Sin duda, la parte del relato de Jaramillas que más interesó a Roberto fue lo del viejo y su móvil. Aquello era francamente inquietante. Puede que fuera una invención de su compañero, pero sin duda lo había vivido como algo traumático. Su cara mientras relataba la historia no mentía. Con teléfono o sin él, el tal Padre Ramón no era trigo limpio. Estaba intranquilo, con una sensación extraña que le costaba reconocer. Era algo así como… intriga.
“¿Qué te pasa Rober? ¿Acaso no sabes bien lo que estas sintiendo? Se llama curiosidad. Y no lo olvides nunca, porque mató al gato”.
Jodidos duendecillos. Tenían toda la razón. Aquello que sentía era malsana curiosidad y le estaba inquiriendo que necesitaba ver más. Que necesitaba acción. Roberto no comprendía el por qué de aquella necesidad, cuál había sido su transformación. De hombre asustadizo a inquieto aventurero. De esconderse en un trastero con el rabo entre las piernas y no tener valor ni de salir a cagar a arquero, guerrero, explorador, … ¿Qué le habían dado en la casa del hombre muerto que le había transformado de aquella manera?
No podía responder a esa pregunta. No bostante, lo otro lo tenía bastante claro: Meterse en Barcelona, aunque sólo fuera hasta Montjuïc que era una zona de relativa facilidad por su cercanía, acabaría desembocando en una más que previsible muerte segura. Jaramillas lo sabía y él también. Entonces ¿Cuándo se había vuelto definitivamente loco? Desde siempre había sido más bien miedoso para todo. Para las entrevistas de trabajo, para expresar sus sentimientos, para intentar ligar con las chicas. Y ahora su cuerpo le pedía la acción que nunca se había atrevido a demandar.
“Igual es que no estabas hecho para ese mundo, Rober. Igual estas hecho para este.”
Igual destrozaría a aquellos duendecillos si pudiera agarrarlos por el cuello. Odiaba aquellas vocecillas y odiaba aun más la manera de remarcar lo obvio ante sus morros. Había creído que esas vocecillas no eran más que fruto de su imaginación, por falta de estimulación sensitiva. Pensó que al haberse encontrado con Javier Jaramillas las voces por fin desaparecerían. Y así había sido, hasta ahora.
–Bueno compañero. Esa es mi historia. –Le espetó Jaramillas bruscamente. –Ahora supongo que es cuando tú pasas de todos mis consejos y te vas igualmente ¿O me equivoco?
Roberto notaba como las palabras de Javier escondían de forma bastante evidente un mucho de desesperación y un poco de tristeza. No quería quedarse solo. En otro momento Roberto no lo hubiera dudado y se hubiera quedado allí ¿Acaso no estaban alejados del peligro de los muertos vivientes? ¿Acaso no estaban allí bien provistos de alimentos y no demasiado lejos de los supermercados del extrarradio de las poblaciones cercanas?
Pero no se quedaría. Ahora sabía que las visiones decían algo. Sus sueños, los caballeros, las espadas y quién sabe qué más poseían un mensaje oculto. Roberto sentía que se habían dispuesto las fichas y él era una de ellas. Por ahora conocía cuatro: La mujer cuarentona, la joven que había fascinado a Jaramillas, el viejo y mentiroso Padre Ramón y él mismo, Roberto, el superviviente. Todo dispuesto sobre el tablero de Montjuïc, una colina pegada al puerto de Barcelona, coronada por una basta fortaleza amurallada y rodeada incluso por un foso. Un reducto de árboles y tranquilidad en el mar de personas y asfalto que era Barcelona.
Entendía a Jaramillas. Era una locura. Posiblemente la muerte para los que lo intentaran ¿Cómo si no cruzaría las calles de la ciudad hasta la montaña sin llevarse una sola dentellada? Era imposible. Posiblemente el joven de los ojos color ceniza tenía razón. Pero claro, él no había soñado, así que para él aquello no era más que el efecto del stress postraumático sobre unos supervivientes de sesos blandos; una extraña coincidencia, no más. Nadie le había dado vela en este entierro, así que tenía claro que su opción era seguir viviendo. Aislado pero vivo.
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