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	<description>Invasión Zombi</description>
	<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:35:00 +0000</pubDate>
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		<title>Episodio VIII</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:35:00 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[El diario del hombre muerto]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando la armadura emergió completamente de las aguas, Roberto pudo contemplar las perneras y las grebas, así como la faldilla carmesí con flecos de oro que lucía ceñida a la cintura, por debajo de las correas de cuero negro que mantenían las protecciones de la cadera. La armadura, permaneció de pie fuera de las aguas [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando la armadura emergió completamente de las aguas, Roberto pudo contemplar las perneras y las grebas, así como la faldilla carmesí con flecos de oro que lucía ceñida a la cintura, por debajo de las correas de cuero negro que mantenían las protecciones de la cadera. La armadura, permaneció de pie fuera de las aguas durante unos segundos hasta que finalmente hincó una rodilla en la arcilla fangosa de la orilla y alzó la espada por encima de su yelmo, agarrando la espada por el filo con sumo cuidado, orientando la empuñadura hacia Roberto y bajando la cabeza en un gesto reverencial. Roberto no hizo esperar al ser fantasmal surgido de las aguas y avanzó en su dirección para recoger el excelente presente que le ofrecía el hombre de acero. Para cuando estuvo delante de él, toda la armadura parecía nueva y reluciente, sin resto alguno de las algas que había tenido enganchadas segundos antes. </p>
<p>Roberto cogió la espada por la empuñadura y la levantó, ya en su poder. Las brillantes pulsiones plata y doradas cesaron al momento, como si de repente la espada las absorbiera dentro de ella. La espada estaba ardiendo, como si hubiera sido forjada en ese mismo instante, pero no causaba dolor ni herida en la mano que la empuñaba. La armadura, tras cesar el contacto de su metal con el de la espada, se volvió negra de nuevo, como si su claridad hubiera sido absorbida también por la espada.<br />
<span id="more-338"></span><br />
Roberto se fascinaba observando la espada delante de sus ojos, mientras la armadura fantasmal seguía de rodillas. Miró más allá de la espada, a la arboleda oscura que se extendía por detrás del lago y Roberto contempló como de entre los árboles surgía una multitud de hombres de  piel blanca, grandes ojeras violáceas y andar descoordinado. Le observaban desde la lejanía, con gesto osco y violento, deseando atraparlo, morderlo, devorarlo. Roberto alzó aun más la espada, apuntando con su afilada punta al cielo y notó como su calor se proyectaba en todas las direcciones, en un sofoco expansivo. Los muertos vivientes de la arboleda retrocedieron torpemente ante aquella visión aullando de forma inhumana. Incluso algunos cayeron al suelo fulminados mientras el resto volvían al amparo de la oscuridad. </p>
<p>Su vista volvió al caballero de la armadura de color cambiante. Se había desenganchado el yelmo y el gorjal y se había liberado de ambos, dejándolos en el suelo. Una melena desmarañada y negra caía ahora sobre su cuello y las hombreras y Roberto vio a través de ella que los ojos del caballero estaban igual de muertos que los de aquellos que habían huido entre la frondosidad del espeso bosque. Le estaba ofreciendo su cabeza. </p>
<p>En la vida real Roberto hubiera dudado, seguramente hubiera huido. Pero en el sueño no. En el sueño Roberto sabía lo que tenía que hacer y cómo lo tenía que hacer. Se colocó a su lado con la espada aun en alto. Era un arma liviana y equilibrada, como una extensión de su brazo. La agarró con ambos brazos en alto. El filo cayó en un arco de luz plateada sobre el cuello del caballero no-muerto. Sin que Roberto notara la densidad de los tejidos que cercenaba, la cabeza se separó del cuerpo rodando por el suelo, hasta que se deshizo en fluidos sobre la tierra, de donde nacieron de forma mágica diversas plantas y flores de los más diversos colores. La armadura arrodillada empezó a rezumar los mismos fluidos y en un instante se vio atrapada en una maraña de enredaderas que se agarraban y giraban sobre las diferentes partes metálicas. Roberto no se fascinó, era lo que tenía que pasar. Miró la espada y ésta le devolvió la mirada cegándolo en la luz plata de su filo.                      </p>
<p>Roberto se levantó del sofá y se dirigió al lavabo del segundo piso. Cuando llegó se miró al espejo con cierto miedo de encontrar reflejada la cara del antiguo propietario de la casa y no la suya. Se alivió al ver su cara, sus cejas anchas, su barba naciente y raspante, la curvatura de su rostro. Pero no duró mucho el alivió, pues se fijó en la ropa que llevaba y se sobresaltó. Calzoncillos holgados y camiseta de algodón. </p>
<p>Se llevó la mano izquierda a su nuca y cuando la puso delante de su vista volvió a ver los dedos manchados de sangre negra y putrefacta. Hedía a muerte inminente, a infección  irrefrenable. Pronto vendrían las fiebres como le había pasado al hombre muerto que se había volado la cabeza con la escopeta de dos cañones paralelos ¿y cuanto resistiría Roberto antes de morder también los cañones de metal azulado de la escopeta y apretar el gatillo? Aquel hombre, más preparado y más valiente que Roberto, había tardado tres días en hacerlo. El tiempo que él había estado encerrado en su trastero. Durante aquellos días había intentado cerrar la herida causada por la mordedura de su hija muerta. Falló, la herida no se cerraba. Intentó frenar la infección y también falló. La mordedura era ponzoñosa y la infección rápida e implacable. Durante dos días había hecho acopio de medicamentos, comida y gasolina, pero al tercer día se había sentido abatido, cansado y enfermo y la herida seguía ahí, negra y supurante. </p>
<p>Roberto había leído el relato de puño y letra del autor, en la libreta de tiras de goma negra. Aquel hombre hablaba de fiebres e ideas extrañas que le acosaban, y de cómo, una vez desesperado, había dispersado los panfletos con la dirección de aquella casa para que su esfuerzo no fuera en vano, con la idea clara de acabar con su vida ese mismo día. Era una historia muy triste. </p>
<p>Roberto se dio cuenta de que en la mano derecha llevaba la escopeta mientras seguía mirando fijamente la otra mano manchada de sangre negruzca. La alzó y se dio cuenta de que era más ligera de lo que recordaba. Cuando finalmente pudo apartar la mirada de su mano manchada, se estremeció al ver que no era una escopeta lo que tenía aferrada en la otra, sino que blandía aun la espada que había sido rescatada del lago en su sueño. Una espada de hoja de color plata tan reluciente que parecía un espejo y empuñadura dorada, sin ornamentes pero tan majestuosa que Roberto se sentía un Rey al blandirla. Al mirarla Roberto se dio cuenta de que emitía una luz que inundaba de claridad todo el lavabo. La levantó y la colocó delante de su rostro, al lado de la mano que tenía manchada de sangre negra. Cuando la espada se acercó a su otra mano, empezó a calentarse y Roberto se sorprendió al ver como la mancha de sangre se tornaba de un rojo escarlata y luego se evaporaba sin dejar rastro. La agarró con las dos manos y acercó la hoja plana a la mordedura infectada del cuello. Empezó a notar con fuerza la calidez, casi ardiente, que emitía la espada. Posó la hoja sobre la herida y Roberto sintió como si ardiera por dentro, como si su sangre se encendiera y le quemara todas sus venas y arterias, desde los dedos de las manos a los dedos de los pies. “Purificación” pensó. Luego se quedó ciego, pero el mundo no se volvió oscuro sino que todo se baño del color de la plata y Roberto se despertó. Era de día y él estaba helado en el sofá. </p>
