<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	>

<channel>
	<title>Zombis</title>
	<atom:link href="http://zombis.net/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://zombis.net</link>
	<description>Invasión Zombi</description>
	<pubDate>Mon, 02 Jan 2012 00:38:02 +0000</pubDate>
	<generator>http://wordpress.org/?v=2.7.1</generator>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
			<item>
		<title>Episodio III</title>
		<link>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-iii-6/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-iii-6/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Dec 2011 23:41:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=524</guid>
		<description><![CDATA[El hospital ya quedaba a su espalda. Roberto circulaba por una carretera paralela a la Gran vía. Desde ella, desviándose a la izquierda se podía cruzar por arriba esa importante arteria para ir en dirección al Hospital, como hubiera hecho otras tantas cientos de veces. La otra opción era continuar un poco más adelante y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El hospital ya quedaba a su espalda. Roberto circulaba por una carretera paralela a la Gran vía. Desde ella, desviándose a la izquierda se podía cruzar por arriba esa importante arteria para ir en dirección al Hospital, como hubiera hecho otras tantas cientos de veces. La otra opción era continuar un poco más adelante y tomar un desvío a la derecha que llevaban al puerto de Barcelona y, por extensión, a la ronda litoral Tomó este último, mientras algunas horas secas se levantaban del asfalto a su paso.</p>
<p>Estaba seguro: Había visto muertos. Recordaba aquella sensación aunque ya era lejana, como de otra vida. “Bultos”. Bultos tirados sobre la calle, cuerpos sin vida a la entrada del hospital y a sus alrededores.  Ahora esos bultos no eran más que osamentas roídas. La mayor parte de la humanidad, que él supiera, se había ido a dormir para no volver a levantarse jamás la fatídica noche del fin del mundo, hacía ya dos meses. No obstante, otros muchos sí se habían levantado, pero no de la manera que tenían previsto hacerlo, sino como jodidos autómatas lobotomizados. Zombis, como en aquellas películas que tanto le aterraban de pequeño. Y estos habían dado buena cuenta de los cuerpos, como si de un escuadrón de limpieza se tratase.<br />
<span id="more-524"></span><br />
Jirones de ropa manchada de sangre y fluidos secados al sol junto a huesos blanquinosos con ligeros restos de tejido adheridos. Los pájaros habían desaparecido desde aquel día y no se atrevían a acercarse a rapiñar ni los restos. Esos eran los bultos que quedaban ahora. Esos, pero también otros. Más frescos, increíblemente bien conservados para llevar dos meses muertos. En algún momento del proceso de putrefacción, ésta se había detenido de manera que su aspecto era atroz. Sucios y mugrientos, con la piel pálida y en algunos casos rozando el verde. Unos secos como palos y otros inflados y purulentos, pero todos con las panzas llevas de carne en descomposición o de Dios sabe qué, después de tanto tiempo. Sólo las moscas parecían acercarse, revoloteando alrededor. </p>
<p>Estos últimos, los más “frescos”, habían levantado la mirada a su paso. Inactivos a su llegada, al cruzar por los edificios adyacentes a la Gran vía, parecían haber salido de su extraña hibernación. O eso hubiera jurado Roberto. No había podido verlo más que de soslayo, pero no guardada duda alguna. </p>
<p>No importaba, iba demasiado rápido para ellos. Sin duda los muertos intentan levantarse, perseguirle, seguir su rastro. Pero una cosa era intentarlo y otra muy distinta conseguirlo. Pronto lo perderían de vista y de la misma manera perderían la motivación. No conseguirían nada. Jaramillas tenía razón, siempre que uno consiguiera escapar lo suficientemente rápido.</p>
<p>Unos kilómetros más adelante, después de girar sobre varias rotondas, consiguió incorporarse definitivamente a la ronda litoral. Allí la carretera tenía cuatro carriles para cada sentido. Había cruzado numerosas naves industriales de importantes empresas. Pasar por allí despertaba en él una extraña sensación a la que había que sumarle el hecho de que jamás, en su nueva vida, se había alejado de todo aquello que hubiera considerado un hogar. Era una sensación de cierta nostalgia sumada a una profunda tristeza. </p>
<p>Se preguntó inevitablemente si quedaría allí algún guarda vagabundeando entre los almacenes, algún montador de alguna línea de montaje del turno de noche, desorientado y sin motivación, con el estómago inflado de carne y la mirada blanquinosa. No se pararía a comprobarlo. Sin duda, aquel pensamiento era la excusa que necesitaba para darle al acelerador. El acelerador alejaba los pensamientos, obligándole a centrarse en la tarea de conducir su motocicleta por la carretera.</p>
