<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>Zombis</title>
	<atom:link href="http://zombis.net/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://zombis.net</link>
	<description>Invasión Zombi</description>
	<lastBuildDate>Sat, 04 May 2013 16:22:29 +0000</lastBuildDate>
	<language>es-ES</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.4.1</generator>
		<item>
		<title>Ya a la venta en AMAZON el tan esperado libro de Zombis.net</title>
		<link>http://zombis.net/2013/05/04/ya-a-la-venta-en-amazon-el-tan-esperado-libro-de-zombis-net/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/05/04/ya-a-la-venta-en-amazon-el-tan-esperado-libro-de-zombis-net/#comments</comments>
		<pubDate>Sat, 04 May 2013 16:14:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Libro]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1085</guid>
		<description><![CDATA[]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.amazon.es/Zombis-net-ebook/dp/B00CI6YD4S/ref=sr_1_16?s=books&amp;ie=UTF8&amp;qid=1367683758&amp;sr=1-16&amp;keywords=zombis"><img class="size-medium wp-image-1086 aligncenter" title="PORTADA-ZOMBIS-OK" src="http://zombis.net/wp-content/uploads/2013/05/PORTADA-ZOMBIS-OK-187x300.jpg" alt="" width="300" height="500" /></a></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/05/04/ya-a-la-venta-en-amazon-el-tan-esperado-libro-de-zombis-net/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio VIII</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-viii-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-viii-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:52:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1032</guid>
		<description><![CDATA[Su habitación no era más que cuatro paredes que albergaban un colchón y una mesita baja donde tenía su ropa y demás cosas personales. Ahora tendría que salir a limpiar la sal de su material de buceo y colgarlo al sol para que se secase. Luego, más tarde, se volvería a vestir con él para [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Su habitación no era más que cuatro paredes que albergaban un colchón y una mesita baja donde tenía su ropa y demás cosas personales. Ahora tendría que salir a limpiar la sal de su material de buceo y colgarlo al sol para que se secase. Luego, más tarde, se volvería a vestir con él para volver a echarse a la mar. Si podía pescar unos cuantos peces más, serían muchos los que se llevaran un trozo de pescado fresco a la boca y podría sentirse más que satisfecho. Los supervivientes se turnaban a la hora de comer alimentos frescos, a los que les tocara hoy, podrían disfrutar del hermoso mero que había cazado. Y con los restos, los de mañana se podrían llevar a la boca unas cuantas cucharadas de caldo. Aquí se aprovechaba todo.</p>
<p>Todo estaba muy tranquilo. La gente estaba ocupada en las diversas tareas diarias, de modo que cuando escuchó unos pasos resonando por los pasillos, supo que se dirigían hacia él.<br />
<span id="more-1032"></span><br />
Aun se estaba poniendo los tejanos cuando Fran dio varios golpes sobre su puerta abierta como pidiendo permiso para entrar. Aquello sí que no se lo esperaba. Fran era un hombre alto, fuerte y serio, extremadamente cortes y educado que a Roberto le desconcertaba un poco. Su barba frondosa moteada por algunas canas le otorgaba una especie de autoridad inconsciente sobre él, además era el líder del grupo de avituallamiento, los chicos más malos y duros de la banda. Roberto era incapaz de dejar de lado las distinciones de clase y aquello lo incomodaba. Él era Fran, un jefazo. Roberto simplemente era Roberto, el que pescaba y ayudaba en las cosas del día a día. Su relación se reducía a saludarse y seguir con sus cosas. Su presencia allí era extraña ¿Qué debía de querer?</p>
<p>Detrás de él apareció Tomás, barrigón y achaparrado en comparación con el otro hombre más joven y más fuerte. Este superó a Fran, que se había quedado bajo el dintel de la puerta y se acercó a Roberto con la mano extendida buscando la de Roberto. Su presencia hizo que se relajara. Tomás le gustaba. Era de lo mejorcito de los supervivientes.</p>
<p>–¡Rober, amigo! Ya me han hablado de la maravilla que has pescado hoy. –Le dijo el hombre mientras los dos apretaban sus manos efusivamente. </p>
<p>–Las noticias vuelan, por lo que veo. –Respondió. </p>
<p>–No todos los días tenemos mero para comer. Es una pena que no hayas cogido siete más, quizá todos pudiéramos comernos un trozo. –Dijo mientras se tocaba la tripa. Tripa que, pese a la falta de abundancia en las comidas, se resistía a desaparecer. </p>
<p>Roberto estaba extrañado. La presencia de Tomás le había conseguido relajar, pero delante de él tenía a dos de los jefazos de todo aquello. Era imposible que vinieran únicamente a celebrar la captura del mero menorquín. Aquí se cocía algo importante. Algo que debía de estar relacionado con él, obviamente.</p>
<p>–“¿Qué coño he hecho?” –Se preguntó Roberto, incapaz de descifrar el enigma de aquella concentración de Vip’s en su cuarto. </p>
<p>–Te estarás preguntando qué hacemos aquí ¿Verdad, chaval? –Continuó Tomás, conciente de la tensión del momento. –Es muy fácil: Te hemos encontrado un trabajo, Roberto. </p>
<p>¿Un trabajo? Aquello sí que no se lo esperaba ¿Qué tipo de trabajo le venían a ofrecer aquellos dos? Debía de ser algo importante. Roberto no respondió, simplemente esperó a que Tomás continuara. </p>
<p>–Te vas de aquí. –Le acabó diciendo. –¿Qué te parece?</p>
<p>–¿Tengo otra opción?</p>
<p>–Claro que la tienes. No obligamos a nadie. Simplemente hemos pensado en ti. Ella también. Es más, ha sido ella quien te ha nombrado. Piensa que eres el mejor posicionado para llevar a cabo la misión que te queremos encomendar. Nosotros estamos de acuerdo. Además, pensamos que podremos aguantar sin pescado fresco un tiempo. –Le dijo Tomás, siempre con cierto sentido del humor. </p>
<p>–¿Ella? ¿Quién, Enriqueta? –Aquello sí que era desconcertante. Aquella mujer le había elegido a él, pero esta vez sin triquiñuelas mentales de por medio. Le había escogido directamente. </p>
<p>Fran se adelantó y le tendió la mano. En su mano había un papel doblado. Roberto lo cogió de inmediato y desplegó el folio. Leyó en alto.</p>
<p>–Agricultor, herrero, peletero, profesor, ingeniero químico, apicultor, operador de radio, mecánico,… ¿Qué es esto? ¿Una lista de oficios? Son muchos ¿Qué se supone que tengo que hacer con esto? –Roberto estaba desconcertado con aquello, aunque creía pillar el concepto básico. –La lista sigue, es larguísima.</p>
<p>–Queremos que los encuentres. –Le dijo Fran. –Volverás a Barcelona. La abuela nos ha comentado que allí se están formando nuevos grupos de supervivientes.</p>
<p>–Te acabas de convertir en el primer emisario del nuevo mundo. El embajador de la Mola –Continuó Tomás. –Suena bien ¿No? Una especie de cónsul. Incluso estamos preparando unos salvoconductos oficiales. Bueno todo lo oficiales que pueden ser en estos días. Queremos que te reúnas con ellos y empieces a establecer relaciones. Los queremos bien controlados. También queremos que busques profesionales para establecer intercambios. Si no te los puedes traer queremos que traigas sus conocimientos, libros, lo que sea. Te estamos preparando una tripulación y un barco bien bonito. Le vamos a pintar bien grande un bonito nombre: “Segunda Oportunidad” ¿Qué te parece? –Tomó aire, pero no hubo tiempo para una respuesta. Tomás continuó con su discurso. </p>
