Episodio XXV

Con sus cafés y sus cigarrillos, ambos miraron el mapa. Éste era un mapa turístico que indicaba los puntos de interés de la ciudad y abarcaba desde Hospitalet, la ciudad colindante por el sur, hasta pasado el río Besos, adentrándose en los terrenos de la otra gran ciudad, Badalona.

Jaramillas cogió un bolígrafo y marcó tres equis en el mapa. Una por cada una de las vías que se adentraban en la ciudad condal, como un corazón y sus arterias.

–Aquí tienes la gran vía, la ronda de dalt y la ronda litoral. –Le dijo su compañero menudo de ojos del color de la ceniza. –La ronda de dalt te llevará hacia la parte alta de la ciudad, allí podrías realizar unas maravillosas fotos panorámicas, pero no es lo que buscamos así que la vamos a descartar la primera. –Tachó enérgicamente la “X” que había marcado allí donde ésta se adentraba en la ciudad. –No creo que te interese ¿Verdad? Pues venga, una menos.

No había esperado respuesta alguna, como siempre. Las palabras de Jaramillas cuando se lanzaba a hablar sólo paraban ante otras palabras de Jaramillas.

–Nos quedan dos. –Continuó Jaramillas.

– “¿Por qué lo hace? Le voy a dejar tirado como una colilla y aun así me ayuda”. –Roberto no cabía en su asombro. Jamás se hubiera imaginado esto. Se había planteado la opción incluso de que se enfadase y le mandara a la mierda, pero no ésta.

–Por la gran vía podrías llegar hasta plaza España y desde allí, coger la calle esa, la de las dos torres ¿Cómo coño se llamaba?

–Avenida María Cristina… –Matizó Roberto, tímido ante la verborrea fatal de su compañero.

–Eso, eso. Avenida lo que tú quieras. Por allí subirías rápido hasta Montjuïc. El único problema son los muertos, jeje. Menudo problema. Por la gran vía estarías expuesto y seguro que en menos de lo que canta un gallo se monta la gorda allí.

Era cierto. Roberto había podido ver como en cuestión de días se daba cita todo un batallón de muertos delante de la casa del hombre muerto. Y habían tardado tanto porque allí arriba la densidad de población era muy baja. Todos los muertos habían llegado de más abajo, del centro, donde los habitantes se contaban por miles y las viviendas por pisos, no por monísimas y espaciosas casitas. No era difícil imaginar que, en medio de Barcelona, lo que otrora tardara en montarse días allí no tardara más que horas, quizá ni eso. Quizá ya estuviera montada.

Aun así. Era la opción que Roberto había barajado: Adentrarse por las calles lenta y silenciosamente, quizá de noche, y esperar que la suerte le acompañara. Sabía que una vez llegara a Montjuic el peligro era menor. Pero claro, ese no era el problema. Si la cosa se torcía moriría. Si no, llegaría a la carrera con un ejército de muertos pisándole los talones.

“Si el Padre Ramón está allí, seguro que estará encantadísimo de acogernos a todos”.

–Por eso yo escogería la ronda litoral. –Continuó Jaramillas, señalando con el dedo la tercera cruz que había en el mapa. –Fíjate bien, pasas justo por debajo de Montjuïc y si coges la primera salida ya sales directamente allí. Librándote de esos muertos de un plumazo ¿Qué te parece? –El dedo de Jaramillas recorría la carretera para salirse justo debajo de la montaña, al lado del mismísimo puerto de Barcelona.

¿Que qué le parecía? Era una idea buenísima. Y a Roberto no se le había pasado ni por la cabeza. Había fantaseado incluso por colarse por la entrada del tren, pero era totalmente descabellado cruzar Barcelona por la oscuridad de los túneles subterráneos del tren y el metro Barcelonés. Sin embargo, la ronda litoral trascurría paralela al mar, lo que reducía la cercanía al núcleo urbano y, además, tenía una salida que le llevaba directamente a la montaña, prácticamente sin rozar la gran ciudad, por lo que sería el camino más tranquilo de los tres. Si Roberto tenía una oportunidad, sin duda, era por allí. Al parecer, los porros no le habían privado de momentos de extrema lucidez. Fascinado, Roberto se planteó si no debería venir con él.

