Albóndiga y Jaramillas habían tardado alrededor de una hora y pico en cruzar el cementerio para salir a la carretera que llevaba serpenteando hasta la entrada del castillo de Montjuïc. El cementerio le había sobresaltado debido a su tamaño mientras el amanecer les daba caza. El perro se escabullía veloz entre los caminos pavimentados, Jaramillas no hacía más que alucinar con la de tumbas que había allí. Luego al final habían tenido que saltar alguna que otra valla y cruzar zonas de arbustos la mar de incomodas. Aquel cementerio era gigantesco. No obstante, al final, habían conseguido salir a la carretera principal que pasaron cerca del estadio olímpico y de la gigantesca antena repetidora de color blanco.
Siguió subiendo hasta que encontró indicaciones sobre cómo llegar al castillo. Desde allí, tan cerca, no tenía una referencia visual, así que tuvo que tirar de la ayuda de los carteles. Una vez en las cercanías del castillo, teniéndolo a la vista, lo había rodeado prácticamente por completo para hacerse una idea de cómo poder asaltarlo.
El hecho de ver a los vigías apostados en la muralla, haciendo su ronda, era algo que se había imaginado. También se había imaginado que se encontraría las puertas cerradas ¿Qué podía hacer entonces? ¿Quizá intentarlo por la noche? Seguramente habría menos vigías pero dudaba que igualmente dejaran las murallas desprotegidas. Se estaban previniendo de un ataque zombi y por lo que él sabía, a los zombis les importaba más bien poco atacar de noche que de día. Esa era su impresión. Y por la cara de tranquilidad que tenían los vigías, Jaramillas también tenía la impresión de que no estaban acostumbrados a que los zombis se dejaran caer por allí.
Aquellos guardas no iban armados, casi ni miraban, simplemente paseaban de un lado a otro del trozo de muralla que tenían que vigilar. Un trabajo fácil y sin preocupaciones.
Iba a necesitar distraerlos para poder entrar por algún lado y Jaramillas estaba empezando a imaginarse cual sería el tipo de distractor óptimo para aquella situación. En ese momento Jaramillas recordó algo que le había explicado Roberto al poco de conocerse. Jaramillas simplemente había alucinado con todas sus historias y con esta más que con ninguna otra. Si él había pasado prácticamente inadvertido para los muertos, Roberto se los había encontrado de pleno y en varias ocasiones. No tenía ni idea de cómo había podido salir vivo de todas aquellas aventuras.
Roberto le había hablado de cómo se había ocultado en una casa en las afueras de su pueblo y de cómo, poco a poco, los zombis que le habían visto llegar se habían puesto en movimiento tras de él. Poco a poco habían ido llegando, uno tras otro, primero los que le habían detectado, luego simplemente los que se habían sumado a la fiesta por que sí. Al final, delante de la casa se había montado una fiesta que no veas y Roberto se había visto desbordado por el número, así que había tenido que escapar por la parte trasera de la casa.
Un muerto se movía y, sin importar el motivo, otro le seguía. Lo mismo ocurría a su alrededor y así indefinidamente. Así debía de ser como se formaban esas olas de zombis que Roberto le había relatado, movidos por quién sabe qué instinto. Un efecto dominó imparable. Una “marcha lenta” ¿Así lo había llamado él?
Era arriesgado, pero excitante a la vez. Jaramillas se preguntó por el tamaño de la ola que se podría montar con toda la población que vivía allí abajo y sintió un escalofrío recorriendo toda su espalda. Aquello sería digno de ver. Rescatar a Roberto y joder al Padre Ramón en su propia casa ¿Se podía pedir más? Estaba excitado, nervioso. Sabía que estaba comprando muchos números para acabar muerto, pero podía funcionar. Podía intentar colarse en la fortaleza de noche, esquivando a los vigías. Se veía capaz de escalar aquellas murallas y tenía material para hacerlo. El piolet y la cuerda le servirían. ¿Pero una vez dentro qué? No sabía cuantas personas habría allí dentro.
Necesitaba movilizar al máximo número de personas para defender la puerta. Necesitaba crear desconcierto. De esa forma podría actuar con mayor tranquilidad, pasaría desapercibido ¿Quién se fijaría en una cara nueva mientras la puerta empieza a llenarse de muertos vivientes que gimen y se aprietan? Le encontraría, Albóndiga ayudaría en eso y luego los dos y el perro se descolgarían por donde habían llegado. Era factible. Difícil, pero factible.
De repente la impulsividad se apoderó de Jaramillas. Si se ponía en marcha ya, podría empezar a mover las cosas por Barcelona esa misma tarde. Tenía todo lo que necesitaba encima o en el coche. Sólo le faltaba una cosa. Sólo le faltaban los zombis.
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