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		<title>Episodio VII</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:33:47 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Roberto se despertó acto seguido. Excalibur aun no había acabado. Carmina Burana sonaba por los altavoces del televisor mientras en la pantalla multitud de caballeros con espléndidas armaduras de acero cabalgaban a lomos de corceles ataviados para la batalla. Sabía que escena venía a continuación. Roberto se desveló y decidió ver acabar la película. Pasaron [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Roberto se despertó acto seguido. Excalibur aun no había acabado. Carmina Burana sonaba por los altavoces del televisor mientras en la pantalla multitud de caballeros con espléndidas armaduras de acero cabalgaban a lomos de corceles ataviados para la batalla. Sabía que escena venía a continuación. Roberto se desveló y decidió ver acabar la película. Pasaron los minutos y en un baile de sombras Arturo se batió con Mordred, pertrechado con  su armadura de oro. La lanza de éste ensartó a Arturo en el pecho, atravesándolo a la vez que este acababa con Mordred usando su magnífica espada de Rey, Excalibur. </p>
<p>A Roberto siempre le había parecido que era un final algo soso y técnicamente pobre, pero le fascinaba el desenlace. Padre e hijo mueren, el uno a manos de otro. No podía ser de otra forma. </p>
<p>Se levantó del sofá únicamente para apagar la televisión y el DVD y volvió a acostarse en el sofá. Se colocó boca arriba, recordando su extraño sueño y analizando el final de la película, saltando de un recuerdo a otro sin orden ni concierto. Había sido un sueño raro, recordaba haber revivido lo leído en aquel extraño diario. Las últimas palabras de aquel hombre muerto manuscritas en la libreta. Había sido una lectura inquietante, pero Roberto no se sentía perturbado en exceso. El sueño volvió a hacer acto de presencia y sin que se diera cuenta, volvió a quedarse dormido y el sueño continuó.<br />
<span id="more-336"></span><br />
Volvía a estar de nuevo en la parte de atrás de la casa, en la zona de la piscina. Pero no era una piscina lo que tenía delante. Era un lago de aguas verdosas de un color apagado. Estaba amaneciendo y el cielo se teñía de un azul claro tan apagado como el color de las aguas. Al fondo, detrás de aquel lago, un extenso bosque verde oscuro y muy frondoso se extendía hasta donde la vista podía alcanzar. Roberto se encontraba a escasos metros del agua y su mirada estaba fija en un punto, donde unas burbujas emergían a la superficie, liberando el aire que contenían dentro. </p>
<p>De pronto, allí donde las burbujas se fundían con el aire de la atmosfera, una punta centelleante emergió de las profundidades. La punta metálica surgía más y más del agua, lenta y constantemente, relampagueando centellas de luz blanca y tranquilizadora desde la punta. Era un trozo de metal, afilado y esbelto, del color de la plata, pero brillaba como no había visto brillar jamás objeto alguno. El brillo dolía en los ojos, pero era un dolor reconfortante y tranquilizador, que hacía imposible retirar la mirada del objeto. </p>
<p>La punta metálica surgía progresivamente de las aguas y se iba haciendo más gruesa a medida que sobresalía más y más de las aguas. Roberto lo entendió rápido. Era una espada, era su Excalibur. De pronto, cuando el filo había sobresalido unos setenta centímetros del agua, una empuñadura del color del sol surgió de las aguas con un brillo aun más potente que el anterior. Éste, a diferencia del brillo del filo, era dorado y potente, cegador. Roberto tuvo que taparse la mirada por un momento. Cuando se hubo acostumbrado al refulgente destello, advirtió una mano agarrando el mango con fuerza. Una mano enguantada en un guantelete metálico oscuro, casi negro, decorado con lazos de alga, como si aquella cosa llevara años aguardando la llegada de Roberto debajo de las aguas dulces del lago. </p>
<p>Mientras la armadura surgía del agua agarrando la espada cegadora con el brazo derecho en alto, Roberto iba viendo aparecer las partes metálicas de ésta. Primero el guantelete, el brazo reforzado con el acero, las finas capas protectoras de metal de la articulación del codo, la hombrera articulada, el yelmo acabado en punta con ranuras y respiraderos en la visera que sólo dejaban ver negro tras de ellos, el gorjal y finalmente un peto. Todo del ennegrecido color metálico y sin florituras. Metal liso y parco en detalles, cuyos únicos ornamentos eran las algas que colgaban de diversos puntos del traje metálico. Cuando el cuerpo hubo surgido de las aguas hasta la cintura, dejó de ascender y la armadura bajó la espada, llevándosela al pecho y agarrando el reluciente filo con el otro guantelete que al contacto con el metal claro y brillante, comenzó también a emitir un brillo claro y plácido. </p>
<p>La armadura negra y fantasmal comenzó a caminar lentamente emitiendo su luz desde el pecho, la blanca y cálida y la dorada e imponente. A medida que salía del lago, las alargadas y filamentosas algas iban desprendiéndose y la armadura iba cobrando un color cada vez más claro. El color del acero.</p>
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		<title>Episodio VI</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:32:57 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En su sueño Roberto se despertaba de madrugada, pero no estaba tumbado en el sofá, estaba en una cama de matrimonio, grande y espaciosa, tapado con una sabana y un plumón. El ambiente era cálido bajo las sabanas y Roberto se sentía muy cómodo. Giró a su izquierda y se encontró con un cuerpo tumbado [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En su sueño Roberto se despertaba de madrugada, pero no estaba tumbado en el sofá, estaba en una cama de matrimonio, grande y espaciosa, tapado con una sabana y un plumón. El ambiente era cálido bajo las sabanas y Roberto se sentía muy cómodo. Giró a su izquierda y se encontró con un cuerpo tumbado de lado en la cama, dándole la espalda. Aun era de noche, pero algo de claridad entraba por la ventana. La suficiente para hacer brillar los cabellos dorados de su acompañante. La conocía, pero no sabía su nombre.</p>
<p>Roberto le puso una mano en la cintura, en un gesto de cariño, y notó el frío. Sobresaltado salió de la cama sin importar la diferencia de temperatura que había dentro y fuera de la cama. Miró el reloj que había dispuesto sobre la mesita de noche y el reloj marcaba las cinco y diecinueve minutos. Sentía una sensación extraña, ese era su hogar y a la vez no lo era. Sabía donde estaba pero estaba desorientado. Dio la vuelta a la cama y se puso enfrente del cuerpo tumbado y frío. Era una mujer muy bella. Su pelo era rubio y largo y brillaba de forma mágica a la luz de la luna que entraba por la persiana medio bajada de la ventana. Los rasgos de su rostro eran finos y delicados y la piel de su cara lucía un blanco que era a la vez fúnebre y cautivador. Roberto le puso una mano en la frente para confirmar la temperatura y notó como la mano se le helaba, posada entre su piel y cabellos. Estaba muerta, no obstante la tranquilidad de su rostro hacía pensar en que su transito de la vida a la muerte había sido de lo más armonioso.<br />
<span id="more-333"></span><br />
Roberto comprendió todo en ese momento. Sabía donde estaba, que día era y lo que iba a pasar. Lo había leído en una libreta de color negro con una goma elástica que cerraba las tapas.</p>