<p>Los carriles iban desapareciendo y volviendo a aparecer. El cementerio, ubicado a los pies del montículo terroso que era Montjuïc, ya era perfectamente visible desde su posición y, progresivamente, las naves industriales iban dejando paso a las grúas del puerto y a los gigantescos tanques de combustible para los navíos del puerto de Barcelona, tan próximo desde su posición actual. Sobre la montaña ya se dibujaba la línea recta de la muralla defensiva del castillo. Su objetivo.</p>
<p>Roberto no sabía si tirarse de la moto o apretar el acelerador y estamparse contra la mediana. La sola presencia de la muralla le había estrujado el estómago, como si se empecinara en echar el escaso desayuno. Allí estaba, tan cerca. Era demasiado. Notaba que estaba por encima de sus posibilidades, pero su puño se negaba a soltar el acelerador. Tenía conciencia propia y quería joderle. Quería llevarle justo hasta la puerta del castillo y hacerle sentir el miedo a lo desconocido.</p>
<p>Las grúas amarillas iban creciendo a su derecha, al lado del mar, mientras la montaña aumentaba más y más a su izquierda, terrosa y roja con ligeras pinceladas de un verde apagado. Cada vez más imponente. De los cuatro carriles de la carretera dos se había fugado, perdidos Dios sabe dónde, lo cual sólo podía significar que estaba muy cerca de su objetivo. La muralla ahora era mucho más visible, sobre el lomo de la montaña.</p>
<p>Aquella montaña lo había fascinado desde que era un niño. Su parque de atracciones, cerrado muchos años atrás; sus carreteras serpenteantes que subían y bajaban, por donde antaño la Formula 1 había incluso disputado grandes premios según le había comentado su padre ¡Incluso se había examinado del carné de conducir allí! Pero no era aquello lo que más lo había fascinado desde siempre. Aquel mérito se lo llevaban los impresionantes cañones de diferentes épocas que apuntaban al mar. De pequeño se había subido a ellos y se había imaginado que era un artillero que destrozaba barcos invasores de algún ejército invasor. Sus padres tuvieron fotos que lo atestiguaban. Tuvieron, porque ahora esas fotos habían sido pasto de las llamas. </p>
<p>A medida que se acercaba los ojos de Roberto los buscaban apuntando al infinito, pero no los encontraban. Recordaba haberlos visto alguna vez, conduciendo en dirección a la gran ciudad, pero era un recuerdo vago, quizás aun estuviera demasiado lejos. </p>
<p>Roberto lanzaba esquivas y espasmódicas miradas hacía arriba, escudriñando la muralla, y en cuanto notaba que se desequilibraba, volvía a bajarla a la carretera. Aun le faltaba destreza como para mantenerse en línea recta sin mirar hacia delante. </p>
<p>Aceleró. Le ponía nervioso no verlos y empezaba a dudar si es que, acaso, no había sido fruto de su imaginación. El cementerio quedó a su espalda definitivamente. Aquel espacio transmitía una paz peculiar y ligeramente perturbadora, no obstante Roberto se alegró de comprobar que cientos de películas se habían equivocado, pues ni una de las tumbas tenía pinta de haber sido abierta desde dentro. Los ya muertos se habían quedado tranquilitos en su sitio. </p>
<p>Sus miradas volvieron a la muralla. Unos escasos dos mil metros lo separaban de la salida que subía hasta el castillo. Ya quedaba poco. Si desde allí no los veía le quedaría claro que todo había sido fruto de algún desvarío de su memoria. Buscaba el negro del cañón metálico atravesando la muralla, contrastado con el azul del cielo. Pero no los veía. Casi había tirado la toalla cuando algo llamó su atención: Había estado buscando el color equivocado, el negro no era tal, sino marrón claro. Allí en la esquina situada más al noreste de la muralla, un montículo se elevaba sobre ésta y a unos cincuenta metros, otro del mismo color y forma. La brisa marina levantaba pequeñas ondulaciones sobre la superficie de color beis de la tierra clara.</p>
<p>Lo entendió al instante. Los cañones estaban ocultos bajo una tela amplia, de un color claro, como si se hubiera montando una carpa en torno a ellos… pero ¿Para qué?</p>
<p>No hubo tiempo para darle más vueltas a la pregunta. Por el rabillo del ojo, Roberto percibió una luz clara, como un fogonazo y luego otro, surgiendo de la misma fuente, proveniente de un pequeño montículo sobre el lecho de la montaña. Ni un segundo después y antes de que casi pudiera centrar la mirada en aquel punto, dos detonaciones llegaron a sus oídos al tiempo que los plásticos del manillar saltaron por los aires. A Roberto le pareció que habían saltado algunas gotas de sangre sobre los restos de las placas de plástico del manillar, pero no lo hubiera podido asegurar. </p>
