Episodio XVII

Se bebieron sus copas de vino y, la verdad, el alcohol hizo su efecto. La lengua de Roberto pareció soltarse de manera que entró de forma más enérgica en las conversaciones incesantes del locuaz Jaramillas. De esta forma Roberto se enteró de la historia de su nuevo compañero. También se enteró que Jaramillas en verdad era menor que él, de modo que en su último cumpleaños había cumplido veinticinco. Sin duda el Apocalipsis había echo mella en él.

También se enteró de que fumaba tanto porque estaba en pleno proceso de desintoxicación de la marihuana, ya que hacía semanas que se había terminado su suministro y eso le ponía de los nervios. Debían de ser las once de la mañana y Jaramillas ya llevaba liados unos cuantos cigarros. Liaba dos, ofrecía uno a Roberto y luego se fumaba el suyo. Al principio le siguió el ritmo pero pronto empezó a declinar sus invitaciones, de modo que Jaramillas se fumaba el suyo y luego, el otro.

También bebía con ganas, y procedía con el mismo esmero a rellenar la copa de Roberto hasta que éste se puso serio y le dijo que ya estaba bien. Jaramillas había protestado con una de sus bromas pero obedeció e incluso él mismo bajó el ritmo.

“Está necesitado de contacto con otras personas. Necesita hablar lo que no ha podido hablar todo este tiempo” Pensó Roberto para sus adentros. Se alegró de aquello, al final el tal Jaramillas estaba resultando ser un buen tipo. Incluso Roberto estaba empezando a tener ganas de hablar hasta que le doliera la lengua. Supuso que él también lo necesitaba, pese al tapón que parecía tener en la garganta. Y Albóndiga disfrutaba también de su presencia y de sus efusivas carantoñas.

Continuaron con la charla. Jaramillas le explicó cómo rápidamente había salido de la ciudad para huir de todos aquellos muertos. El coche de la policía lo había encontrado el mismo día del cataclismo y aun mantenía el motor encendido aunque después de varias horas la gasolina estaba en las últimas y sobrecalentado, por lo demás y salvo al golpe, estaba en perfecto estado. De los dos cadáveres que había dentro había descolgado los cinturones y se había quedado con las dos pistolas. Luego se marchó conduciendo a todo trapo hasta el huerto de su abuelo, donde encontró bastante paz y empezó a establecerse en aquella zona. Para mantenerse distraído había estado trabajando en la reparación del automóvil. Incluso había intentado usar la radio de la policía, pero no tenía manera de saber si los mensajes que enviaba llegaban a alguna parte y el jamás había escuchado nada allí que no fuera el silencio.

Después había buscado otras casas más seguras por la zona y tras pasar varias noches durmiendo en el suelo de la precaria caseta de su abuelo, encontró la casa en la que se encontraban ese día. Desde entonces, se había alojado aquí mientras dejaba la caseta como refugio de emergencia. Por lo visto, había tenido la intención de poner en marcha el huerto de nuevo. Pero sin conocimientos suficientes sobre horticultura, sus esfuerzos habían sido en vano y lo único que había podido sacar de la tierra eran unas cuantas patatas que su abuelo había plantado antes de que el mundo se fuera trágicamente a la mierda.

Sin duda, no había podido evitar toparse con los muertos vivientes. Estos habían empezado a tomar las calles progresivamente de modo que en sus diferentes incursiones, ya fuera para saquear estancos o supermercados, se había visto sobresaltado por la presencia de los no-muertos. Siempre había podido eludirlos lo suficientemente rápido como para que esto no supusiera un problema. Aun así, había bajado el ritmo de incursiones cada vez que se daba cuenta que la cosa iba a peor.

– Son jodidos zombis, colega. De esos que salen en las películas. Recuerdo la primera vez que ví uno claramente. Estaba podridamente blanco y casi no pude esquivarlo cuando me lo encontré en medio de la carretera ¡El tío no se apartaba! –Le comentó sobresaltado.
–Aun no me lo puedo creer ¿Qué cojones le ha pasado al mundo? Me lo he preguntado mil veces. Seguro que es un virus, colega, un virus ¡Vaya si no! –Prosiguió.

Era una hipótesis totalmente válida. Él no se había atrevido a planteárselo. Quedaba demasiado lejos de su comprensión. Podía ser un virus sí, pero también la venganza de Jesucristo por los pecados de los hombres, o un ataque por parte de los malvados alienígenas del planeta X. Sin hombres no había ciencia y sin ciencia todo quedaba a oscuras. Roberto sabía que nunca tendría una única respuesta a la pregunta de Jaramillas. Tendría cientos, con suerte miles de respuestas: Tendría las opiniones de la gente con la que se encontrara.

Jaramillas se había quedado mascullando y maldiciendo para sus adentros mientras bajaba la mirada al suelo. Roberto, intentó animarlo proponiéndole empezar a preparar la comida. A Jaramillas le pareció bien y juntos se fueron a la cocina, con Albóndiga saltando entre sus piernas. Ambos, empezaron a pelar patatas, en una escena de lo más cotidiana, cosa que hacía de ella algo muy, muy extraño. Tenía ganas de preguntarle más cosas, tenía ganas de que le explicara por qué los peores eran los vivos.

Pero no se atrevía a decírselo.

Pensara como lo pensara, en su cabeza aquella pregunta sonaba muy dura, insensible. Debía de esperar un momento idóneo ¿Pero cuándo llegaría? ¿Se vería preparado para hacerlo?

Roberto decidió que la comida y el vino decidirían el momento. Aun no era ni medio día, aunque estaba hambriento, así que no tenía prisa. Estaba impaciente pues cada vez pensaba más que aquello que más callaba, era lo más importante. Y lo peor: Tenía la impresión de que aquello estaría relacionado con su viaje.

Sigue leyendo » Episodio XVIII;

3 comentarios en "Episodio XVII"

  1. DaRo
    30/08/2011 at 2:36 Permalink

    Gracias por otro increíble capítulo, estoy enganchadisimo!!

  2. Islabobo
    01/09/2011 at 19:45 Permalink

    Madre mia no hay mas , escribe, escribe escribe jejejej , ire visitando esto de vez en cuando ,

  3. DaRo
    12/09/2011 at 22:13 Permalink

    Yo lo visito todos los días!! estoy ansioso por el siguiente capítulo :)

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