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	<title>Zombis</title>
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	<description>Invasión Zombi</description>
	<pubDate>Mon, 14 May 2012 22:51:47 +0000</pubDate>
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		<title>Episodio XV</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 22:51:47 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[Sonó el despertador a las siete de la mañana, antes de lo habitual para un día corriente como aquel. Quería llegar antes al trabajo para darle el empujón final a una base de datos sobre medidas psicométricas extraídas de decenas de cuestionarios y pruebas psicológicas. Si no acababa aquella base de datos, el estudio científico [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sonó el despertador a las siete de la mañana, antes de lo habitual para un día corriente como aquel. Quería llegar antes al trabajo para darle el empujón final a una base de datos sobre medidas psicométricas extraídas de decenas de cuestionarios y pruebas psicológicas. Si no acababa aquella base de datos, el estudio científico se retrasaría aun más de lo que ya estaba.</p>
<p>Por lo menos ya no era becario. Lo habían “ascendido” en la escala laboral del psicólogo investigador y ahora por lo menos tenía un contrato. Contrato de investigador, claro. A efectos prácticos pringaba menos, pero no demasiado menos. No obstante, lo mejor era que trabajaba a su ritmo y pese al aislamiento de las bases de datos, él ya se daba por contento socializando a la hora de comer o con las escapadas a fumar a la puerta del hospital.<br />
<span id="more-554"></span><br />
Trabajaba a su ritmo, pero su ritmo a veces era un poco lento y por eso hoy le tocaba ponerse las pilas. Después de un desayuno puramente testimonial se quitó el pijama y se las piró bien rápido. Hacía frío, pues estaban en pleno invierno, así que cogió su cacheta de muchos bolsillo (“ropa técnica”, pensó) antes de salir por la puerta de su segundo piso.</p>
<p>Iba a ser un día duro así que en los altavoces de su pequeño coche de tres puertas sonaba Rock de una CD que se había grabado el mismo en vez de sintonizar los diales de la radio. Auténticos temazos motivacionales hacían vibrar las membranas de los altavoces:  Black Sabbath, Judas Priest, Boston y el que sonaba en ese momento no era otro que el “Love Gun” de los Kiss. Era digno de ser cantado a cacofónicos gritos en la intimidad de su asiento de conductor. </p>
<p>La mañana, tranquila como pocas, fue tal y como Roberto esperaba. Bases de datos, variables, codificaciones y sobretodo aislamiento. Tenía la base de datos a punto de caramelo, le quedaba poco para introducir todos los datos y luego solo tendría que recodificar algunas variables en el programa estadístico, pero las tripas le rugían ya como si tuviera un motor en su panza. </p>
<p>Miró el móvil y se sorprendió de lo tarde que era, llevaba casi seis horas trabajando en la base ininterrumpidamente. Si se daba prisa, aun pillaría a sus compañeros en el comedor y podría socializar un rato. Gravó una copia de seguridad con la fecha de hoy y se puso la bata, la bata de médico o la bata de comer, como se prefiriera, puesto que Roberto sólo se la ponía para llevar a cabo ese cometido.     </p>
<p>Salió a la calle y aceleró el paso para cubrir los metros que separaban el antiguo edificio de psiquiatría de la torre principal, donde estaba el comedor. Todo estaba muy tranquilo, tanto que producía sensaciones un tanto extrañas. Cruzó el achaparrado edificio que le ocultaba la visión de la entrada principal del hospital con una especie de nudo en la garganta y al fin pudo verla. </p>
<p>Allí estaba la entrada principal del hospital, grandes puertas automáticas que se abrían incesantemente, gente cruzándolas indiscriminadamente en dirección a urgencias o a visitar enfermos, pacientes con sus batas de suaves colores crema echándose un cigarrito o tomando el fresco. Roberto, sin saber muy bien el por qué, sintió un ligero estremecimiento por toda la espalda y suspiró de alivio.</p>
<p>Recorrió los laberínticos pasadizos que llevaban al comedor recordando todas las veces que se había perdido por allí, ahora había aprendido a identificar las pequeñas señales que le indicaban que iba bien encaminado. Por fin llegó. </p>
<p>Todo estaba saliendo a pedir de boca, allí estaban sus compañeros en una gran mesa con sitio de sobra y por lo visto aun iban por el primer plato. No iba a comer solo. Hizo la protocolaria cola hasta que le fue servido el rancho que acostumbraban a poner de comer allí, pago los escasos tres euros del menú para trabajadores (era un precio que justificaba la calidad de los alimentos que les servían) y, por fin, pudo volver a aposentar su culo en otra silla.</p>
<p>Saludó en general a los presentes, que se encontraban enfrascados en una acalorada discusión insignificante, y puso la parabólica para incorporarse a la conversación lo antes posible mientras se llevaba cucharadas de arroz salteado a la boca. En un momento, se olvidaría de sus problemas, de sus bases de datos y de cualquier cosa, para dar paso a cualquier idea o concepto relacionado con la discusión de hoy. Pero, por más que lo intentaba, no conseguía enterarse de lo que allí se cocía. Algo se estaba colando en su cabeza, como una onda molesta, que distorsionaba todos los sonidos convirtiéndolos en molestos zumbidos. </p>
<p>¿Qué estaba pasando? El resto de la mesa continuaba como si nada ¡El resto del comedor continuaba como si nada! Sólo él parecía verse afectado por aquel zumbido infernal. </p>
<p>Fue entonces cuando recayó en algo que no había tenido en cuenta hasta ahora. En la mesa junto a ellos; mejor dicho, con ellos, había una figura que no reconocía. En la mesa estaban Adrián, Virginia, Mireia, Julia y Nadia, todos ellos estudiantes predoctorales como Roberto; también estaba Laura, la única post-doc y Anna, la investigadora Sueca de estancia en el extranjero. Eso sería lo normal, un día normal, pero allí estaba esa otra persona, entre Nadia y Mireia, atravesándolo con la mirada. </p>
<p>No llevaba bata y delante suyo no había ninguna bandeja, ni plato, ni nada. Sólo un trozo de mesa rectangular entre las otras bandejas. Era joven, mucho más que ellos, que ya tiraban más a la treintena más los que ya habían cruzado ese límite. Su pelo era negro y caía liso sobre los hombros que aguantaban una cara ligeramente ovalada. No respondía a los cánones de belleza actuales, pero tenía unos ojos grandes, una nariz fina y ligeramente respingona y una boca pequeña pero carnosa. Era bonito mirarla, pero aun así le dolía el cerebro como si le estuvieran revolviendo los sesos con una cucharilla. </p>
<p>El cerebro no tiene terminaciones nerviosas en sí, el cerebro no siente dolor, le habían dicho una vez en la universidad. Ahora mismo no recordaba quién había sido, pero sentía unas irrefrenables ganas de meterle el absurdo manual de psicofisiología por el culo.</p>
<p>A su alrededor todo rezumaba una tranquilidad y una perfección que no podía ser real. Lo único real era aquella persona descontextualizada, vestida con un modesto y gastado jersey gris con líneas horizontes más oscuras. Sus ojos eran como emisoras de radio que hablaban directamente a su cerebro, como si allí le hubieran engastado un receptor, y lanzaba ideas y recuerdos a discreción que se convertían en sonidos, imágenes y conceptos imposibles, más propios de una película de terror ¿Fin del mundo? ¿Zombis? ¿Accidentes de moto? ¡Los zombis no existían y el jamás había conducido una moto! </p>
<p>Pero esas ideas se juntaban y formaban una historia; esas imágenes formaban fotogramas de una película que no había visto nunca, donde él era el protagonista. Y poco a poco la realidad del comedor se hacía más y más ajena, mientras que la realidad de los muertos vivientes ganaba enteros ¿Cómo era posible aquello? ¿Muertos vivientes? ¿Qué era aquello, una película cutre de los noventa de esas que los niños veían para impresionar a sus compañeras de clase en su onceavo cumpleaños? </p>
<p>Entonces vio el mar. Casi negro, como una rebosante de petróleo. En el horizonte, el sol se escondía tras un macizo de roca rematado por una larga muralla almenada y un torreón que recortaba el rojo furioso del atardecer. Rojo sobre negro: Montjuïc. </p>
<p>Las dimensiones eran totalmente irreales. Su posición demasiado lejana, la altura del macizo demasiado alta, el torreón demasiado grande y la muralla demasiado larga. Pero Roberto no tenía dudas. No importaban las dimensiones en un sueño. Sintió la tranquilidad del mar, el vaivén de la marea bajo sus pies, olor salado típico de los pueblos costeros e intuyó que estaba sobre la cubierta de un barco. No importaba, lo que importaba es que parecía que habían dejado de freír su cerebro con microondas.  </p>
<p>Por desgracia, no duró demasiado. Igual que se había esfumado el comedor del hospital; ahora se esfumaba todo lo demás.                  </p>
<p>Intuyó que ahora estaba despierto. Le dolía la cabeza y se encontraba muy, muy débil. Intentó moverse y no lo consiguió. Estaba oscuro, ese tipo de oscuridad en la que no es posible ver absolutamente nada, pero era incapaz de diferenciar si es que estaba encerrado en el más oscuro de los trasteros o era que no había manera de levantar las persianas de sus parpados. Estaba desorientado y demasiado cansado como para ponerse a pensar en el por qué de su actual situación. Sin duda, su mente funcionaba mejor dormida que ahora que había despertado. No importaba, no tenía suficientes fuerzas como para mantenerse despierto demasiado rato más.</p>
<p>Cerró los ojos (en el caso de que los tuviera abiertos) y se dejó llevar por su cansancio. Allí olía a humedad y a cerrado.</p>