<p>“¿Un disparo? Joder ¿Me han dado? ¿Qué coño está pasando?” –Su cerebro telegrafiaba pensamientos a una velocidad vertiginosa. </p>
<p>Y es que todo estaba pasando muy rápido. Había cerrado los ojos al recibir el impacto en su motocicleta y cuando los abrió, la moto se desviaba a la izquierda. El no sentía dolor alguno y como en un acto reflejo, lanzó su peso al lado contrario para evitar irse contra la mediana. Consiguió no estrellarse contra el muro de hormigón que separaba los dos sentidos, pero su falta de experiencia le había jugado una mala pasada: Ahora Roberto se iba directo hacia el lado contrario. Al lado que caía hasta la altura del mar, donde se encontraba el puerto.</p>
<p>La última vez que miró el cuentakilómetros circulaba a sesenta y cinco kilómetros por hora, pero ahora este había desaparecido igual que gran parte del manillar de la moto. Luego Roberto se calló de la moto y los dos se fueron resbalando por el asfalto para chocar contra el quitamiedos. La moto se quedó allí tras recibir el golpe, pero Roberto se escabulló por debajo, no sin antes golpearse con el pecho contra uno de los soportes del guarda-raíl. Notó como el aire se le escapaba por la boca, furioso, y se quedaba sin respiración antes de caer entre los matorrales rodando por la pendiente. El mundo giraba a su alrededor y el aire se negaba a entrar en sus pulmones. Todo era muy raro. </p>
<p>Si eso era morir tampoco dolía tanto, pensó. Y todo se volvió negro.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-iii-6/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio II</title>
		<link>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-ii-6/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-ii-6/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Dec 2011 23:40:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=522</guid>
		<description><![CDATA[El centro comercial era la mismísima imagen de la desolación, un claro ejemplo de lo que era el fin del mundo. Totalmente abandonado, las naves que lo componían ocupaban una extensión de terreno descomunal con una zona de aparcamiento gigantesca, ahora totalmente vacía. Lo habían construido al margen de la autopista y el cartel de [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El centro comercial era la mismísima imagen de la desolación, un claro ejemplo de lo que era el fin del mundo. Totalmente abandonado, las naves que lo componían ocupaban una extensión de terreno descomunal con una zona de aparcamiento gigantesca, ahora totalmente vacía. Lo habían construido al margen de la autopista y el cartel de la gigantesca nave principal era de tal tamaño que se podía ver desde cualquier sitio, con sus imponentes letras rojas que superaban en altura a algunos edificios. De un lado al otro, el centro comercial bien podía alcanzar el kilómetro. </p>
<p>En total aquel centro comercial, pionero en la zona del Bajo Llobregat, se componía de cinco naves colocadas en forma de “L”. El brazo largo de dicha “L” estaba compuesto por la nave principal, rectangular  y de mayor tamaño, donde Jaramillas se encontraba en ese momento. El resto de naves eran de forma cuadrada y se disponían consecutivamente hasta acabar la forma de la letra. Jaramillas sabía que Roberto ya había pasado por allí antes de que sus caminos se juntaran, él había saqueado el almacén deportivo que se encontraba en la otra punta.<br />
<span id="more-522"></span><br />
Tampoco era la primera vez para Jaramillas. Sin embargo, él se había centrado en el supermercado y en los alimentos, no en los artículos deportivos. Ambas zonas estaban cada una en una punta de la zona comercial, de modo que Jaramillas pensó que aunque hubieran coincidido en el día en que Roberto atracó el almacén, hubiera sido difícil encontrarse. Ahora ya daba lo mismo. Aquello era el pasado y los caminos de Roberto y de Jaramillas se habían vuelto a separar.</p>
<p>“No se por qué me da ahora por pensar todo esto, si el tío ya se ha ido”. Pensó Jaramillas mientras se encaminaba a una de las salidas de emergencia que se encontraba en el lateral de la nave. “Quizá tuviera que ser así, no es mi culpa si se encabezonó con querer ir tras los pasos de aquellas dos mujeres”. Sentenció mientras recordaba como la más joven contoneaba las caderas caminando por el arcén de la autopista que ahora quedaba a su espalda.</p>
<p>“Necesito una mujer… ¡Vaya si no!” </p>
<p>La puerta de emergencias estaba forzada y la cerradura destrozada. Jaramillas ya se había encargado de ella tiempo atrás, ahora solo tenía que intentar ser lo más sigiloso que pudiese. Y rápido, debía ser rápido. Por norma general aquella zona estaba libre de muertos, pero nunca se sabía. Por lo que había podido entender, sólo hacía falta la mordedura de uno de esos jodidos podridos para mandarte al otro barrio.</p>