<p>–Partiréis lo antes posible con las bodegas llenas. Buscamos un intercambio, no tenemos una fuerza militar para imponernos, ni queremos. Lo que queremos es demostrar que estamos organizados, que hay una esperanza de volver a montar algo con cara y ojos. David se encarga de redactar estas cosas de una forma políticamente correcta y todo eso. Esto va en serio. Vamos a hacer las cosas bien hechas ¿Qué te parece? ¿Contamos contigo?</p>
<p>–Asimov ¿No? –Esa fue su respuesta. Tomás rió con ganas, como si aquel fuera el mejor chiste jamás contado. Le llevó un rato volver a la normalidad. Mientras, Fran continuaba serio en un segundo plano. Roberto lo entendió, ahora venían las malas noticias… </p>
<p>–Ahora me pongo serio, Roberto. Esto no será un paseo. La existencia del tal Padre Ramón nos ha desconcertado. –Le dijo Tomás, quitándose el sombrero de marinero. Había cambiado de registro y ahora parecía realmente preocupado.<br />
–Bueno, realmente lo que nos ha preocupado es la “no presencia” del tal padre. Lo que nos indica que hay otros poderes que escapan al control de nuestra abuela. Algo les oculta y eso nos da un poco de miedo. Algo hay por ahí, tramando cosas. Cosas que se nos escapan. No podemos saber su motivación, pero no hacemos mal a nadie si nos ponemos en la peor situación posible. Más vale pasarse de previsor que quedarse corto. Queremos que investigues. Necesitamos saber qué ocurre hay fuera y no tenemos otra forma de hacerlo que de manera directa. Ahí es donde vuelves a entras tú.</p>
<p>Roberto sabía que aquello era un regalo envenenado. Cónsul o embajador ¿Qué importaba? Los esbirros del Padre Ramón le habían disparado y poco les hubiera importado un salvoconducto redactado por un chupatintas de tres al cuarto a cubierto, cientos de kilómetros más allá del mar… Pero si había una manera de saber si Jaramillas estaba vivo o no, pasaba por aceptar aquella invitación. Se la debía. Se acabaría volviendo loco si no lo aceptaba.</p>
<p>–Ya me imagino los riesgos, no os preocupéis. Acepto. –Sentenció Roberto. –Es más, creo que tengo un posible candidato a mecánico, pero primero tendré que encontrarlo.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-viii-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio VII</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vii-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vii-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:50:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1029</guid>
		<description><![CDATA[–“¿Por qué cojones no me siento parte del grupo?” –Se había llegado a plantear en innumerables ocasiones. En el fondo, lo sabía muy bien. No eran pocas las ocasiones en que Jordi le había sacado el tema. –Debes empezar a aceptar que tú estas aquí y él no. –Le había dicho una vez Jordi. –No [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>–“¿Por qué cojones no me siento parte del grupo?” –Se había llegado a plantear en innumerables ocasiones. En el fondo, lo sabía muy bien. No eran pocas las ocasiones en que Jordi le había sacado el tema. </p>
<p>–Debes empezar a aceptar que tú estas aquí y él no. –Le había dicho una vez Jordi. –No creas que no me corroe la culpabilidad. Yo le mire a los ojos y me fui. Lo abandonamos allí para que muriera por nosotros. Me gustaría decirte que no fue fácil hacerlo, pero te mentiría. Fue terriblemente fácil dejarle allí.</p>
<p>–No sabes si está muerto. –Su respuesta había sido tan infantil… ¿Cuántas probabilidades había de escapar de allí con vida? Según Jordi, muy pocas. Jaramillas tenía un arco y su oponente un fusil. No era una pelea igualada. Cierto era que su perseguidor no los había seguido. Al lento ritmo que llevaba el grupo, éste les hubiera dado caza en cuestión de minutos. Pero no los había seguido nadie. Jaramillas tampoco. Eso para Jordi sólo podía significar dos cosas: o habían muerto los dos o el vencedor estaba tan mal herido que no podía seguirlos. Las dos venían a significar la muerte, sólo que una opción era más rápida y menos dolorosa que la otra.<br />
<span id="more-1029"></span><br />
–Él me dijo que no debía ir a Montjuïc, pero yo no pude hacerle caso. Me advirtió que las cosas no estaban bien por allí. Me advirtió sobre el Padre Ramón. Pero aquella chica me llamaba, ahora lo sé. No se le podía decir que no. Jaramillas, pese a todo, me ayudó a hacer lo que debía, me dejó una moto, me dio de comer y de beber y me dio un techo cuando a mi ya no me quedaba más que la compañía del perro, Albóndiga. Aun así, cuando todo se fue al garete, ellos acudieron al rescate. Yo no les pedí que lo hicieran. Pero aun así, lo hicieron.</p>
<p>–No sólo te rescataron a ti. Si no hubiera sido por ellos, el Padre Ramón se hubiera salido con la suya. Fuese cual fuese su plan. El barco que nos rescató estaría ahora hundido y sus tripulantes muertos. Tu amigo Jaramillas nos salvó a todos nosotros. No una sino dos veces. –Le había explicado Jordi, intentando mostrarse comprensivo y convincente a la vez ¿Cuándo habían tenido aquella conversación? Roberto la recordaba lejana.</p>
<p>–Por ese mismo motivo, él merece más que yo estar aquí. Ya sé que eso es imposible. No está en mi mano hacerle aparecer aquí ahora mismo, pero estoy en deuda con él y creo que tengo que pagarla de alguna manera. Eso me está comiendo por dentro. –A Roberto, el que parecía carecer del don de entender sus propios sentimientos, las palabras se le amontonaban ahora en la boca. –Sueño con él ¿Sabes? Los veo a los dos, a Jaramillas y a Albóndiga. Su mirada es desafiante. Me culpan. Ellos lo han dado todo por mí y yo… Yo estaba demasiado enfermo para ni siquiera acordarme de lo que pasó. –Era cierto, aquellos sueños le habían perturbado no en pocas ocasiones. No eran del tipo de sueños que lo habían llevado a ir en pos del castillo de Montjuïc, eran simplemente los sueños de una mente atormentada, corroída por el remordimiento. </p>
<p>Roberto supuso que el tiempo pondría las cosas en su sitio. Aquello no era más que un proceso de adaptación a su nueva vida, se decía. El tiempo pondría en su sitio su recuerdo de Jaramillas, en cuanto él lo aceptara y se perdonara, su recuerdo de Jaramillas también lo haría. Lo único que tenía que hacer era trabajar mucho para pensar muy poco y más pronto que tarde todo volvería a la “normalidad”. Lo que sentía no debía de más que una terrible culpabilidad.</p>
<p>Los dos llegaron al edificio donde habían ubicado la biblioteca. Era una pequeña edificación cuadrada de gruesas paredes de color ocre. El sol bañaba la pared de la puerta, que estaba abierta. El ambiente era cálido. Los dos hombres se separaron. Jordi se metió dentro del edificio, en busca de Dolors y Roberto se dirigió hacia su habitación, situada cerca de la entrada de la muralla, en una especie de barracones improvisados. En cuanto llegó se deshizo del traje de neopreno y empapó una pequeña toalla en el barreno con agua dulce que tenía allí. El salitre le acartonaba la piel, pero no tenían tanta agua dulce como para poder pegarse una buena ducha, que era lo que realmente le apetecía. Se frotó el cuerpo con la toalla húmeda y empezó a cambiarse de ropa. Ropa limpia, lavada a mano, pero con el aroma fresco del jabón ¡Olor a jabón! Aquello no estaba nada mal, pese a todo. Era mucho más de lo que había podido disfrutar en los meses anteriores a su llegada a Menorca.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vii-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio VI</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vi-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vi-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:47:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1026</guid>
