceso a humo de tabaco y suciedad. “Huele a suciedad ajena, ya me dirás como hueles tú, Roberto”. De ello daban fe multitud de ceniceros llenos de colillas de tabaco, dispersados por todo el salón.

A parte de los víveres agolpados, el salón tenía un sofá con orejeras de madera incomodísimo para las siestas, pensó Roberto, una pequeña mesa baja de cristal repleta de paquetes de tabaco, cerillas y ceniceros repletos y un mueble con una televisión de tubo de las viejas, que ya no funcionaría jamás. Sobre la tele había un cuadro con una escena de caza, donde unos perros perseguían a un ciervo mientras unos hombres a caballo perseguían a su vez a los sabuesos. Era realmente cutre.

La cocina era una pocilga, llena de platos sucios en una pica inundada de agua con espuma (por lo visto la casa tenía un pozo propio con lo que el agua corriente no faltaba). Allí había tres bombonas naranjas de butano para hacer funcionar los fogones. La nevera obviamente estaba vacía de manera que la encimera estaba repleta de botellas de aceite de oliva o de girasol y latas de conserva.

Las habitaciones no estaban nada mal. El pequeño dormitorio de la planta de abajo estaba prácticamente vacío, así que Roberto dejó sus cosas allí. El de arriba tenía la ropa de Jaramillas por encima de la cama de manera que en el armario aun quedaban las escasas prendas de ropa que el antiguo propietario de aquella casa había dejado allí. Por las pocas prendas que había, estaba claro que aquella no era su residencia habitual.

Roberto no quiso ni mirar el lavabo y dejó que aquello fuera una sorpresa. Albóndiga parecía tan contento como siempre esquivando los obstáculos que Jaramillas había dispuesto por todo el suelo de la casa.

–Ya puedes ver que no soy un fanático del orden. –Le dijo Jaramillas mientras apagaba el cigarrillo en un cenicero al borde del rebosamiento. –Espero que no te moleste. Bueno, si no puedes soportar tanta mugre tampoco me importa que recojas un poco.

Éste empezó a reír abiertamente. A Roberto no le importó, incluso esbozó una sonrisa sincera y se permitió reír un poco también. El detalle no pasó inadvertido para Jaramillas que, viéndose reforzado, apuntillo la escena.

–¡Oh! ¿Pero qué es esto? Si sabe reír y todo ¡Esto hay que celebrarlo! –Como siempre, sin esperar respuesta de Roberto, se metió en la cocina y salió de allí con dos pequeñas copas y una botella abierta de vino, con el tapón de corcho metido hasta la mitad. Le pasó la botella enérgicamente a Roberto mirándolo a los ojos con aquella mirada color ceniza tan peculiar. Aunque ahora ya no le parecía tan inquietante.

–Compañero; haz los honores. –Concluyó.

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