<p>Salió del dormitorio y caminó hacia otra habitación. En el pasillo la oscuridad era prácticamente absoluta. En cuanto estuvo enfrente de la puerta, sintió un escalofrío. Roberto la recordaba, era una habitación de colores pastel y pósters de ídolos pop. Quiso no abrir la puerta pero su mano no le obedeció y agarró el pomo firmemente. Roberto no era más que un observador. La habitación estaba totalmente a oscuras y solamente se intuían líneas que formaban vagas formas. Se acercó a la cama y durante un instante permaneció allí en pie, escuchando el silencio. Finalmente posó su mano sobre la cabecita que estaba apoyada en la espalda. Frío de nuevo. Por un instante notó un reflejo en la oscuridad, unos ojos mirando en la noche, al lado de la mano que tenía apoyada en la cabeza de aquella niña y sintió miedo. Quiso retirarla pero unas manitas frías se aferraron a su brazo con una fuerza para nada normal en una niña de aquella edad. Roberto tiró hacia atrás, trastabilló y cayó de espaldas con el peso del cuerpo de la niña encima.</p>
<p>Finalmente se pudo deshacer del cuerpo lanzándolo hacia atrás con todas sus fuerzas y se levantó a trompicones dirigiéndose al marco de la puerta. Reptó fuera de la habitación en dirección a su cuarto dormitorio de nuevo y, a medio camino, giró la vista atrás. Su vista se debía de haber acostumbrado a la oscuridad porque ahora veía claramente el cuerpo de menos de metro y medio de pie, tras él. Roberto, o como se llamase, porque Roberto no era más que un observador, enfrentó al cuerpo muerto pero animado. En un segundo sintió amor, pena, rabia, miedo y tristeza absoluta. De la boca de Roberto surgieron palabras, frases, preguntas. Pero sonaban lejanas y distorsionadas, imposibles de descifrar. No obstante, no hubo respuesta. Lo único que hizo la que la noche anterior debía de ser su preciosa hija, espejo de su preciosa mujer, fue alzar los brazos abrir la boca y avanzar unos pasos. El sonido lento y flemoso que surgía de la caverna que era su boca llegaba a sus oídos sin la menor distorsión como un susurro espantoso. </p>
<p>Acto seguido los cuerpos chocaban y Roberto conseguía encerrar aquel pequeño cuerpo en su habitación de nuevo. Escuchaba como las mandíbulas de la chiquilla se cerraban y se abrían una y otra vez, con saña, y como los dientes chocaban con violencia repetidas veces. El poco peso del cuerpo sin vida de la niña había facilitado la faena. La puerta de la habitación se cerraba entre ellos dos y por unos minutos, se volvía a hacer el silencio. De nuevo: amor, pena, rabia, miedo y tristeza absoluta.</p>
<p>Ahora Roberto estaba fuera de la casa. Había sido sólo un pestañeo y allí estaba. Reconocía aquel lugar, había una piscina, césped y una caseta de obra. Llevaba unas llaves en la mano pues no tenía bolsillos y sentía el frío de la madrugada en su piel. Su mirada bajó y Roberto pudo ver por un momento que vestía unos calzoncillos holgados boxer y una camiseta de algodón. Al levantar la vista ya estaba en frente de la puerta de la caseta y su mano hacía girar la llave dentro de la cerradura por dos veces y la puerta se abría hacia dentro en el más absoluto de los silencios. Dentro había una taquilla con una escopeta de dos cañones paralelos y diversas cajas de cartuchos de munición. Cogió la escopeta y dos cartuchos y volvió tras sus pasos cargando el arma que llevaba entre las manos. </p>
<p>Para cuando llego a la casa de nuevo el arma ya estaba cargada y lista. Subió los escalones hasta el segundo piso con cautela y se paró ante la puerta del cuarto de la niña. Aguardó hasta que la vista se le acostumbró totalmente a la oscuridad para abrir la puerta y cuando lo hizo, pudo contemplar la silueta oscura de la que fuera su hija, no la hija de Roberto, la hija del que Roberto era en ese momento.</p>
<p>Estaba de pie, inmóvil, a dos metros de su posición y parecía no tener la menor intención de moverse. Su respiración, si es que respiraba, era un siseo tembloroso e irregular. Roberto deseó disparar con toda su fuerza, pero sabía que era inútil. De nuevo recordó que era un simple espectador. Los cañones la apuntaban, pero la chiquilla no se inmutaba. Quizá también supiera que no podría disparar.  </p>
<p>Roberto sabía lo que ocurriría a continuación, pues lo había leído. Aquel sueño seguía siendo una recreación bastante fiel de lo que había leído en la libreta negra, en el diario de aquel hombre muerto. Pese a saberlo, sufría y temía por lo que pasaría a continuación. Incapaz de efectuar el disparo, dejó la escopeta apoyada en la pared y avanzó dentro de la habitación. Como si fuera un espejo, la niña avanzó también al encuentro. En un movimiento rápido, Roberto la cogió por la cintura y la levantó, cargándola como un saco de patatas sobre el hombro mientras ella se revolvía, agitándose como una posesa. Notaba que la niña lanzaba de nuevo dentelladas pero desde aquella posición no acertaba ni una. </p>
<p>A paso ligero, Roberto bajó las escaleras ágilmente, corrigiendo los desequilibrios que le producía el pequeño y revoltoso cuerpo que cargaba. Corrió y corrió hasta llegar fuera de la casa de nuevo, en dirección a la caseta de la piscina. Quedaban pocos metros cuando se golpeó un pie con un bordillo y se desequilibró. En ese instante, la niña que cargaba al hombro, a punto de caer, se aferró a su cuello y le asestó un mordisco en la nuca de una contundencia sobrehumana. Roberto notó como los dientes se hundían en la carne y como un calambre recorría la espalda hasta las piernas, que flojearon y por segunda vez estuvo a punto de caer. </p>
<p>Finalmente consiguió encerrar el cuerpo de la niña en la caseta de la piscina. Notaba el cuerpo sudado y húmedo del esfuerzo y las piernas le ardían. Un brazo pasó por delante de la vista de Roberto en dirección al cuello. Roberto se había dado cuenta del mordisco porque sabía lo que iba a ocurrir, sin embargo, el cuerpo al que estaba conectado parecía ser conciente hasta ahora. La mano se posó ante sus ojos con los dedos abiertos, mostrando la palma. Los dedos manchados de sangre en la oscuridad de la madrugada eran negros como el carbón.</p>
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		<title>Episodio V</title>
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		<pubDate>Sat, 24 Jul 2010 18:30:08 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La improvisada pira ardió durante horas, iluminando la calle con una luz mucho más intensa que la proporcionada por las escasas farolas de aquella avenida, tan alejado del centro de la ciudad. La había confeccionado a base de maderos secos que Roberto había encontrado en la caseta de la piscina, disponiéndolos en el asfalto de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La improvisada pira ardió durante horas, iluminando la calle con una luz mucho más intensa que la proporcionada por las escasas farolas de aquella avenida, tan alejado del centro de la ciudad. La había confeccionado a base de maderos secos que Roberto había encontrado en la caseta de la piscina, disponiéndolos en el asfalto de la calle, enfrente de la puerta de la casa, como si de un lecho se tratase. Sobre los maderos Roberto había dispuesto los cadáveres descabezados del padre y de la hija, uno sobre otro, rodeados por los objetos personales que Roberto había retirado horas antes. La libreta de tapas negras también tenía un sitio en la pira, en ella había leído que en el parking había tres pequeños depósitos de gasolina de cinco, ocho y diez litros cada uno. Los tres estaban repletos de gasolina que aquel hombre se había esforzado en recolectar de los coches igual que lo hiciera él mismo días atrás, usando un trozo de manguera. Con esa gasolina había iniciado el fuego que ahora ardía, consumiéndolo todo con sus altas llamas rojas y crepitantes.</p>