<p>Tiró de la larga maneta que cruzaba la puerta horizontalmente y dejó que Albóndiga, que se encontraba en esos momentos entre sus piernas se metiera en aquella oscuridad que se prolongaba más allá del dintel metálico de la puerta. Antes de entrar él, hizo un repaso rápido del exterior buscando la presencia de algún movimiento sospechoso y cuando se quedó más o menos convencido de que estaban solos, se escabulló él también hacia la oscuridad.</p>
<p>El pasillo era largo y no muy amplio, Jaramillas pensó que como salida de emergencias debía de tener un aprobado justillo, y en cuanto la puerta se cerró tras de él, la oscuridad fue casi absoluta. Albóndiga caminaba en la oscuridad sin problema, guiado seguramente por los aromas de la comida, mucha de ella podrida, que más adelante les aguardaban. Jaramillas podía escuchar el repiqueteo de sus patitas en el pulido suelo. Sin embargo él no podía avanzar con la misma facilidad que el perro, así que palpó el cinturón y junto a su contundente machete dio con la linterna.</p>
<p>En cuanto la luz azulada inundó el pasillo se quedó más tranquilo. El perro seguía alegremente en dirección al interior como si nada hubiera pasado y a Jaramillas le dio el tiempo justo de verlo doblar la esquina a la izquierda y desaparecer.</p>
<p>“Va demasiado rápido”. Pensó Jaramillas preocupado. Se había encariñado de aquel perro escuálido. Con la linterna a la altura de su cabeza, Jaramillas avanzaba cauto en pos del perro. El pasillo era de un blanco roto y medía unos diez metros hasta el primer recodo a la izquierda. Todo tenía el mismo aspecto que la última vez que había pasado por allí, de eso hacía alrededor de dos semanas. Incluso el olor cargado era el mismo. Apretó el paso para dar alcance a Albóndiga antes de que lo perdiera de vista y llegó al recodo. Lo tomó lentamente y continuó avanzando. Unos diez metros más y llegaría a unos lavabos (hombres a la izquierda; mujeres a la derecha; paralíticos después de los hombres) y luego una puerta eléctrica que no funcionaba pero que se había quedado abierta. Eso era lo que le esperaba. Después de eso ya se encontraría dentro de la nave. Un espacio abierto y mejor iluminado gracias a un techo semi-translucido donde no necesitaría la linterna.</p>
<p>Albóndiga se encontraba correteando por entre las tiendas que se encontraban en la calle principal. Dentro de la nave había una calle principal con tiendas a izquierda y derecha. Tiendas de moda, maquetas, zapatos, videojuegos y otra vez moda. Las persianas de las multiples entradas estaban cerradas, así que la única luz que entraba era la de la linterna de Jaramillas y la que entraba por entre las callejuelas que daban a la parte del gigantesco supermercado que quedaba paralelo a la “calle de las tiendas”. Albóndiga, como si conociera aquel lugar de toda la vida, avanzó ajeno a cualquier cosa hasta que de entre las tiendas surgió el primero de los desvíos que daban a la zona del supermercado. Sin pudor, el perro se metió volviendo a desaparecer de la vista de Jaramillas, que empezaba a increparse.</p>
<p>–Jodido perro. –Musitó para sus adentros. –¿De donde coño lo habrá sacado el imbécil de Roberto? </p>
<p>Aceleró el paso. La luz de la linterna se difuminaba entre la tímida iluminación ambiental, así que la apagó. Se estaba agobiando de aquella situación, durante dos meses se había acostumbrado a actuar solo, sin seguir los pasos de nadie, yendo y viniendo a su antojo. Sin rendir cuentas a nadie. Y ahora se encontraba siguiendo los pasos de un perro. Decidió acabar con aquello lo más rápido posible. En treinta minutos estaría fuera de allí, con provisiones para quién sabe hasta cuando. </p>
<p>Lo primero que encontraría sería la sección de electrónica, de allí nada le sería útil ya, así que pasaría por allí como un relámpago, después la ropa y luego las neveras de los congelados, donde olería a mil demonios porque todo estaría bien podrido. Luego vendrían las conservas y otros alimentos más perdurables y al final de todo, la licorería. Si era posible, se llevaría un buen Whisky escocés. Y sería posible, Jaramillas no recordaba si aquella era la segunda o la tercera vez que acudía a aquel supermercado, pero siempre había estado tranquilo. Los podridos no se habían dignado a aparecer por allí, en medio de un polígono industrial en horas bajas…</p>
<p>Y entonces fue cuando Albóndiga ladró. Su ladrido era ronco, casi ahogado, pero el mundo se había vuelto muy silencioso así que fue perfectamente audible. Jaramillas se sorprendió y para cuando se dio cuenta sus pies estaban volando sobre las polvorientas baldosas. El gemido, casi un susurro, también llegó a los oídos de Jaramillas. </p>
