El centro comercial era la mismísima imagen de la desolación, un claro ejemplo de lo que era el fin del mundo. Totalmente abandonado, las naves que lo componían ocupaban una extensión de terreno descomunal con una zona de aparcamiento gigantesca, ahora totalmente vacía. Lo habían construido al margen de la autopista y el cartel de la gigantesca nave principal era de tal tamaño que se podía ver desde cualquier sitio, con sus imponentes letras rojas que superaban en altura a algunos edificios. De un lado al otro, el centro comercial bien podía alcanzar el kilómetro.
En total aquel centro comercial, pionero en la zona del Bajo Llobregat, se componía de cinco naves colocadas en forma de “L”. El brazo largo de dicha “L” estaba compuesto por la nave principal, rectangular y de mayor tamaño, donde Jaramillas se encontraba en ese momento. El resto de naves eran de forma cuadrada y se disponían consecutivamente hasta acabar la forma de la letra. Jaramillas sabía que Roberto ya había pasado por allí antes de que sus caminos se juntaran, él había saqueado el almacén deportivo que se encontraba en la otra punta.
Tampoco era la primera vez para Jaramillas. Sin embargo, él se había centrado en el supermercado y en los alimentos, no en los artículos deportivos. Ambas zonas estaban cada una en una punta de la zona comercial, de modo que Jaramillas pensó que aunque hubieran coincidido en el día en que Roberto atracó el almacén, hubiera sido difícil encontrarse. Ahora ya daba lo mismo. Aquello era el pasado y los caminos de Roberto y de Jaramillas se habían vuelto a separar.
“No se por qué me da ahora por pensar todo esto, si el tío ya se ha ido”. Pensó Jaramillas mientras se encaminaba a una de las salidas de emergencia que se encontraba en el lateral de la nave. “Quizá tuviera que ser así, no es mi culpa si se encabezonó con querer ir tras los pasos de aquellas dos mujeres”. Sentenció mientras recordaba como la más joven contoneaba las caderas caminando por el arcén de la autopista que ahora quedaba a su espalda.
“Necesito una mujer… ¡Vaya si no!”
La puerta de emergencias estaba forzada y la cerradura destrozada. Jaramillas ya se había encargado de ella tiempo atrás, ahora solo tenía que intentar ser lo más sigiloso que pudiese. Y rápido, debía ser rápido. Por norma general aquella zona estaba libre de muertos, pero nunca se sabía. Por lo que había podido entender, sólo hacía falta la mordedura de uno de esos jodidos podridos para mandarte al otro barrio.
Tiró de la larga maneta que cruzaba la puerta horizontalmente y dejó que Albóndiga, que se encontraba en esos momentos entre sus piernas se metiera en aquella oscuridad que se prolongaba más allá del dintel metálico de la puerta. Antes de entrar él, hizo un repaso rápido del exterior buscando la presencia de algún movimiento sospechoso y cuando se quedó más o menos convencido de que estaban solos, se escabulló él también hacia la oscuridad.
El pasillo era largo y no muy amplio, Jaramillas pensó que como salida de emergencias debía de tener un aprobado justillo, y en cuanto la puerta se cerró tras de él, la oscuridad fue casi absoluta. Albóndiga caminaba en la oscuridad sin problema, guiado seguramente por los aromas de la comida, mucha de ella podrida, que más adelante les aguardaban. Jaramillas podía escuchar el repiqueteo de sus patitas en el pulido suelo. Sin embargo él no podía avanzar con la misma facilidad que el perro, así que palpó el cinturón y junto a su contundente machete dio con la linterna.
En cuanto la luz azulada inundó el pasillo se quedó más tranquilo. El perro seguía alegremente en dirección al interior como si nada hubiera pasado y a Jaramillas le dio el tiempo justo de verlo doblar la esquina a la izquierda y desaparecer.
