Episodio XVII

Roberto oscilaba entre horas de inconsciencia y minutos de escasa lucidez. Aun así, cuando recobraba por un momento la consciencia, Gandalf estaba allí, cuidando de él. Esos minutos de consciencia eran una auténtica tortura, se sentía arder, le costaba respirar y notaba magulladuras en todo el cuerpo. Y allí estaba él, con su cándida voz, sus canas y a veces con su sombrero de felpa verde.

A veces le tomaba la temperatura, a veces le cambiaba los diversos vendajes, a veces le hacía tomar un vaso de agua con algún medicamento y a veces simplemente estaba allí dando vueltas y haciendo cosas que Roberto no entendía.

…Y a todo esto había que sumarle la sensación de irrealidad. La sensación de no saber qué mundo es el real y cual no…

Al principio, había muchas veces que simplemente escuchaba murmullos indescifrables que le daban más dolor de cabeza e intentaba desconectar y volver a la tranquilidad de la inconsciencia. En sus sueños, disfrutaba de la presencia de aquella adolescente de rostro redondeado o de relajantes viajes marinos, notando la brisa húmeda en la cara y el batir de las olas contra el casco de lo que debía de ser un barco o de una vida tranquila, yendo a su trabajo y haciendo vida normal. Sin duda, estar inconsciente era mucho mejor.

Pero, para desgracia suya. A medida que el tiempo pasaba (sin saber bien, bien a qué ritmo) los momentos de consciencia; de dolor y embotamiento, iban ganándole el terreno a los momentos de armoniosa inconsciencia. Por suerte, allí estaba su propio Gandalf arropándolo y cuidándolo en todo lo que podía. Él siempre le hablaba, le explicaba extrañas historias que no entendía, le contaba anécdotas en extraños idiomas, le susurraba secretos de otro mundo.

Los momentos en que las piezas del puzzle que eran sus recuerdos volvían a encajar también iban en aumento. A medida que se sucedían sus despertares, su cabeza le iba doliendo menos y todo empezaba a emanar una extraña sensación de realidad. Hasta que llegó un momento en que empezó a entender: Estaba tumbado boca arriba y tapado por una basta manta que olía a humedad. Intentó incorporarse pero no lo consiguió pese a que había notado como sus músculos se encendían de nuevo con ligeros pinchazos y quejidos de dolor.

Pudo percibir el roce en las muñecas y, tras unos segundos de carburación neuronal, entendió que estaba atado con una gruesa y áspera cuerda. Un atisbo de angustia afloró en su cerebro, pero estaba agotado por aquellos segundos de lucidez y notó la indefensión antes de caer en el reparador sueño.

Se volvió a despertar, de nuevo algo lúdico. Allí estaba Gandalf de espaldas, cuando se giró llevaba un vaso de agua en una mano y unas pastillas en la otra. Todo lo que envolvía a aquella figura era muy misterioso, pero aun así no pudo hacer más que sentir un absoluto alivio. Notaba una indescriptible aura de bondad en aquella persona.

–Has tenido una fiebre muy alta amigo. –Le dijo aquel hombre mayor. –Pero ya haces mucha mejor cara. Por si no lo sabías, llevas cinco días inconsciente, así que tómatelo con calma. Estoy seguro de que ahora todo te parece muy raro, así que no tengas prisa por ponerte al día. De momento te voy a hacer una pregunta: ¿Sabes quién eres?

¿Lo sabía? Por un momento dudó. “Roberto. Joder, soy Roberto ¿Cómo he podido dudarlo?”. Movió la cabeza lentamente en gesto afirmativo. No se había dado cuenta, pero seguía muy, muy cansado.

–¡Eso es bueno, hijo! –Su cara, marcada por innumerables arrugas, mostraba una sincera expresión de alegría. –Bueno, bueno. Sigamos ¿No te parece? –Preguntó sin esperar respuesta. Luego volvió a disparar. –¿Sabes qué te ha pasado?

¿Que qué había pasado? ¿Aquel viejo había perdido la razón? ¡Claro que lo sabía! Pero… pero no podía recordarlo. Intentó forzar sus neuronas a trabajar, pero estas se negaron. Jamás hubiera imaginado que intentar recordar causara un dolor como el que ahora estaba notando. Con gesto amargo, Roberto movió la cabeza de lado a lado indicando una ligera negativa.

–Bueno, bueno ¡No hay que deprimirse! Es totalmente normal. Ya te lo explicaré en otra ocasión. Si te parece, continuare con mi pequeño interrogatorio ¿Acaso sabes dónde estas?

¡Espera, eso sí lo sabía! ¡Montjuïc! Lo tenía clarísimo. Aquellas paredes encaladas y húmedas, de aspecto robusto. Debía estar en uno de los cuartos pegados a la muralla exterior. Meneó la cabeza de forma enérgica, en un gesto afirmativo.

No le dio tiempo a plantearse la pregunta de cómo había llegado hasta allí y qué hacía allí tumbado y atado. El viejo volvió a preguntar.

– Muy bien. Sólo te voy a preguntar una cosa más ¿Vale? Y luego más vale que descanses, aun estas muy débil. –Aquella persona de rostro arrugado, perdió por un momento su porte amable para mostrar por unos segundos un aire de preocupación.

–¿Sabes qué has venido a hacer aquí?

La pregunta le atravesó el cráneo como una finísima flecha y se le fue a clavar en el recuerdo vago de un sueño. Una melena larga y negra, caída sobre unos hombros estrechos que sostenían un fino y frágil cuello, que a su vez sostenía un rostro redondeado y atractivo. Sus ojos eran un misterio que flotaba en medio de aquella cara de aspecto juvenil. No entendía bien el por qué; pero sabía que había venido a buscarla a ella, sabía que había acudido a Montjuïc a buscarla a ella.

Pero no sabía desde cuando lo sabía. Todo aquello era muy raro, pero no albergaba ni la más liviana duda sobre aquello. Era como si alguien hubiera hurgado en su cerebro y hubiera diseccionado sus recuerdos, para escogerlos uno a uno y ponerlos en el lugar adecuado, en el momento adecuado. Él, Roberto, estaba aquí por ella, la chica de ojos misteriosos. Volvió a responder de forma afirmativa a la pregunta de aquel que parecía ser su amigo.

–Ya entiendo, ya entiendo. –El viejo abandonó la preocupación mostrada al formular la pregunta y por medio segundo, como si hubiera podido ver su propia alma y entender sus confusos recuerdos, mostró un atisbo inconfundible de satisfacción. –Tu y yo, amigo, somos compañeros. Los dos estamos aquí por lo mismo y no estamos solos. Sin embargo… –Aquí su gesto volvió a torcerse. –…tenemos un serio problema.

Lo sabía. Sin saber cómo y por qué, lo sabía. El problema era el otro hombre, Saruman. Pero Roberto lo conocía también por otro nombre, recordó. El nombre tardó en llegar, como si tuviera que ir atravesando capas y capas de recuerdos, pero finalmente llegó: “Padre Ramón”.

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