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		<title>Episodio XIV</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 22:41:10 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[En la calidez de su casa de las afueras, en la planicie que era el delta del Llobregat, Jaramillas hizo inventario de su nuevo botín. Se sentía como un pirata, que volvía a su guarida con las arcas de su navío llenas de riquezas que no le pertenecían. Pero eso no le importaba demasiado porque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En la calidez de su casa de las afueras, en la planicie que era el delta del Llobregat, Jaramillas hizo inventario de su nuevo botín. Se sentía como un pirata, que volvía a su guarida con las arcas de su navío llenas de riquezas que no le pertenecían. Pero eso no le importaba demasiado porque nadie las iba a reclamar.</p>
<p>En total, se había agenciado tres pantalones de caza de color caqui oscuros, de los cuales uno le iba demasiado grande; dos jerseys de lana basta y refuerzos en los codos, una chaqueta que simulaba las hojas caídas en el campo y que por dentro, extrañamente, era de color naranja chillón (Jaramillas no había pillado que quizá eso sirviera para que no te pegaran un tiro y se te pudiera identificar bien); dos mochilas de montaña grandes, un saco de dormir compacto, dos pares de botas de montaña de las caras, un piolet, treinta metros de cuerda de nylon para escalada, un arco de poleas, unas setenta flechas con su respectiva aljaba, una linterna a pilas y otra auto-recargable con una dinamo y unos veinte paquetes de tres barritas energéticas de sabor a fruta y chocolate.<br />
<span id="more-552"></span><br />
Eso era lo principal y, posiblemente, lo más útil. También se había llevado calcetines, camisetas, polvos isotónicos para el agua, un cinturón para meter cartuchos de caza, una gigantesca diana de paja, …Todo había sido minuciosamente ordenado por Jaramillas, lanzando una cosa sobre otra el sofá.</p>
<p>Luego se hizo la cena, albóndigas en honor a Albóndiga, y también hirvió un poco de agua para un puñadito de arroz. También abrió una botella de vino del caro que Jaramillas tenía reservada para no sabía cuando. Pensó que, ahora que había sorteado a la muerte en la oscuridad del almacén deportivo, sería una ocasión inigualable. La siguiente vez puede que no tuviera tanta suerte y entonces el vino, por más caro y más bueno que fuera, no le serviría de nada.</p>
<p>Perro y hombre comieron. El hombre también bebió, una copa tras otra. Y fumó cuando hubo terminado el arroz con las albóndigas. Se acordó de los porros de marihuana y se sorprendió de los días que llevaba sin fumar esa sustancia. Algo borracho por el efecto del vino en su cada vez más ligero cuerpo, pudo comprender que ya no lo necesitaba. Ahora, a la luz de una pequeña vela y disfrutando de los aromas del vino y el tabaco, con todo el trabajo del día hecho, Jaramillas empezaba a notar que su cuerpo se aflojaba y que su mente no regía con demasiada claridad. Había llegado la hora de ir a dormir, Albóndiga, acurrucado a sus pies, daba fe de que eso era cierto.</p>
<p>Pero el dormitorio estaba frío y falto de la calidez que abajo sí había podido notar. Se desvistió lentamente y se le puso el pelo de todo su cuerpo de punta mientras se quedaba en calzoncillos y camiseta. Olía al sudor de la tarde, cargado de las sustancias exudadas en medio de toda aquella tensión ahora ya resuelta. Y aunque no era posible, también olía a aquellos zombis ¿Por qué tenía que acordarse ahora de eso?</p>
<p>Fue meterse entre las mantas y aquella sensación de ralentización mental propia del que está a punto de caer doblado en la cama (y el que se ha tomado unas copas de vino de más) se esfumó para dar paso a un estado de vigilia nerviosa. Notaba las sábanas frías y ajenas y deseó tener a Albóndiga, que se había quedado frito en el sofá, sobre sus pies dándole un extra de calor. </p>
<p>Se sentía como un niño pequeño. El duro Jaramillas, curtido en la supervivencia post-apocalíptica, sentía miedo de la oscuridad como si de ella fueran a surgir cientos de anónimas manos para cogerlo de las extremidades y arrastrarlo hacia las tinieblas. </p>
<p>Entendía que aquello debía de ser fruto de la tensísima situación que había vivido en el almacén deportivo. Jamás había estado tan cerca de los no-muertos, mejor dicho, jamás había sido tocado ellos. Había sentido lo que era morir y no darse cuenta. Había experimentado que entre la vida y la muerte no hay diferencia salvo el resultado. Podría perfectamente haber sido descuartizado por aquellas ansiosas manos en la oscuridad y su cerebro hubiera pensado lo mismo (“No me jodas, no me jodas, no me jodas”) hasta que la última sinapsis hubiera tenido lugar. </p>
<p>Lo entendía, pero no lo sabía exteriorizar. Su cerebro, poco curtido en el arte de la expresión emocional, se bloqueaba con demasiada facilidad ante aquel aluvión de impulsos cerebrales. Él era un hombre de acción, no de reflexión. Sentir todo aquello, en aquel preciso momento, se le escapaba de las manos.  </p>
<p>Había aplacado la frustración de ser uno de los supervivientes del fin del mundo a base de alcohol y marihuana, pero ese había sido otro Jaramillas. Ahora, tras su contacto con Roberto y con Albóndiga aquello había cambiado en algunos aspectos,  y por desgracia para él, su reserva de estupefacientes estaba al límite en un caso y extinta en el otro. </p>
<p>Tuvieron que pasar varias decenas de minutos hasta que su cuerpo desconectara por puro agotamiento. Finalmente se quedó dormido, pero para no variar demasiado, no encontró paz en su descanso. En los oscuros recovecos de su mente, salieron a relucir las peores imágenes, como si hubieran sido seleccionadas a dedo para confeccionar la más aterradora imagen posible. Ésta vez no hubo historia, ni correrías oníricas, simplemente imágenes. Diapositivas, dispuestas en un orden caóticamente organizado. Cada imagen, parecida escogida voluntariamente por una consciencia superior, capaz de ver sus trapos más sucios y sus miedos más atávicos.</p>
<p>No obstante, cuando la luz entró por la ventana y le despertó, sudando bajo las mantas, sólo una imagen se mantenía fresca en su memoria: Un cuerpo; colgado boca debajo de un robusto y oxidado mástil de hierro forjado, atado justo por debajo de los muñones de sus pies amputados, con los brazos extendidos, apuntando a su vez los muñones de sus manos, también amputadas, hacia él. A sus pies, de rodillas, una joven llora, con unos tejanos rotos y manchados por la sangre fluida de los muñones. Su pelo, negro y largo, caía sobre sus hombros tapando tupidamente las manos que agarraban su cara en su afán por cesar su desconsolado llanto.</p>
<p>Podía escuchar claramente los sollozos de la joven, entremezclados con los gemidos del cuerpo colgante, unos gemidos gorgoteantes, como burbujas marinas surgiendo a la superficie desde la más oscura profundidad abisal.</p>
<p>Sabía quien era la chica; era aquella joven que se había encontrado en la autopista. Lo sabía dentro del sueño y también fuera de él. También reconocía aquel cuerpo colgante y reanimado post-mortem, pese a que la sangre emanada lo teñía de rojo haciéndolo prácticamente irreconocible. La sangre le había manado por los cuatro extremos amputados, brotando y resbalando cuerpo abajo en lo que debía de haber sido una horripilante fuente de color carmesí. Aquel era Roberto, que le miraba con unos ojos de muerto; que parecían muy, muy vivos y le decía: –“Ya estas saliendo a rescatarme ¡Vaya si no!”     </p>
<p>Se despertó con la sensación de que había dormido apenas cinco minutos, pero era imposible porque las primeras luces ya empezaban a entrar por la ventana. Se había quitado las mantas de encima y estaba destapado por completo y con el cuerpo entumecido, como si le hubieran dado una paliza. Albóndiga, a sus pies, tiraba nervioso de su pantalón y debía de llevar ya un rato así, pues casi los tenía por las rodillas. Tiraba y gruñía, una y otra vez, más nervioso que nunca. </p>
<p>Ya era algo cotidiano que Albóndiga estuviera raro por las mañanas, pero aquello era demasiado ¿Qué hora debía de ser? Daba igual, estaba cansado y quería dormir más. Jaramillas le lanzó un manotazo desganado y Albóndiga le cazó la mano a media trayectoria mostrando unos reflejos que Jaramillas ni intuía que pudiera tener. Apretó lo suficiente para hacer daño, pero sin herir, y Jaramillas saltó de la cama con un brinco y un grito agudo de nenaza. En ningún momento el perro soltó la mano, que se quedó entre sus pequeñas fauces perrunas mientras Jaramillas salía de su estado de letargo matinal. </p>
<p>Éste, aun a medias entre el sueño y la vigilia, miró al perro con el semblante del que se levanta después de dos semanas de coma, sin entender un ápice de lo que allí estaba ocurriendo. Los ojos del perro, finas perlas oscuras y brillantes del color de las avellanas, parecían tener la capacidad de fulminarle a voluntad si así lo desearan. Le miraban atravesándolo con una fuerza casi mágica. Y dentro de las cavernosas cavidades del cráneo de Jaramillas, resonó una vocecita ajena, como un eco lejano, que decía: –“Ya estas saliendo a rescatarle ¡Vaya si no!”</p>
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		<title>Episodio XIII</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 22:40:10 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Era un olor seco y dulce, ligero pero ahora extrañamente penetrante. Las manos tiraban de sus piernas y de su cinturón en dos direcciones diferentes y le desplazaron en una dirección que no era ni la una ni la otra. Notó un peso muerto subirle por las piernas y las manos que antes le apretaban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era un olor seco y dulce, ligero pero ahora extrañamente penetrante. Las manos tiraban de sus piernas y de su cinturón en dos direcciones diferentes y le desplazaron en una dirección que no era ni la una ni la otra. Notó un peso muerto subirle por las piernas y las manos que antes le apretaban las piernas ahora buscaban un trozo de su chaqueta de donde poder tirar. Mostraban torpeza y ansia en sus movimientos. </p>