“Va demasiado rápido”. Pensó Jaramillas preocupado. Se había encariñado de aquel perro escuálido. Con la linterna a la altura de su cabeza, Jaramillas avanzaba cauto en pos del perro. El pasillo era de un blanco roto y medía unos diez metros hasta el primer recodo a la izquierda. Todo tenía el mismo aspecto que la última vez que había pasado por allí, de eso hacía alrededor de dos semanas. Incluso el olor cargado era el mismo. Apretó el paso para dar alcance a Albóndiga antes de que lo perdiera de vista y llegó al recodo. Lo tomó lentamente y continuó avanzando. Unos diez metros más y llegaría a unos lavabos (hombres a la izquierda; mujeres a la derecha; paralíticos después de los hombres) y luego una puerta eléctrica que no funcionaba pero que se había quedado abierta. Eso era lo que le esperaba. Después de eso ya se encontraría dentro de la nave. Un espacio abierto y mejor iluminado gracias a un techo semi-translucido donde no necesitaría la linterna.
Albóndiga se encontraba correteando por entre las tiendas que se encontraban en la calle principal. Dentro de la nave había una calle principal con tiendas a izquierda y derecha. Tiendas de moda, maquetas, zapatos, videojuegos y otra vez moda. Las persianas de las multiples entradas estaban cerradas, así que la única luz que entraba era la de la linterna de Jaramillas y la que entraba por entre las callejuelas que daban a la parte del gigantesco supermercado que quedaba paralelo a la “calle de las tiendas”. Albóndiga, como si conociera aquel lugar de toda la vida, avanzó ajeno a cualquier cosa hasta que de entre las tiendas surgió el primero de los desvíos que daban a la zona del supermercado. Sin pudor, el perro se metió volviendo a desaparecer de la vista de Jaramillas, que empezaba a increparse.
–Jodido perro. –Musitó para sus adentros. –¿De donde coño lo habrá sacado el imbécil de Roberto?
Aceleró el paso. La luz de la linterna se difuminaba entre la tímida iluminación ambiental, así que la apagó. Se estaba agobiando de aquella situación, durante dos meses se había acostumbrado a actuar solo, sin seguir los pasos de nadie, yendo y viniendo a su antojo. Sin rendir cuentas a nadie. Y ahora se encontraba siguiendo los pasos de un perro. Decidió acabar con aquello lo más rápido posible. En treinta minutos estaría fuera de allí, con provisiones para quién sabe hasta cuando.
Lo primero que encontraría sería la sección de electrónica, de allí nada le sería útil ya, así que pasaría por allí como un relámpago, después la ropa y luego las neveras de los congelados, donde olería a mil demonios porque todo estaría bien podrido. Luego vendrían las conservas y otros alimentos más perdurables y al final de todo, la licorería. Si era posible, se llevaría un buen Whisky escocés. Y sería posible, Jaramillas no recordaba si aquella era la segunda o la tercera vez que acudía a aquel supermercado, pero siempre había estado tranquilo. Los podridos no se habían dignado a aparecer por allí, en medio de un polígono industrial en horas bajas…
Y entonces fue cuando Albóndiga ladró. Su ladrido era ronco, casi ahogado, pero el mundo se había vuelto muy silencioso así que fue perfectamente audible. Jaramillas se sorprendió y para cuando se dio cuenta sus pies estaban volando sobre las polvorientas baldosas. El gemido, casi un susurro, también llegó a los oídos de Jaramillas.
–“¡Debería irme de aquí, joder! Los héroes no llegan a viejos.” –Pensó para sus adentros. –“Él solito se ha metido en esto ¡No es mi problema, joder!” –Su cabeza pensaba en la puerta por la que habían llegado, en irse lejos, volver a la seguridad de sus muros altos y su puerta metálica. Pero sus piernas le guiaban en pos del perro.
–“¡No es mi problema, joder! ¡No es mi problema!”.
Sigue leyendo » Episodio III;
18/02/2012 at 14:38 Permalink
He encontrado otra web donde publican relatos de zombis por capítulos. Aquí os dejo el enlace:
http://earthuszombi.wordpress.com
27/02/2012 at 19:59 Permalink
No se si mi pagina web ha inspirado la aparición de ésta, pero en caso de que sea así… ¡Nos espera un largo litigio en los tribunales!
Jajajaja que va, que va! Me llena de orgullo y satisfacción!! Suerte al proyecto!!
P.D: Esta noche publico que se me va la clientela a la competencia