<p>–“¡Debería irme de aquí, joder! Los héroes no llegan a viejos.” –Pensó para sus adentros. –“Él solito se ha metido en esto ¡No es mi problema, joder!” –Su cabeza pensaba en la puerta por la que habían llegado, en irse lejos, volver a la seguridad de sus muros altos y su puerta metálica. Pero sus piernas le guiaban en pos del perro.</p>
<p>–“¡No es mi problema, joder! ¡No es mi problema!”.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-ii-6/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio I</title>
		<link>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-i-6/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-i-6/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 27 Dec 2011 23:39:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Piezas sobre el tablero]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=520</guid>
		<description><![CDATA[Era extraño recordarlo, pero mientras conducía su scooter por aquella autovía Roberto no podía dejar de pensar en su primer día en el mundo de los muertos. Aquel era el mismo camino que había cogido cuando, tras ver que las cosas no estaban funcionando demasiado bien, decidió volverse a casa con su coche azul oscuro. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Era extraño recordarlo, pero mientras conducía su scooter por aquella autovía Roberto no podía dejar de pensar en su primer día en el mundo de los muertos. Aquel era el mismo camino que había cogido cuando, tras ver que las cosas no estaban funcionando demasiado bien, decidió volverse a casa con su coche azul oscuro. La imagen era exactamente la misma, si bien, el viento había arrastrado escombros y hojas que ahora se agolpaban en la mediana que separaba los carriles de ida y de vuelta. Roberto, conduciendo a sesenta kilómetros por hora, las levantaba a su paso arremolinándose tras de él.</p>
<p>Su motocicleta era un punto insignificante dentro de aquella red de asfalto que serpenteaba en dirección a la capital. Más adelante, a pocos kilómetros, llegaría a una intersección de caminos, justo sobre el río Llobregat, donde debería tomar una dirección diferente y afrontar la famosa ronda litoral. En cuanto lo hiciera, su objetivo no se encontraría a más de veinte minutos. Eran extrañas las distancias en este nuevo mundo. Un día había tardado en recorrer el camino rural desde la casa del hombre muerto hasta la planicie en que se convertía el delta del Llobregat. Ahora, sobre aquel vehículo, recorrería una distancia más larga en un tiempo insignificante.<br />
<span id="more-520"></span><br />
Roberto ya empezaba a sentirse más seguro sobre las dos ruedas de la motocicleta y apretó el acelerador un poco más. De fondo, la torre que había sido el hospital de referencia de la zona y su puesto de trabajo se alzaba por encima de todo como un témpano de hormigón, ignorando cualquier circunstancia, ajeno a la situación límite en la que se había visto inmerso el mundo de la gente que lo visitaba a diario. La cara recién afeitada de Roberto, expuesta al afilado y frío viento de la mañana, echaba de menos aquella frondosa y negra barba que la había cubierto hasta hacía relativamente poco.</p>
<p>Los carteles azules de la autovía empezaron a hacer acto de presencia. Decenas de direcciones diferentes eran indicadas sobre la calzada. Las pantallas de electrónicas que indicaban la velocidad estaban todas tan apagadas como los radares que detectaban la velocidad. Aquello no era más el esqueleto de un gran muerto que se descomponía muy poco a poco. Roberto intuía que muy pronto, quizá en la primavera que tan cercana quedaba ya, la vegetación comenzara a ganarle de nuevo la batalla al asfalto y el hormigón, como si de bacterias dándose un festín de un cadáver se tratase.</p>
<p>Cuando se dio cuenta ya estaba sobre el tramo de carretera que cruzaba el río Llobregat, elevándose un poco sobre el nivel del mar. Como instintivamente Roberto accionó los frenos de su scooter y la paró allí en medio, sobre las aguas marrones del río. Allí parecía levantarse una frontera invisible, con unas vistas de toda la zona esplendidas. El hospital se encontraba en frente suyo, alto y robusto. Al lado, el prestigioso y moderno hotel que habían construido hacía relativamente poco se esforzaba por competir en grandeza, con su extraña cúpula acristalada en la zona superior. Roberto se preguntó si aquellos muertos seguirían allí, buscando algún resquicio de carne pegada a algún hueso mil veces roído o si por el contrario ya se habrían ido de allí, en busca de su propio sueño americano. No supo que responder, pero sí pudo notar como su cuerpo se estremecía al recordar a aquel jodido no-muerto con bata blanca y su boca ensangrentada. </p>
