Episodio XII

¿Se podía tener más suerte? Jaramillas llegó a pensar que no. Aquella salida de emergencia daba directamente a la sección de caza. Allí había artículos de pesca, de hípica, de caza y… de tiro con arco.

Empezó a coger flechas de todos los tipos, unas más gruesas y otras más finas, unas de punta más redondeada y otras de punta más afiladas, pero todas de fibra negra y con las plumas de silicona de colorines. Exactamente iguales a las siete que ya tenía. Había también una aljaba con bastante capacidad y con unas interesantes correas para asegurárselo a la espalda o a la cintura que le pareció mucho más útil que aquel tan cutre que le había dejado Roberto, confeccionado con lo que parecía una manga de chaqueta. Se hizo con una y la llenó hasta arriba con las flechas que había cogido. Había mil y un objetos para el tiro con arco que Jaramillas no había visto jamás así que se dio la vuelta y corrió hacia el coche para vaciar las flechas de su aljaba y también las que llevaba en los brazos.

Había sido rápido, había sido fácil y había visto algo que le había llamado la atención sobremanera. Era lo que parecía una vitrina metálica, de esas donde se metían los productos más caros y exclusivos. Aquellos a los que en su vida hubiera podido optar. Ya tenía lo que había venido a buscar, pero podía llevarse muchas más cosas y eso fue lo que hizo.

Volvió a internarse en la oscuridad linterna y palanca en mano. Lo que había en la vitrina no era otra cosa que toda una serie de arcos profesionales, de entre los que destacaba uno. Metálico, azul oscuro y brillante bajo la luz de la potente linterna de Jaramillas, con una cuerda negra que cruzaba de arriba abajo el arco por tres veces y que acababa rematado por dos poleas negras en sendos extremos.

Jaramillas no tenía ni idea de arcos. Pero, sin duda, aquel le parecía el mejor y más mortífero de los arcos creados sobre la faz de la tierra. Tenía un look a lo tunning muy marcado, con el fino acero rebajado, la pintura metalizada y los acabados angulosos. Era el arco que hubiera elegido Wesley Snipes si Blade hubiera usado un arco y eso, para él, era demasiado tentador para dejarlo pasar.

Reventó el cerrojo con sumo cuidado para no armar demasiado alboroto con los cristales rotos y se hizo con el arco. En cuanto lo cogió notó lo liviano que era y, por unos segundos, se permitió fantasear tirando de la que parecía la cuerda principal (pues era la única que no se cruzaba con las otras dos) y notando el extraño efecto de las dos poleas al funcionar. No pudo evitar coger también una incómoda y excesivamente voluminosa diana de paja compacta y con las manos de nuevo ocupadas, volvió al coche casi a tientas para concluir su segunda turno de saqueo.

Entró otra vez y recogió jerseys, camisetas y pantalones de la sección de caza. Todos de tonos ocre y verde. Eran tejidos bastos y resistentes, perfectos para el mundo que le había tocado vivir. Pensó que ya tenía bastante, pero volvió a entrar y esta vez se perdió entre los pasillos. Tropezó con un carrito que había quedado fuera del alcance del haz de la linterna y le fue como anillo al dedo para coger los materiales de montaña que encontró en el siguiente pasillo. Por suerte, las botas de montaña estaban ordenadas por su tamaño de manera que cogió dos pares de las que más chulas le parecieron.

Allí también encontró cuerda de escalada que echó al carrito casi instantaneamente. En aquella sección también había un estante metálico de seguridad como el de la sección de caza. No pudo reprimirse de abrirlo y coger otro artículo que parecía de gran calidad: Un piolet.

Llenó aquel carro también, lo llevó al coche y volvió, cegado por todos los artículos que allí se encontraban. Cogió una linterna que funcionaba con una dinamo de forma autónoma, barritas energéticas, un saco de dormir, un par de mochilas de gran capacidad perfectas para llevar sus bártulos y con espacio sobrante para echarse a Albóndiga también a la espalda, etc.