<p>Había sudado la gota gorda para bajar el cuerpo del hombre que yacía postrado en la butaca del despacho. Lo había envuelto en una sábana y lo había bajado cargándolo entre sus brazos por las escaleras. El cuerpo de la niña había costado menos, también envuelto en un sudario que no era otra cosa que otra sábana más. Mientras lo llevaba fuera, entre sus brazos, Roberto había temido que unas manos pequeñas y frías surgieran de entre los pliegues de la sábana y se le aferraran al cuello, pero por suerte para él, aquello finalmente no había ocurrido. Parecía que realmente aquella niña había muerto de una vez y para siempre. Tras sacar los cuerpos afuera, los brazos le dolían a rabiar.<br />
<span id="more-331"></span><br />
A Roberto le hubiera gustado poder enterrar los cuerpos junto al de la mujer adulta, que había sido enterrada detrás de casa, en el bosque, pero descartó esa opción pues era muy tarde y prácticamente ya era de noche. Si acaso al día siguiente, por la mañana, cuando los huesos aun estuvieran calientes, Roberto los enterraría junto a la esposa y madre, pero esa noche no. Esa noche arderían allí fuera.</p>
<p>Una vez el fuego fue iniciado y la oscuridad se hizo evidente, Roberto volvió al interior de la casa. No había sido molestado por ninguno de aquellos muertos vivientes que lo habían increpado en el centro del pueblo, había podido montar la pira sin problemas, poner los cuerpos y mantenerse allí, fumando uno de sus últimos cigarros mientras el fuego comenzaba a consumirlo todo. Cuando estuvo seguro de que las llamas ya no se apagarían, entró dentro de la casa. El olor a carne asada era inmundo. </p>
<p>Se quedó en el salón, con todas las persianas bajadas excepto la que daba a la calle, desde donde Roberto podría observar el fuego. Encendió el televisor y el DVD. Allí al lado del reproductor había unas cuantas películas que le ayudarían a desconectar un poco y, con suerte, se quedaría dormido. Rebuscó en la hilera de DVDs, casi todos eran ediciones que regalaban el domingo con el periódico, pero a Roberto le pareció perfecto. Entre ellas encontró Excalibur, de 1981, y Roberto supo que había encontrado lo que andaba buscando. Era perfecta, épica y larga. Sublime y aburrida a la par. Sin<br />
duda le ayudaría a desconectar y también a dormir. </p>
<p>Finalmente descartó la idea de cenar algo, pues tenía el estomago cerrado por el olor de la carne humana quemada y los nervios, se tumbó en el sofá y pulsó el botón del play en el mando del DVD. Mientras el fuego seguía danzando afuera, sobre el asfalto, Roberto se transportó a la antigua Inglaterra, se puso en la piel de Uther Pendragón y luego en la del Mago Merlín, Lancelot y Arturo. Desde que vio por primera vez aquella película, con tan solo 12 años, Roberto quedó fascinado con aquella historia y pese al paso de los años, cada vez que la veía sentía algo mágico en el ambiente. Aquella noche no fue diferente. No serían ni las nueve de la noche y Roberto cayó dormido a mitad de la película. </p>
<p>Soñó, pero no con héroes de antaño, en tierras que no conocía. Soñó con el héroe que ardía fuera, bajo la luz de la luna. </p>
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		<title>Episodio IV</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 11:55:27 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Consiguió volver a respirar, pero sólo cuando notó que el corazón se le iba a salir del pecho. Se obligó a hacerlo lenta y pausadamente. Aquella espera se estaba volviendo horrorosa, y solo habían pasado unos segundos. Aquella cosa tenía que cruzar la puerta ya, o Roberto caería fulminado por un infarto. En un intento [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Consiguió volver a respirar, pero sólo cuando notó que el corazón se le iba a salir del pecho. Se obligó a hacerlo lenta y pausadamente. Aquella espera se estaba volviendo horrorosa, y solo habían pasado unos segundos. Aquella cosa tenía que cruzar la puerta ya, o Roberto caería fulminado por un infarto. En un intento por precipitar la situación Roberto separó el dedo del disparador y dio un paso al frente, alargó los brazos y golpeó la puerta entreabierta con la punta de los dos cañones haciendo un ruido seco y sordo. Acto seguido un siseo ronco y perturbador emergió de la oscuridad. El sonido de una bestia infernal, de un ser aterrador y gigantesco. Saltó de nuevo atrás colocándose en posición y se preparó para lo que pudiera pasar.</p>
<p>Roberto había dejado la chaqueta dentro de la casa, sobre el sofá, no obstante notaba como todo su cuerpo ardía. El sudor de su frente se fundía en sus cejas negras. Rezó por que no le entrara en los ojos.<br />
<span id="more-326"></span><br />
El siseo se volvió a hacer audible por un segundo. Sonaba a flemas y mocos. Como un jabalí gigante y constipado durmiendo. “Has despertado a la bestia” resonó una vocecilla en su cabeza, “¿qué vas a hacer ahora, listillo?” dijo con desprecio. A Roberto le dieron ganas de dispararse a él mismo en la cabeza sólo para aplacar aquella despreciable vocecilla y por un momento entendió aun mejor al hombre que yacía muerto dentro de la casa. </p>
<p>Lo que pasó un segundo después tomó por sorpresa a Roberto. Algo cruzó la puerta durante el instante en que Roberto barajaba la opción de meterse los cañones en la boca y hacer callar a aquella voz. Roberto sólo pudo ver una larga cabellera rubia y clara, desmarañada sobre unos pequeños hombros a una altura que no se alzaba más de metro y medio sobre el suelo. Como en un acto reflejo el cañón de la escopeta bajó hasta situarse a la altura de la dorada melena y todos los dedos de su mano derecha se cerraron en conjunto apretando la madera de la empuñadura y el gatillo a la vez. Los cañones paralelos, situados a escasos centímetros de la pequeña cabeza restallaron con una violencia estremecedora, quemando pelo y carne por igual. La pequeña cabecita explotó en una nube de carne hueso y sangre coagulada, como si de una sandía podrida se tratara. </p>
<p>Roberto contempló la escena con una sensación de irrealidad que para nada le parecía nueva. La detonación le había despertado de un extraño sueño y tenía la impresión de que él acabada de aparecer allí como por arte de magia, solo que tenía una escopeta humeante entre las manos. Por un segundo, mientras el cuerpecillo se desplomaba en el suelo aun sin haber cruzado por completo la puerta de la caseta, se intentó convencer de que él no había apretado el gatillo ¿acaso no había sido aquella vocecilla la que había tomando control de su cuerpo?</p>
<p>Contempló el cuerpo que acababa  de caer de bruces contra el suelo, era un cuerpo menudo, vestido con un pijama rosa claro que había quedado chamuscado por la pólvora a la altura del cuello. El cuerpo era el de una niña de unos diez años y pese a que su cabeza no era más que un amasijo de sangre negra y carne quemada Roberto sabía que cara tenía, pues era la cara de su madre. Lo había visto en las fotos. De nuevo, volvió a tener la sensación de estar en un capitulo de CSI, delante de un pelele de silicona muy, muy bien realizado.</p>
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		<title>Episodio III</title>