<p>En aquella extraña oscuridad, Jaramillas intentó revolverse pataleando con todas sus fuerzas sin obtener mucho éxito en su empeño. Se sentía desorientado y extasiado, no lo entendía demasiado bien. – “¿Qué coño está pasando aquí?” –Era  lo único que pasaba por su cabeza y no era muy útil.<br />
<span id="more-550"></span><br />
Mientras, aquellas manos acometían frugalmente una y otra vez. Roberto ya había visto que los muertos, pese a su absurda postura y su ridícula lentitud, podían mostrarse más agresivos en las distancias cortas. Había visto a una mujer dejarse los dedos en el asfalto en un acceso de ansia brutal. Un gigante pelirrojo lo había cogido por la espalda y lo había lanzado en volandas para caer de un tremendo espaldarazo en el suelo. Incluso los había visto arremeter contra la puerta de entrada de la casa del hombre muerto, lanzando sus brazos entre los barrotes metálicos durante horas, sin mostrar signos de cansancio alguno. Eso lo sabía Roberto, no Jaramillas. Jaramillas lo estaba aprendiendo ahora. Y por suerte para él, Jaramillas era de los que aprendía rápido. </p>
<p>Le costó varios segundos, pero al final lo entendió: ¡Zombis! Ese murmullo que había podido escuchar tras su respiración nerviosa eran gemidos, ese olor no era otro que el olor de la muerte imposible después de casi tres meses y esas manos huesudas eran las de un cadavérico ser, seco y más allá de la putrefacción. Esas manos que tiraban de él con una fuerza que jamás hubiera imaginado que poseían las de un muerto. Jaramillas no lo podía ver, pero sabía que al otro extremo de aquellas manos había un foso negro y pestilente rodeado de mellados dientes. Se lo imaginó y la imagen fue terrible.</p>
<p>Jaramillas, mucho más consciente de lo que se jugaba, empezó a revolverse como un pescado fuera del agua. Tenía que liberarse de aquel peso muerto que le inmovilizaba las piernas. No veía más que difusas siluetas irreconocibles, pero pudo notar como gracias a sus espasmódicos movimientos una pierna había quedado libre. Era suficiente. La apoyó a tientas sobre lo que supuso que sería el hombro o la cara (qué más le daba) y hizo toda la fuerza que pudo y más. Los dos cuerpos, el vivo y el muerto se separaron cada uno en direcciones opuestas  resbalando por el polvoriento suelo. Jaramillas se giró para quedar boca arriba y buscando sin poder encontrar nada en la oscuridad. No vio pero sí escuchó; y lo que escuchó fue aquel zombi que se revolvía en el suelo para volver a recuperar la distancia que había perdido por el empujón. </p>
<p>Buscó con la mirada, pero no pudo más que escuchar el siseo mortecino que escapaba de los atrofiados pulmones del muerto. Era hora de levantarse y largarse corriendo, era su mayor y principal ventaja frente a los zombis, pero en la oscuridad se sentía desvalido, paralizado. Ahora estaba libre, era el momento. Pasaron un par de segundos eternos hasta que pudo recuperar el control de su cuerpo y entonces… la tercera mano hizo de nuevo su aparición. </p>
<p>Se había olvidado de ella ¡Era la que se le había enganchado en el cinturón! La mano le golpeó en el centro del pecho y se cerró como una pinza, agarrándole la chaqueta y tirando de él hacia delante con violencia. </p>
<p>– “No me jodas, no me jodas, no me jodas”. – El cerebro de Jaramillas no parecía procesar más información que esa. Era demasiado extraño, demasiado aberrante. Se había bloqueado. Por suerte, el cerebro no era lo mejor que Jaramillas tenía, así que le saltó el automático: el instinto de supervivencia.</p>
<p>Sus manos sí se movieron y lo hicieron rápida y efectivamente. Una se aferró al codo delgado y huesudo del muerto, la otra se movió aun más rápida a su espalda, donde estaba el tremendo machete alojado en su funda. En su sueño, el cuchillo se escabullía de sus dedos, se caía o se atascaba. En la vida real nada de eso pasó. El cuchillo salió como la seda de su funda y en un momento final de resolución, mientras los tentáculos del muerto tiraban de Jaramillas hacia el foso negro y pestilente que sería su final, su brazo saltó como un resorte desde su espalda hasta el frente empuñando el machete y su mortal hoja de acero brillante invisible en la oscuridad.</p>
<p>La hoja atravesó algo hasta el mango con un crujido repugnante y Jaramillas notó como el frío brazo que le aferraba por el pecho perdía por fin todo su ímpetu. Fría y quieta, así debía ser la muerte. De un salto se puso en pie agarrando aun el machete por el mango, con el cadáver entre sus piernas. El otro muerto aun siseaba en el suelo, pero por lo visto no acertaba a encontrarle. Apoyó una bota en lo que debía de ser el pecho y pegó un tirón brutal del machete para liberarlo. La hoja salió haciendo crujir aquello donde se hubiera clavado como si fuera una sandía verde. Aquel sonido le hubiera provocado arcadas en cualquier otro momento, pero no en este. </p>
<p>Jaramillas identificó la luz de la linterna por debajo de las estanterías y supo al momento que no tenía tiempo de arrastrarse para cogerla. Corrió a oscuras con el objetivo de llegar a aquel punto de referencia que era la luz entrando, tenue y apagada, por la salida de emergencia. Los brazos extendidos iban sirviéndole de guía por entre los pasillos en una carrera de obstáculos a ciegas hasta que el ligero gemido del muerto que aun quedaba dejó de ser audible. </p>
<p>Para cuando consiguió llegar a la salida de emergencias, Albóndiga ya le estaba esperando afuera. El perro le dio la bienvenida con un nervioso ladrido. Se había dejado el carrito dentro y había perdido su linterna preferida, pero se llevaba un montón de cosas nuevas y su cuello intacto. Aun no comprendía cómo había podido salir ileso de allí. </p>
<p>Se subieron al coche sin perder el más mínimo segundo y se fue de allí prácticamente derrapando rueda, con el corazón en la boca y los nervios disparados. Sólo cuando se vio lo suficientemente lejos de allí como para pensar que el zombi que le había agarrado las piernas no pudiera agarrarlo de nuevo, paró unos segundos para liarse un cigarrillo que se fumaría de vuelta a casa. Estaba anocheciendo, debían volver ya.</p>
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		<title>Episodio XII</title>
		<link>http://zombis.net/2012/04/19/episodio-xii-5/</link>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 12:09:11 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[¿Se podía tener más suerte? Jaramillas llegó a pensar que no. Aquella salida de emergencia daba directamente a la sección de caza. Allí había artículos de pesca, de hípica, de caza y… de tiro con arco. 
Empezó a coger flechas de todos los tipos, unas más gruesas y otras más finas, unas de punta más [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>¿Se podía tener más suerte? Jaramillas llegó a pensar que no. Aquella salida de emergencia daba directamente a la sección de caza. Allí había artículos de pesca, de hípica, de caza y… de tiro con arco. </p>
<p>Empezó a coger flechas de todos los tipos, unas más gruesas y otras más finas, unas de punta más redondeada y otras de punta más afiladas, pero todas de fibra negra y con las plumas de silicona de colorines. Exactamente iguales a las siete que ya tenía. Había también una aljaba con bastante capacidad y con unas interesantes correas para asegurárselo a la espalda o a la cintura que le pareció mucho más útil que aquel tan cutre que le había dejado Roberto, confeccionado con lo que parecía una manga de chaqueta. Se hizo con una y la llenó hasta arriba con las flechas que había cogido. Había mil y un objetos para el tiro con arco que Jaramillas no había visto jamás así que se dio la vuelta y corrió hacia el coche para vaciar las flechas de su aljaba y también las que llevaba en los brazos.<br />
<span id="more-548"></span><br />
Había sido rápido, había sido fácil y había visto algo que le había llamado la atención sobremanera. Era lo que parecía una vitrina metálica, de esas donde se metían los productos más caros y exclusivos. Aquellos a los que en su vida hubiera podido optar. Ya tenía lo que había venido a buscar, pero podía llevarse muchas más cosas y eso fue lo que hizo.</p>
<p>Volvió a internarse en la oscuridad linterna y palanca en mano. Lo que había en la vitrina no era otra cosa que toda una serie de arcos profesionales, de entre los que destacaba uno. Metálico, azul oscuro y brillante bajo la luz de la potente linterna de Jaramillas, con una cuerda negra que cruzaba de arriba abajo el arco por tres veces y que acababa rematado por dos poleas negras en sendos extremos. </p>
<p>Jaramillas no tenía ni idea de arcos. Pero, sin duda, aquel le parecía el mejor y más mortífero de los arcos creados sobre la faz de la tierra. Tenía un look a lo tunning muy marcado, con el fino acero rebajado, la pintura metalizada y los acabados angulosos. Era el arco que hubiera elegido Wesley Snipes si Blade hubiera usado un arco y eso, para él, era demasiado tentador para dejarlo pasar. </p>
<p>Reventó el cerrojo con sumo cuidado para no armar demasiado alboroto con los cristales rotos y se hizo con el arco. En cuanto lo cogió notó lo liviano que era y, por unos segundos, se permitió fantasear tirando de la que parecía la cuerda principal (pues era la única que no se cruzaba con las otras dos) y notando el extraño efecto de las dos poleas al funcionar. No pudo evitar coger también una incómoda y excesivamente voluminosa diana de paja compacta y con las manos de nuevo ocupadas, volvió al coche casi a tientas para concluir su segunda turno de saqueo.</p>
