Episodio XXIII

Para cuando terminó su intensa charla, ya estaba bien entrada la tarde. Aun no había empezado a oscurecer pero a Roberto se le antojaba que no debía de faltar demasiado. Desde que hablaron cada uno sobre sus cosas la relación entre los dos se enfrió, como si la despedida inminente se anticipara. Albóndiga hacía poco o ningún caso a la palpable tensión y dormitaba a ratos en cualquier rincón para luego pasar a la acción corriendo entre el desorden de la casa.

– “No quiere que me vaya. Cree que le voy a abandonar como han hecho los demás. Todos con la misma excusa”. –Roberto se sentía mal. Le había cogido cariño pese a su verborrea incesante y a sus bromas pesadas. Suponía que cuando no había muchas opciones, era fácil hacer amigos.

– “Por lo menos yo no voy a robarle nada”. –Era una manera de aliviar aquella pena que sentía.

Roberto intentó descansar y le pidió permiso para tumbarse en una de las camas que había en la casa. Se sentía cansado después de tanto hablar y escuchar y pensaba que dejar madurar toda aquella información con una siestecita le vendría bien. Jaramillas le indicó el cuarto y allí se tumbó. Durante un rato Albóndiga le hizo compañía tumbado a su lado. La cama olía a humedad, como si no se hubiera usado en años, pero era cómoda de la misma manera que el ambiente se mantenía en una calidez muy acogedora. Sin duda, Jaramillas había acertado con su chalecito, era todo lo acogedor que uno pudiera esperar. No obstante, pese a algunas cabezadas, Roberto no conseguía dormirse profundamente.

Al cabo de un rato de estar allí tumbado, escuchó como Jaramillas salía por la puerta de entrada mientras un ligero repiqueteo nervioso le acompañaba a cruzar la puerta. Miró a su alrededor y supo que era Albóndiga que ya se había cansado de sestear y se había puesto en marcha. Por lo visto el perro se había escabullido en una de sus cabezadas.

–“Se llevan bien. Igual debería quedarse con él. Los dos necesitan compañía y cariño. No alguien que los lleve de cabeza a la muerte”. –No lo había pensado antes pero era una crueldad para aquel pobre perro que lo llevaran de nuevo ante los muertos vivientes. Tan sólo había pasado un par de días desde que se habían juntado sus caminos y ya estaba pensando en meterlo de nuevo en medio del meollo. Roberto no tenía ni idea del tipo de penurias por las que habría pasado aquella pobre mascota, pero por su lamentable estado de delgadez y los extraños ronquidos que producía se podía imaginar que su estancia en aquel nuevo mundo post-apocalíptico no había sido como una estancia con todos los gastos pagados en el caribe.

Eso le dio que pensar ¿Acaso los perros soñaban? ¿Y si soñaban, habría Albóndiga soñado con Montjuïc? En resumidas cuentas, Roberto se preguntaba si acaso el perro tendría una vela para aquel entierro. Pensó, con la cabeza medio embotada por el sueño de la siguiente cabezada, que el tiempo decidiría y no él. Partiría mañana por la mañana en cuanto se despertase y la decisión la tomaría él. Si quería acompañarle lo agradecería, si no, que se quedase con Jaramillas. Nadie se lo iba a negar y así ambos se podrían hacer compañía, que no les haría ningún mal.

Intentó pensar en dónde habrían ido los dos en ese momento, pero no tuvo tiempo de más y volvió a caer dormido. Más profundamente que las anteriores. Tanto que le permitió soñar.

En su sueño Roberto estaba en una calle de Barcelona. La Gran Vía de las Cortes Catalanas era una calle muy ancha, con varios carriles para la circulación de vehículos y una de las principales arterias de la capital catalana. Como en un millar de ocasiones, estaba a rebosar. Pero no eran coches lo que sobre el asfalto avanzaba con pesadumbre. Roberto, con la vista borrosa, pareció ver gente, miles y miles de personas.

¿Una manifestación? Sí, debía ser eso ¿Pero dónde estaban las pancartas, dónde las reivindicaciones?

Forzó la vista y se estrujó los parpados con ambas manos, como queriendo desperezarse después de que los ojos se le quedaran a uno pegados por las legañas. Cuando volvió a abrir los ojos vio sus pies calzados con unas zapatillas deportivas que le resultaban familiares. Sus manos, a escasos centímetros de su cara estaban protegidas por unos guantes de lana gruesa con la punta recortada, por donde surgían unos dedos desnudos y curtidos. Sobre sus antebrazos había una especie de malla gruesa metálica, que sin duda era una cota de malla, como las que llevaban los que se bañaban con tiburones.

“Sirve para protegerte de los mordiscos de los tiburones, así que también sirve para los mordiscos de los muertos vivientes”

Se palpó los brazos y el torso y notó como esa protección le cubría los brazos enteros y luego el resto del torso, colgándole luego hasta prácticamente la mitad del muslo. En su cintura, un cinturón de cuero curtido marrón sostenía una sencilla espada que le colgaba en el lado izquierdo de su cadera, anudado en su cintura mediante un nudo y un pasador metálico. Cogió el mango de la espada y levantó la vista.