“Pero él no lo ha soñado, no tiene vela en el entierro”. Sólo tras recordar la cara que se le puso cuando le explicó la historia del Padre Ramón, Roberto comprendió que era una misión que tendría que afrontar solo. “No lo ha soñado, y aunque lo hubiera hecho, tampoco vendría”.

– ¿Cuándo te irás? ¿Mañana por la mañana? –Preguntó Jaramillas sin dar tiempo entre las preguntas. –Sí. Mañana por la mañana, en cuanto despunte un poco el sol. Así tendrás más tiempo por si acaso. Por la noche aun hace mucho frío, y quedarte a la intemperie no sería buena idea. Hay peores cosas que el frío ahí fuera, ¡Vaya si no! –Las palabras se atropellaban unas a otras, sin descanso. A Roberto le quedó claro que, cuando Jaramillas se ponía nervioso, hablaba demasiado.

En cuanto hizo una pausa para respirar y liarse un cigarrillo, Roberto aprovechó.

–Mañana a primera hora me iré. Son aun unos quince kilómetros desde aquí hasta Barcelona. La ronda litoral es sin duda la mejor opción, pero caminando será lentísimo. Así que más vale tener tiempo ¡Tú mismo me lo has dicho! –Roberto, con ganas de animarle un poco, le golpeó en el hombro en un gesto de camaradería.

– ¿Andando? ¿Quién ha dicho que te vaya a dejar ir andando? –Jaramillas parecía serio y eso era raro. – ¿Has visto la moto esa que ahí fuera?

Era verdad. Jaramillas había llegado en una moto más pequeña, menos potente y no tan impresionante como la otra en la que le había llevado de paquete. Roberto no había prestado demasiada atención a aquel vehículo. Uno más. No era ninguna novedad que Jaramillas era un manitas y disfrutaba de acumular y arreglar cacharros. Roberto, que el único vehículo de dos ruedas que había llevado era un bicicleta de montaña no podía llegar a comprenderlo, pero quién era él para cambiarlo.

–Pues es tuya, amigo. Tranquilo, no te pongas nervioso. Ya sé que no tienes ni idea de motos, ya lo noté cuando te traje aquí ¡El peor paquete que he llevado nunca! Hasta el perro iba más relajado que tú. –Jaramillas le devolvió el golpecito en el hombro, Roberto, pese al comentario, se alegraba de verlo reponerse.

–Es una motillo de cincuenta centímetros cúbicos y sin marchas. Vamos, una bici con motor. Estoy seguro de que hasta tú podrás llevarla. No corre mucho pero qué importa si en vez de llevarte en veinte minutos te lleva en treinta. Tiene el depósito lleno así que si no le das mucha caña te llevará bastante más lejos que Montjuïc. Incluso te traerá de vuelta, por si te arrepientes, jeje.

Los dos rieron. Roberto no dijo nada, simplemente se rió del comentario, sin más. Luego Jaramillas abrió una botella de vino, de las caras, y brindaron por haberse conocido. Albóndiga fue el primero en quedarse dormido tras comerse los restos de la comida enlatada que hicieron para cenar. Más tarde y algo aturdido por vino, Roberto se subió al cuarto donde había echado la siesta y se tumbó en la cama. Al principio no se durmió, pensando en sus cosas, en Jaramillas y en Montjuïc. Para nada estaba turbado. Extrañamente, y pese a saber que echaría de menos al graciosete de Jaramillas, notaba un sosiego peculiar, como el que ha hecho los deberes con antelación y se siente preparado. Sin darse cuenta, se quedó dormido.

No hubieron sueños para él aquella noche.

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