Obviamente el tiempo iba pasado y el sol empezaba a desaparecer, pero eso a Jaramillas no le importaba demasiado porque allí dentro se bastaba con su linterna para escudriñar aquellos pasadizos. No obstante era la hora de irse y, en el fondo, Jaramillas lo sabía. Le sabía mal tener que hacerlo, pero había pasado un buen rato desde que llegó, tanto como para que cualquier zombi que lo hubiera visto llegar por las cercanías de aquel recinto tuviera tiempo de acercarse a echar una ojeadita. Pero por lo visto, estaba todo tranquilo. Aun iba a tener suerte.

Albóndiga no estaba a su lado ¿Cuándo lo había perdido de vista? No tenía idea, pero Jaramillas no se preocupó, sabía que el perro se las apañaría para llegar a su lado cuando tocara largarse. El pequeño híbrido de cesto y carrito que había encontrado estaba lleno en unos dos tercios de su capacidad. Por lo visto, a Jaramillas le había parecido buena idea coger tantas barritas de muesly como le fuera posible y esta era la segunda pasada que hacía por esa sección. Caducaban en el 2014, su vida útil podía ser incluso más larga que la suya propia.

Decidió que era suficiente. Se largaría ya. No había que tentar a la suerte. Puso rumbo a la salida de emergencias, pero pasaría por aquella zona por la que aun no había pasado, quién sabe lo que podía encontrarse allí. Quizá fuera de gran utilidad. Aceleró el paso, el haz de luz se perdía entre estanterías con suplementos dietéticos y proteínas para los fanáticos del gimnasio. Giró a la derecha y se perdió a oscuras en la nueva galería caminando rápida y nerviosamente con la linterna apuntando hacia delante.

La luz iluminaba al frente, no abajo, de modo que Jaramillas no pudo ver lo que chocaba bruscamente contra sus veloces pies.

Su cuerpo se precipitó por la inercia hacia delante mientras sus piernas se quedaban atrás trabadas por el obstáculo que lo había derribado. El carrito se volcó inevitablemente y la linterna salió volando dando vueltas, iluminando a todo y a nada a la vez, hasta caer al suelo y rodar por debajo de los estantes de productos. Instintivamente había soltado lo que llevaba entre las manos y había intentado aferrarse a algo. Y ese algo no había aguantado su peso y había cedido, dejando caer innumerables objetos contra el suelo, montando un jaleo considerable.

Como el que no se espera un golpe, el choque fue como despertar de un extraño sueño.
No se había hecho daño. Se encontraba en el suelo rodeado de objetos de extrañas formas que no acertaba a ver. Pero ¿contra qué había chocado? ¿Sería otro carrito como aquel que llevaba? No le pareció que pudiera ser y luego pensó en Albóndiga, pero Albóndiga se hubiera quejado, dejando escapar como mínimo ladrido.

No hubo tiempo para más pensamientos. Unas manos se aferraron a sus piernas en la oscuridad de aquel lugar. Cada una en su respectiva pierna, agarrando el pantalón y tirando de él hacia abajo con tal fuerza que Jaramillas notaba como el cinturón le hacía presión en la cintura. Otra mano se deslizó por su espalda hasta que se enganchó en el cinturón casi involuntariamente. Jaramillas notaba los dedos finos, casi afilados, y duros rozarle la piel de la espalda con un tacto áspero y frío. Podía escuchar su propia respiración nerviosa, resollando de fondo, pero había otro sonido mucho más leve, casi un murmullo, y además ¿qué era ese olor?

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3 comentarios en "Episodio XII"

  1. T
    28/04/2012 at 11:25 Permalink

    muy bueno, no bajes el piston.
    a ver si el proximo es en menos tiempo!!!!
    un abrazo desde Granada

  2. zombi madrileño
    29/04/2012 at 12:51 Permalink

    Me encanta tu historia. me ha inspirado, y en verano, cuando no tenga examenes y trabajos por doquier, llevaré a cabo la mía propia.Ya te daré el enlace Unx.
    PD: Creo que no sería mala idea que Jaramillas se pasara por una armería en algún episodio, puesto que allí encontraría munición y armas suficientes para el y Roberto.
    Gracias y sigue así.

  3. Unx
    17/07/2012 at 17:27 Permalink

    Gracias por los comentarios! Estaré encantado de leer también vuestras historias. No sabéis lo que anima leer los comentarios.

    A Tope!!

    Abrazos!

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