Ya no había atisbo de duda, la vista borrosa había desaparecido y ahora Roberto veía con total claridad. Moscas, millones de moscas, revoloteaban por encima de cientos, quizá miles, de cabezas de los ciudadanos de la ciudad condal. Sólo que estaban muertos y caminaban. Ahora que había recuperado la vista, el olfato empezó a funcionar. El olor dulzón y nauseabundo de la muerte le entraba por las fosas nasales y no le dejaba pensar con claridad. Con la mano que no agarraba el mango del arma, se subió un pañuelo que llevaba al cuello hasta justo por debajo de los ojos y la cosa cambió. Olía a mujer, aunque no sabría como explicarlo.

Roberto, en su sueño, era a la vez protagonista y espectador. Una parte no tenía miedo, la otra se preguntaba que qué hacía que no huía de allí. Los muertos avanzaban lenta pero incesantemente. Los altos edificios, algunos de ellos con el peculiar estilo modernista tan típico de la zona, que acompañaban en todo su recorrido a la Gran Vía no hacían más que otorgarle un aspecto de riada humana, totalmente claustrofóbica, comiéndose el mobiliario de la acera y hasta los coches aparcados a los dos lados de la calzada.

“¡Huye, huye, huye!” Decía una parte de él mismo. Pero la otra parte, la que mandaba, no se movía. Ya notaba las moscas revolotearle al lado, posarse sobre sus hombros y cabeza. Los muertos estaban cada vez más cerca. Sus gemidos crecían en decibelios, anunciando su llegada. Cincuenta metros, cuarenta metros, treinta metros, veinte metros… Ya podía ver los detalles de cada uno de los zombis que componían la vanguardia.

Una mujer gorda como ella sola, semidesnuda y con las tetas colgando, gigantescas y moradas. Un viejo calvo y tísico, con un pijama de rayas tan sucio que daba más miedo que su portador. Un hombre joven, de la edad del propio Roberto, velludo y robusto, con horribles heridas en el torso y la ropa hecha jirones. Un niño con el típico pijama de Gormiti, que aun dejaba ver alguno de sus vivos colores bajo capas y capas de roña. Una mujer de larga cabellera enmarañada y camisón sucio, que antaño pudo haber sido atractiva… Todos estaban muertos, pues compartían la palidez y la mirada blanca; las costras de sangre negra y espesa en boca, ropa y heridas. Si uno caía, el resto lo pisaba sin contemplaciones y avanzaban mientras sus brazos se perdían entre el mar de piernas.

Todos le miraban con sus ojos blancos y vacios. Sus bocas se desencajaban y caían colgando, mientras gemían al unísono. Las moscas les revoloteaban a todos lados. Uniendo sus zumbidos a los gemidos en una orquesta aterradora.

La espada aguardaba en su vaina. Entonces la parte aterrada de Roberto lo entendió. En cuanto la espada saliera de su funda la luz les haría retroceder. Ya lo había visto en otra ocasión. Era otro sueño. Si hubiera tenido control sobre su cuerpo hubiera suspirado aliviado. Pero en vez de eso, la mano de la espada estrechó con fuerza el mango y tiró de izquierda a derecha, de abajo a arriba, cruzando la espada por delante de su pecho buscando el cielo con la punta.

La espada refulgió alzada sobre las cabezas con una intensidad cegadora. Las moscas dejaron de zumbar. Los gemidos quedaron acallados… Luego, la luz se contrajo sobre sí misma y el metal se quebró en lo que pareció un rugido gigantesco y ensordecedor, saltando los pedazos de acero por el aire. Los muertos, que por una fracción de segundo habían cesado en su marcha, volvieron a ponerse en marcha en pos de él.

La perplejidad se hizo dueña y señora de los dos Robertos, pues ninguno esperaba tal resultado. La explosión había quebrado la espada en pedacitos que había salido volando a metros de distancia mientras que él, desconcertado, no había hecho más que bajar la cabeza y cerrar los ojos en un espasmódico movimiento.

Sin tiempo apenas para recomponerse, un segundo rugido cayó del cielo como un relámpago. Como en un acto reflejo Roberto lanzó la espada quebrada al aire, inservible, y se llevó ambas manos a los oídos.

“No es un rugido, es una carcajada. Una carcajada que pone los pelos de punta”. Los zombis se le echaban encima, cada vez más cerca. Pero no le importaba, ya no existían para él. Lo único que importaba era que sus manos habían llegado demasiado tarde. Ya lo había oído.

Roberto se despertó sobresaltado. El sueño era ya algo como muy lejano, más parecido a una idea vaga. Miró por la ventana y aun quedaban algunos atisbos de luz de modo que no podía haber pasado mucho tiempo aunque él mismo hubiera jurado que llevaba durmiendo horas ¿Era posible que sólo hubieran pasado unos minutos desde que cerrara los ojos? Incorporado en la cama, con el corazón desbocado, Roberto se miró el antebrazo.

–“Ahora entiendo lo que me dijo Jaramillas”. –Roberto pudo ver todos los poros de su piel, los pelos de su brazo apuntando al cielo todos ellos. –“Yo también la he escuchado”.

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