		<description><![CDATA[Caminaron por el polvoriento camino que llevaba a la entrada de aquel mastodonte de roca y argamasa. El majestuoso pórtico de entrada estaba precedido por un puente que cruzaba el basto foso de siete metros de profundidad. Ambos lo cruzaron mientras saludaban a la persona que vigilaba a la entrada. Cuando pasó a su lado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Caminaron por el polvoriento camino que llevaba a la entrada de aquel mastodonte de roca y argamasa. El majestuoso pórtico de entrada estaba precedido por un puente que cruzaba el basto foso de siete metros de profundidad. Ambos lo cruzaron mientras saludaban a la persona que vigilaba a la entrada. Cuando pasó a su lado con el mero colgando su mirada se desvió hacia el animal. El recinto de la fortaleza era gigantesco, caminó hasta las salas que habían habilitado como cocinas y se encontró con María, que se le lanzó al cuello con un fuerte abrazo. Toni la tenía bastante desatendida últimamente. Desde que había empezado a ir con el grupo de abastecimiento, el muchacho babeaba como un perro detrás de Mónica. Roberto le devolvió el abrazo.</p>
<p>–Hoy estas muy guapa María. –Le dijo. Sus rizos castaños brillaban bajo la luz que entraba por los estrechos ventanales. La muchacha necesitaba alabanzas y Roberto lo sabía. En el fondo le caía bien. –Te hemos traído unos regalitos. –Los dos le tendieron los pescados y la muchacha empezó a refunfuñar sobre el horrible olor que se le quedaría en las manos. No le hicieron ni casi, se despidieron y se marcharon. Era un lujo ver la despensa contigua a la cocina repleta de latas de comida en conserva, agua embotellada y otros víveres. Incluso tenían bebidas alcohólicas en la cantina que casi podían consumir sin cortarse. Aquello se acabaría algún día, pero parece que a ese día aun le quedaba un tiempo.<br />
<span id="more-1026"></span><br />
–¿Cuánto crees que puede durar una despensa así de llena? –Le preguntó Roberto a Jordi.</p>
<p>–Pues contando con que hacemos tres comidas al día… No sabría bien, bien qué decirte. –El veterinario dudó unos instantes, como calculando mentalmente mientras se rascaba la barbilla. –Las latas cálculo que unas tres o cuatro semanas como mucho. El arroz y las legumbres secas, depende de si conseguimos mantenerlas a salvo. Si no se la acaban comiendo las ratas nos puede durar un buen tiempo. Por suerte, el grupo de avituallamiento lleva un buen ritmo de recogida. </p>
<p>–Eso es cierto. –Respondió Roberto. –¿Sabes que este tema tiene preocupadísimo a Tomás? –No esperó respuesta. Sabía que lo sabía. –Dice que debemos ser autónomos por lo menos a la hora de conseguir alimentos básicos. Además, Fran últimamente se queja mucho sobre este tema. Cada vez se tienen que acercar más a las ciudades y cada vez encuentran más alimentos en mal estado. Me lo ha dicho Toni. Al pobre lo tienen cagado de miedo, muchos de su grupo están preocupados por el siguiente invierno. </p>
<p>–Creo que no deberíamos preocuparnos aun por el siguiente invierno. –Dijo Jordi, tranquilo. –Pero está claro que el futuro es bastante incierto. No podemos depender eternamente de latas embasadas. Aunque tengamos miles de ellas, incluso éstas tienen fecha de caducidad. Claro que será un invierno duro. Todos los siguientes inviernos lo serán, ya verás. De momento, lo que ya hay inventariado más el ritmo de recogida que llevamos nos da un buen margen. David es muy bueno con los números, Dolors asegura que es un genio. Es un as de la estadística y un muy buen administrador.</p>
<p>–A mi la gente así siempre me ha asustado. –Respondió Roberto con una sonrisa. –¿Lo tiene todo por la mano verdad? ¡Qué bien nos viene tener a un obsesivo compulsivo entre nosotros!</p>
<p>David y Dolors eran los encargados de llevar la biblioteca adelante además de hacer tareas de inventariado. Era más joven que Roberto, pero era enfermizamente metódico. A sus veintiséis años y con la carrera de historia ya acabada, había llegado a trabajar como secretario en un partido político de su ciudad, si el mundo no se hubiera ido a la mierda hubiera llegado lejos. También tenían a Meritxell ayudándoles, la cual también era bastante buena gestora. Ahora Jordi y Roberto se dirigían hacia allí, Dolors acabaría en breve su turno e irían a comer algo. </p>
<p>Jordi y Dolors no se habían casado, pero como si lo hubieran hecho. A veces Roberto les animaba para que le pidieran permiso a Tomás para hacer una especie de ceremonia, sería algo divertido y… ¡Qué cojones! No tenían demasiadas cosas que celebrar últimamente. Pero los dos se negaban a hacerlo tan “oficial”. Ella decía que ya habría otro momento mejor y él decía que ya se había casado demasiadas veces. Roberto los quería. Se alegraba de estar con ellos. Se les veía totalmente integrados en estilo de vida de la Mola.</p>
<p>No podía decir lo mismo de él. Estaba muy cómodo y la gente le respetaba. Nadie lo miraba mal, ni mucho menos, todos le saludaban y le trataban muy bien. Recibían su ayuda muy ilusionados y siempre se ofrecían a ayudarle en lo que fuera. Roberto, a su vez, trabajaba duro en todo lo que le mandaban y traía pescado fresco que los supervivientes se turnaban en devorar. Incluso Meritxell le hacía ojitos. Eran treinta y tres, impares, pero él podría tener pareja si quisiera, lo cual no podían decir todos ya que había más hombres que mujeres entre los supervivientes. El podría estar perfectamente integrado, con su pareja, con su intimidad y su vida allí… si quisiera. Pero… ¿Por qué no quería?</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-vi-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio V</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-v-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-v-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:42:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1021</guid>
		<description><![CDATA[Así que, allí en la Mola, todo el mundo trabaja a destajo cavando zanjas para intentar cultivar lo que fuera en aquel peñón rocoso donde habían construido su nuevo hogar, buscando leña por los alrededores para mantener los fuegos encendidos, arreglando cualquier problema que surgiera, ya para cargar con agua para hervir o para vaciar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Así que, allí en la Mola, todo el mundo trabaja a destajo cavando zanjas para intentar cultivar lo que fuera en aquel peñón rocoso donde habían construido su nuevo hogar, buscando leña por los alrededores para mantener los fuegos encendidos, arreglando cualquier problema que surgiera, ya para cargar con agua para hervir o para vaciar las letrinas o para zurcir unos pantalones. </p>
<p>Lo único que no necesitaban allí en la Mola era un psicólogo. Allí nadie tenía depresión o ansiedad. No tenían tiempo para eso, el trabajo era la medicina para todos aquellos males. Acostarse reventado hacía que el sueño llegara rápido y acallaba cualquier molesta voz interior dispuesta a joder la marrana al personal. Así que Roberto no tuvo que preocuparse de que le ofrecieran un puesto así. Era un alivio para él. Pese a sus estudios, podía asegurar que tenía tanta experiencia tratando a pacientes, como cuidando monos titi.<br />
<span id="more-1021"></span><br />
Por el contrario, Jordi no había tenido problema alguno a la hora de ocupar su tiempo. Había acabado ayudando a la chica que se encargaba de hacer las veces de médico, que había sido residente de cirugía en el hospital general de Mallorca, aunque ella fuese de Lleida. Entre los dos se lo montaban bastante bien a la hora de mantenerles bien cuidados. Toni se había acabado enrolando con Fran y Mónica, en su grupo de abastecimiento y se pasaba días fuera, saqueando almacenes. María ayudaba en todo lo que podía, pasando la mayor parte de las horas en la cocina, quejándose de todo lo que la hacían trabajar. Pero trabajando duro, no obstante. Dolors, licenciada en filología alemana e inglesa, había sido profesora en un instituto, de modo que se había acabado uniendo en el grupo de bibliotecarios, tarea que muchos consideraban inútil aunque no se atreviesen a decirlo demasiado alto. Sobretodo los rudos hombres y mujeres del grupo de abastecimiento. Todos ellos hombres de acción. </p>