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		<pubDate>Fri, 16 Jul 2010 11:50:05 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Roberto se dirigía a la puerta de nuevo, habiendo cambiado el pico por una escopeta. Su objetivo se encontraba detrás de la casa, por el camino que se abría paso hasta detrás, donde se encontraba la piscina. Su atención estaba totalmente centrada en el arma que tenía entre manos. Aquel trasto pesaba que daba gusto. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Roberto se dirigía a la puerta de nuevo, habiendo cambiado el pico por una escopeta. Su objetivo se encontraba detrás de la casa, por el camino que se abría paso hasta detrás, donde se encontraba la piscina. Su atención estaba totalmente centrada en el arma que tenía entre manos. Aquel trasto pesaba que daba gusto. Roberto lo inspeccionaba con la mirada e intentaba mantener los dedos alejados del gatillo, por si acaso. El arma era larga, de unos noventa centímetros, los dos cañones paralelos eran de un color metálico oscuro y azulado tan pulido que uno podía verse reflejado en la oscuridad de su tonalidad, la culata era de madera maciza, pulida y barnizada hasta la saciedad, tanto que Roberto dudó de que no fuera de plástico. Los cañones se podían abrir dejando a la vista la recámara para dos cartuchos y mediante una especie de pestaña de metal negro se podía seleccionar el cañón que efectuaría el disparo al apretar el gatillo. Roberto cambió la posición del seleccionador para habilitar el cañón que se encontraba cargado. </p>
<p>Justo antes de salir, Roberto se aseguró de llevar las llaves de la puerta principal encima antes de cruzarla. Se palpó los bolsillos y reconoció su forma. Alargó la mano derecha y cogió el manojo de llaves donde había leído que se encontraba la llave de la caseta de la piscina y se lo guardó en el mismo bolsillo donde llevaba las otras llaves. Aquel hombre había detallado todas las instrucciones para no dejar ningún cabo sin atar.<br />
<span id="more-324"></span><br />
Cuando salió de nuevo al exterior la luz diurna comenzaba a escasear y el sol ya se ocultaba detrás de las montañas que quedaban al oeste de allí. Roberto se apresuró a recorrer el estrecho camino de baldosas ladeado por arbustos y setos que llevaba a la parte trasera de la casa. Allí detrás le esperaban la pequeña piscina de unos seis metros de largo, rodeada por una parcela de césped y al fondo, pegada al muro que delimitaba los límites de la casa con el bosque que se extendía atrás, una caseta de obra de poco más de dos metros de alto, con una puerta de madera baja y un techo de tejas igual al de la casa. Allí dentro, aguardaba su objetivo. El difunto había encerrado allí algo a lo que no había sido capaz de hacer frente. Roberto debía coger el testigo.</p>
<p>Caminó por el borde de la piscina, cauteloso, y se posicionó en frente de la puerta. Durante un instante, tuvo el impulso de apoyar la oreja sobre la puerta para escuchar lo que estuviera pasando dentro, pero desechó esa idea y empezó a probar llaves con la intención de encontrar la que coincidiera con la cerradura. Roberto intentó ser lo más silencioso que pudo, pero fue inevitable silenciar el sonido de las llaves al moverse o el de la cerradura intentando abrirse. Finalmente, una se introdujo con una facilidad pasmosa. Por fin la había encontrado. </p>
<p>Roberto dejó la llave introducida por unos segundos y miró de soslayo la escopeta que cargaba entre manos. Realmente tenía dudas sobre si había colocado correctamente el seleccionador de disparo. Dudaba de que, al accionar el gatillo, el cartucho no detonara. De hecho, no se atrevía ni a poner el dedo sobre el gatillo. Como si su dedo fuera a tomar conciencia propia y no pudiera controlarlo en aquel delicado momento. Finalmente se dejó de preámbulos y abrió la puerta. La empujó nerviosamente para que se abriera y por una fracción de segundo Roberto contempló la oscuridad que reinaba dentro de esa caseta sin ni siquiera una ventana. Acto seguido Roberto saltó a la derecha de la puerta, apoyando su hombro contra pared. </p>
<p>Se colocó la culata de la escopeta en el hombro y la aseguró allí con todas sus fuerzas apuntando a la nada, esperando lo que pudiera cruzar la puerta. Contuvo la respiración inconscientemente y, por fin, colocó el dedo índice de su mano derecha sobre el gatillo. El metal estaba frío como el hielo y un pequeño calambrazo nervioso le recorrió el brazo hasta llegarle al cuello. Seguía dudando de si conseguiría disparar el arma. Era su primera vez y a Roberto no le gustaban nada las “primeras veces”, le ponían muy pero que muy nervioso.</p>
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		<title>Episodio II</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 15:32:41 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El sofá era grande y cómodo, tres personas cabían allí perfectamente y Roberto intuiría luego que allí uno se podría pegar una buena siesta. Pero en aquel momento, la siesta no era precisamente lo que más le preocupaba. Allí, entre sus manos, la libretilla negra de bolsillo era lo único en que Roberto podía pensar. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El sofá era grande y cómodo, tres personas cabían allí perfectamente y Roberto intuiría luego que allí uno se podría pegar una buena siesta. Pero en aquel momento, la siesta no era precisamente lo que más le preocupaba. Allí, entre sus manos, la libretilla negra de bolsillo era lo único en que Roberto podía pensar. </p>
<p>Finalmente se obligó a retirar la goma elástica y liberar las tapas de negro cartón endurecido. Revisó las primeras páginas y pasó por alto diversas notas que no parecían contener nada importante. Algunos números de teléfono, notas sobre cosas por hacer y otras tachadas que debían de estar hechas ya. Pasó otras cuantas páginas más y su atención se centró en una lista de productos que le sonaron familiares, la gran mayoría de las cosas que había apuntado estaban tachadas, cosas como gasolina, comida en lata, agua, cartuchos para la escopeta y otras tantas cosas, unas tachadas y otras no. Aquello se ponía interesante. Pues Roberto no tenía dudas de que aquellas notas habían sido tomadas después del incidente. Pasó unas páginas más. Divisó algunos garabatos indescifrables, un gran tachón y por fin encontró lo que andaba buscando. Era un texto que ocupaba varias páginas y que comenzaba indicando una fecha, día, mes y año. Roberto imaginó, sin atreverse a leer lo que allí ponía de momento, que aquello era una carta de despedida. La fecha era del día anterior, del día en que Roberto decidió escapar de su clausura y enfrentarse al nuevo mundo fuera de los límites de su trastero.<br />
 <span id="more-321"></span><br />
A Roberto le invadió un sentimiento de culpa y pena. Si hubiera salido antes de su encierro, si no hubiera sido un cobarde, quizá ahora mismo estaría disfrutando de una cerveza muy fría en compañía de la persona que, un piso más arriba, estaba sentada en su butaca, con los cañones de la escopeta apuntando bajo su barbilla, con la cabeza pulverizada en incontables trocitos esparcidos por las paredes. </p>
<p>Notó como sus ojos se humedecían y se le secaba la boca mientras la piel de sus brazos se erizaba bajo las mangas de su chaqueta. Se deshizo de ésta, dejando la libreta apoyada boca abajo en la página donde empezaba aquella carta póstuma. Sus últimas palabras, dirigidas a él. Roberto se obligó en ese momento a no demorar más aquella lectura. Notaba que se lo debía a la persona inerte que le esperaba allí arriba, así que hizo de tripas corazón y comenzó a leer para sus adentros. </p>
<p>Leyó durante unos treinta minutos que para Roberto pudieron ser horas. Paró a la mitad para ir a buscar agua a la cocina, donde encontró unas ocho garrafas, idénticas de las que Roberto tenía en su coche, apiladas al lado del frigorífico. Bebió largamente hasta que el agua le cayó por la comisura de los labios hasta mojarle la camiseta y luego pasó por el lavabo para mear y refrescarse la cara y la nuca con agua fría, pues su frente sudaba debido a los nervios. Nunca había leído algo tan intenso, tan visceral ni tan sincero. Antes de continuar con la lectura, tragó saliva. </p>