<p>Entró otra vez y recogió jerseys, camisetas y pantalones de la sección de caza. Todos de tonos ocre y verde. Eran tejidos bastos y resistentes, perfectos para el mundo que le había tocado vivir. Pensó que ya tenía bastante, pero volvió a entrar y esta vez se perdió entre los pasillos. Tropezó con un carrito que había quedado fuera del alcance del haz de la linterna y le fue como anillo al dedo para coger los materiales de montaña que encontró en el siguiente pasillo. Por suerte, las botas de montaña estaban ordenadas por su tamaño de manera que cogió dos pares de las que más chulas le parecieron. </p>
<p>Allí también encontró cuerda de escalada que echó al carrito casi instantaneamente. En aquella sección también había un estante metálico de seguridad como el de la sección de caza. No pudo reprimirse de abrirlo y coger otro artículo que parecía de gran calidad: Un piolet.</p>
<p>Llenó aquel carro también, lo llevó al coche y volvió, cegado por todos los artículos que allí se encontraban. Cogió una linterna que funcionaba con una dinamo de forma autónoma, barritas energéticas, un saco de dormir, un par de mochilas de gran capacidad perfectas para llevar sus bártulos y con espacio sobrante para echarse a Albóndiga también a la espalda, etc. </p>
<p>Obviamente el tiempo iba pasado y el sol empezaba a desaparecer, pero eso a Jaramillas no le importaba demasiado porque allí dentro se bastaba con su linterna para escudriñar aquellos pasadizos. No obstante era la hora de irse y, en el fondo, Jaramillas lo sabía. Le sabía mal tener que hacerlo, pero había pasado un buen rato desde que llegó, tanto como para que cualquier zombi que lo hubiera visto llegar por las cercanías de aquel recinto tuviera tiempo de acercarse a echar una ojeadita. Pero por lo visto, estaba todo tranquilo. Aun iba a tener suerte. </p>
<p>Albóndiga no estaba a su lado ¿Cuándo lo había perdido de vista? No tenía idea, pero Jaramillas no se preocupó, sabía que el perro se las apañaría para llegar a su lado cuando tocara largarse. El pequeño híbrido de cesto y carrito que había encontrado estaba lleno en unos dos tercios de su capacidad. Por lo visto, a Jaramillas le había parecido buena idea coger tantas barritas de muesly como le fuera posible y esta era la segunda pasada que hacía por esa sección. Caducaban en el 2014, su vida útil podía ser incluso más larga que la suya propia.</p>
<p>Decidió que era suficiente. Se largaría ya. No había que tentar a la suerte. Puso rumbo a la salida de emergencias, pero pasaría por aquella zona por la que aun no había pasado, quién sabe lo que podía encontrarse allí. Quizá fuera de gran utilidad. Aceleró el paso, el haz de luz se perdía entre estanterías con suplementos dietéticos y proteínas para los fanáticos del gimnasio. Giró a la derecha y se perdió a oscuras en la nueva galería caminando rápida y nerviosamente con la linterna apuntando hacia delante. </p>
<p>La luz iluminaba al frente, no abajo, de modo que Jaramillas no pudo ver lo que chocaba bruscamente contra sus veloces pies. </p>
<p>Su cuerpo se precipitó por la inercia hacia delante mientras sus piernas se quedaban atrás trabadas por el obstáculo que lo había derribado. El carrito se volcó inevitablemente y la linterna salió volando dando vueltas, iluminando a todo y a nada a la vez, hasta caer al suelo y rodar por debajo de los estantes de productos. Instintivamente había soltado lo que llevaba entre las manos y había intentado aferrarse a algo. Y ese algo no había aguantado su peso y había cedido, dejando caer innumerables objetos contra el suelo, montando un jaleo considerable.         </p>
<p>Como el que no se espera un golpe, el choque fue como despertar de un extraño sueño.<br />
No se había hecho daño. Se encontraba en el suelo rodeado de objetos de extrañas formas que no acertaba a ver. Pero ¿contra qué había chocado? ¿Sería otro carrito como aquel que llevaba? No le pareció que pudiera ser y luego pensó en Albóndiga, pero Albóndiga se hubiera quejado, dejando escapar como mínimo ladrido. </p>
<p>No hubo tiempo para más pensamientos. Unas manos se aferraron a sus piernas en la oscuridad de aquel lugar. Cada una en su respectiva pierna, agarrando el pantalón y tirando de él hacia abajo con tal fuerza que Jaramillas notaba como el cinturón le hacía presión en la cintura. Otra mano se deslizó por su espalda hasta que se enganchó en el cinturón casi involuntariamente. Jaramillas notaba los dedos finos, casi afilados, y duros rozarle la piel de la espalda con un tacto áspero y frío. Podía escuchar su propia respiración nerviosa, resollando de fondo, pero había otro sonido mucho más leve, casi un murmullo, y además ¿qué era ese olor?</p>
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		<title>Episodio XI</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 12:06:28 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[Para cuando volvía ya se había hecho de noche. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo de la misma manera que hacía tiempo que su maletero no estaba tan lleno. Sin duda, había sido una tarde muy provechosa. Albóndiga se había tumbado sobre el asiento del copiloto y permanecía acurrucado dormitando. Jaramillas, a diferencia [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para cuando volvía ya se había hecho de noche. Hacía tiempo que no se sentía tan vivo de la misma manera que hacía tiempo que su maletero no estaba tan lleno. Sin duda, había sido una tarde muy provechosa. Albóndiga se había tumbado sobre el asiento del copiloto y permanecía acurrucado dormitando. Jaramillas, a diferencia del perro, aun se notaba bastante trastornado, con el pulso disparado y los nervios a flor de piel pese a que ya estaba en una zona segura, alejado de aquella zona comercial.</p>
<p>No obstante el botín había sido cuantioso, mucho mayor de lo que hubiera podido esperar. Puede que la mitad de las cosas que había cogido no las llegara a usar en la vida, sobretodo si volvía a jugársela de esa manera. Pero también había conseguido agenciarse una gran cantidad de productos y materiales que le serían de gran utilidad. Todas ellas ahora descansaban en el maletero, que se encontraba abarrotado.<br />
<span id="more-546"></span><br />
Se había ido volando de allí, con los muertos pisándole los talones. Al principio no le había hecho falta encender las luces pues la luz del día, pese a escasa, aun mantenía cierta visibilidad. Eso había sido todo un alivio. No obstante, no se atrevió a poner la directa en dirección a  su casa en las afueras. Si algo había aprendido de aquellos muertos es que te seguían más allá de lo que pudieras imaginar, de manera que podías huir y sentirte seguro para que luego, un par de días más tarde, aparecieran para darte por saco. </p>
<p>Tenía que dar un buen rodeo, ya lo había hecho innumerables veces con su moto, ahora lo haría también con su monovolumen policial. Era una buena manera de gastar la escasa gasolina que podía rapiñar en un mundo extraño como este, pero merecía la pena el esfuerzo pues no le apetecía que los jodidos muertos le montaran una fiesta en la puerta.</p>
<p>El rodeo había sido más largo de lo esperado, de modo que al final se había visto obligado a encender las luces, con lo que no las tenía todas. Ahora mismo se sentía como una estrella fugaz cruzando la negrura de un cielo sin estrellas. Era como gritar con un megáfono: “¡Eh, muertos, aquí estooooy!”. Estaba seguro que aquella noche no dormiría. No le importaba, tampoco disfrutaba demasiado de las noches últimamente. Además, seguro que se podía distraer un buen rato con sus nuevos juguetitos.</p>
<p>En cuanto se aproximó a su casa, apagó las luces de nuevo, por si acaso. Se conocía bien la zona así que no las necesitaba para guiarse por el trayecto final. Quitó el grueso candado y corrió la plancha de metal galvanizada que era la verja. Una vez dentro, repitió el proceso a la inversa, fijando su mirada en los huertos desiertos de alrededor intentando identificar la silueta innatural de algún muerto. No la vio, así que echó el cerrojo de nuevo a la verja y suspiró aliviado.</p>
<p>Entró en su casa y se sintió bien, era como volver después de un largo y duro viaje de trabajo. Se vio tentado a tirarse en algún sillón y olvidarse de todo, pero no pudo, aún tenía que hacer inventario del botín de aquella tarde. Sentía una extraña excitación, como si fuera un niño pequeño ante un sobre de cromos de la liga de futbol. Había cogido muchos de los artículos a puñados, de modo que no sabía bien, bien todo lo que tenía allí. Quizás era hora de averiguarlo.</p>
<p>En el maletero había el volumen de cuatro cestas, pues en aquel almacén deportivo no había carritos sino cestas. Pero cestas con pequeñas ruedecitas de modo que hacía las veces de una cosa y de la otra. Y no eran precisamente cestas pequeñas. Empezó a coger cosas a brazadas y a introducirlas dentro de la casa. Albóndiga, le acompañaba en cada ida y venida. Igual que le había acompañado hacía unas horas, cuando Jaramillas había aparcado el coche en la calle de atrás del almacén deportivo, justo al lado de la salida de emergencias. </p>
<p>Era perfecto. Desde el coche hasta la salida de emergencias tan sólo había diez metros. Allí no había nadie, pero era cuestión de tiempo, pues en la aproximación había podido ver tres muertos en diferentes puntos del polígono industrial en el que habían construido toda aquella gran zona comercial. Eso era una novedad. Pues la última vez, hace escasos días, los muertos aun no se habían dejado caer por allí.</p>
<p>Jaramillas sabía que no eran peligrosos ya que éstos tardarían horas en llegar a su miserable ritmo. Temía más a los que seguro que ya estaban allí y no había podido ver. La puerta de emergencias se resistió, pero al final cedió frente a las acometidas de la palanca de Jaramillas. Allí a dentro la oscuridad era la tónica. El sol de la tarde, a la espalda de Jaramillas, apenas alcanzaba a iluminar mínimamente con sus últimas ráfagas. </p>