<p>La biblioteca no era más que una sala donde habían ido almacenando los libros que acababan llegando a sus manos, los bibliotecarios se encargaban de conservarlos. No obstante, su función iba más allá del mero almacenamiento de libros. Aquello había sido desde el principio un proyecto personal del propio Tomás y se trataba de una manera de intentar conservar todo el conocimiento humano que pudieran. Los tres miembros encargados de la biblioteca, entre los que se contaba con Dolors, estaban fascinados con aquel proyecto, incluso les solicitaban a los demás supervivientes que escribieran en libretas sobre todo tema que conocieran bien, con el fin de compilar la información de cara al futuro. Allí, en la biblioteca, también estudiaban los pocos niños que se podían contar entre los supervivientes. Entre labor y labor, los niños también tenían que estudiar, aunque fuese a desgana. Se había acabado eso de que los niños no trabajan, todo el mundo trabajaba, y los niños, auténticos supervivientes, no les iban a la zaga. Algunos adultos también se pasaban por allí de vez en cuando, entre ellos Roberto era de los que más.</p>
<p>Su labor tenía una finalidad a años vista. Roberto era suficientemente espabilado como para entenderlo. Los años venideros serían una época oscura. La cultura se había perdido y el que tuviera el conocimiento tendría poder. A partir de ahora, los niños no aprenderían a leer en su grandísima mayoría. Pocos serían los afortunados. Una era de barbarismo medievalesco era lo que les esperaba si es que la humanidad conseguía salir adelante. </p>
<p>¿Qué pensaría un niño nacido quince años adelante al ver en acción un mechero? ¿Qué pensaría al ver en funcionamiento una bombilla? ¿Acaso no diría que eso es arte de magia? ¿Brujería? ¿Y aquel que se lo mostrara, no adquiriría el estatus de mago?</p>
<p>Tomás, el capitán de la Zorra de Mar y de todo lo demás, era el que más esfuerzos había hecho para tirar esa idea adelante. Era un hombre gordo y de barba blanca y corta. Siempre con su gorra de marino colocada en la cabeza y sus gafas viejas y sucias apoyadas en su amplia nariz de patata surcada por pequeñas venillas rojas. Le encantaba la literatura de ficción así como la historia contemporánea y guardaba en su camarote un buen puñado de libros que había acabado cediendo a la colección de la biblioteca.  </p>
<p>A Roberto le caía muy bien ese hombre y por lo visto, el capitán también sentía simpatía por él. El hombre era excéntrico pero cabal. Jordi y él se contaban entre sus mejores amigos, por lo que no era extraño que compartieran conversaciones nocturnas. Cuando hablaban sobre algún tema que le interesaba, Tomás se ponía tan tenso y rojo que parecía que le fuera a dar un ictus. Sobretodo cuando se pasaba con el whisky. Aun así, sobrevivía a cada velada. </p>
<p>Una de aquellas noches, Tomás le había explicado que la idea de crear la biblioteca la había extraído de uno de sus autores preferidos: Isaac Asimov. No le había dicho mucho más, lo que hizo fue ir a buscarlo al día siguiente y poner en sus manos un pequeño y amarillento libro de tapa blanda con las típicas ilustraciones de los años ochenta. En el dibujo, unas naves plateadas en forma de bala orbitaban una esfera reluciente y metálica mientras un sol ardía millones de kilómetros más alejado. </p>
<p>–¡Fundación! –Le dijo con animosidad. –¡Me encanta este jodido libro! Te lo lees rápido y lo devuelves a la biblioteca. Isaac Asimov era un genio, chico. Quizá no como escritor, pero sí en otros campos. Él nos ayudará a tirar esto para adelante. –Roberto asentía perplejo al discurso del cuarentón barrigón. Era un hombre terriblemente carismático. –Si te soy sincero, creo que el proyecto de la biblioteca es lo más importante que tenemos entre las manos. Si conseguimos guardar un mínimo de información sobre nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestros conocimientos para el futuro, me iré a arder a la pira muy tranquilo.   </p>
<p>Luego le había animado para que se enrolara también en el grupo de la biblioteca, pero de momento Roberto había declinado aquella oferta, prefería gastar su tiempo en otras cosas. Trabajos de esos que cansan y que no le dejaban pensar por las noches. Pero no lo descartaba en un futuro. Cada día se acostaba pensando en qué podía aportar él a aquel compendio de conocimientos y nunca encontraba la respuesta. De momento prefería invertir su tiempo en un trabajo más útil a menos años vista.</p>
<p>La biblioteca era un proyecto a largo plazo íntimamente vinculado a la supervivencia del grupo. Ahora tenían muchas provisiones ya que los almacenes se habían quedado llenos y nadie había ido a reclamarlos en masa. Pero eso se acabaría y no dentro de demasiado tiempo. No era extraño escuchar las quejas de los miembros de las expediciones, argumentado que cada vez tenían que ir más y más lejos. Ya habían pasado el primer invierno, pero… ¿Podrían decir lo mismo del segundo? Poco sentido tendría todo el conocimiento del mundo compilado si nadie volvía a reclamarlo.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-v-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio IV</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iv-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iv-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:38:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1019</guid>
		<description><![CDATA[Treinta y tres eran los habitantes de aquella fortaleza y se habían buscado unos a otros para formar micro-familias dentro de aquella gran familia forzosa. Allí cada uno de ellos realizaba alguna tarea. Se las iban repartiendo según gustos, pero de tal manera que todo pudiera funcionar más o menos bien. Si la tarea era [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Treinta y tres eran los habitantes de aquella fortaleza y se habían buscado unos a otros para formar micro-familias dentro de aquella gran familia forzosa. Allí cada uno de ellos realizaba alguna tarea. Se las iban repartiendo según gustos, pero de tal manera que todo pudiera funcionar más o menos bien. Si la tarea era importante, como mínimo se asignaban dos personas. Un experto y un aprendiz si era posible. Todo estaba pensado de manera que si uno de los dos faltaba, se perdiera el mínimo conocimiento posible. De esta manera, tenían un carpintero y un aprendiz. Un agricultor amateur y un aprendiz. Un médico y un veterinario y un aprendiz. Incluso una cocinera y su correspondiente aprendiz. Les faltaban muchos oficios por cubrir, pero de momento se tenían que apañar con lo que tenían. </p>
<p>De esta manera, pretendían que el poco conocimiento que tenía cada uno de ellos se pudiera mantener a pesar de que cualquiera de ellos pudiera desaparecer, llevándose un valioso conocimiento a la tumba. El mismo Roberto, conocía ahora secretos sobre el noble arte de la pesca submarina que debía de compartir con el resto para que, tras la muerte de su maestro, aquel conocimiento no se perdiera.<br />
<span id="more-1019"></span><br />
