Comieron patatas fritas. Jaramillas y él mismo las pelaron y las frieron en aceite de oliva. El aceite pronto sería como el oro: valioso a la vez que escaso. Sólo fueron unas sencillas patatas fritas, un gran cuenco para los dos, pero a Roberto le parecieron un delicioso bocado que casi había olvidado. Roberto las disfrutó y comió con un ansia que desconocía poseer. No se sentía esa ansia al comer carne enlatada.
Mientras pelaron las patatas, Jaramillas había continuado escupiendo palabras sin que Roberto le prestara la mínima atención. Su mente estaba en otra parte. Él buscaba el momento para dar rienda suelta a su lengua y preguntar. Necesitaba saber cosas. Había más supervivientes, pero entonces ¿Por qué el rictus de Jaramillas se había torcido de aquella manera al recordarlos?
Pero ¿Cómo entrarle? ¿Cómo abordarlo? Tenía miedo a la reacción de su compañero. También tenía miedo a la respuesta. No sabía el por qué, pero intuía que después su vida volvería a dar un vuelco.
Pensó en explicarle directamente su visión, sus sueños de espadas y caballeros enlatados en armaduras y todas las demás locuras que le habían pasado por la cabeza durante aquellos meses.
– “No, ahora no”. Concluyó. –“Un haz de luz; una espada blanca; apuntando sobre la oscuridad. Apuntando sobre Montjuïc”. Era una locura. De pequeño mil veces le habían dicho que la montaña de Montjuïc era la montaña mágica. Entonces había entendido que era así porque tenía un parque de atracciones y él se lo pasaba teta en la sala de los espejos, en una atracción inspirada en un barco a vapor llena de pruebas e ilusiones o en la casa del terror, donde sufría y disfrutaba a partes iguales subido en una carretilla de lo más cutre pasando al lado de monstruos de factura lamentable saliendo de sus resortes para intentar causar el gritito fácil. Le encantaba. Sin duda, había sido mágica.
– “Pero esa es la magia de un niño ¿La de ahora cuál será?”.
Continuó cortando patatas, unas tras otra, hasta que los dos llenaron el cuenco entero de tiras de patatas. Y luego las frieron, se las comieron y las disfrutaron como enanos. Fue entonces cuando, al acabar, Jaramillas le instó a preparar el café mientras él liaba unos cigarrillos.
–¿Quién sabe cuando se nos acabará lo bueno? Así que, colega, prepara una buena cafetera y no escatimes en echarle azúcar porque aquella cosa que me diste a probar en tu choza le daría ganas de vomitar hasta a un perro famélico, como ese que tienes ¡Tiramos la casa por la ventana! ¡Vaya si no!
Así lo hizo. El café estuvo dulzón y revitalizante, se sentía lleno y animado de manera que, como si su bloqueo hubiera bajado la guardia, la lengua de Roberto se soltó y las palabras empezaron a brotar desde su garganta ante la presencia de Javier Jaramillas que ante el cambio de roles decidió callar y escuchar, sin que eso sirviera de precedente. De esta manera Roberto le habló del trastero de su nuevo piso, de cómo se sintió allí encerrado tras escapar de su trabajo en el hospital y ver a aquel médico caníbal. Le habló sobre la mujer a la que atropelló a escasos metros de su piso casi recién alquilado y que, pese a haberle destrozado la cadera y retorcido la columna, continuaba en su empeño de alcanzarle rascando sus dedos contra el asfalto hasta crear una especie de pasta mezcla de carne, sangre y roña. Para su sorpresa, Jaramillas escuchó.
También le habló de cómo acabó quemando la casa de sus padres con los cuerpos de sus éstos dentro y de cómo. Luego le explicó lo de la explosión que lo destrozó y lo dejó inconsciente durante un buen rato. Acto seguido, había encontrado la pista del hombre muerto allí en el supermercado hasta hacerle llegar a la Avenida del Pino Viejo. Y Jaramillas escuchó.