<p>– “Bultos”. –Recordó Roberto. –“Se dio un festín con aquellos bultos”.   </p>
<p>Aquella había sido su primera vez y ¿Cuánto tiempo había pasado ya de aquello? Una eternidad. Dudaba de que se pudiera reconocer si se viera, un inocente bobalicón de vida plana e insulsa. </p>
<p>– “Ahora eres especial, Rober. Uno de los pocos supervivientes. Un tío guay. Y encima te diriges en pos de la mayor aventura que hubieras podido imaginar ¡Ni en el mejor de tus video-juegos preferidos! Sólo tienes que volver a poner tus manazas en el manillar y darle al gas ¡Vamos que nos vamos! ¡A la aventura! No habrá marcha atrás”. –La voz del duendecillo tenía razón: Si seguía adelante no habría vuelta atrás posible. Tenía la impresión de que los acontecimientos se sucederían rápido. Sabía pero no sabía, lo cual era muy desconcertante. Podía notar en la boca la sensación de ser una pieza insignificante dentro de un plan que le quedaba muy grande. Dos meses atrás se hubiera escondido en algún otro trastero, pero no hoy. Su mirada estaba puesta más allá de las dos torres que eran el hospital y el gran hotel, incluso más allá de las que venían después, algunas de ellas aun edificios de negocios en construcción que jamás serían acabados. Su atención estaba sobre aquella colina que era la montaña de Montjuïc.</p>
<p>El molesto petardeo del motor de la scooter aumentó y Roberto se puso en marcha dejando atrás el río, cuyas aguas permanecían en apariencia tan sucias como siempre. Allí la carretera era de dos carriles en cada sentido. Cruzó el cartel que le indicaba la salida que él debía coger y se enfiló flechado hacia su objetivo. </p>
<p>El desvío que tomó le acercó hasta pasar rozando el hospital y toda la basta extensión de terreno que comprendía. Notó la mirada inquisitiva de los muertos y hasta creyó ver la figura de alguno de aquellos muertos vivientes, pero no le importó. No le podían alcanzar. Cruzaría como un relámpago. No malgastaría ni un segundo en mirar. Le detectarían, le intentarían seguir, pero perderían su objetivo demasiado rápido así que la temible lengua de no-muertos, si es que se llegaba a formar, se desmoronaría sin remedio. </p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/12/28/episodio-i-6/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXVI</title>
		<link>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxvi-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxvi-3/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:06:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=518</guid>
		<description><![CDATA[El día despuntó mientras un sol furioso se alzaba sobre el mar, como un carbón al rojo. Jaramillas fue el primero en despertarse y Albóndiga, al escuchar el movimiento, se animó a incorporarse también. Roberto fue el último en salir de la cama, había dormido bien, sorprendentemente bien, y se encontraba con fuerzas para afrontar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El día despuntó mientras un sol furioso se alzaba sobre el mar, como un carbón al rojo. Jaramillas fue el primero en despertarse y Albóndiga, al escuchar el movimiento, se animó a incorporarse también. Roberto fue el último en salir de la cama, había dormido bien, sorprendentemente bien, y se encontraba con fuerzas para afrontar su nueva aventura.</p>
<p>Nada más levantarse, Jaramillas comenzó a preparar una incursión a un supermercado cercano para aprovisionarse de unos cuantos víveres más con los que podría mantenerse allí un buen tiempo sin preocupaciones. No lo hubiera reconocido nunca, pero no le hacía la más mínima falta aquellas provisiones, no obstante era una excelente excusa para mantener la mente ocupada el día en el que volvería a la soledad. Roberto, a su vez, se puso con la mochila, para ver si podía aligerar un poco el peso.<br />
<span id="more-518"></span><br />
La despedida fue rápida y fría. Por la noche Roberto había decidido que Albóndiga se quedaría con Jaramillas sí o sí. No estaba dispuesto a ponerlo en peligro por un sueño que no era ni suyo. También había decidido que le regalaría el arco a Jaramillas. Era una pena, pero la verdad es que era un incordio llevarlo a la espalda con las flechas y todo el percal. Además, con lo fanático de las armas que era el tal Jaramillas, seguro que le gustaría tenerlo. A Roberto no le quedaba la menor duda de que a poco que practicara, se convertiría en un gran tirador. En su mochila cargó lo que ya llevaba más alguna botella de agua, cortesía de Jaramillas, el hacha de mano y la escopeta en su funda cruzada a su espalda. Había tenido la suerte de no tener que gastar nada de lo que llevaba en su kit de supervivencia.</p>