Luego, a parte de eso, cada uno podía aprender otras cosas y todos colaboraban de buena gana. Nadie tenía ganas de problemas en aquellos tiempos. A Roberto le habían enseñado a hacer pesca submarina y no se le daba nada mal. Otros estaban aprendiendo a navegar a vela, a cocinar, a cortar leña, a reparar calzado, etc. Todo surgía un poco sobre la marcha y estaba claro que si el grupo crecía mucho más se debería de organizar de otra manera, pero de momento no era aquel el problema. De momento aquello funcionaba.</p>
<p>Era una especie de régimen comunista donde todos trabajaban por y para la comunidad. Se compartía prácticamente todo y como eran pocos los que tenían posesiones, a nadie parecía importarle. Todos habían dejado sus posesiones atrás, junto a multitud de recuerdos, para cargar sólo con lo puesto y poco más. Los únicos que parecían tener privilegios sobre el resto era el grupo de avituallamiento, pero a nadie parecía importarle de momento ¿Acaso no eran los que más se jugaban el tipo para traer las cosas que el resto les pedían? </p>
<p>Aquella era pues una manera tan buena como cualquier otra de empezar con la civilización de nuevo. Las ciudades ahora eran inhabitables, los muertos les superaban en número y era imposible intentar labores de limpieza a gran escala. Quizá más adelante, pero no ahora. </p>
<p>La Zorra de Mar había llegado allí a las tres semanas de que el mundo se fuera a la mierda, con siete ocupantes apilándose en sus dos pequeños camarotes. Tomás era el capitán del barco y de alguna manera, también era el capitán de todo aquel tinglado organizado alrededor de la fortaleza. Fran, que era el líder del grupo de abastecimiento había llegado con ellos igual que la abuela, Enriqueta. Todo había empezado con ellos, incluso la supervivencia de Roberto.  </p>
<p>El papel de aquella mujer de setenta y tantos era algo que a Roberto se le escapaba aun. Antes del día en que la gente no se volvió a despertar, Enriqueta no era más que una jubilada viuda, residente en Ampuria Brava, sin mucho más que hacer en la vida que esperar a la muerte con paciencia y muchas dosis de ganchillo. El día en que ella despertó pero sus vecinos no, aquella mujer había adquirido alguna especie de habilidad especial. Podía ver a distancia lo que estaba ocurriendo. No sólo eso, podía “sintonizar” con la gente y, aunque de manera burda, enviar mensajes a esa gente. Ella buscó a la gente, los eligió e hizo que la vinieran a buscar. La sacaron de su pueblo y luego buscaron un lugar donde seguir adelante con sus vidas. Cuando se lo explicaron, Roberto no se sorprendió ¿Acaso no había hecho lo mismo con él?</p>
<p>Roberto no tenía la menor duda; Alicia compartía el mismo don. Se había metido en su cabeza y en la de los demás supervivientes del grupo de Barcelona. Aquella silenciosa chica había profanado sus cerebros para que la rescataran. Enriqueta, a su vez, lo había organizado todo para que los sacaran de allí ¿Cómo si no el barco sabía donde buscarlos? Ahora la joven era la aprendiz de la abuela, tan silenciosa como siempre, arrastrando los pies detrás de los lentos pero seguros pasos de aquella abuela con superpoderes.</p>
<p>Cuando el barco con los siete a bordo llegó a Mahón, allí les estaba esperando Meritxell, una joven licenciada en turismo que había acabado trabajando de guía turística en aquella fortaleza. La joven había conseguido llegar hasta su puesto de trabajo, la fortaleza, y aprovechando sus conocimientos sobre el terreno, empezó a preparar las cosas por allí. Obviamente, ella había tenido extraños y premonitorios sueños y los estaba esperando. Igual que los que luego llegarían hasta allí, uno por uno o en grupo. Aquella anciana parecía la maestra de marionetas, sólo que en vez de mover los hilos, movía sus agujas de punto de cruz. </p>
<p>Era muy extraño, desconcertante. No obstante, Roberto no se sorprendió demasiado. El mundo se había vuelto un lugar muy raro últimamente. Los muertos eran ahora la especie dominante del planeta. Los muertos, seres que no aparecían en ningún libro de historia, ni retratados en ningún tratado sobre filogenia. Aquello ya era de por sí desconcertante ¿Por qué tendría que extrañarle que una abuela pudiera tener unos poderes similares a los de Charles Xavier de los X-Men?</p>
<p>La cuestión era que la vida acababa de volverse mucho más simple que meses atrás. Los coches eran cosa del pasado, el ochenta por ciento de los trabajos ya no tenían sentido y las responsabilidades que antes le hubieran agobiado, como pagarle el alquiler al casero o pagar la factura del ADSL ya las había olvidado. Lo único que ahora necesitaba era comida, un techo y algo de diversión para tapar la sensación de desasosiego producida por la perdida de toda su anterior vida social y familiar. </p>
<p>Él no tenía ningún poder, es más, había sido manipulado por uno de esos poderes. Por suerte, ahora ya no soñaba cosas raras. Los sueños volvían a tener el mismo toque irreal de siempre. Nada de extraños mensajes cifrados, embutidos a distancia entre sus ondas cerebrales. Roberto había acabado por convertirse en el aprendiz de pescador, una actividad convencional, y tras la muerte accidental de su maestro, ahora le tocaba a él enseñar lo poco que sabía. Aun no tenía un aprendiz al que adiestrar, pero pronto aparecería un voluntario. Por suerte no era un trabajo que le fuera muy difícil de llevar a cabo. Le gustaban las sensaciones que le proporcionaba bucear: el frío, el silencio, la falta de gravidez, etc. </p>
<p>De momento no tenía otra responsabilidad mas que echarse al mar cada mañana y cada tarde con el arpón y sacar algún que otro pescado. Nadie se lo pedía y obviamente, no sería suficiente. Debía encontrar otra tarea más provechosa, pero no se veía de nada más. Eso le entristecía. En parte por la necesidad de conocer oficios, en parte por la vergüenza producida por trabajar menos que el resto, ayudaba en todo lo que podía siempre que alguien se pasaba por la cantina para buscar algún voluntario para alguna tarea. Tenían un tablón donde informaban de lo que se iba a hacer la mañana siguiente y siempre aparecía más gente que la necesaria. Así todos mantenían la mente ocupada. No era bueno quedarse parado demasiado tiempo. No tener nada qué hacer hacía que uno le diera al coco y darle al coco normalmente quería decir acordarse de seres queridos o de cosas que ya no podría volver a hacer.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iv-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio III</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iii-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iii-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:31:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1015</guid>
		<description><![CDATA[–¿Por qué no dejas de intentar hacernos ver que sabes pescar, Jordi? –Le dijo finalmente Roberto en tono de mofa. –Lo único que estás consiguiendo es malgastar el cebo. Venga haz algo de provecho y ayúdame a cargar con los trastos ¿No ves que estoy impedido? –Levantó su mano tullida y le mostró los dedos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>–¿Por qué no dejas de intentar hacernos ver que sabes pescar, Jordi? –Le dijo finalmente Roberto en tono de mofa. –Lo único que estás consiguiendo es malgastar el cebo. Venga haz algo de provecho y ayúdame a cargar con los trastos ¿No ves que estoy impedido? –Levantó su mano tullida y le mostró los dedos que aún le quedaban.</p>
<p>–!Menudo cuento tienes! –Replicó. –Pero tienes razón, ya está bien de perder el tiempo. Vamos a llevar esa hermosura que has pescado a las cocinas a ver qué pueden hacer con él. Además Dolors ya tiene que estar a punto de plegar de la biblioteca, quiero pasar a verla antes de pasarme por la enfermería. Hoy toca inventariar lo que nos trajeron ayer los aguerridos aventureros del grupo de avituallamiento.</p>
