Episodio XXIII

Javier Jaramillas se encontraba entre los grandes pinos y los matorrales más bajos, con el mar de fondo y la alta muralla delante, oculto entre las sombras que el sol hacía despuntar, a escasos metros del castillo de Montjuïc. Nervioso, montaba guardia ante aquella fortaleza donde residía el que para él era el foco de todos los males: el maldito Padre Ramón.

Un foso separaba el camino de la entrada haciendo aún más altos los muros y sólo un puente de piedra y metal, suficientemente ancho para que un coche pudiera pasar justo, muy justo, daba a la gruesa puerta de madera revestida con penachos metálicos. En el punto donde se encontraba la pasarela, la muralla se hendía hacia adentro, envolviéndola y ofreciéndose a unas almenas que se abrían en un ángulo de unos cuarenta grados, apuntando justo hacia el estrecho puente sin barandilla. Jaramillas había podido ver a una persona patrullando por allí, sin demasiado que hacer, sin nada que buscar. No obstante, intentar entrar por ahí era sinónimo de escabechina. Ya se lo esperaba, debía barajar otras opciones.

Albóndiga y Jaramillas se encontraban allí fuera con la certeza de pasar inadvertidos. El arco estaba a su lado, apoyado en el terreno arcilloso. Sabía que, con un poco de fortuna, podía acertarle a aquel vigía con su nuevo arco. Había estado practicando con él y había descubierto que era tremendamente efectivo. Mucho mejor que aquella baratija que le había regalado Roberto. Más potencia, más distancia, más precisión. No obstante, aquello no tendría sentido. Simplemente estaba analizando la situación, valorando qué opciones tenía por delante. No quería precipitarse a lo loco. Si Roberto estaba allí adentro, y tenía la certeza de que así era, no le serviría de nada dar el cante alegremente. Tenía que actuar con cabeza, por mucho que le costara.

El tiempo parecía estar cambiando, ya no hacía tanto frío e incluso cuando había estado expuesto al sol, con toda esa ropa basta y regia que se había agenciado, había acusado el grosor de las prendas hasta empezar a hacerle sudar. Debían de ser las doce o la una del medio día, así que el sol estaba en pleno apogeo. Sin una nube rompiendo el azul claro del cielo, el astro calentaba a placer haciendo que en las hojas finas y agudas de los pinos empezara a despuntar el verde primaveral de la siguiente estación.

Llevaba desde primeras horas del día dándole la vuelta al perímetro, buscando posibles accesos. De momento había identificado cuatro centinelas, uno por cada lado del cuadrado que formaba la muralla. Y llevaban allí desde que había llegado, hacía ya unas cuantas horas. El castillo cuadrado tenía un torreón que se alzaba hacia el cielo, con una especie de mástil alto donde no ondeaba ninguna bandera. Alrededor de él, se había construido la gran muralla cerrada con una puerta principal en la cara norte y otra entrada secundaria en la sur. Ambas entradas estaban protegidas con sendos portones de gruesa madera, de aspecto añejo pero imponente.

Sobre la muralla, a su izquierda, había cuatro cañones de artillería gigantescos, los dos que quedaban más a su izquierda estaban tapados con una lona de color ocre claro. Jaramillas sólo podía ver sobre la muralla uno de ellos y no tenía ni idea del por qué de aquellas lonas. Intuía que aquello significaba que habían estado trabajando en ellos, pero no podía entender para qué oscuros fines deberían querer hacer eso. Esos cañones miraban hacia el mar, así que no podían ser para defenderse de los zombis. Simplemente, no tenía sentido.

A la derecha de Jaramillas se podía ver toda la maquinaria del carismático funicular que subía desde el puerto de Barcelona hasta lo alto de la montaña de Montjuïc. Parecía en buen estado, aunque no tenía ni idea si podría ser usado si hubiese necesidad de ello. Sin duda, sería un buen plan de escape para llegar debajo de forma rápida. El teleférico llevaba del castillo a una torre metálica en el puerto de Barcelona. Desde allí arriba, la ciudad respiraba una calma confusa y extraña.

A Jaramillas le sonaba todo aquello, pero hacía demasiados años como para tener un recuerdo claro. Realmente hacía mucho tiempo que no visitaba aquella zona. Durante sus últimos años antes de que el fin del mundo se les echara encima de improviso, había estado bastante perdido, llevando una vida anodina y mustia, sin sufrimiento ni placer alguno. Una especie de parásito social sin oficio ni beneficio, que aplacaba cualquier sentimiento de inutilidad a base de ingentes cantidades de hachís y marihuana. Matando algunas neuronas como único deporte. Al igual que le ocurriera a Roberto, a Jaramillas aquella vida se le antojaba lejana y confusa. Por momentos debía reconocer que no la echaba de menos, pese a que sí sentía la nostalgia del que ha perdido a todos sus conocidos.

Aun así aquellos dos últimos meses, más concretamente, aquellas dos últimas semanas, habían sido las más intensas de su vida. Aquello sí que había sido vivir la vida. Todo lo que había ocurrido, todas las sensaciones que se creía incapaz de sentir. Sus manos, sus piernas, su cerebro, habían servido para salvarle la vida. Habían tenido una función realmente útil. Y ahora estaba allí, intentando salvar a un amigo. Dándolo todo, incluso su propia vida, por su único y auténtico amigo. Si lo pensaba detenidamente, Jaramillas sentía una extraña sensación de irrealidad ¿Cuándo había cambiado de forma tan drástica?

Jaramillas no sabía mucho de sentimientos, pero en aquella ocasión tampoco le hacía falta. Aquel sabor extraño que notaba en la boca era fácilmente identificable incluso para él. Lo que notaba era el sabor de la satisfacción. La satisfacción y el orgullo de saber que estaba en el sitio que debía estar, haciendo aquello que debía hacer. Ojala su abuelo lo estuviera viendo, pensó. Ojala su familia lo pudiera ver en aquel momento, así podrían compartir aquel sentimiento con él.

– “Seguro que mi madre me ve y no se lo cree.” –Se dijo para sus adentros. –“¿El vago de mi hijo haciendo algo de utilidad? ¡Imposible!”

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Un comentario en "Episodio XXIII"

  1. Unx
    29/08/2012 at 11:12 Permalink

    Bueno, bueno, las vacaciones han servido de algo: Me he pasado por el castillo de montjuïc de nuevo así que he realizado algún pequeño cambio en el texto. Nada relevante.

    Saludos!

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