Se despertó sudando. Había vuelto a tener un sueño turbador, ya no le respetaban ni las siestas. Había sido una pesadilla en toda regla. Aquella cara inexpresiva, con sus andares patosos, incluso con las flechas clavadas, una de ellas clavada hasta el fondo; la otra, bamboleándose con cada espasmódico movimiento, colgándole parcialmente bajo el ojo.
Había soñado con aquel zombi al que acababa de mandar definitivamente a la tumba. Pero en su sueño no le había dado la gana de morir sino que seguía en pos de él, implacable, con sus arrítmicos andares. A Jaramillas se le arrugaba el temple a cada metro que el zombi le iba ganando y, al intentar poner la flecha en su sitio para volver a lanzarla, ésta se le escurría, se le caía o la ponía mal y salía fallida. Luego había intentado correr pero por más que lo intentaba no conseguía sacarle ventaja al muerto.
Corrió y corrió por un tiempo indefinido. Podrían haber sido horas o días. Jaramillas corría mientras con su mano buscaba el cuchillo colgando en cinturón, pero al igual que con las flechas, o no podía cogerlo o se le escapaba de entre sus torpes dedos. Cuando miraba hacia atrás, el muerto no era más que una sombra que le sonreía descaradamente en una mueca que viajaba de oreja a oreja. Y cuando no miraba, escuchaba una horripilante y estridente carcajada.
El mundo corría a ambos lados mientras él intentaba poner tierra de por medio sin demasiada fortuna. Primero era una calle desierta donde sus piernas no funcionaban y le hacían desmoronarse sobre el asfalto, luego un huerto rodeado por casuchas destartaladas donde la tierra movida por los arados le agarraba los pies y hacía que correr fuera un suplicio y luego, un pasillo de supermercado donde el suelo encerado hacía que se resbalara una y otra vez. Y por cada vez que sus piernas no respondían, que las tierras se hundían bajo sus pies o que la suela de sus botas resbalaba sobre el pulido y encerado suelo del supermercado; resonaba como un trueno aquella risa imposible, que parecía venir de otra dimensión.
Para cuando se despertó, estaba sudando y con el pulso acelerado. Le dolían las muelas y tenía un ligero sabor a sangre en la boca. Sin duda la tensión le había hecho rechinar los dientes hasta que las encías le habían sangrado. A su lado, Albondiga le miraba con gesto hosco directamente a los ojos como diciéndole: –“Sé lo que has soñado, colega”.
Jaramillas se levantó asqueado. Había intentado dormitar para apear aquella extraña sensación con la que había vuelto de sus prácticas de arco y el tiro le había salido por la culata. Jaramillas se preguntó cuánto tiempo podría aguantar así, sin poder descansar ni una pizca cada vez que intentaba pegar una cabezadita.
–“A este ritmo, de aquí a una semana me he cortado las venas yo solito ¡Vaya si no!”. –Se dijo mientras se levantaba y se liaba un cigarro que no se fumó. Se fue al lavabo y se miró la cara en el espejo. Las ojeras se le marcaban bajo aquellos ojos del color de la ceniza y los ángulos de su cara, ya de por sí bien marcados, se habían afilado aun más. Había perdido más peso, lo cual era evidente, por que llevaba unos días comiendo lo mínimo indispensable.
Se lavó la cara con agua muy fría y se dispuso a afeitarse. Era una costumbre que no sabía cuando había cogido, pero Jaramillas siempre iba bien afeitado, muy apurado y sin patillas. Ahora llevaba ya unos días sin hacerlo y se veía raro.
No había pasado ni media hora desde que se despertó de la siesta y Jaramillas ya se estaba subiendo en el monovolumen de la policía. Notaba que las paredes de su fortín se le venían encima y tenía la excusa perfecta para irse y mantenerse ocupado. Se iba de saqueo y eso siempre era estimulante. Además, iba a una zona peligrosa, donde sabía que habría muertos. Daba miedo, pero también era estimulante. Y si le pillaban, bueno, si le pillaban se le acabaría el sufrimiento.
Ya se había hecho una idea de cómo lo haría. En el maletero llevaba una palanca así que reventaría la salida de emergencia y no entraría por la entrada principal, que daba al aparcamiento. Si lo intentaba por esta última, estaría demasiado expuesto. Luego tendría que buscar la sección de caza, donde estarían las flechas esperándole. Y si la cosa no estaba del todo mal, se llevaría alguna cosita más. Jaramillas sentía cierta expectación, era como irse de compras con una tarjeta de crédito sin fondo. No obstante, tampoco se quería hacer muchas ilusiones. Había podido comprobar que el gran supermercado que estaba al lado del almacén de productos deportivos había dejado de ser un lugar seguro de donde abastecerse, así que muy probablemente las cosas no estarían muy bien por allí tampoco.
Jaramillas abrió la puerta del copiloto y Albóndiga se subió de un salto. Luego subió él y se puso en marcha por aquellos caminos de tierra que tan tranquilos se mantenían pese a que a escasos kilómetros los muertos dominaban el terreno. Llevaba el cinturón con su linterna y su gran cuchillo en los vetustos e incómodos asientos traseros, al lado del arco y sus siete flechas. El sol estaba cayendo ya por encima del macizo del Garraf, pero aún no era tarde para poder aprovechar la tarde en algo útil. No obstante Jaramillas sabía que no podía dormirse en los laureles.
–Aun tenemos dos horas de luz, mínimo ¿Qué te parece, Albóndiga? ¿Nos vamos de aventuras? –Jaramillas le habló como si de una persona se tratara, aun sabiendo que no tendría más respuesta que el ladrido con el que el perro le replicó. Era bueno saber que aun tenía a alguien, aunque ese alguien fuera un perro. –¡Tú si que sabes escuchar!¡Vaya si no!
–Me pregunto qué estará haciendo el bueno de Roberto ¿Te pasa a ti lo mismo o qué, chucho del demonio? –Albóndiga replico de nuevo con un ladrido. Jaramillas no le dijo que estaba preocupado, que llevaba días preocupado. Aun así, el ladrido de Albóndiga se le antojó más melancólico que el primero, incluso algo turbado.
–“Ojala mañana aparezca Roberto montado en aquella ridícula motillo que le dejé. Ojala mañana aparezca y nos diga que el Padre Ramón está bien muerto y que allí se está organizando la resistencia contra los muertos o algo. Ojala mañana aparezca y me diga que se acabó la soledad, y que allí hay un montón de mujeres solteras y guapas, y vino y comida fresca. Ojala …” –Eso no se lo dijo a Albóndiga. No sabía por qué pero le daba vergüenza decirlo en alto. Aun así, el perro replicó a su pensamiento con un ladrido y le lamió con calidez la mano que estaba posada sobre el cambio de marchas.
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