<p>Metieron los peces en el cubo, junto con el resto que había podido coger Jordi con su caña y él, y se repartieron los bultos. Después de comer volvería al agua. Con suerte conseguiría que todos pudieran llevarse un trozo de pescado a la boca esa noche. Los dos se alejaron de la pequeña cala pedregosa y comenzaron a afrontar una pequeña colina repleta de arbustos regios y bajos. En cuanto llegaron a la parte más alta, la ciudad de Mahón apareció ante ellos más allá de la bahía que hendía la tierra, como si de un inmenso río se tratase. En la antigua capital balear, las casas se agolpaban sobre la empinada ladera que daba al mar, dando lugar a un puerto deportivo lleno de barcos sin uso. Algunos de auténtico lujo. Demasiado lujosos para los tiempos que corrían.<br />
<span id="more-1015"></span><br />
A su derecha, la gigantesca fortaleza de la Mola coronaba la esquina sureste de la isla, justo al otro lado de la bahía. Una estructura achaparrada de roca amarillenta, con gigantescas murallas y un foso alrededor que dejaba a la altura del betún el del castillo de Montjuïc. Su tamaño era abrumador. Pese a estar a escasos dos kilómetros en línea recta hasta la ciudad de Mahón, la carretera que las unía era larga y complicada, vadeando el cerrado ángulo que formaba aquella bahía que hendía la tierra. Demasiado para aquellos zombis con el cerebro podrido. </p>
<p>De hecho, no dejaba de existir cierto paralelismo entre el castillo barcelonés y la fortaleza menorquina. Paralelismo que había llevado a Roberto a confundirlas de inicio. Cuando despertó de sus fiebres meses atrás, después del viaje en La Zorra de Mar desde Barcelona a la isla.</p>
<p>Se había despertado en una sala cuadrada y de paredes encaladas. Allí hacía frío y la humedad era altísima. Justo igual que en el castillo de Montjuïc. Cuando abrió los ojos y se vio en aquella situación, estirado en una cama y tapado por bastas mantas, dos palabras surgieron en su mente: “Padre Ramón”. Intentó revolverse contra sus ataduras, pero ahora no estaba atado. Aquello era desconcertante. </p>
<p>La aparición de su “Gandalf” momentos después no ayudó demasiado a deshacer la ilusión. Allí la luz era mucho más clara y se colaba por un ventanuco estrecho y alargado a varios metros de altura. Pudo ver con bastante claridad que realmente aquel hombre no se parecía en nada a la imagen mental que tenía formada sobre Gandalf, un Ian Mckellen vestido de gris y con una larga barba blanca.</p>
<p>Jordi, en cuanto le vio despierto, clamó al cielo, rió y le abrazó con fuerza. Incluso le dio un beso en la mejilla que le permitió entender que lo habían afeitado, pues no notó el espesor de su barba sobre sus mejillas. Aquello le desconcertó. El hombre mayor le había puesto al día durante su recuperación. Le explicó que habían dejado atrás Barcelona para irse hasta Menorca. La pequeña y entrañable Menorca. </p>
<p>Dos hombres y una mujer los habían ido a buscar hasta Barcelona para llevárselos de allí. Después de más de quince horas de viaje, habían visto aparecer ante ellos las costas de Ciutadella, luego habían recorrido la extrañamente desierta cara sur de la isla hasta llegar a la capital, Mahón. Donde ahora residían. De todo eso, Roberto no recordaba nada. Había pasado todas aquellas horas dormido, con una fiebre infecciosa horrible de la que acababa de salir y que bien podría haberle costado la vida y un clavo en el cerebro.</p>
<p>Finalmente había conseguido librarse y con bastante suerte, pues la infección que se había hecho fuerte en las heridas mal curadas de sus dos dedos de la mano izquierda, casi le cuesta la mano entera. El resto de heridas y golpes habían sanado sin mayor problema, lo único que había perdido eran unos cuantos kilos de peso. Estaba escuálido. </p>
<p>La Mola. Así se llamaba su nuevo hogar. Un hogar que compartía con treinta y dos personas más. Compañeros de aventuras que con el paso de los días iría conociendo poco a poco. A unos más que otros. No dejaba de ser curioso cómo el grupo se había acabado por establecer allí. El modelo del castillo de Montjuïc se repetía de nuevo. Una ubicación antaño estratégica, volvía a tomar fuerza después de innumerables años de desuso. La Mola, o la fortaleza de Isabel II, situada en una pequeña península en la esquina sureste de la isla, había sido un referente en la navegación del mediterráneo desde que la humanidad se lanzara a la conquista del mar. Las rutas mercantes del mediterráneo convergían pasando cerca de los acantilados naturales de la posición donde se acabaría construyendo la mastodóntica estructura fortificada, de modo que los imperios de los siglos XVI hacia delante se habían dado de hostias por clavar su bandera allí.</p>
<p>Ingleses, franceses y españoles se la habían disputado en un montón de ocasiones, hasta que finalmente en manos españolas, la reina Isabel II decidió construir la edificación en la que hoy día se alojaban. No dejaba de ser curioso el hecho de que una vez acabadas las obras de la fortaleza, a finales del siglo XIX, la industria militar había cambiado tanto que un emplazamiento de ese tipo había perdido cualquier valor de carácter estratégico y militar, quedando así obsoleta.      </p>
<p>No obstante, por muy pasadas de moda que estuvieran las fortalezas de aquel tipo, su aspecto era temible. Impresionantes murallas cerraban el paso por tierra mientras que los acantilados naturales impedían una entrada por el mar. El recinto interior estaba compuesto por extensiones de terreno yermo, que ahora se afanaban en cultivar sin demasiado éxito, y edificaciones robustas que les servían de alojamiento. Aun así, les sobraba una cantidad enorme de terreno y todos acababan por hacer vida en las edificaciones cercanas a la entrada principal. Nadie quería estar sólo en aquellos momentos y cabía reconocer que pese a que allí nadie veía a un muerto caminar desde hacía meses, las noches eran aterradoras frente a la poca luz y el mucho terreno. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-iii-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio II</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-ii-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-ii-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:19:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1011</guid>
		<description><![CDATA[Salir del agua por aquella costa tan pedregosa era una tarea costosa, incluso con los escarpines protegiendo sus pies de las rocas. De su cinturón colgaban dos sargos, una óblada y su gran trofeo; el hermoso y suculento mero, grueso y largo hasta su rodilla. Jordi, encima de un saliente de roca negra que se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Salir del agua por aquella costa tan pedregosa era una tarea costosa, incluso con los escarpines protegiendo sus pies de las rocas. De su cinturón colgaban dos sargos, una óblada y su gran trofeo; el hermoso y suculento mero, grueso y largo hasta su rodilla. Jordi, encima de un saliente de roca negra que se introducía en el mar, silbó de emoción al ver tamaña pieza. El doctor se había venido aquella mañana con él a la playa, aprovechando que tenía la mañana libre en la enfermería.  </p>
<p>–¡Menudo espécimen! –Gritó desde su posición. –Por lo visto, hoy estamos de enhorabuena. –No faltaba cierto tono de humor en aquella frase. Entre sus manos sostenía una caña de pescar, en el cubo que tenía al lado descansaban ya bien muertos lo poco que había pescado el veterinario jubilado y una furtiva dorada que Roberto había conseguido ensartar con su arpón a primera hora.<br />