<p>Cuando finalmente acabó de leer, cerró la libretilla y volvió a asegurar las tapas con el elástico, para guardarla en un bolsillo de su chaqueta. La carta era una despedida, tal y como Roberto había imaginado. Pero también era un manual de supervivencia resumido. Y un deseo de continuar con lo que aquel hombre había empezado. Allí se encontraba descrito de forma resumida el calvario por el que había pasado durante los días que Roberto había estado encerrado, hasta que los acontecimientos habían precipitado que aquel hombre desesperado pero de mente fría y analítica acabara por usar su escopeta contra sí mismo.</p>
<p>Roberto miró el reloj de su teléfono móvil. Eran las seis de la tarde y, pese a que las persianas estaban bajadas, intuyó que debía de estar anocheciendo. Por lo que había leído en aquel manuscrito, en esa casa se escondía otra desagradable sorpresa a parte de la que aguardaba inerte en el despacho del segundo piso. La otra sorpresa estaba fuera, en una caseta de obra al lado de la piscina de detrás de la casa, y por lo que había podido averiguar gracias a la lectura, no estaba tan inerte como la primera.</p>
<p>Roberto se levantó del sofá con las piernas agarrotadas por el miedo y las manos temblorosas. Pese a lo que él le gustaría, el día no había acabado. Y no tenía pinta de que fuera a acabar pronto. Tenía cosas por hacer y le iban a ocupar bastante tiempo. Además, estas tareas no estaban ni mucho menos exentas de riesgo. Así que Roberto se convenció para hacer la más peligrosa de ellas en ese mismo momento, cuando la luz del día aun le amparaba. Recorrió el camino de vuelta al despacho lenta y pesadamente. El peso de la penitencia. Era lo que la última voluntad de aquel hombre le mandaba hacer y tenía intención de cumplirla, pues se sentía de alguna manera culpable. </p>
<p>Empujó la puerta del despacho y clavó sus ojos en la escopeta entre las manos de aquel cadáver. La arrancó de sus brazos rígidos y fríos con un tirón brusco y se fue de allí sin mirar atrás. Mientras bajaba por la escalera consiguió abrir la recámara del arma y se alivió al ver que aquel pobre hombre había tenido la decencia de usar solo uno de los dos cartuchos, uno por cañón, que había cargado en el arma. Sacó el usado y lo arrojó al suelo. El cartucho vacío rodó escaleras abajo entre los pies de Roberto. Cuando estuvo de nuevo en el primer piso cerró de nuevo el arma y se dirigió a la puerta con el arma a punto, pensando que el sonido que hacían las armas de verdad no se parecía en nada al sonido que el cine de Hollywood de había enseñado. </p>
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		<title>Episodio I</title>
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		<pubDate>Thu, 15 Jul 2010 15:30:12 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[De lo que pasó antes de que Roberto encontrara el cadáver inerte del ex-propietario y también ex-primer superviviente pocos recuerdos quedarían. La casa era más grande de lo que podía parecer desde fuera. En el primer piso se encontraba un recibidor, un salón bastante decente, la cocina y un pequeño lavabo. En el segundo piso [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>De lo que pasó antes de que Roberto encontrara el cadáver inerte del ex-propietario y también ex-primer superviviente pocos recuerdos quedarían. La casa era más grande de lo que podía parecer desde fuera. En el primer piso se encontraba un recibidor, un salón bastante decente, la cocina y un pequeño lavabo. En el segundo piso había dos habitaciones, una de matrimonio y un cuarto dormitorio decorado con pósters de los ídolos pop del momento donde imperaban los colores pastel que pertenecía a la hija del propietario, un segundo lavabo amplio y espacioso y un despacho donde se encontraba el cuerpo reventado del hombre en el que Roberto había puesto tantas esperanzas. </p>
<p>La casa estaba decorada de forma sobria pero acogedora. Los muebles eran del color del ébano y no faltaba ningún electrodoméstico de nueva generación que Roberto pudiera echar en falta salvo la videoconsola, cosa que no supuso ningún problema pues la podría poner él. Su modesto piso quedaba a la altura lado del betún a todos los niveles comparado con aquella casa. Y no solo en cuanto a decoración el ex-superviviente aventajaba a Roberto, durante los días en que Roberto había estado encerrado en su trastero, aquella persona se había molestado en confeccionar una espléndida despensa con todo tipo de alimentos, fármacos e incluso gasolina para hacer funcionar un pequeño generador eléctrico que estaba situado en la pequeña caseta de obra que estaba situada en la parte trasera de la casa, junto a una pequeña piscina de racholitas azul turquesa. Si no fuera invierno, Roberto se hubiera alegrado mucho de disponer de ella. De momento, el generador no le haría falta pues milagrosamente la electricidad seguía llegando a todo el aparataje eléctrico de la zona. Aunque a Roberto se le antojaba que duraría poco.<br />
<span id="more-318"></span><br />
Roberto encontró el cuerpo poco después de cruzar la puerta de la entrada. Se había propuesto inspeccionar la casa por si acaso. El olor al entrar era agradable, como huelen los hogares. No obstante, todo estaba tan en calma que a Roberto se le pusieron los pelos de punta. El todoterreno aparcado en la entrada del parking le había hecho sospechar pues Roberto bien sabía que no era muy seguro salir a pie a merced de aquellos muertos que pese a ser lentos podían acabar dándote una sorpresa muy desagradable. En cuanto subió al segundo piso, el aire era como más espeso y una fragancia dulzona se intuía en el aire. Todas las puertas excepto una estaban cerradas. La puerta cerrada era la del despacho. En cuanto Roberto la abrió se encontró con la sorpresa que le aguardada allí.</p>
<p>Un hombre, de unos treinta y tantos quizá, aguardaba sentado en una butaca de algo similar al cuero al lado de un escritorio y un ordenador portátil cerrado. Sobre el pequeño portátil había una libretilla de tapas negras cerradas mediante una goma elástica para evitar que se abriera. Entre sus manos tenía agarrada una escopeta de dos cañones que le recordó a una similar que tenía su abuelo, que era un gran aficionado a la caza. Con los cañones apoyados en el pecho apuntando a lo que otrora fue su barbilla y el dedo índice de su mano derecha en el gatillo. Iba vestido con unos tejanos y una camiseta blanca que más bien era de un color rojo oscuro debido al torrente de sangre que había caído sobre ella. Roberto solamente pudo poner cara al cadáver una vez empezó a recoger todos los efectos personales que no le iban a resultar útiles en el futuro, entre los que se encontraban fotografías de él y su familia. La sangre había salpicado las paredes y los estantes de aquella pequeña habitación. Sin embargo Roberto había contemplado la escena mucho más sereno de lo que él mismo hubiera podido imaginar. No sabía por qué, pero antes de abrir aquella puerta, ya se imaginaba encontrar una escena similar.Y ahora, en la escena del “auto-crimen”, aquello parecía un capítulo de CSI, con pelele de silicona muy bien realizado incluido.</p>
<p>Roberto se había hecho con la libreta sin saber bien por qué y milagrosamente ni una gota de sangre había caído sobre ella. La guardó en el bolsillo trasero de su pantalón.</p>
<p>En las fotografías, aquel hombre era un hombre delgado de pelo negro corto y algo escaso, corpulento y de una altura similar a la suya. Junto a él en muchas de ellas, la que debía ser su esposa, una guapa mujer de piel blanca y larga cabellera rubia y una chiquilla menuda que sin duda había salido a su madre pues compartía sus rasgos eslavos. Roberto no tenía ni idea donde se podía encontrar tanto su mujer como su hija. No quiso pensar demasiado en ello y se deshizo lo más rápido que pudo de todas aquellas fotografías metiéndolas en unas bolsas negras de basura que había encontrado. Una vez terminó de recoger todos aquellos efectos personales y depositarlos en la cocina en dos grandes bolsas, Roberto se dejó caer sobre el sofá notando la dureza de las tapas de la libreta en una de sus nalgas. </p>
