Episodio XXII

El día siguiente, el Padre Ramón volvió y con él, su silencioso guardaespaldas. Del doctor no sabía nada. Por lo visto, no estaban dispuestos a gastar sus valiosas medicinas con alguien que no quería colaborar con la causa. Ese día Roberto habló de todo lo que sabía, más o menos. A él no lo habían preparado como en las películas de acción para escupir en la cara de su captor y soltarle un regio: “¡No sacarás nada de mi, bastardo hijo de puta!”. Roberto simplemente estaba cagado de miedo y, bajo el influjo de aquella tensa situación, pensó que tampoco era tan malo que le explicara lo que sabía.

Básicamente, lo que hizo fue explicarle su historia. Le explicó de dónde venía, por lo que había pasado y el motivo por el cual se dirigía a Montjuïc. Sin saber cómo y por qué, había obviado la parte del contacto con Jaramillas y todo lo que él le había explicado sobre su encuentro en la autopista con aquellas dos mujeres así como cuando el Padre Ramón le había robado sus cosas. Por lo visto, ni el Padre Ramón ni aquel mercenario desganado, hicieron mención alguna.

Sueños. Roberto les había hablado de sueños y entendió que les sabría a poco, por lo que le debería de caer una buena paliza. Cuál fue su sorpresa cuando no se sorprendieron y dieron por buena la historia. Les explicó su extraño sueño artúrico, la noche en que llegó a la casa del hombre muerto. También les explicó como, tras huir de aquella casa infestada de zombis, había soñado con el castillo de Montjuïc para luego ponerse en marcha hacía allí. Les había dicho que de vez en cuando había visto en sus sueños a una joven extraña y desconocida repetidas veces y que había entendido eso como una especie de señal, así que había sacado la extraña conclusión de que algo tendría que ver con la historia. Por último le había hablado de los extraños sueños que había tenido recientemente, durante sus febriles divagaciones de los últimos días. Sueños en los que, desde el mar, divisaba la fortaleza recortando el cielo rojizo del atardecer mientras sus pies volaban sobre las olas.

Tras escuchar la historia, el Padre Ramón se incorporó y con gesto descompuesto arremetió contra aquella especie de mercenario que tenía al lado, con su típica cara ausente.

– ¡No sabe nada que no sepamos ya, joder! –Dijo mientras empujaba a aquel hombre, cabreado. – ¡Mierda, es la misma historia que siempre! –Se acercó a la puerta y, desesperado, le propinó una potente patada que retumbó entre aquellos robustos muros de piedra encalada. –Incluso sabe menos que los otros ¿Pero qué mierda es esta? –El hombre armado con el fusil había bajado la mirada al suelo y no se movía un ápice.

En ese momento, Roberto pudo ver a aquel hombre como a un ser desesperado, ahora sí que aparentaba los años que tenía. Era como si una losa le hubiera caído sobre las espaldas, acabando con toda su vitalidad. Roberto estaba bastante desconcertado con todo aquello ¿Qué esperaban de él? Tenía la impresión de que, aunque hubiera dicho toda la verdad, la reacción de aquel hombre cansado hubiera sido la misma. El Padre Ramón, volvió sobre sus pasos y se posó al borde de la cama y, como si no hubiera pasado nada, pregunto con aire amable:

– ¿Seguro que no te has olvidado de nada más, hijo? – Ahora volvía a ser el hombre sencillo, amable y locuaz del principio, dejando de lado aquella burda versión de macarra violento de la tercera edad. – ¿Estás seguro de que no hay algún detalle que hayas pasado por alto? ¿Qué crees que quería decir aquel sueño en el que vas sobre las olas y ves nuestro castillo desde el mar? ¿No sabes cuándo van a llegar?

Absorto, Roberto no pudo hacer más que mover la cabeza horizontalmente en gesto de negación. Realmente no sabía nada que ellos no parecieran saber ya. “Cuándo” había dicho el Padre Ramón y aquello lo había dejado fuera de juego. No entendía nada de lo que aquello pudiera significar, si un caso, la pregunta que él se planteaba era “Quiénes”. La situación se estaba tornando aun más surrealista, si cabía. Aquel hombre, el malvado Padre Ramón, aquel que le hubiera infundido el sentimiento del miedo con su porte calmado y frío, no era más que un hombre desesperado. Atenazado por las circunstancias.