<p>Quedaron en que si la cosa estaba muy mal, Roberto volvería. También quedaron en que si la cosa estaba muy bien por allí arriba, Roberto volvería también. Ambos concretaron que “muy bien” significaba que no habría ni rastro del tal Padre Ramón.</p>
<p>A Albóndiga no le costó lo más mínimo separarse de Roberto. Éste le rascó la cabeza entre las dos orejas colgantes, donde al perro más le gustaba, y perro le miró con sus ojillos divertidos mientras ladraba alegremente y daba vueltas sobre sí mismo. En escasos tres días comiendo buenos alimentos, su aspecto era mucho más bueno y sus ladridos más sanos. Incluso parecía tener el pelo de un color más cobrizo.</p>
<p>Roberto le volvió a dar las gracias por la moto y la gasolina. La verdad es que había sido todo un detallazo. Con la moto aquella misma mañana llegaría y se acabarían todas aquellas incógnitas. Asimismo, Roberto había dejado el arco y las flechas en la casa porque sabía que Jaramillas rechazaría el presente si se lo ofrecía directamente. No le gustaban las discusiones del “No hace falta, gracias. –Insisto. –En serio, no hace falta. –Quiero que lo tengas tú. –De verdad que no hace falta… Etc.” A Roberto se le daban muy mal y, además, se alargaban hasta el infinito. </p>
<p>–Si encuentro algo, volveré a por ti y espero que me acompañes. –Le dijo Roberto a modo de despedida. –Y si no encuentro nada, igual vuelvo también. –Era un intento de broma, así que Roberto lo acompañó con una sonrisa cómplice. </p>
<p>–Eso espero ¡Vaya si no! –Contestó Jaramillas. –Como olvides a tu viejo amigo Jaramillas mandaré a Albóndiga a por ti ¡Y él no hace prisioneros!</p>
<p>Aquello había sido gracioso. Los dos rieron y el perro saltó entre ellos con la lengua fuera. Acto seguido Roberto encendió la motocicleta y se puso en marcha. Era raro ir en moto, alguna vez había cogido alguna, pero de eso hacía mucho tiempo, de modo que tenía la sensación de que en cualquier momento podría perder el equilibrio y caer allí ante la mirada de Jaramillas. Hubiera sido francamente patético, pero no pasó. </p>
<p>Roberto avanzó por el camino de tierra entre árboles solitarios, matojos bajos y surcos de arados desiertos. En ningún momento miró atrás. No se atrevía, porque no sabría como acabaría reaccionando si lo hacía. </p>
<p>“Esta es tu aventura Rober, no la suya. Sabes que lo tienes que hacer, así que mirar atrás sólo hará más duro lo que ya lo es de por sí. Lárgate de aquí de una vez.”</p>
<p>Justo detrás de la casa, la carretera discurría en dirección a la autovía, una vez llegara allí sólo tenía que avanzar hasta la entrada de la ciudad por la Gran Vía y coger un nuevo desvío. En cuanto notó que en asfalto se sentía más seguro, Roberto accionó el acelerador de la moto y le imprimió un poco más de ritmo a la travesía. Sin casco y sin guantes, el frío era como afilados cuchillitos cortándole los dedos y la cara. La noche había sido clara, sin nubes, de modo que aquella mañana hacía un frío de escándalo, pese a que la primavera cada vez estaba más cerca. Alguna tímida nube se atrevía a surcar los cielos y el sol, en su ascenso, se las iba cruzando.</p>
<p>Por la altura a la que estaba el sol respecto a la línea de tierra y árboles que formaba el horizonte, Roberto intuía que debían de ser las ocho y pico de la mañana. Aquello era difícil de decir con certeza, pues la primavera se acercaba y los días se iban alargando. No importaba demasiado; pues lo realmente importante es que tenía un montón de horas de luz por delante y pretendía aprovecharlas. En unos minutos llegaría a la autovía, a la altura del aeropuerto, y luego llegaría a la puerta de entrada de Barcelona, la ciudad muerta. </p>
<p>¿Cuánto hacía que no veía un muerto caminando? ¿Tres? ¿Cuatro días? La estancia con Jaramillas habían sido como unas vacaciones extrañamente largas y ya había quedado atrás. Era hora de volver al mundo real, con sus zombis y todo eso. No tardaría en volver a cruzarse con uno de ellos.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxvi-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXV</title>
		<link>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxv-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxv-3/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:05:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=516</guid>
		<description><![CDATA[Con sus cafés y sus cigarrillos, ambos miraron el mapa. Éste era un mapa turístico que indicaba los puntos de interés de la ciudad y abarcaba desde Hospitalet, la ciudad colindante por el sur, hasta pasado el río Besos, adentrándose en los terrenos de la otra gran ciudad, Badalona. 