<p>Allí era donde se encontraba Roberto en esos momentos, con aquella libreta entre manos. Una pequeña libreta de notas negro con una cinta elástica del mismo color rodeando sus tapas. Quería abrirlo, pero a la vez le daba miedo. Era como si aquella goma elástica fuera infranqueable. Sus manos no osaban acercarse a ella.</p>
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		<title>Episodio XXXXVIII</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 11:03:20 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Desde dentro del coche se sentía algo más seguro, pero seguía con la extraña sensación de estar siendo observado. Decidió moverse de allí y recorrer la calle para ver si podía encontrar alguna pista que aclarase el dilema. Aunque más que eso, buscaba una pista que tranquilizara sus pensamientos, los cuales no cesaban que susurrarle [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Desde dentro del coche se sentía algo más seguro, pero seguía con la extraña sensación de estar siendo observado. Decidió moverse de allí y recorrer la calle para ver si podía encontrar alguna pista que aclarase el dilema. Aunque más que eso, buscaba una pista que tranquilizara sus pensamientos, los cuales no cesaban que susurrarle que había sido víctima de una cruel broma, que allí no había nadie y que todas sus esperanzas eran en vano. </p>
<p>Aplicando cierta razón, Roberto intentó convencerse de que había miles de opciones más plausibles que la de ser objetivo de una jugarreta del destino y que, si no había visto a nadie, quizá fuese porque aquella persona había salido en pos de algunos víveres u objetos de necesidad. Aquel razonamiento no le pareció nada descabellado, él mismo estaba ahí fuera en busca de recursos para facilitar su supervivencia, intentando buscarse la vida. De este modo, Roberto pareció calmarse y ganó fuerzas para volver a poner en movimiento su vehículo. Si aquella persona tenía su centro de operaciones en aquella avenida, con mucha seguridad habría dejado alguna señal que lo indicara. Si no ¿qué sentido hubiera tenido dejar aquel mensaje sobre las garrafas de agua en el supermercado?<br />
<span id="more-315"></span><br />
Decidió girar a su izquierda y comenzar con el escrutinio de ese lado de la avenida mientras sus nervios se calmaban a una velocidad más lenta de la que Roberto hubiera deseado. Giró su volante y cogió la estrecha avenida de un solo carril avanzando lentamente por ella, mirando cuidadosamente cada lado con la intención de encontrar aquella codiciada señal que delatara al superviviente. Roberto se sorprendió de la opulencia de algunas de las casas que observaba. Casi todas ellas eran casas de varios pisos, compuestas por un patio o jardín bastante extenso y una construcción bastante más moderna que las de la urbanización que había podido contemplar en su incursión nocturna en el Garraf. Las persianas de lo que parecían los dormitorios de las casas se encontraban bajadas en la gran mayoría y Roberto sospechaba que detrás de muchas de ellas habría alguna desagradable sorpresa para el que osara abrir la puerta. Por un momento, los pelos de Roberto hicieron el ademán de erizarse. </p>
<p>Recorridos unos cuarenta metros por aquella calle, una casa llamó la atención de Roberto por encima de todas las demás. Era una casa de dos plantas de obra vista marrón rojizo, protegida por un muro del mismo tipo de construcción con una valla metálica pintada de color negro y una puerta también metálica del mismo color y de aspecto bastante robusto. Su diseño, mucho más convencional que la gran mayoría de casas de la zona daba la impresión de ser anterior a las demás, aunque confería un encanto especial a aquella casa, con su típico techo de tejas en uve invertida.     </p>
<p>Por norma general, la gran mayoría de casas que Roberto había revisado seguían el siguiente patrón: En la primera planta, donde con seguridad se encontraría el salón y la cocina, se mantenían las persianas de las ventanas subidas, mientras que en la segunda planta, las persianas estaban bajadas, indicando que desde hacía cuatro noches habían permanecido así. No obstante, esa casa era diferente a las otras radicalmente. Esa casa seguía un patrón opuesto: la primera planta mantenía todas las entradas bien cerradas, con las persianas echadas sin dejar un centímetro abierto, dando incluso la impresión de estar tapiadas, mientras que en la segunda planta las persianas dejaban entrar algo de luz, con un aspecto mucho más relajado. En esa casa alguien sí se había levantado aquel día, y también las siguientes, levantando a su vez las persianas para dejar pasar el sol de la mañana. </p>
<p>Había otra pista, aun mucho más clara que la anterior, que Roberto fue incapaz de pasar por alto. Tras la valla de color negro mate, que no era otra cosa que la entrada para vehículos de la casa, había un todoterreno color verde botella de grandes neumáticos aparcado en el pequeño camino de baldosas que llevaba desde la puerta metálica negra hasta una de color blanca que cerraba el aparcamiento del piso. La brillante chapa de la parte trasera del enorme vehículo estaba rascada y ligeramente magullada, así que a Roberto no le costó demasiado imaginar el por qué de aquellas marcas en el vehículo- Por su gran tamaño hubiera podido crear un gran agujero de dos metros de ancho y alto mínimo, justo como el que se encontraba en el aparador del centro comercial que acababa de visitar.  </p>
<p>Ahora ya no tenía duda alguna. Había encontrado la casa que estaba buscando y, aunque le pesaba, la sensación que tenía no era para nada esperanzadora. El ambiente que se respiraba allí, en la avenida del pino viejo, era triste y deprimente. Aunque a Roberto se le ocurrió otro adjetivo. Según sus pensamientos, allí el ambiente estaba muerto.</p>
<p>Aparcó el coche sin preocuparse demasiado, a Roberto se le antojaba que no molestaría demasiado, y saltó pico en mano a la calle para poner fin a aquella situación que tan desquiciante se estaba volviendo. Había dejado el coche a escasos metros del muro de obra vista. Lanzó el pico por encima de la valla y cayó plácida y silenciosamente sobre el césped que había detrás. Roberto se miró las manos y las vio magulladas y salpicadas por pequeños coágulos de sangre en las palmas que indicaban lo movido del día. Y no había acabado aun. Dio unas palmas lo más silenciosas posibles para calentarse las manos y saltó sobre el muro para trepar sobre él y entrar en el pequeño jardín que había tras él.</p>
<p>Casi tropieza al quedársele un pie un poco atrás y engancharse la punta en la valla. Finalmente consiguió rectificar y evitar una caída de boca sobre el mullido césped. Aterrizó finalmente de pie sobre el césped con la extraña sensación que se le queda a uno cuando se ha librado de un buen golpe, como de haber despertado de sopetón de un extraño sueño. Miró atrás, al muro que había salvado, y pensó en lo perjudicial que hubiera sido para su dentadura caer de morros desde esa altura. Se estremeció por momentos y se incorporó para continuar con su faena. El pequeño jardín tendría unos quince metros cuadrados y estaba delimitado por un camino de baldosas que emulaban un sendero de piedrecitas. Ese camino se adentraba por el lado izquierdo de la casa, pegado al muro que separaba el terreno del contiguo. Pegado al caminito, había unas estrechas jardineras en las que había plantados unos arbustos que se adentraban junto a éste hacía la parte trasera de la casa. </p>
