Episodio XIX

–Muy bien, supongo que es hora de ponerse serio. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
–En la cara de Jaramillas no había atisbo de broma. Sus facciones volvían a ser sombrías.

–No eres la primera persona que encuentro. Creo que eso ya quedó claro antes. Lo peor de todo es que tampoco eres la primera persona que me cuenta esta historia ¿Qué coño tiene esa montaña que todos queréis ir allí?

Roberto hizo el ademán de hablar, sin embargo Javier se le adelantó y con una serie de gestos le hizo ver que aun no había terminado de hablar.

–Sí, sí. Lo se ¿Un sueño verdad? No eres el primero en contarme esa cantinela.

La cara de Roberto debió de sorprender al propio Jaramillas, que se apresuró en matizar sus palabras.

“Hace más o menos dos semanas me encontré a una pareja, eran dos mujeres, bueno una chica y otra mujer no tan joven. Las vi adentrarse por la autopista en dirección a la ciudad mientras realizaba una de mis rondas en busca de cosas que pudieran resultar interesantes entre las casetas de los huertos, así que decidí seguirlas. Había salido andando así que no me vieron ni me escucharon. Caminaban sin ocultarse, sin miedo, por en medio de la carretera. La mujer mayor era alta y delgada, de pelo canoso. Una cuarentona corriente, desmejorada por el paso de los días. En cambio, la joven era muy guapa pese a que después de todo lo que ha ocurrido los pocos vivos que quedamos damos bastante pena ¡vaya si no! Era menuda, pero con curvas generosas y una bonita mata de pelo negro cayendo por su espalda.

No te voy a negar que me vi tentado de dejarlas pasar. Total, iban en esa maldita dirección y yo no quiero tener nada que ver con lo que ocurra allí. Al fin y al cabo yo no he tenido ninguno de esos malditos sueños vuestros, y mira que me alegro.

La cuestión es que al final, sin saber bien el por qué, las seguí. Puede que la perspectiva de una mujer calentando la cama me tentara ¡Yo qué se! Hace mucho tiempo que no noto su calor por las noches y creo que estarás de acuerdo conmigo cuando digo que estas últimas noches han sido muy frías, jeje. Supongo que soñé un poco despierto, así que al final me vi siguiendo sus pasos casi sin querer.

Al principio no me vieron, pero al cabo de un rato empezaron a mostrarse algo nerviosas. Se giraban cada dos por tres y a mi no se me ocurrió otra cosa que esconderme. Quizá debiera haberme mostrado a la primera, no lo se. La cuestión es que no lo hice hasta bien pasado un rato, cuando el nerviosismo ya era evidente. Después de un rato siguiéndolas, la curiosidad me podía y ver a aquella chica con sus tejanos gastados contoneándose era criminal. Al final decidí mostrarme e ir a hablar con ellas. Debíamos de estar a unos tres kilómetros de aquí.

Les silbé con fuerza y me puse en medio de la carretera con las manos arriba. Obviamente, llevaba mi cuchillo en la cintura de mis pantalones, pero eso ellas no tenían por qué saberlo. En cuanto me vieron, la mayor cogió a la chica y la situó detrás suyo, como queriéndola proteger. En sus manos sostenía un palo de baseball y lo sostenía con fuerza. Mientras me acercaba, pude verlas mejor. La mujer era más alta de lo que esperaba, debía de ser como tú de alta, se la veía robusta y cargaba un mochilón importante. Tendría sobre los cuarenta y pico años, tal y como me había parecido ver. No era precisamente guapa, con la cara alargada, la mandíbula grande y el pelo enmarañado. Se la veía fuerte pese a la delgadez y con aquel bate entre las manos imponía respeto ¡Vaya si no!

En cambio, la chiquilla tendría mi estatura, unos centímetros más baja seguramente, pero poca cosa. En cuanto me vio se escondió detrás de aquella especie de tanque de mujer, pero miraba con curiosidad desde detrás de su barricada, con sus bonitos ojos negros abiertos como platos. A medida que me acercaba, me iba dando cuenta de que no era más que una niña, pero ¡Vaya niña! Luego me enteraría de que tenía unos diecisiete años, pero menudos diecisiete años. Tú ya me entiendes colega, no soy un pederasta de esos. Debe ser que hace mucho que no veo a una buena mujer.

A la que estuve lo suficientemente cerca, les lancé un saludo. Una bromilla de las mías, tu ya sabes, jeje. El tanque respondió haciendo ver que iba a golpearme ¡Vaya malas pulgas que tenía la tía! Me disculpé y les rogué que me perdonaran por seguirlas, pero que uno no podía fiarse de nadie en aquellos tiempos. Por un momento pensé que me iba a atizar con el trozo de madera en la cabeza, pero por lo visto aquella última frase parecía haberla tranquilizado algo.

Les pregunté por su destino y ¡Menuda sorpresa! ¿A qué no sabes a donde iban? Bingo, a Montjuïc. Les expliqué todo lo que sabía y les recomendé que no se acercaran allí. Lo mismo que te voy a acabar diciendo a ti, Rober. Pero no me hicieron puñetero caso y la mujer tanque me dijo que eso no dependía de ellas. Por lo visto, llevaban caminando desde el dichoso día de los muertos. Venían de lejos, joder, ahora no me acuerdo exactamente donde me dijo, porque la geografía no es lo mío, pero sonaba lejos. A todo esto, la chiquilla no dijo ni mu. Una pena, la verdad. Les dije si querían pasar la noche en este refugio porque faltaba poco para la noche, pero me dijeron que no, sin darme más motivos, solamente un “no” bien rotundo.

A aquellas alturas, hasta la mujer alta me parecía algo atractiva. Con aquella seguridad al hablar. Así que les pregunté si las podía acompañar un rato para poder hablar y la mujer accedió. Por el camino, me explicó que su joven compañera no hablaba mucho, que se habían encontrado hacía ya mucho tiempo las dos caminando en la misma dirección. Por lo visto las dos habían soñado lo mismo, así que habían hecho causa común y allí estaban.

Antes de despedirme les volví a advertir que allí no encontrarían nada bueno. Todo lo contrario. ¡Joder! solo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Pero la mujer se encogió de hombros, como resignándose, y no dijo nada. Al cabo de un rato, el sol estaba lo suficientemente bajo como para que me hiciera dudar si llegaría a tiempo a mi choza. Así que me retiré y las dejé con sus sueños y sus chorradas. Una pena, me habían caído bien”.

Roberto se quedó a cuadros. Lo suyo no había sido un sueño bien, bien. Pero ahora no le quedaba la menor duda de que las pistas eran ciertas ¿Cómo era posible? ¿Acaso era todo aquello una gigantesca casualidad? ¿Una especie de locura colectiva o un extraño juego macabro?

Y peor aun, por qué Javi Jaramillas tenía tanto miedo de aquella montaña. Por lo visto, él no había tenido sueños, ni recibido señales que le guiaran hasta allí. No estaba dentro del juego directamente, pero qué sabía ¿Qué se guardaba?

Roberto carraspeó antes de poder preguntárselo. Las palabras salieron pesarosamente de su boca, pero salieron. ¿Qué hay allí, qué o quién me espera allí arriba? La respuesta no se hizo esperar:

–Esa es la segunda parte de la historia, colega. Pasó antes de la que te acabo de explicar y es la que me quita el sueño desde entonces.

Sigue leyendo » Episodio XX;

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