El hospital ya quedaba a su espalda. Roberto circulaba por una carretera paralela a la Gran vía. Desde ella, desviándose a la izquierda se podía cruzar por arriba esa importante arteria para ir en dirección al Hospital, como hubiera hecho otras tantas cientos de veces. La otra opción era continuar un poco más adelante y tomar un desvío a la derecha que llevaban al puerto de Barcelona y, por extensión, a la ronda litoral Tomó este último, mientras algunas horas secas se levantaban del asfalto a su paso.
Estaba seguro: Había visto muertos. Recordaba aquella sensación aunque ya era lejana, como de otra vida. “Bultos”. Bultos tirados sobre la calle, cuerpos sin vida a la entrada del hospital y a sus alrededores. Ahora esos bultos no eran más que osamentas roídas. La mayor parte de la humanidad, que él supiera, se había ido a dormir para no volver a levantarse jamás la fatídica noche del fin del mundo, hacía ya dos meses. No obstante, otros muchos sí se habían levantado, pero no de la manera que tenían previsto hacerlo, sino como jodidos autómatas lobotomizados. Zombis, como en aquellas películas que tanto le aterraban de pequeño. Y estos habían dado buena cuenta de los cuerpos, como si de un escuadrón de limpieza se tratase.
Jirones de ropa manchada de sangre y fluidos secados al sol junto a huesos blanquinosos con ligeros restos de tejido adheridos. Los pájaros habían desaparecido desde aquel día y no se atrevían a acercarse a rapiñar ni los restos. Esos eran los bultos que quedaban ahora. Esos, pero también otros. Más frescos, increíblemente bien conservados para llevar dos meses muertos. En algún momento del proceso de putrefacción, ésta se había detenido de manera que su aspecto era atroz. Sucios y mugrientos, con la piel pálida y en algunos casos rozando el verde. Unos secos como palos y otros inflados y purulentos, pero todos con las panzas llevas de carne en descomposición o de Dios sabe qué, después de tanto tiempo. Sólo las moscas parecían acercarse, revoloteando alrededor.
Estos últimos, los más “frescos”, habían levantado la mirada a su paso. Inactivos a su llegada, al cruzar por los edificios adyacentes a la Gran vía, parecían haber salido de su extraña hibernación. O eso hubiera jurado Roberto. No había podido verlo más que de soslayo, pero no guardada duda alguna.
No importaba, iba demasiado rápido para ellos. Sin duda los muertos intentan levantarse, perseguirle, seguir su rastro. Pero una cosa era intentarlo y otra muy distinta conseguirlo. Pronto lo perderían de vista y de la misma manera perderían la motivación. No conseguirían nada. Jaramillas tenía razón, siempre que uno consiguiera escapar lo suficientemente rápido.
Unos kilómetros más adelante, después de girar sobre varias rotondas, consiguió incorporarse definitivamente a la ronda litoral. Allí la carretera tenía cuatro carriles para cada sentido. Había cruzado numerosas naves industriales de importantes empresas. Pasar por allí despertaba en él una extraña sensación a la que había que sumarle el hecho de que jamás, en su nueva vida, se había alejado de todo aquello que hubiera considerado un hogar. Era una sensación de cierta nostalgia sumada a una profunda tristeza.
Se preguntó inevitablemente si quedaría allí algún guarda vagabundeando entre los almacenes, algún montador de alguna línea de montaje del turno de noche, desorientado y sin motivación, con el estómago inflado de carne y la mirada blanquinosa. No se pararía a comprobarlo. Sin duda, aquel pensamiento era la excusa que necesitaba para darle al acelerador. El acelerador alejaba los pensamientos, obligándole a centrarse en la tarea de conducir su motocicleta por la carretera.
Los carriles iban desapareciendo y volviendo a aparecer. El cementerio, ubicado a los pies del montículo terroso que era Montjuïc, ya era perfectamente visible desde su posición y, progresivamente, las naves industriales iban dejando paso a las grúas del puerto y a los gigantescos tanques de combustible para los navíos del puerto de Barcelona, tan próximo desde su posición actual. Sobre la montaña ya se dibujaba la línea recta de la muralla defensiva del castillo. Su objetivo.
Roberto no sabía si tirarse de la moto o apretar el acelerador y estamparse contra la mediana. La sola presencia de la muralla le había estrujado el estómago, como si se empecinara en echar el escaso desayuno. Allí estaba, tan cerca. Era demasiado. Notaba que estaba por encima de sus posibilidades, pero su puño se negaba a soltar el acelerador. Tenía conciencia propia y quería joderle. Quería llevarle justo hasta la puerta del castillo y hacerle sentir el miedo a lo desconocido.
Las grúas amarillas iban creciendo a su derecha, al lado del mar, mientras la montaña aumentaba más y más a su izquierda, terrosa y roja con ligeras pinceladas de un verde apagado. Cada vez más imponente. De los cuatro carriles de la carretera dos se había fugado, perdidos Dios sabe dónde, lo cual sólo podía significar que estaba muy cerca de su objetivo. La muralla ahora era mucho más visible, sobre el lomo de la montaña.
Aquella montaña lo había fascinado desde que era un niño. Su parque de atracciones, cerrado muchos años atrás; sus carreteras serpenteantes que subían y bajaban, por donde antaño la Formula 1 había incluso disputado grandes premios según le había comentado su padre ¡Incluso se había examinado del carné de conducir allí! Pero no era aquello lo que más lo había fascinado desde siempre. Aquel mérito se lo llevaban los impresionantes cañones de diferentes épocas que apuntaban al mar. De pequeño se había subido a ellos y se había imaginado que era un artillero que destrozaba barcos invasores de algún ejército invasor. Sus padres tuvieron fotos que lo atestiguaban. Tuvieron, porque ahora esas fotos habían sido pasto de las llamas.