<p>No se lo pensó, entró de cabeza como el hombre de acción que era y el perro fue en pos de él. Sin iluminación aquello era una gruta, sólo un tímido tremor blanquecino se elevaba por encima de las estanterías allí donde debía de estar la puerta por la que entró Roberto hacía incontables días. Jaramillas pulsó dos veces consecutivas el botón de la linterna y ésta se encendió con su máxima potencia. Se agachó y le frotó el pelaje a Albóndiga. –A trabajar, colega.</p>
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		<title>Episodio X</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 12:03:08 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[Se despertó sudando. Había vuelto a tener un sueño turbador, ya no le respetaban ni las siestas. Había sido una pesadilla en toda regla. Aquella cara inexpresiva, con sus andares patosos, incluso con las flechas clavadas, una de ellas clavada hasta el fondo; la otra, bamboleándose con cada espasmódico movimiento, colgándole parcialmente bajo el ojo. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Se despertó sudando. Había vuelto a tener un sueño turbador, ya no le respetaban ni las siestas. Había sido una pesadilla en toda regla. Aquella cara inexpresiva, con sus andares patosos, incluso con las flechas clavadas, una de ellas clavada hasta el fondo; la otra, bamboleándose con cada espasmódico movimiento, colgándole parcialmente bajo el ojo. </p>
<p>Había soñado con aquel zombi al que acababa de mandar definitivamente a la tumba. Pero en su sueño no le había dado la gana de morir sino que seguía en pos de él, implacable, con sus arrítmicos andares. A Jaramillas se le arrugaba el temple a cada metro que el zombi le iba ganando y, al intentar poner la flecha en su sitio para volver a lanzarla, ésta se le escurría, se le caía o la ponía mal y salía fallida. Luego había intentado correr pero por más que lo intentaba no conseguía sacarle ventaja al muerto.<br />
<span id="more-544"></span><br />
Corrió y corrió por un tiempo indefinido. Podrían haber sido horas o días. Jaramillas corría mientras con su mano buscaba el cuchillo colgando en cinturón, pero al igual que con las flechas, o no podía cogerlo o se le escapaba de entre sus torpes dedos. Cuando miraba hacia atrás, el muerto no era más que una sombra que le sonreía descaradamente en una mueca que viajaba de oreja a oreja. Y cuando no miraba, escuchaba una horripilante y estridente carcajada.</p>
<p>El mundo corría a ambos lados mientras él intentaba poner tierra de por medio sin demasiada fortuna. Primero era una calle desierta donde sus piernas no funcionaban y le hacían desmoronarse sobre el asfalto, luego un huerto rodeado por casuchas destartaladas donde la tierra movida por los arados le agarraban los pies y hacían que correr fuera un suplicio y luego había sido un pasillo de supermercado donde el suelo encerado hacía que se resbalara una y otra vez. Y por cada vez que sus piernas no respondían, que las tierras se hundían bajo sus pies o que la suela de sus botas resbalaba sobre el pulido y encerado suelo del supermercado; resonaba como un trueno aquella risa imposible, que parecía venir de otra dimensión.</p>
<p>Para cuando se despertó, estaba sudando y con el pulso acelerado. Le dolían las muelas y tenía un ligero sabor a sangre en la boca. Sin duda la tensión le había hecho rechinar los dientes hasta que las encías le habían sangrado. A su lado, Albondiga le miraba con gesto hosco directamente a los ojos como diciéndole: “se lo que has soñado, colega”.</p>
<p>Jaramillas se levantó asqueado. Había intentado dormitar para apear aquella extraña sensación con la que había vuelto de sus prácticas de arco y el tiro le había salido por la culata. Jaramillas se preguntó cuánto tiempo podría aguantar así, sin poder descansar ni una pizca cada vez que intentaba pegar una cabezadita. </p>
<p>– “A este ritmo, de aquí a una semana me he cortado las venas yo solito ¡Vaya si no!”. –Se dijo mientras se levantaba y se liaba un cigarro que no se fumó. Se fue al lavabo y se miró la cara en el espejo. Las ojeras se le marcaban bajo aquellos ojos del color de la ceniza y los ángulos de su cara, ya de por sí bien marcados, se habían afilado aun más. Había perdido más peso, lo cual era evidente, por que llevaba unos días comiendo lo mínimo indispensable. </p>
<p>Se lavó la cara con agua muy fría y se dispuso a afeitarse. Era una costumbre que no sabía cuando había cogido, pero Jaramillas siempre iba bien afeitado, muy apurado y sin patillas. Ahora llevaba ya unos días sin hacerlo y se veía raro. </p>
<p>No había pasado ni media hora desde que se despertó de la siesta y Jaramillas ya se estaba subiendo en el monovolumen de la policía. Notaba que las paredes de su fortín se le venían encima y tenía la escusa perfecta para irse y mantenerse ocupado. Se iba de saqueo y eso siempre era estimulante. Además, iba a una zona peligrosa, donde sabía que habría muertos. Daba miedo, pero también era estimulante. Y si le pillaban, bueno, si le pillaban se le acabaría el sufrimiento.</p>
<p>Ya se había hecho una idea de cómo lo haría. En el maletero llevaba una palanca así que reventaría la salida de emergencia y no entraría por la entrada principal, que daba al aparcamiento. Si lo intentaba por esta última, estaría demasiado expuesto. Luego tendría que buscar la sección de caza, donde estarían las flechas esperándole. Y si la cosa no estaba del todo mal, se llevaría alguna cosita más. Jaramillas sentía cierta expectación, era como irse de compras con una tarjeta de crédito sin fondo. No obstante, tampoco se quería hacer muchas ilusiones. Había podido comprobar que el gran supermercado que estaba al lado del almacén de productos deportivos había dejado de ser un lugar seguro de donde abastecerse, así que muy probablemente las cosas no estarían muy bien por allí tampoco. </p>
<p>Jaramillas abrió la puerta del copiloto y Albóndiga se subió de un salto. Luego subió él y se puso en marcha por aquellos caminos de tierra que tan tranquilos se mantenían pese a que a escasos kilómetros los muertos dominaban el terreno. Llevaba el cinturón con su linterna y su gran cuchillo en los vetustos e incómodos asientos traseros, al lado del arco y sus siete flechas. El sol estaba cayendo ya por encima del macizo del Garraf, pero aún no era tarde para poder aprovechar la tarde en algo útil. No obstante Jaramillas sabía que no podía dormirse en los laureles. </p>
<p>–Aun tenemos dos horas de luz, mínimo ¿Qué te parece, Albóndiga? ¿Nos vamos de aventuras? –Jaramillas le habló como si de una persona se tratara, aun saber que no tendría más respuesta que el ladrido con el que el perro le replicó. Era bueno saber que aun tenía a alguien, aunque ese alguien fuera un perro. –¡Tú si que sabes escuchar!¡Vaya si no!</p>
<p>–Me pregunto qué estará haciendo el bueno de Roberto ¿Te pasa a ti lo mismo o qué, chucho del demonio? –Albóndiga replico de nuevo con un ladrido. Jaramillas no le dijo que estaba preocupado, que llevaba días preocupado. Aun así, el ladrido de Albóndiga se le antojó más melancólico que el primero, incluso algo turbado.</p>
<p>–“Ojala mañana aparezca Roberto montado en aquella ridícula motillo que le dejé. Ojala mañana aparezca y nos diga que el Padre Ramón está bien muerto y que allí se está organizando la resistencia contra los muertos o algo. Ojala mañana aparezca y me diga que se acabó la soledad, y que allí hay un montón de mujeres solteras y guapas, y vino y comida fresca. Ojala …” –Eso no se lo dijo a Albóndiga. No sabía por qué pero le daba vergüenza decirlo en alto. Aun así, el perro replicó a su pensamiento con un ladrido y le lamió con calidez la mano que estaba posada sobre el cambio de marchas.</p>
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		<title>Episodio IX</title>
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		<pubDate>Thu, 19 Apr 2012 11:56:45 +0000</pubDate>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Al final había sido efectivo. Jaramillas había quedado convencido al ver como la segunda flecha se clavaba hasta el fondo y desactivaba definitivamente a aquella vetusta máquina de carne y hueso. Aun tenía tiempo por delante y su sed de sangre parecía haberse despertado. Era su primera “muerte”, si es que a eso se le podía llamar “morir”. Para Jaramillas no había sido más que devolver un cadáver a su sitio. No sentía nada. Nada en absoluto salvo la misma extraña sensación de excitación que lo había sobrecogido justo antes de que sus dedos soltaran la cuerda del arco. </p>
<p>El muerto, ya por fin quieto, tenía un extraño aspecto como si de un momento a otro se pudiera volver a mover e intentara levantarse de nuevo. Y aquello pareció convencerlo.<br />
<span id="more-542"></span><br />
– “Ya estaba muerto cuando la flecha se le clavó en la frente”. –No era una pregunta. Jaramillas así lo creía. Tendido a sus pies, el zombi permanecía en una extraña quietud. Jaramillas se agachó titubeante y agarró la flecha que le brotaba de la frente. Salió de su cráneo sin problema, empapada en una especie de bilis negruzca y hedionda que olía como debían de oler los muertos descomponiéndose a la intemperie. Salvo por eso, la flecha estaba intacta. Había sido un impacto limpio. </p>
<p>La limpió de forma escrupulosa en la mugrienta ropa del cadáver y fue a por la otra. No se podía decir lo mismo de la segunda. La que había impactado en el pómulo no se había llegado a clavar. Se había quedado enganchada entre la fina piel y el hueso. No obstante tras el impacto con el hueso, más grueso y duro en esa parte, el metal de la punta se había mellado y torcido quedando totalmente inservible. </p>
<p>– “Una menos. Ya sólo me quedan siete”. –Jaramillas tenía razón: Ocho no era de por sí un número muy elevado, así que mucho menos siete. Tendría que hacer algo.</p>
<p>La guardó igualmente pensando que quizá le sirviera de algo un palo con plumas de colorines y se puso en marcha. Se quería largar de aquel callejón de una vez por todas. No sabía por qué pero notaba las miradas siniestras de aquellos muertos desde las ventanas de sus antiguas casas. </p>