Le contó la historia de su supervivencia en aquella casa. De cómo encontró el descabezado cuerpo sin vida del hombre muerto y de cómo, luego, había dado caza a la criatura que él había encerrado en la caseta de la piscina. Recordó a la niña de cabellera rubia y como el fogonazo del cañón de su escopeta había hecho desaparecer la pequeña cabecita sin dejar más que trozos informes de carne, hueso y sangre coagulada. Luego quemó los cuerpos y los enterró juntos, a modo de tributo póstumo. También eso le contó.
Del mismo modo le explicó cómo la cosa había empezado a ponerse fea día a día. Cómo cada vez llegaban más y más zombis en una especie de horda que se retroalimentaba a sí misma hasta que la casa se había visto bajo asedio. Y como él liberaba fuego sobre ellos, con sus flechas y sus cócteles molotov, pero el número ganaba día tras día a la furia de las llamas y al final había tenido que huir cuando sus defensas se habían visto superadas. De eso último tan solo hacían horas. Aun así, escuchado de sus propios labios, sonaba lejano e irreal.
Finalmente le explicó como se había internado en las pistas forestales, pasando por el aquel pino torcido, cargado de bártulos hasta llegar al castillo del Bruguers, donde se había encontrado con aquel entrañable perro hacía dos noches y cómo juntos habían dado inicio a una nueva aventura que les llevaría hasta Barcelona. Hasta que se cruzaron sus caminos, el de Jaramillas y el de Roberto.
Mientras hablaba Roberto tuvo la sensación de perderse en el tiempo ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que comenzara a hablar? ¿Una hora? ¿Cinco? Se había visto transportado por su propio relato, sorprendido de cómo sonaba el mismo cuando se explicaba. Fuego, muertos vivientes, cócteles molotov, flechas incendiarias, atropellos, asedios… Asociado a cada concepto Roberto rememoraba olores, imágenes, impresiones y sensaciones.
Se sentía cansado, como al pensar todo aquello otra vez le hubiera transportado a cada momento. Levantó la vista del suelo y pudo ver a Jaramillas, al cual prácticamente no había mirado a los ojos en todo su relato, mientras liaba otros dos cigarrillos. El cenicero estaba lleno de colillas de sus cigarros sin boquilla de modo que Roberto se imaginó que su historia había sido larga. Aun así su compañero había conseguido escucharlo sin interrumpir ni una sola vez, pese a que en un inicio Roberto hubiera jurado que Jaramillas era incapaz de lograrlo.
Cuando lo terminó de liar, le extendió el cigarrillo y esta vez Roberto lo aceptó de buena gana. Notaba la boca seca pero no le importaba. Ambos se encendieron los cigarrillos.
–Tú estás muy loco ¿No? –Le dijo Jaramillas. –Ahora mismo me das un poco de miedo Compañero. –Dijo antes de empezar a desternillarse de la risa.
– ¿Y a dónde te dirigías cuando nos encontramos esta madrugada? Vas a Barcelona, sí ¿Pero qué se te ha perdido allí? –Preguntó Jaramillas cuando el acceso de risa le hubo pasado.
Roberto lanzado, no dudó en explicarle hacía donde se dirigía. Era el momento ¿Cuál mejor que ese? Debía dejarse llevar, aunque le costara.
–Pues si te explico los motivos vas a pensar que estoy loco de verdad. –Dijo en tono jocoso, dando a entender que no quería explicarle la verdad. Evitaría, si era posible, decirle que perseguía un extraño sueño y que si iba en aquella dirección era porque, definitivamente estaba perdiendo la razón después de ver a todos aquellos muertos gimiendo día y noche, apestando agolpados ante la puerta. Pues ¿No era acaso una locura querer entrar en la ciudad sabiendo que sus nuevos habitantes le estarían esperando? ¿No era una sentencia de muerte intentarlo?
–Voy a Montjuïc. Por lo menos lo voy a intentar.
Aquellas palabras borraron la sonrisa de la cara de Jaramillas. Sin saber muy bien el por qué, Roberto supo que había dado en el clavo de manera que ahora tocaba hablar en serio. Ambos escondían cartas y había que jugarlas.
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