<span id="more-1011"></span><br />
Roberto sonrió mientras se quitaba el cinturón con los plomos y lo depositaba sobre los cantos rodados de aquella cala. Empezó a quitarse el neopreno por piezas. El día era primaveral y caluroso, aun así en cuanto la brisa le lamió la piel desnuda y mojada se le erizaron los pelos. </p>
<p>–No ha sido más que suerte. A éste le tenía echado el ojo desde hacía ya una semana y no había manera. –Dijo señalando el oscuro pez moteado de forma ovoide que destacaba por su tamaño frente al resto. –Además, dentro del agua parecía más grande. Quizá tendría que haberlo dejado en paz. De aquí a un año podría ser bastante más grande.</p>
<p>–Medio año atrás hubiera estado de acuerdo contigo. –Le dijo el viejo veterinario, ascendido de nuevo a médico, mientras volvía a lanzar el anzuelo al mar. –Pero ¿Sabes qué, Rober? Que el año que viene bien puedo estar muerto y no sabes lo que me apetece hincarle el diente al bichejo ese ¿Es un mero, no?</p>
<p>No le faltaba razón al viejo Jordi, al cual siempre estaría agradecido. La muerte era una constante en aquella nueva vida después de aquel fatídico día y los meses que lo habían seguido, todos convivían a sabiendas que la guadaña de la caprichosa muerte pendía sobre sus cabezas. No obstante, pese a que aquel pensamiento pudiera parecer deprimente, ayudaba a vivir cada día de manera plena. </p>
<p>Desde que Roberto llegara al grupo de supervivientes de Menorca, ya habían acontecido dos muertes. Y ninguna de ellas tenían como causantes a los muertos vivientes, a los que Roberto no veía desde antes de perder los dos dedos. Una mujer mayor había muerto por las complicaciones de una gripe a finales del invierno y el otro había muerto por un ataque al corazón, cuando una escorpora le picó en el pecho. Aquel último había sido su maestro en las artes de la pesca submarina. Él mismo lo había tenido que sacar del agua. Los médicos no habían podido hacer nada, la picadura había atravesado el neopreno e hincado en la piel para provocarle horribles dificultades respiratorias y luego, la parada. A Roberto le había caído muy bien aquella persona. Sintió su muerte. Esa misma tarde, estaba de nuevo en el agua.</p>
<p>A ambos cadáveres les habían atravesado el cráneo con un clavo bien gordo para que no volvieran a levantarse y todos pudieran descansar tranquilamente, muertos y vivos. Aquel era el futuro que les esperaba a todos ellos. Un clavo bien gordo en el cerebro. Supuso que cuando eso pasara, ya no le importaría demasiado. Era mejor morir bien muerto que levantarse para incordiar a los vivos.  </p>
<p>Ahora le tocaría a él enseñar a otros, así habían dispuesto las cosas allí en Menorca y no iba a ser él el que las cambiase. </p>
<p>El último grupo de supervivientes, compuesto por Toni, María, Alicia, Dolors, Jordi y Roberto, había llegado hacía un poco más de dos meses, cuando la primavera aún no había empezado a hacer acto de presencia. El velero los había sacado del puerto de Barcelona y los había llevado hasta la isla baleárica, aunque de eso él no tenía recuerdo alguno. Recordaba perfectamente los días anteriores, aquellos que había pasado con Jaramillas y Albóndiga en su caseta de los huertos del delta del Llobregat. Eran días que recordaba con felicidad. Pero después de esa corta escena de su vida, sus recuerdos se enturbiaban y era imposible esclarecer nada. Por suerte, Jordi le había podido explicar la gran mayoría de los acontecimientos que habían ocurrido durante su ausencia. Sin duda, tenía una deuda gigantesca con Jaramillas. Nadie había hecho nunca nada parecido por él. Jordi aseguraba no saber si estaba vivo o muerto, pero no quiso darle esperanzas falsas, ya que sí que había podido escuchar los disparos una vez lo dejaron atrás. Según el veterano jubilado, debía de haber hecho muy bien su trabajo, porque nadie los siguió después de aquello. </p>
<p>Roberto quería resistirse a creer lo que temía. Nadie lo había visto morir. Quería mantener la esperanza. Quería poder imaginar que el perro y él estarían en este momento en Barcelona, pensando en él igual que él pensaba en ellos. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-ii-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio I</title>
		<link>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-i-7/</link>
		<comments>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-i-7/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 08 Jan 2013 23:12:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Segunda oportunidad]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=1009</guid>
		<description><![CDATA[A diez metros de profundidad bajo el agua el mundo se volvía de un azul aturquesado abrumador. Delante, entre unas rocas decoradas con todo tipo de sedimentos, algas y otros seres vivos adheridos, un mero de unos cuarenta centímetros permanecía oculto entre las sombras, que contrastaban con los escasos rayos de luz que se filtraban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A diez metros de profundidad bajo el agua el mundo se volvía de un azul aturquesado abrumador. Delante, entre unas rocas decoradas con todo tipo de sedimentos, algas y otros seres vivos adheridos, un mero de unos cuarenta centímetros permanecía oculto entre las sombras, que contrastaban con los escasos rayos de luz que se filtraban por el agua. De fondo, un mundo de un azul intenso se extendía delante suyo, cientos de pequeños peces se arremolinaban a su alrededor con movimientos súbitos y aparentemente anárquicos. El cristal de sus gafas le permitía ver con detalle aquel maravilloso fondo marino, repleto rocas de un color gris apagado, arena blanca y danzarinas algas verdes. </p>
<p>Roberto no lo veía pero lo intuía. Sabía que estaba allí y también sabía que no tenía prisa por moverse. A él se le agotaría el aire tarde o temprano y debería salir a la superficie de nuevo a respirar. Su capacidad pulmonar había mejorado ostensiblemente, aun así, debía volver a la superficie y sucumbir al irresistible instinto de supervivencia. Tomaría aire y lo volvería a intentar una vez más. Tampoco él tenía prisa alguna.<br />
<span id="more-1009"></span><br />
Ahora, en aquella nueva vida suya, había aprendido muchas cosas. Una de las cosas que más le había sorprendido era todo lo que le podía llegar a gustar el mar. Otra cosa que había aprendido era que los meros eran seres territoriales, de manera que si lo veías un día escondido entre unas rocas, a la mañana siguiente volvería a estar allí. Roberto empezó a notar como los latidos de su corazón se extendían por sus pulmones comprimidos y notaba su vibración en sus tímpanos. Había llegado el momento de salir a tomar aire. Otro asalto que ganaba el mero. Pero esa era la vida del pescador submarino. Nunca se gana a la primera, sólo la paciencia garantizaba el éxito. Eso también lo había aprendido.</p>
<p>El movimiento de unas enormes aletas negras y estilizadas lo transportó de inmediato hasta la superficie. Mientras subía, podía notar como las diferentes temperaturas del agua le acariciaban la piel a través del traje de neopreno que llevaba. Aún no hacía tanto calor como para meterse a pelo. Se llevó el tubo a la boca y, sin llegar a sacar la cabeza del agua, expulsó de un fuerte soplido el agua de dentro del tubo para poder respirar con normalidad. No había agobio, no había ahogo. Roberto había descubierto que aquello le relajaba y le ponía en calma. Una calma que no notaba desde hacía mucho tiempo. Los movimientos suaves, la sensación de ingravidez, los sonidos amortiguados, la iluminación fría y serena. Todo parecía dispuesto para relajarle. </p>