<p>Sin embargo no apartó su mirada de la carretera y salió de allí. El puente a su izquierda, le ocultaba la visión de las calles que iban más allá de la autovía de la misma manera que le ocultaba a él de los muertos. Se alegró de no ver lo qué había más allá y se largó de allí más sosegado al ver que una horda de muertos no había salido en su busca. </p>
<p>  –“Ocho flechas, joder. Con eso no tengo ni para pipas ¡Vaya si no!” –Se repetía mientras caminaba con ritmo ligero de vuelta a la moto. Albóndiga seguía a su lado, pero el tampoco correteaba alegre como solía hacer, sino en línea recta y con la cola gacha. –“También está nervioso ¿Ocho flechas he dicho? Ni eso, ya sólo me quedan siete”.</p>
<p>Salió de allí a lo macho, derrapando rueda y montando un escándalo de cuidado. Tenía todo el día aun por delante, pero ya se encontraba cansado. Era hora de volver a su base de operaciones y meditar las opciones. Una idea se había metido en la dura cabezota de Jaramillas. “Siete flechas” decía esa idea. Eran muy pocas, sin duda. Y tras la prueba de esa mañana, las flechas se habían mostrado efectivas para cuando aquellos zombis atacaban uno a uno. Se les podía eliminar a una distancia de unos diez a quince metros sin ponerse en riesgo. Quizá incluso más, pero para eso tendría que entrenar aun más sus habilidades. No obstante, ya se le antojaban que eran muchos metros según su punto de vista. </p>
<p>Debía macerar la idea. Roberto le había explicado de donde las había sacado. No estaba tan lejos, simplemente tendría que volver allí donde había estado el día anterior. El único problema era que ya no era un sitio seguro y, además, él no conocía tan bien aquel almacén deportivo. No sabía donde estaban los artículos de caza. Por lo visto Roberto era asiduo a visitarlo y se lo conocía muy bien, pero él no. Jaramillas necesitaría de un tiempo precioso para encontrar lo que buscaba. Tenía que sopesar los pros y los contras. Aunque ese no era el estilo de Jaramillas. Quizá se echara una siesta y si después seguía pensando que era una buena idea, lo haría. Ese era más el estilo de Jaramillas.</p>
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		<title>Episodio VIII</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Feb 2012 10:24:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[El corazón le iba a mil por hora. Aquello no tenía ni punto de comparación con hacer prácticas con el árbol o la lata de cerveza. Si fallas contra una lata de cerveza, ésta no intentará arrancarte el cuello a mordiscos. Pero esa persona, si se la podía llamar así, sí que lo haría. Aunque [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El corazón le iba a mil por hora. Aquello no tenía ni punto de comparación con hacer prácticas con el árbol o la lata de cerveza. Si fallas contra una lata de cerveza, ésta no intentará arrancarte el cuello a mordiscos. Pero esa persona, si se la podía llamar así, sí que lo haría. Aunque Jaramillas no tenía ninguna intención de ponérselo fácil a aquella cosa.</p>
<p>Al principio le costó serenarse. En cuanto su corazón se puso a latir a lo loco, sus pensamientos empezaron a jugarle malas pasadas. Sin embargo allí seguía aquella cosa, de pie. Por lo visto, tenía toda la eternidad por delante. Albóndiga se había puesto en guardia, con las cuatro patas abiertas y el rabo tieso. No gruñía, pero enseñaba ligeramente sus inocentes colmillos.<br />
<span id="more-538"></span><br />
– “Tienes tiempo, colega. Tienes tiempo de sobra”. –Se decía a si mismo Jaramillas, intentando tomar el control de sus propias riendas. –“Míralo, ahí está. Esperando. Respira, joder. Respira poco a poco. Calcula la distancia ¿Lo tienes a tiro? Yo diría que no”. –No sabía por qué se hablaba a si mismo de esta manera. Pero estaba funcionando. La verdad es que, esta era la primera vez que Javier Jaramillas tenía que acabar con una de aquellas cosas. Antes de este minuto, de este segundo, Jaramillas había conseguido dar esquinazo a todos los muertos. Sin duda era un método de supervivencia muy efectivo. </p>
<p>–“Recuerda a qué has venido aquí. Has venido justo a esto ¡Vaya si no!” –No podía apartar la mirada de aquel muerto. Estaba totalmente centrado y eso era perfecto. –“Haz los deberes y vámonos a casa”.</p>
<p>El muerto, un adulto demacrado enfundado en un pijama a rayas tan sucio que era imposible descifrar de qué color había sido en sus inicios. Aquel cuerpo muerto había excretado todo tipo de sustancias, a cual más desagradable. Su cara era una mueca sin labios y de pómulos marcadísimos. El blanco de la piel contrastaba con el amarillo sucio de los dientes mellados y si aquella cosa tenía ojos, desde aquella distancia era imposible decirlo. Jaramillas sólo podía vez dos pozos negros clavados en aquella cara. Aun le quedaban mechones de pelo, no obstante parecía que cualquier golpe de viento podría acabar con ellos como si fueran hojas secas. </p>
<p>Su postura era imposible, con las piernas torcidas y los pies mirando hacia adentro, los hombros a alturas desiguales y la cabeza como desencajada, paralela al ángulo que formaban sus hombros. Parecía haber brotado del suelo, como una mala hierba. Pero eso a Jaramillas no le preocupaba, lo importante era que estaba ahí y algo tendría que hacer.</p>
<p>Dejó las flechas en el suelo en la funda, prácticamente vacía. En su mano se quedó una. Su mano tiritaba aun nerviosa así que le costó colocarla en posición, pero al final lo consiguió. Tensó la cuerda e intentó relajar su respiración. Se le daba bien esto, Jaramillas tenía un talento natural para estas cosas. Hacía las cosas correctas sin siquiera saberlas. Cuando tuvo la cuerda tan tensa como quiso, miró a través de su brazo extendido y pudo confirmar que estaba demasiado alejado. </p>
<p>“Muevete, muevete, muevete,…” </p>
<p>No albergaba duda alguna de que pudiera acertarle a esa distancia. Pero eso no era lo importante, lo importante era que tenía que acertarle en la cabeza y no sólo eso. Tenía que atravesar un cráneo. Necesitaba darle con fuerza.</p>
<p>“Muevete, muevete, muevete,…”</p>
<p>Pensó en que quizá debiera moverse él, aunque no sabía por qué, pero no le gustaba la idea. Al final no tuvo que hacerlo, pues el zombi respondió a sus plegarias y empezó a balancearse como si tuviera las dos piernas enyesadas. Era patético. Pero luego Jaramillas se dio cuenta de que era mucho peor que patético ¡Balanceaba la cabeza de un lado a otro! Aquello lo complicaba todo mucho más. Por un momento, se arrepintió de no haber acabado con aquella cosa más rápido. Ahora estaba avanzando lentamente hacia él, y su cabeza se movía de un lado a otro arrítmicamente. </p>
<p>No sería un tiro fácil. Pero eso también lo convertía en un buen entrenamiento. Y eso a Jaramillas le gustaba. No se amedrentaría con eso. Pensó en el machete que colgaba de su cintura y se tranquilizó. En realidad, no era para tanto. No se dejaría llevar por sus miedos. </p>
<p>Se centró en aquella cabeza oscilante y por un momento todo desapareció excepto aquella mueca. Los detalles se hacían evidentes, pero no para Jaramillas, que había clavado sus retinas en la frente lechosa de aquella cosa. Esperó. Esperó. Esperó. Y luego soltó la cuerda y la flecha voló. </p>
<p>En la cara del zombi nació un palo negro con plumas de colorines. El cuerpo pareció estremecerse durante medio segundo… y luego siguió su incesante marcha. Ahora también gemía muy, muy bajito. </p>
<p>La flecha se había clavado en el hueso, sí. Pero no a la altura deseada. Ésta se había clavado a un par de centímetros a la derecha de la fina nariz de aquella cosa, en uno de aquellos marcados pómulos. Allí no había cerebro. El zombi no paraba en su lenta marcha, ahora no los separarían más de catorce metros. Jaramillas se repitió mentalmente que no pasaba nada, que aun tenía tiempo de sobrar para tirar dos veces más si fuera necesario. Y era verdad. Así que se agachó tranquilo, cogió otra flecha y la puso de nuevo en el arco. Tensó, respiró profundo, apuntó y aguantó. Volvió a compensar el balanceo y volvió a dejar volar la flecha. </p>
<p>La primera flecha se clavó en el pómulo. Tan sólo la punta. La segunda se metió un palmo dentro de la cabeza de aquella cosa. Había acertado de pleno en la frente y se había clavado hasta el fondo, destrozando el cerebro de adelante a atrás. Aquella cosa se estremeció como la vez anterior, y volvió a adelantar una de sus amorfas piernas. Por un segundo a Jaramillas se le heló la sangre ¿Si no se morían así, que tendría que hacer, descuartizarlos? Luego aquella cosa intentó avanzar la otra pierna pero ya era tarde, pues ya estaba estrellándose de lado contra el suelo, como un muñeco de trapo podrido. Sus piernas intentaron algo allí, pero no era más que un estertor final. Definitivamente, se paró por siempre. </p>
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		<title>Episodio VII</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Feb 2012 10:21:58 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[A la mañana siguiente, Jaramillas se levantó aun más pronto que la última vez. El día aun estaba gris y sólo el rojo del sol naciente despuntaba en lo más bajo del horizonte. Había vuelto a tener un sueño ligero y turbado, incluso recordaba haber soñado con una sombra que le seguía, una sombra que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>A la mañana siguiente, Jaramillas se levantó aun más pronto que la última vez. El día aun estaba gris y sólo el rojo del sol naciente despuntaba en lo más bajo del horizonte. Había vuelto a tener un sueño ligero y turbado, incluso recordaba haber soñado con una sombra que le seguía, una sombra que despertaba una extraña sensación en él. No tenía un recuerdo demasiado estructurado, cómo ocurre con muchos otros sueños, simplemente recordaba que él corría a sabiendas de que aquella sombra le pisaba los talones sin que él si quiera se atreviera a mirar atrás. Corría por un pasillo de un supermercado cualquiera. Un pasillo que no se acababa jamás y una sombra que, pese a que no se atrevía a mirar atrás, sabía que se reía.  </p>
