Era extraño recordarlo, pero mientras conducía su scooter por aquella autovía Roberto no podía dejar de pensar en su primer día en el mundo de los muertos. Aquel era el mismo camino que había cogido cuando, tras ver que las cosas no estaban funcionando demasiado bien, decidió volverse a casa con su coche azul oscuro. La imagen era exactamente la misma, si bien, el viento había arrastrado escombros y hojas que ahora se agolpaban en la mediana que separaba los carriles de ida y de vuelta. Roberto, conduciendo a sesenta kilómetros por hora, las levantaba a su paso arremolinándose tras de él.
Su motocicleta era un punto insignificante dentro de aquella red de asfalto que serpenteaba en dirección a la capital. Más adelante, a pocos kilómetros, llegaría a una intersección de caminos, justo sobre el río Llobregat, donde debería tomar una dirección diferente y afrontar la famosa ronda litoral. En cuanto lo hiciera, su objetivo no se encontraría a más de veinte minutos. Eran extrañas las distancias en este nuevo mundo. Un día había tardado en recorrer el camino rural desde la casa del hombre muerto hasta la planicie en que se convertía el delta del Llobregat. Ahora, sobre aquel vehículo, recorrería una distancia más larga en un tiempo insignificante.
Roberto ya empezaba a sentirse más seguro sobre las dos ruedas de la motocicleta y apretó el acelerador un poco más. De fondo, la torre que había sido el hospital de referencia de la zona y su puesto de trabajo se alzaba por encima de todo como un témpano de hormigón, ignorando cualquier circunstancia, ajeno a la situación límite en la que se había visto inmerso el mundo de la gente que lo visitaba a diario. La cara recién afeitada de Roberto, expuesta al afilado y frío viento de la mañana, echaba de menos aquella frondosa y negra barba que la había cubierto hasta hacía relativamente poco.
Los carteles azules de la autovía empezaron a hacer acto de presencia. Decenas de direcciones diferentes eran indicadas sobre la calzada. Las pantallas de electrónicas que indicaban la velocidad estaban todas tan apagadas como los radares que detectaban la velocidad. Aquello no era más el esqueleto de un gran muerto que se descomponía muy poco a poco. Roberto intuía que muy pronto, quizá en la primavera que tan cercana quedaba ya, la vegetación comenzara a ganarle de nuevo la batalla al asfalto y el hormigón, como si de bacterias dándose un festín de un cadáver se tratase.
Cuando se dio cuenta ya estaba sobre el tramo de carretera que cruzaba el río Llobregat, elevándose un poco sobre el nivel del mar. Como instintivamente Roberto accionó los frenos de su scooter y la paró allí en medio, sobre las aguas marrones del río. Allí parecía levantarse una frontera invisible, con unas vistas de toda la zona esplendidas. El hospital se encontraba en frente suyo, alto y robusto. Al lado, el prestigioso y moderno hotel que habían construido hacía relativamente poco se esforzaba por competir en grandeza, con su extraña cúpula acristalada en la zona superior. Roberto se preguntó si aquellos muertos seguirían allí, buscando algún resquicio de carne pegada a algún hueso mil veces roído o si por el contrario ya se habrían ido de allí, en busca de su propio sueño americano. No supo que responder, pero sí pudo notar como su cuerpo se estremecía al recordar a aquel jodido no-muerto con bata blanca y su boca ensangrentada.
– “Bultos”. –Recordó Roberto. –“Se dio un festín con aquellos bultos”.
Aquella había sido su primera vez y ¿Cuánto tiempo había pasado ya de aquello? Una eternidad. Dudaba de que se pudiera reconocer si se viera, un inocente bobalicón de vida plana e insulsa.
– “Ahora eres especial, Rober. Uno de los pocos supervivientes. Un tío guay. Y encima te diriges en pos de la mayor aventura que hubieras podido imaginar ¡Ni en el mejor de tus video-juegos preferidos! Sólo tienes que volver a poner tus manazas en el manillar y darle al gas ¡Vamos que nos vamos! ¡A la aventura! No habrá marcha atrás”. –La voz del duendecillo tenía razón: Si seguía adelante no habría vuelta atrás posible. Tenía la impresión de que los acontecimientos se sucederían rápido. Sabía pero no sabía, lo cual era muy desconcertante. Podía notar en la boca la sensación de ser una pieza insignificante dentro de un plan que le quedaba muy grande. Dos meses atrás se hubiera escondido en algún otro trastero, pero no hoy. Su mirada estaba puesta más allá de las dos torres que eran el hospital y el gran hotel, incluso más allá de las que venían después, algunas de ellas aun edificios de negocios en construcción que jamás serían acabados. Su atención estaba sobre aquella colina que era la montaña de Montjuïc.
El molesto petardeo del motor de la scooter aumentó y Roberto se puso en marcha dejando atrás el río, cuyas aguas permanecían en apariencia tan sucias como siempre. Allí la carretera era de dos carriles en cada sentido. Cruzó el cartel que le indicaba la salida que él debía coger y se enfiló flechado hacia su objetivo.
El desvío que tomó le acercó hasta pasar rozando el hospital y toda la basta extensión de terreno que comprendía. Notó la mirada inquisitiva de los muertos y hasta creyó ver la figura de alguno de aquellos muertos vivientes, pero no le importó. No le podían alcanzar. Cruzaría como un relámpago. No malgastaría ni un segundo en mirar. Le detectarían, le intentarían seguir, pero perderían su objetivo demasiado rápido así que la temible lengua de no-muertos, si es que se llegaba a formar, se desmoronaría sin remedio.
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