<p>Desde la superficie, con el tubo sobresaliendo del agua para poder tomar aire, podía ver la roca donde se encontraba su objetivo. Esperó un poco a recuperar el aliento y volvió a sumergirse con el arpón en su mano buena, aleteando suavemente, tal y como le habían enseñado. Tuvo que compensar la presión en los oídos tres veces antes de volver a llegar a la roca. El cinturón de plomos le ayudaba a mantenerse estable dentro del agua, aun así, aprovechó un saliente de roca para aferrarse con la mano tullida. Una mano enguantada en neopreno donde faltaban dos huecos. </p>
<p>Se quedó muy quieto, con las poseidonias acariciándole la panza con el movimiento suave y acompasado de la marea. Ahí estaba el mero. Era hermoso, con sus colores oscuros e irregulares salpicado de motas blancuzcas. Sus branquias se habían abierto y sus aletas dorsales estaban extendidas, por lo que parecía más grande de lo que realmente era. En su lomo, las púas estaban extendidas. Era su primer mero y si todo salía bien, hoy comerían pescado fresco. </p>
<p>–”De la mar el mero y de la tierra el cordero”. –Pensó mientras intentaba asegurar el tiro. Cargar el arpón con una mano tullida era un engorro. Era lo que siempre decía su padre. A Roberto no le gustaba el cordero. Apretó el gatillo.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2013/01/09/episodio-i-7/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio LIII</title>
		<link>http://zombis.net/2012/12/04/episodio-liii/</link>
		<comments>http://zombis.net/2012/12/04/episodio-liii/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 03 Dec 2012 23:40:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
				<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=694</guid>
		<description><![CDATA[Eran ocho personas en una pequeña zodiac. El agua entraba por todos lados, pero no le importaba a nadie; sabían que toda aquella pesadilla había acabado. Sus rescatadores los habían guiado desde aquel túnel por el embarcadero hasta la lancha amarrada por un cabo al embarcadero. Era curioso ver aquella pequeña embarcación inflable con un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Eran ocho personas en una pequeña zodiac. El agua entraba por todos lados, pero no le importaba a nadie; sabían que toda aquella pesadilla había acabado. Sus rescatadores los habían guiado desde aquel túnel por el embarcadero hasta la lancha amarrada por un cabo al embarcadero. Era curioso ver aquella pequeña embarcación inflable con un motor de poco más de caballo de potencia rodeado por aquellos navíos gigantescos abandonados.</p>
<p>El sonido del motor era uniforme y penetrante, de modo que nadie hablada. Cada vez que cogían una pequeña ola, un poco de agua de mar entraba en la zodiac, de modo que todos tenían los pies mojados y la ropa empapada. Jordi aceptaba aquella agua con bastante agrado, pese a que la temperatura era bajísima al contraste con el aire. Era genial que el Padre Ramón no hubiera conseguido hundir aquel barco.</p>
<p>El velero crecía a medida de se acercaban saltando sobre el mar, Jordi rebotaba en el cilindro inflable sobre el que estaba sentado, agarrándose a la fina y húmeda cuerda que servía de sujeción con una mano, mientras que con la otra evitaba que el sombrero se le escapara volando. No pudo reprimirse de mirar atrás y ver la ciudad impregnada por una ligera bruma matinal. Los emblemáticos edificios iban empequeñeciendo a medida que el velero crecía.<br />
<span id="more-694"></span><br />
Podía ver la torre del teleférico, la fina línea perpendicular que era el monumento que conmemoraba la llegada de Colón al continente americano, el enorme falo de colores azulados que llevaba el nombre de una compañía que gestionaba las aguas de Barcelona, incluso las torres inacabadas de la sagrada familia, rodeadas aún por las grúas que usaban los trabajadores. Quizá algún día alguien decidiera retomar su construcción. Quizá, pero sería un quizá muy lejano.</p>
<p>Miró en último lugar hacia la montaña de Montjuïc. No supo entender los sentimientos que le evocaba aquella imagen. Los muertos debían de estar allí aun, campando a sus anchas. Aquella noche había sido simplemente una pesadilla. Aun así, habían conseguido escapar de allí. Casi no se atrevía a respirar aliviado. Como si fuera a desvanecerse en el siguiente pestañeo. </p>
<p>Dejaban atrás más de un mes de experiencias. También dejaban atrás compañeros muertos. El nombre de Jaramillas también se pasó por su cabeza. Sentía una extraña añoranza por aquel joven que habían dejado allí ¿Aquello que habían hecho era acaso traición? No habían mirado atrás. Se habían largado sin más, pero ¿Podrían haber hecho más? Llegó a la conclusión de que no. También llegó a la conclusión de que no debía pensar más en aquello. De repente, sintió que aquella montaña estaba envuelta en un halo extraño. Se alegró de estar allí y deseó que los zombis no fueran capaces de hacer funcionar aquel enorme cañón que remataba el extremo noreste de la muralla. </p>
<p>No lo harían. Aquello era todo un alivio. El hombre que los había rescatado tenía la mirada dirigida hacia el barco al que iban derechos. Vestía ropas negras y regias, de cuello alto, dejando la mínima superficie de piel desnuda posible. Tiras de cinta americana aseguraban las mangas y los antebrazos para que no fuera fácil agarrarlos por allí. Incluso parecía que aquello pudiera resistir una buena mordedura. Llevaba ceñido a la cintura una cartuchera para la pistola de la que también colgaba un poderoso machete. </p>
<p>La otra mujer vestía igual, como si aquello fuera una especie de uniforme de combate regular. La única diferencia era el modelo de cuchillo que llevaban y la mochila que colgaba a su espalda. Aquella mochila olía a gasolina así que allí debía de llevar los cócteles molotov que había usado en el túnel. El rostro de aquella mujer joven era algo caballuno; de nariz grande y mandíbula fuerte, aun así, recordando sus movimientos durante su primer encuentro, con aquella gracia natural, transportada por sus ágiles y fuertes piernas, Jordi decidió que era muy atractiva. Su pelo castaño y ondulado, bailaba al son de la brisa marina.</p>
<p>Deseó que todas las chicas que se encontrara a partir de ahora fueran así. Aquello sí que sería una buena jubilación. </p>
<p>El velero ya era totalmente reconocible. Estaban tan cerca. El hombre, de unos cuarenta y pocos, se hacía llamar Fran y la joven, Mónica. Ninguno de los dos respondió demasiadas preguntas. La respuesta a las pocas preguntas que sólo Jordi se había atrevido a formular siempre era la misma: –“Cuando lleguemos al barco tendremos mucho tiempo para hablar”. –Siempre respondía Fran y siempre lo acompañaba con una serena sonrisa. Jordi lo pilló al momento y decidió no insistir más.   </p>
<p>Se sintió contento y alegre de estar allí, aunque no tuviera ni idea de qué le deparaba el futuro. Pudo ver las letras escritas en amarillo sobre el fondo azul marino del casco. “La Zorra de Mar”, rezaba el texto. Le gustó el nombre. Pensó que si tenía que confiar, quién mejor que la Zorra de Mar.</p>
<p>–¡Tiene un nombre muy adecuado! –Gritó Jordi por encima del ruido del motor para hacer llegar su voz al hombre que lo manejaba. </p>
<p>–¡Eso fue idea del capitán! –Le respondió. Dándole unas palmaditas en el hombro. –¡Ahora lo conocerás, seguro que nos ha preparado una taza de café bien caliente!</p>
<p>–¡Así sea! –Gritó, contento y animado. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2012/12/04/episodio-liii/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>4</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>