<p>Había sido un sueño angustioso. Notaba que su pulso aun se mantenía alto, de modo que debía de ser un sueño reciente. Albóndiga parecía haberse despertado a la vez y volvía a tirar de la manta nervioso.<br />
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– “Debo de haberlo despertado mientras dormía, igual le he pegado una patada y todo”. –Jaramillas se justificó pensando que quizá aquella idea que tuvo justo antes de dormirse le había turbado más de lo que imaginaba. Y no era para menos. Poner en marcha aquella idea significaba que las prácticas habían acabado. Jaramillas quería saber si podría acabar con aquellos zombis con el arco, y eso era justo lo que pretendía hacer. Si la respuesta era que no, igual el arco no le serviría más que para cazar palomas, las cuales no daban últimamente demasiadas señales de vida.</p>
<p>–“Por lo que yo sé, igual hasta las palomas se han vuelto jodidos zombis”. –Farfulló para sus adentros. –“Si no consigo darle pasaporte a un zombi con este cacharro mejor lo guardo para dar de comer a la chimenea alguna noche fría ¡Vaya si no!”.</p>
<p>Albóndiga estaba muy silencioso últimamente. No hacía más que seguirle y mirarle, de un lado al otro. Ya casi ni se cruzaba entre las piernas como solía hacer y mucho menos ladraba con sus ronquidos cada vez menos “roncos”. </p>
<p>–“Él también debe de echar de menos al cabezota de Roberto”. –Se convenció a si mismo Jaramillas. –“Al estilo perruno, claro”.  </p>
<p>– ¡Vamos perrete! Tengo muchas cosas por hacer hoy y muy poca paciencia para aguantarme ¡Vaya si no! –Jaramillas le dio unos golpecitos en el lomo para apremiarlo y éste le devolvió el “saludo” con uno de sus curiosos ladridos y se puso en marcha de inmediato. Él no lo dijo, pero a Jaramillas le alegró escucharlo.</p>
<p>Lo que Jaramillas tenía que hacer aquella mañana no era otra cosa que irse de caza: A cazar jodidos no-muertos. Pero no volvería a la ciudad, por lo menos, no al centro de la ciudad. En dirección al este, por donde salía cada mañana el sol, se encontraba la playa y allí toda una suerte de casas y urbanizaciones  con mucha menos densidad de población. Además, la autovía partía en dos aquella zona residencial haciendo las veces de corta-fuegos, por lo que según el criterio de Jaramillas aun sería más segura. </p>
<p>Su intención era aproximarse hasta allí en moto, dejarla a una distancia prudencial para que los muertos no advirtieran el sonido traqueteante del motor, y luego aproximarse andando hasta donde pudiera llamar la atención de algún muerto. Una vez allí, practicaría con el zombi y éste le haría de diana móvil. Justo lo que necesitaba.</p>
<p>Jaramillas se tomó un café, se fumo un cigarro y se puso en marcha. Dejó su moto naranja de impresionantes ruedas de cross a punto y se puso el cinturón del que colgaba el machete “de emergencia”. El arco y las ocho flechas reposaban en el soporte que le había dejado Roberto, el cual, a su vez, había sido asegurado a las chapas y guardabarros de la moto mediante un apaño realizado con cinta americana. Luego se metió a Albóndiga dentro de su chaqueta azul oscura de mecánico y se puso en marcha, poco a poco, mientras se acababa otro cigarro subido a lomos de su corcel de metal y plásticos.</p>
<p>Era temprano. Y eso era bueno. El camino estaba desierto como siempre. Y eso también era bueno. Había cogido el “camino del mediterráneo”, una pequeña carretera que cruzaba el delta del Llobregat desde la zona más urbanizada hasta el paseo marítimo, discurriendo paralelo a una pequeña y verdosa riera. A izquierda y derecha los huertos predominaban, pero mientras que más se acercaba al mar, los grupúsculos de cañas se hacían más y más abundantes en el terreno cada vez más pantanoso.</p>
<p>De haber sido Roberto el que advirtiera aquel sutil cambio de panorama, hubiera recordado que, en su instituto, siempre recordaban que toda aquella zona había sido una marisma plagada de mosquitos y culebras. Pero de todo aquello Jaramillas no tenía ni idea. Ni tampoco le importaba, Jaramillas era un tío de acción que acababa las frases diciendo “vaya si no”.</p>
<p>A lo lejos, un puente de asfalto se elevaba sobre el nivel del mar. Era el puente que cruzaba la autovía, un punto clave. Allí seguro que había alguno de esos muertos. Jaramillas apagó el motor y avanzó por la inercia de la moto hasta que el puente quedo a unos quinientos metros. Allí la dejaría, ni muy lejos ni muy cerca. Perfecta para llegar a la carrera e ir sobrado para encender el motor y largarse si algo salía mal. </p>
<p>Se bajó de la moto y se puso a caminar. Jamás había estado tan cerca de allí, por lo menos desde que los muertos decidieron dominar el mundo con nocturnidad y alevosía. Era raro. Caminaba tenso y no podía evitar centrar su atención en cualquier mínimo detalle sospechoso. Albóndiga, por el contrario, le marcaba el paso un par de metros por delante como si nada. Quinientos metros de silenciosa travesía y ya habían llegado prácticamente a la base del puente. A su derecha, unas pistas de tenis y de padel  abandonadas. A su izquierda, un callejón sin salida paralelo a la autovía discurría con unas diez casitas y sus respectivos coches polvorientos aparcados en la calle. En frente, el puente ocultaba la visibilidad de una zona urbanizada más recientemente con innumerables pisos.          </p>
<p>No tenía ninguna duda, primero probaría con el callejón. Si podía evitarse subir al puente mucho mejor. El riesgo era bajo aunque lo hiciera, pero le imponía respeto. Estaba en terreno enemigo y la cautela te mantenía más tiempo vivo que la osadía. Más le valía andarse con pies de plomo. </p>
<p>Se aproximó a la entrada del callejón e intentó buscar cualquier indicio. Albóndiga hizo lo propio, imitando a su dueño. </p>
<p>–“Parece tranquilo, pero ¿Quizá entre los coches…?” – Se agachó instintivamente y apoyó una oreja al asfalto. Intentaba descifrar algo inusual en contacto con el suelo, algo diferente al neumático de un coche. Pero nada. –“Igual siguen en sus casitas, tranquilitos, los muertecitos.” –Esa idea no le gustaba, no estaba allí para entrar en casas ni para sacarlos de sus escondites. Eso era exponerse demasiado, era combate cerrado, y Jaramillas quería pista libre para ganarles en la distancia larga. –“¡Vamos no me jodas! ¿A ninguno de vosotros se os han chocado dos neuronas por error y habéis descubierto que las puertas se abren?” –Se estaba enfadando. Y eso no era bueno. Jaramillas no había visto a un zombi abrir una puerta pero lo intuía al ver que, progresivamente, las calles se llenaban más y más de aquellas cosas.</p>
<p>Intentó sosegarse y supuso que si Albóndiga no se alteraba es que igual la zona estaba limpia. Haría un repaso antes de irse y si no había suerte, subiría el puente. </p>
<p>Jaramillas se lanzó decidido por el centro del callejón asfaltado mirando entre los coches, con Albóndiga a su lado. Nada, por lo visto no había suerte esa mañana. Avanzó un poco más con el mismo resultado y volvió a avanzar un poco más. Ya se encontraba en la mitad de la calle, cuando una leve brisa le seco las pequeñitas gotas de sudor de su cogote. </p>
<p>En menos de un segundo se le paralizaron los músculos y se le heló la sangre. Había olvidado un detalle: Los callejones solo tienen una entrada, de la misma manera que solo tienen una salida ¡Y se había desentendido totalmente de la salida! Antes de girarse a comprobar la salida, una vívida imagen de una turba de zombis esperándole tras sus pasos le giró el estomago. Sintió ganas de vomitar ante la visión de una muerte horrible.</p>
<p>– “Idiota. Idiota. Idiota.” –Parecía resonar dentro de su cráneo cual eco. – “Idiota. Idiota. Idiota.”. Ocho flechas y encima no sabes si atravesarían un cráneo humano. “Idiota. Idiota. Idiota.” –Se repetía una y otra vez. –“Las has cagado bien Javi ¡Vaya si no! Bueno, por lo menos sabrás si el arco te sirve para algo, aunque será lo último que hagas”.  </p>
<p>Pero no había una turba de muertos esperando darle la bienvenida cuando giró su cuerpo ciento ochenta grados. Sólo un cuerpo postrado allí, en medio de la calle, donde hubiera estado él mismo, hacía tan solo un minuto. Como si llevara allí toda la vida. Esperándole.</p>
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		<title>Episodio VI</title>
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		<pubDate>Tue, 28 Feb 2012 10:18:54 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

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		<description><![CDATA[Jaramillas se despertó muy temprano y no precisamente por sus propios medios. Había sido Albóndiga, que había empezado a tirar de la manta y al final había conseguido despertarlo, ya fuera por el frío o por los impetuosos tirones. El sol ya estaba por encima del horizonte así que debían de estar entre las ocho [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Jaramillas se despertó muy temprano y no precisamente por sus propios medios. Había sido Albóndiga, que había empezado a tirar de la manta y al final había conseguido despertarlo, ya fuera por el frío o por los impetuosos tirones. El sol ya estaba por encima del horizonte así que debían de estar entre las ocho y las nueve de la mañana. La luz entraba por la ventana, cuyas persianas no estaban bajadas. Jaramillas había aprendido a guiarse de esa manera y así conseguía suficiente información sobre la hora. Cuando sale el sol, despertarse; cuando está alto, comer algo y cuando hace un buen rato que se ha ocultado, dos opciones: O dormir, o a emborracharse.</p>
<p>Pero Jaramillas hoy estaba cansado y no había conseguido descansar. Lanzó un inofensivo manotazo a Albóndiga que en idioma perruno decía “déjame en paz, chucho del demonio” y el perro lo esquivó sin problemas para seguir increpándolo.<br />
