En el lavabo Roberto se quedó mirándose al espejo durante un buen rato. Su pensamiento estaba en aquella risa, en aquellos muertos y en aquel jodido mundo que le había tocado vivir. Allí, mirándose en el sucio espejo del lavabo, Roberto tenía la impresión de estar aun metido en un sueño extraño y delirante. Una locura surgida de la peor de las pesadillas y de la cual era imposible despertar.
– “Pero me siento más vivo que nunca”. –Le decía una vocecilla y aquello lo inquietaba ¿Qué tipo de loco perturbado necesitaba de aquel escenario tan macabro para sentirse vivo? No sabía responder a aquella pregunta y pese a saber que al día siguiente debía marchar hacia lo desconocido, ningún atisbo de duda le incordiaba los pensamientos.
– “Yo no soy así”. –Decía la otra parte. –“Siempre he dudado en todo ¡Siempre he sido un indeciso! ¿Por qué ahora no puedo serlo? –Ahora quizás debiera. Si su ciudad, mucho más pequeña que la inmensa y cosmopolita Barcelona, se había convertido en un festival improvisado del mordisco, la gran ciudad sería como el Oktoberfest de los zombis. Salvando las diferencias, claro.
Su siesta había durado escasos minutos y pese a eso, se había levantado de la cama con el miembro semi-erecto y la vejiga a reventar. Después de pegar una larga e incomoda meada, mientras se miraba al espejo, Roberto vio un paquete de cuchillas de afeitar desechables. La barba le había crecido ya y ahora que la veía de nuevo, parecía cobrar vida y picar como una condenada. A Roberto le dio la impresión de que a Jaramillas, que aun no había vuelto de su escapada con Albóndiga, no le importaría demasiado que cogiera una de sus cuchillas y decidió que un afeitado no le sentaría nada mal. Tenía que callar unas cuantas voces.
Bajó abajo y calentó una hoya de agua al fuego. Luego, llenó la pica del lavabo y metió la cuchilla en el agua caliente. Mientras, con una pastilla de jabón usada Roberto se frotó la áspera barba y la cara con energía. Era reconfortante el olor del jabón después de largos días y más reconfortante fue pasarse la cuchilla insistentemente y apurar el afeitado pese a cortarse diversas veces. No importaba. Cuando terminó de afeitarse, con el cristal empañado, Roberto se desvistió y se aseó más a fondo.
– “Limpieza completa ¡Sí señor! Buena puesta a punto”. –Aquello le había alejado el pensamiento de irrealidad. Incluso se olvido por un momento del recuerdo vago de aquel sueño perturbador.
Para cuando terminó ya era de noche y Jaramillas no tardó en llegar. Primero el ruido de un motor, el petardeo inconfundible de una motocicleta, pero de una cilindrada mucho menor que con la que habían llegado a la fortaleza de Jaramillas. Luego la puerta de la entrada se deslizó sobre sus raíles y una luz deslumbrante cruzó el umbral. Roberto, cegado por completo, pudo escuchar la inconfundible voz de su compañero.
–¡Vaya, si es Humphrey Bogart! ¡Menudo afeitado amigo, así me pareces hasta atractivo! –Cuando apagó la luz de la motocicleta sus ojos tardaron unos segundos en poder verlo. Llevaba a Albóndiga metido en la chaqueta, como lo hubiera llevado él aquella mañana al llegar. –No pongas esa cara, hombre, que estaba de broma jeje. Además, ese entrecejo tuyo no me pone nada de nada.
Roberto no dijo nada, pero sí rió. Después de todo, el bueno de Jaramillas no hacía más que animar con sus bromas y comentarios. Ahora incluso le parecían divertidas. Aquella motocicleta que llevaba era nueva para Roberto, mucho más pequeña que la anterior, no dejaba de ser una scooter urbana de lo más vulgar. No reparó más atención en ella y volvió adentro de la casa, donde el ambiente era más cálido que afuera.
Mientras entraban, Roberto se fijó en que Jaramillas llevaba algo en su mano derecha, un pequeño folleto o algo similar. Albóndiga se le acercó y correteó entre sus piernas casi haciendolo tropezar mientras Jaramillas se adelantaba y se sentaba junto a la mesa, decidido a liarse un cigarrillo.
–Siéntate aquí conmigo, que tenemos que hablar. –Le dijo con voz seria, sin siquiera levantar la vista de lo que se traía entre manos. –Bueno, mejor prepárate un café antes mientras yo lío unos cigarrillos. Por lo que me ha parecido entender, mañana te las vas a pirar así que, colega,… –Se tomó una pausa para chupar la tira de cola del papel de fumar. –…Vamos a ver como te puedo ayudar.
Justo a tiempo, Javier Jaramillas acabó el cigarrillo y cogió el fino librillo que había traído, alzándolo hasta la altura de su propio rostro. A Roberto no le costó reconocer lo que era ahora que podía verlo con mayor detalle. Una portada roja, con el nombre de Barcelona serigrafiado en grande y un remix de edificios emblemáticos de la ciudad: Era un mapa.
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