Ahora el Padre Ramón no estaba mintiendo. Aquella era la auténtica cara del Padre Ramón. La cara de un hombre desconcertado, jugando un papel desconocido en una historia sin pies ni cabeza.

– El cañón principal está listo, Padre. Cuando las velas aparezcan por altamar, podremos comenzar a disparar. No le daremos a la primera, eso ya lo sabemos, pero tenemos munición de sobras para hacer volar por los aires la embarcación, sea del tipo que sea. –Era la voz del guardaespaldas la que había roto aquel momento de silencio tenso. Aquella voz le sonaba de algo que no podía recordar. Era pausada y comedida, con cierto toque pasota.

– ¡Eso ya lo sé, inútil sin estudios! – Replicó el padre con furia. – Para eso estamos preparados desde hace tiempo. –Parecía como si se hubiera olvidado de la presencia de Roberto. El padre le miraba colérico mientras gesticulaba con los brazos para hacer más evidente su desesperación. –Lo que quiero es entender lo que está pasando. Lo que aquí está pasando es muy grande, aunque parece que tú no tienes luces para pillarlo ¡Quiero ubicarme en esta historia! Nos piden cosas, cosas muy feas ¿Y a cambio de qué? Pues de nada. Si tengo que ser el peón de alguien y ese alguien no me explica el por qué, pues lo tendré que descubrir yo ¿Tan difícil es eso de entender? – Su interlocutor había vuelto a apartar la mirada hacia otro lado, como si aquello no fuera con él.

Después de eso hubo un momento de silencio, en el que no se pudo más que escuchar el resollar de la excitada respiración de aquel hombre mayor. Pasados unos segundos, se volvió a orientar hacia Roberto y, como si aquellos gritos no hubieran pasado nunca, le dijo tranquilo: – Bueno, hijo. Gracias por colaborar. Sabía que al final lo harías. –Parecía estas volviendo a la tranquilidad. –Estamos pasando por tiempos difíciles y todos estamos un poco nerviosos ¿No es verdad? Supongo que si no fuera así ¿Qué tipo de personas seríamos? Bueno, lo importante es que has colaborado, así que voy a cumplir mi palabra. Tú, quítale las cuerdas de una vez. Prometimos sacarlo de este agujero y eso vamos a hacer.

El guardaespaldas obedeció y se acercó a Roberto con una pequeña navaja multiusos en una mano y un trozo de tela negra en la otra. Roberto, en estado de completa confusión, pudo notar el sabor de la tranquilidad en la boca antes de entender lo que realmente estaba pasando.

El Padre Ramón se marchó sin decir nada más, mientras el otro le ponía la capucha en la cabeza antes de cortarle las cuerdas que lo sujetaban a la cama. Cuando se levantó, pudo notar la debilidad de su cuerpo y toda esperanza de revolverse contra su captor y huir se desvaneció. No era más que un guiñapo sin capacidad de reacción. Las piernas le flaqueaban y la mano le dolía. Le volvía a costar respirar, sus costillas parecían estar astilladas y con cada jadeo, dichas astillas le pellizcaban los pulmones.

Caminó a oscuras por pequeños pasadizos donde podía oír rebotar el sonido de sus pasos en las gruesas paredes de aquella fortaleza. Cuando le quitaron la capucha, pudo ver una oscura puerta metálica con una rendija fina y rectangular a la altura de los ojos. La puerta se abrió delante de él y las manos fuertes del guardaespaldas lo empujaron hacia su interior para cerrar la puerta tras de él y sumirlo en una casi absoluta oscuridad. Durante años, el castillo de Montjuïc había sido una prisión. Roberto estaba apunto de aprenderlo por las malas, dando con sus huesos en una de sus celdas.

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2 comentarios en "Episodio XXII"

  1. Sprinks
    03/07/2012 at 21:34 Permalink

    Otra tanda de maravillosos capítulos. ¿Cómo acabará Roberto? La cosa pinta muy interesante…

    Sigue así. ^^

  2. Unx
    17/07/2012 at 17:23 Permalink

    Gracias amigo! Se hace lo que se puede por agradar al público, así que yo encantadísimo y animadísimo de recibir críticas positivas.

    Un saludo!

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