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Le dolían las yemas de los dedos con los que había estado tirando con el arco, pero eso no importaba, pronto tendría callo. Sin embargo se encontraba anímicamente cansado, afligido, triste ¿Acaso le faltaba algo?</p>
<p>Se levantó a desgana y se lavó con agua fría y ni aun así se quitó una pizca de aquel malestar. Comió a desgana lo primero que pilló, más por rutina que por hambre, y se abrigó para salir fuera ¿Cuánto hacía que se había levantado? ¿Diez, veinte minutos? Pues ya estaba aburrido y no sabía qué hacer. Cogió el arco y las flechas y se fue a darle caña al árbol, pues esa era la única novedad que había en su vida.</p>
<p>Tiró una y otra vez. Al principio le costó entrar en calor, sus dedos estaban perezosos y doloridos y su puntería no era tan fina como él hubiera deseado. Pero en un momento su cuerpo entró en calor y su cabeza comenzó a funcionar. En cuanto esto ocurrió empezó a clavarlas todas, una y otra vez, y cuando se le acababan dejaba el arco en el suelo y caminaba lentamente hasta el árbol y tiraba de ellas para sacar las puntas de la madera fresca. Al principio su aliento se condensaba al ser exhalado, pero la mañana fue pasando y la temperatura subiendo hasta que incluso se tuvo que quitar ropa de abrigo de encima porque empezaba a sudar. Pero mientras, tiraba una y otra vez con el arco. </p>
<p>Albóndiga mantenía la compostura al lado de su dueño. Como si fueran uno. Jaramillas miraba al árbol, que sangraba savia por las heridas infligidas, y Albóndiga miraba a Jaramillas, que parecía abstraído.  </p>
<p>Sólo cuando sus tripas resonaron abiertamente, decidió parar un rato. No sabía bien, bien la hora que podía ser, pero el sol estaba ya en el punto más alto del cielo, así que perfectamente podrían haber pasado unas tres o cuatro horas. Como si no se lo creyera, Jaramillas miró las puntas de las flechas y las vio gastadas y melladas. Tenía ocho flechas y las habría lanzado todas unas cincuenta veces cada una. Miró también el árbol. Los agujeros habían empezado siendo más dispersos, para ir cercando un círculo mucho más pequeño a medida que su entrenamiento intensivo agudizaba su precisión. En el centro de aquella amorfa circunferencia que eran los agujeros en la corteza, había un agujero del tamaño de un puño, del que brotaba savia y astillas de madera. Allí habían empezado a crecer flechas una tras otra, incesantemente. Era el signo evidente de que sus habilidades crecían más y más.</p>
<p>Jaramillas recordó que los árboles también eran seres vivos y sintió pena. Debería de dejar de usar el árbol como diana. Además, estaba claro que los blancos inmóviles ya no eran suficientemente estimulantes, necesitaría nuevos objetivos. Se retiró a dentro de su casa pensando que quizá  pudiera reparar aquellas puntas tan melladas. Albóndiga, como no podía ser de otra manera, le siguió con sus ojos color avellana clavados en su dueño.</p>
<p>Las flechas resultaron un distractor tan bueno como el tiro con arco. Su pensamiento estaba centrado en los pequeños golpecitos que iba propinando a las puntas metálicas o en los momentos en que cogía la piedra de amolar que tenía en un cajón de la cocina y le daba con energía para tratar de agudizar la punta. Mientras se centraba en eso, no pensaba en su soledad, ni en viejos que mentían, ni en sueños poco reconstituyentes.</p>
<p>Así pasó toda la tarde, solitario y taciturno. Mientras sus manos trabajaban las flechas con calma, su cabeza se centraba en idear nuevos retos para mejorar su puntería. ¿Cómo tirar a objetivos lejanos? ¿Cómo acertar objetivos en movimiento? ¿Cómo clavarlas allí donde quisiera en todo momento?</p>
<p>Como en el día anterior, Jaramillas volvió a salir a última hora de la tarde cuando aun quedaban unos escasos rayos de sol. Llevaba consigo unas cajas que apiló al lado del árbol, unos pasos más lejos y a suficiente distancia para evitar que un tiro errático volviera a fustigar al pobre ser vivo. Sobre la pila de cajas colocó una lata de cerveza, solitaria y pequeñísima. De las ocho flechas sólo cogió una, ahora no tenía que tirar indiscriminadamente. Ahora tenía que centrarse, calmarse y acertar un objetivo que casi quedaba oculto por su mano y el arco. </p>
<p>Aquello que la noche anterior había empezado como una actividad de distracción, se había convertido en un fin en si mismo. Y eso era bueno, necesitaba centrar su atención o se volvería loco. Un solo instante de contacto humano y toda su fuerza y aguante se habían venido abajo. </p>
<p>Durante dos meses había conseguido sobrevivir de forma autónoma así que ahora debía volver a coger aquella dinámica. Roberto había sido un tío frío y seco al principio, pero luego los dos se relajaron un poco y pudieron conocerse. Eso había estado bien ¿pero acaso no le había reblandecido también? Toda su armadura forjada a base de soledad y huertos saqueados sobre el delta del Llobregat se había desmoronado gracias a un perro y a su dueño.        </p>
<p>Recordó el momento en que, de noche, se encontró con aquella persona a oscuras meando a la intemperie. Mientras permanecía allí agazapado, con el cuchillo apretado en su puño, su mente era un hervidero de ideas. Ninguna de ellas buena. Su primer contacto con una persona había salido mal, muy mal. Drogado y desvalijado. Aun no conocía el motivo por el cual el Padre Ramón le había dejado con vida. Pero, en aquel preciso instante, pensando que aquella persona que meaba ignorante sería uno de los esbirros de aquel mal llamado “Padre” Ramón que había vuelto a acabar el trabajo, no albergaba duda alguna de que iba a acabar con su vida sin dudar un preciso instante, cortándole el cuello o clavando la enorme hoja de metal brillante entre los omoplatos. </p>
<p>Pero no pudo. Su determinación se arrugó en el momento en que debiera haber extendido su brazo en una mortal estocada por la espalda. Y en vez de eso había hablado. No se había atrevido a matar. Y al final aquella persona no había sido un esbirro de nadie, sino un superviviente más, aunque esa idea en aquel momento le pareciera una absoluta locura. </p>
<p>¿Qué hubiera pasado si finalmente su determinación no se hubiera desmoronado? ¿Qué hubiera pasado si la hoja le hubiera rebanado la garganta, tal y como había planificado? ¿Se hubiera vuelto loco? ¿O acaso no lo estaba ya en ese momento y fue el hecho de no matarlo lo que le salvó de las más altas esferas de la locura?</p>
<p>Ahora mismo ya no importaba y Jaramillas, hombre de acción y poca reflexión, decidió que pensar en aquello no era útil ni práctico. Tensó la cuerda, notó el dolor en las yemas de los dedos, su mente se despejó y soltó la cuerda dejando volar la flecha. Falló. La flecha fue a dar contra las cajas, clavándose un palmo por debajo de la lata. No había sido un mal disparo. No señor. Volvió a recoger la flecha y la volvió a poner en el arco. Pronto su destreza se afinaría y acertaría a su objetivo. Jaramillas sabía que sí. Y al final lo hizo. Antes de que la oscuridad no le permitiera seguir con su práctica, la lata de cerveza recibió un flechazo haciendo que el líquido y el gas hicieran salir volando la lata. Jaramillas la recogió del suelo y bebió cerveza por el agujero tras retirar la flecha, apurando su contenido victorioso. </p>
<p>Ya estaba bien por hoy, se dijo a sí mismo. No había sido para nada un mal día. Al entrar de nuevo en la casa se dio cuenta de que llevaba todo el día sin fumar, así que se dispuso a solucionar ese problema. Tampoco había comido nada, tendría que hacer algo para solucionar eso también. </p>
<p>Albóndiga, mientras, permaneció allí al lado mirándole con sus ojos color avellana fijamente. Sólo apartó la mirada cuando Jaramillas compartió una parte de su cena con el perro. Luego, tras no dejar ni rastro de la comida en lata que le habían ofrecido, volvió a clavar su mirada sobre su dueño de nuevo. </p>
<p>Tan rápido como su cena quedó lista para sentencia, sus habilidosos dedos empezaron a dar forma a las hebras de tabaco. Cuando llevabas dos meses bebiendo la cerveza a temperatura ambiente, ya no te sabía tan mal, de modo que Jaramillas incluso disfrutó de aquel momento, mientras se la bebía y apuraba su cigarrillo. “Ojalá pueda descansar esta noche” se dijo a si mismo Jaramillas. No obstante, sin tener motivos para ello, sabía que sería difícil. No tardó en irse a la cama y el perro, cual buen faldero, le siguió a escasos metros de distancia, silencioso. Albóndiga se arremolinó entre sus piernas mientras él se tumbaba boca arriba en la cama, mirando el techo como si algo tuviera que pasar allí arriba. Le costó dormir, tal y como había imaginado, de modo que intentó concentrar toda su atención en su nuevo hobby: La arquería.</p>
<p>– “Necesito un objetivo móvil”. –Se dijo para sus adentros. Jaramillas sabía que con su escaso pero intenso entrenamiento podía acertar perfectamente a un blanco del tamaño de una lata a veinte o veinticinco metros de distáncia. No estaba nada mal. Pero siempre que el blanco se mantuviera estático. –“Necesito algo que se mueva, algo que me ponga las cosas un poco difíciles o todo esto no me servirá de nada”.</p>
<p>Pensó en ponerle una diana a Albóndiga y hacer las prácticas con él. Pero era peligroso y descabellado. Además, en cuanto lo pensó una imagen de la amistosa cara del animal cruzó su mente y sintió pena. Estaba claro que tendría que descartar esa opción, pero era divertido imaginarse al perro corriendo por aquella especie de patio con una diana de cartón pegada al lomo. Aquello le animó.</p>
<p>–“Bueno, siempre me quedará la otra opción”. –La otra opción era mucho más peligrosa e iba más allá de lo que Jaramillas había llegado a hacer nunca. –“Ese día tenía que llegar tarde o temprano. Además, si no me sirve para acabar con ellos, tampoco me sirve para nada.”</p>
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