A medida que se acercaba los ojos de Roberto los buscaban apuntando al infinito, pero no los encontraban. Recordaba haberlos visto alguna vez, conduciendo en dirección a la gran ciudad, pero era un recuerdo vago, quizás aun estuviera demasiado lejos.
Roberto lanzaba esquivas y espasmódicas miradas hacía arriba, escudriñando la muralla, y en cuanto notaba que se desequilibraba, volvía a bajarla a la carretera. Aun le faltaba destreza como para mantenerse en línea recta sin mirar hacia delante.
Aceleró. Le ponía nervioso no verlos y empezaba a dudar si es que, acaso, no había sido fruto de su imaginación. El cementerio quedó a su espalda definitivamente. Aquel espacio transmitía una paz peculiar y ligeramente perturbadora, no obstante Roberto se alegró de comprobar que cientos de películas se habían equivocado, pues ni una de las tumbas tenía pinta de haber sido abierta desde dentro. Los ya muertos se habían quedado tranquilitos en su sitio.
Sus miradas volvieron a la muralla. Unos escasos dos mil metros lo separaban de la salida que subía hasta el castillo. Ya quedaba poco. Si desde allí no los veía le quedaría claro que todo había sido fruto de algún desvarío de su memoria. Buscaba el negro del cañón metálico atravesando la muralla, contrastado con el azul del cielo. Pero no los veía. Casi había tirado la toalla cuando algo llamó su atención: Había estado buscando el color equivocado, el negro no era tal, sino marrón claro. Allí en la esquina situada más al noreste de la muralla, un montículo se elevaba sobre ésta y a unos cincuenta metros, otro del mismo color y forma. La brisa marina levantaba pequeñas ondulaciones sobre la superficie de color beis de la tierra clara.
Lo entendió al instante. Los cañones estaban ocultos bajo una tela amplia, de un color claro, como si se hubiera montando una carpa en torno a ellos… pero ¿Para qué?
No hubo tiempo para darle más vueltas a la pregunta. Por el rabillo del ojo, Roberto percibió una luz clara, como un fogonazo y luego otro, surgiendo de la misma fuente, proveniente de un pequeño montículo sobre el lecho de la montaña. Ni un segundo después y antes de que casi pudiera centrar la mirada en aquel punto, dos detonaciones llegaron a sus oídos al tiempo que los plásticos del manillar saltaron por los aires. A Roberto le pareció que habían saltado algunas gotas de sangre sobre los restos de las placas de plástico del manillar, pero no lo hubiera podido asegurar.
“¿Un disparo? Joder ¿Me han dado? ¿Qué coño está pasando?” –Su cerebro telegrafiaba pensamientos a una velocidad vertiginosa.
Y es que todo estaba pasando muy rápido. Había cerrado los ojos al recibir el impacto en su motocicleta y cuando los abrió, la moto se desviaba a la izquierda. El no sentía dolor alguno y como en un acto reflejo, lanzó su peso al lado contrario para evitar irse contra la mediana. Consiguió no estrellarse contra el muro de hormigón que separaba los dos sentidos, pero su falta de experiencia le había jugado una mala pasada: Ahora Roberto se iba directo hacia el lado contrario. Al lado que caía hasta la altura del mar, donde se encontraba el puerto.
La última vez que miró el cuentakilómetros circulaba a sesenta y cinco kilómetros por hora, pero ahora este había desaparecido igual que gran parte del manillar de la moto. Luego Roberto se calló de la moto y los dos se fueron resbalando por el asfalto para chocar contra el quitamiedos. La moto se quedó allí tras recibir el golpe, pero Roberto se escabulló por debajo, no sin antes golpearse con el pecho contra uno de los soportes del guarda-raíl. Notó como el aire se le escapaba por la boca, furioso, y se quedaba sin respiración antes de caer entre los matorrales rodando por la pendiente. El mundo giraba a su alrededor y el aire se negaba a entrar en sus pulmones. Todo era muy raro.
Si eso era morir tampoco dolía tanto, pensó. Y todo se volvió negro.
Sigue leyendo » Episodio IV;
29/12/2011 at 23:59 Permalink
Gracias por estos capítulos, Unx.
03/01/2012 at 21:39 Permalink
Sigues atrapandome con tu relato. Te felicito y por favor no pares que me matas de curiosidad. Slds.
08/01/2012 at 7:03 Permalink
Me encanta la historia sigue así!!!
Saludos desde Uruguay.
07/02/2012 at 18:35 Permalink
Para cuándo nuevos capítulos Unx? Necesitamos massss!!! xD
09/02/2012 at 21:27 Permalink
Después de leerme los muchos capítulos en menos de una semana, sólo me queda decirte que me ha enganchado mucho mucho, no nos dejes así con tantos frentes abiertos que está muy interesante, por lo menos di algo, que nos tienes en ascuas, saludos!.
10/02/2012 at 10:31 Permalink
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡NECESITO MASSSSSSSSSSSSSSS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
11/02/2012 at 1:58 Permalink
Aquí tienes otra fan más atrapada en tu relato, es genial.
Hasta pronto??
Espero!
23/02/2012 at 12:42 Permalink
Mis queridos lectores, se que no me he portado bien haciéndoos esperar tanto! Prometo compensaros con una buena tacada de capítulos que tengo ya calentitos y casi listos para publicar. La cosa se quedó muy complicada para Roberto y ahora tocan momentos decisivos en la historia.
Gracias por el apoyo! como siempre!!