<p>Roberto ni se planteó la posibilidad de ir a la parte trasera de la casa de momento, estaba demasiado concentrado pensando cómo podría entrar en la casa. Acababa de darse cuenta que tanto las ventanas del primer piso como las del segundo estaban cerradas. Lo cual era lo más normal del mundo pues estaban en invierno y por las noches aun refrescaba. Durante unos minutos que parecieron horas, Roberto permaneció allí pensando en cómo introducirse en la casa. ¿Cómo no se le había ocurrido antes que, aunque saltase la valla, luego sería imposible entrar dentro? Pensó Roberto. Supuso que estaba demasiado cagado de miedo como para pensar con claridad.</p>
<p>Justo en la entrada principal de la casa, había un pequeño porche con un pequeño techo también cubierto de tejas, sobre el que se encontraban dos ventanas del segundo piso. Subirse allí sería complicado pero no imposible, no obstante Roberto dudaba que luego aquellas ventanas estuvieran abiertas y aun así, intentarlo implicaba bastante riego de resbalar y caer de espaldas en el camino de piedrecitas, que no sería ni de lejos tan mullido como el césped. </p>
<p>Una idea pasó por la cabeza de Roberto en ese momento. Se dijo que no tenía nada que perder por intentarlo. Si no funcionaba, que parecía lo más probable, miraría detrás para ver si podía localizar alguna otra ventana de más fácil acceso. Roberto se acercó a la puerta, hasta que finalmente sus pies quedaron encima del felpudo de la entrada. Se dispuso a apretar el botón del timbre de la casa, pero justo cuando su dedo se posó sobre éste Roberto se quedó petrificado. Miró hacia abajo y soltó una ligera carcajada, un tanto histriónica. </p>
<p>Aquello era descabellado. Pero, no sabía por qué, las cosas últimamente funcionaban así. Había que fiarse de las corazonadas. Quitó los pies de encima del felpudo, se agachó y lo levantó con expectación. Ahora la carcajada fue más evidente. Bajo el felpudo, una llave normal y corriente. Insultantemente vulgar, gastada por el uso y como recién sacada de un llavero. Sobre la cabeza de Roberto, una puerta. Era evidente y Roberto no albergó ningún tipo de duda, aquella llave abriría la puerta que tenía justo enfrente. No tendría que trepar, ni romper una ventana, ni ninguna otra idea descabellada. Sólo introducir la llave en la puerta y ésta se abriría. Sin magia ni artificio. Sólo una llave y una puerta. Así de fácil. </p>
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		<title>Episodio XXXXVII</title>
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		<pubDate>Sat, 19 Jun 2010 10:53:45 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[La avenida del Pino Viejo, una calle de aceras estrechas y asfalto bacheado por efecto de las raíces de los árboles, situada en la zona alta del pueblo. De la misma manera que la zona residencial que Roberto había cruzado para llegar al mirador del parque del Garraf, donde había pernoctado la noche anterior, toda [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La avenida del Pino Viejo, una calle de aceras estrechas y asfalto bacheado por efecto de las raíces de los árboles, situada en la zona alta del pueblo. De la misma manera que la zona residencial que Roberto había cruzado para llegar al mirador del parque del Garraf, donde había pernoctado la noche anterior, toda aquella zona estaba situada en la ladera de la pequeña ladera que coronaba aquel pino. Compuesta en su mayoría por casas de “alto standing”, con algo de suerte podías tener por vecino a algún famoso futbolista del Fútbol Club Barcelona. </p>
<p>Esa zona había proliferado de forma considerable en los últimos años y estaba compuesta casi exclusivamente por casas de varios pisos y bonitos jardines. Allí se mezclaban casas más antiguas, junto a otras de nueva construcción y diseño vanguardista. Por lo visto aquel o aquellos supervivientes no se lo habían montado nada mal. Una casa en esa zona no estaba al alcance de cualquiera y menos de Roberto, con su sueldo de becario.<br />
<span id="more-313"></span><br />
El cómo Roberto había encontrado finalmente aquella calle era algo que ni el mismo podía entender. No había tardado demasiado. En menos de una hora había conseguido llegar gracias a su intuición y por suerte para él, aquella avenida no era una calle demasiado extensa, pues era de las últimas calles de aquella zona residencial. Dos calles más arriba, el asfalto y el ladrillo se acababan y empezaban los matorrales, las zarzas y los palmitos típicos de la flora de la zona. </p>
<p>Pese a que el día continuaba siendo soleado y poco invernal, el ambiente allí arriba era mortecino, como si fueran las seis de la mañana, con todas las persianas bajadas, los coches en los garajes y la pinaza de los pocos pinos de la zona esparcida por el firme, dando fe de que ni un alma se había dignado a mover por allí en días. Aquello le producía una sensación de desamparo y desconfianza. Roberto no había imaginado con demasiado detalle como sería su encuentro con los supervivientes de aquella masacre no-muerta, pero si algo tenía claro era que aquella estampa desolada no cumplía para nada con sus expectativas.  </p>
<p>Roberto se había bajado de su coche en el cruce del serpenteante paseo por el que avanzaba en el momento de encontrar la ansiada avenida.  Miró a izquierda y derecha con la esperanza de ver algún cartel, alguna señal, que identificara cual era el punto de reunión. No vio nada. Sólo la desmotivadora escena de soledad y abandono descrita. Allí de pie, con la puerta del conductor abierta, al tiempo que una leve brisa movía la hojarasca esparcida por el suelo, Roberto sintió como se le erizaban los pelos de la nuca e intentó girarse en un torpe movimiento, con los ojos tan abiertos que podrían haber caído rodando por su rostro. Con la extraña sensación de que unas manos estaban a pocos centímetros de su cuello, Roberto se preparó para sentir el frío de muerte de aquellas manos asiendo su cuello mientras giraba sobre sí mismo, preparado para contemplar de nuevo aquellos matices blanquecinos y tenebrosos en la cara de algún cadáver andante. </p>
<p>Nada. Tras de sí no había nada ni nadie. Sin embargo ese hecho no tranquilizó a Roberto, que seguía sintiéndose observado de un modo que no le gustaba ni un pelo. Su vista se centró en escudriñar las casas que tenía alrededor, estaba seguro de que en una de ellas encontraría a uno de esos muertos andantes observándole, con la boca desencajada, pero no conseguía localizarlo. Sabía que estaba allí, pero se negaba a revelar su posición. Las ventanas de aquellas casas, todas ellas cerradas y con las persianas bajadas prácticamente en su totalidad, ayudaba más bien poco al pobre de Roberto. </p>
<p>Un eléctrico escalofrío recorrió toda la espalda de Roberto haciendo que incluso sus extremidades vibraran nerviosamente. Roberto interpretó esa señal como un “mejor vuelve al coche” y sin dudarlo hizo caso a ese consejo. Saltó dentro del vehículo y acercó la mano izquierda, de forma involuntaria, al mango del pico que hacía las veces de copiloto. En esa posición de seguridad continuó revisando, de forma infructuosa, las fachadas de los edificios que le rodeaban hasta que no pudo reprimir un ligero grito ahogado. Roberto estaba totalmente cagado de miedo. Había estado en situaciones peores, pero esta vez se había generado una vaga expectativa y lo que había encontrado no se aproximaba lo más mínimo a esa idea mental. Si no fuera porque había revisado lo escrito en el papel una y otra vez, Roberto hubiera jurado que se había equivocado de dirección. </p>
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