Jaramillas cogió un bolígrafo y marcó [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Con sus cafés y sus cigarrillos, ambos miraron el mapa. Éste era un mapa turístico que indicaba los puntos de interés de la ciudad y abarcaba desde Hospitalet, la ciudad colindante por el sur, hasta pasado el río Besos, adentrándose en los terrenos de la otra gran ciudad, Badalona. </p>
<p>Jaramillas cogió un bolígrafo y marcó tres equis en el mapa. Una por cada una de las vías que se adentraban en la ciudad condal, como un corazón y sus arterias.</p>
<p>–Aquí tienes la gran vía, la ronda de dalt y la ronda litoral. –Le dijo su compañero menudo de ojos del color de la ceniza. –La ronda de dalt te llevará hacia la parte alta de la ciudad, allí podrías realizar unas maravillosas fotos panorámicas, pero no es lo que buscamos así que la vamos a descartar la primera. –Tachó enérgicamente la “X” que había marcado allí donde ésta se adentraba en la ciudad. –No creo que te interese ¿Verdad? Pues venga, una menos.</p>
<p>No había esperado respuesta alguna, como siempre. Las palabras de Jaramillas cuando se lanzaba a hablar sólo paraban ante otras palabras de Jaramillas.<br />
<span id="more-516"></span><br />
–Nos quedan dos. –Continuó Jaramillas. </p>
<p>– “¿Por qué lo hace? Le voy a dejar tirado como una colilla y aun así me ayuda”. –Roberto no cabía en su asombro. Jamás se hubiera imaginado esto. Se había planteado la opción incluso de que se enfadase y le mandara a la mierda, pero no ésta.  </p>
<p>–Por la gran vía podrías llegar hasta plaza España y desde allí, coger la calle esa, la de las dos torres ¿Cómo coño se llamaba? </p>
<p>–Avenida María Cristina… –Matizó Roberto, tímido ante la verborrea fatal de su compañero.</p>
<p>–Eso, eso. Avenida lo que tú quieras. Por allí subirías rápido hasta Montjuïc. El único problema son los muertos, jeje. Menudo problema. Por la gran vía estarías expuesto y seguro que en menos de lo que canta un gallo se monta la gorda allí.</p>
<p>Era cierto. Roberto había podido ver como en cuestión de días se daba cita todo un batallón de muertos delante de la casa del hombre muerto. Y habían tardado tanto porque allí arriba la densidad de población era muy baja. Todos los muertos habían llegado de más abajo, del centro, donde los habitantes se contaban por miles y las viviendas por pisos, no por monísimas y espaciosas casitas. No era difícil imaginar que, en medio de Barcelona, lo que otrora tardara en montarse días allí no tardara más que horas, quizá ni eso. Quizá ya estuviera montada.</p>
<p>Aun así. Era la opción que Roberto había barajado: Adentrarse por las calles lenta y silenciosamente, quizá de noche, y esperar que la suerte le acompañara. Sabía que una vez llegara a Montjuic el peligro era menor. Pero claro, ese no era el problema. Si la cosa se torcía moriría. Si no, llegaría a la carrera con un ejército de muertos pisándole los talones.</p>
<p>“Si el Padre Ramón está allí, seguro que estará encantadísimo de acogernos a todos”.          </p>
<p>–Por eso yo escogería la ronda litoral. –Continuó Jaramillas, señalando con el dedo la tercera cruz que había en el mapa. –Fíjate bien, pasas justo por debajo de Montjuïc y si coges la primera salida ya sales directamente allí. Librándote de esos muertos de un plumazo ¿Qué te parece? –El dedo de Jaramillas recorría la carretera para salirse justo debajo de la montaña, al lado del mismísimo puerto de Barcelona. </p>
<p>¿Que qué le parecía? Era una idea buenísima. Y a Roberto no se le había pasado ni por la cabeza. Había fantaseado incluso por colarse por la entrada del tren, pero era totalmente descabellado cruzar Barcelona por la oscuridad de los túneles subterráneos del tren y el metro Barcelonés. Sin embargo, la ronda litoral trascurría paralela al mar, lo que reducía la cercanía al núcleo urbano y, además, tenía una salida que le llevaba directamente a la montaña, prácticamente sin rozar la gran ciudad, por lo que sería el camino más tranquilo de los tres. Si Roberto tenía una oportunidad, sin duda, era por allí. Al parecer, los porros no le habían privado de momentos de extrema lucidez. Fascinado, Roberto se planteó si no debería venir con él. </p>
<p>“Pero él no lo ha soñado, no tiene vela en el entierro”. Sólo tras recordar la cara que se le puso cuando le explicó la historia del Padre Ramón, Roberto comprendió que era una misión que tendría que afrontar solo. “No lo ha soñado, y aunque lo hubiera hecho, tampoco vendría”. </p>
<p>– ¿Cuándo te irás? ¿Mañana por la mañana? –Preguntó Jaramillas sin dar tiempo entre las preguntas. –Sí. Mañana por la mañana, en cuanto despunte un poco el sol. Así tendrás más tiempo por si acaso. Por la noche aun hace mucho frío, y quedarte a la intemperie no sería buena idea. Hay peores cosas que el frío ahí fuera, ¡Vaya si no! –Las palabras se atropellaban unas a otras, sin descanso. A Roberto le quedó claro que, cuando Jaramillas se ponía nervioso, hablaba demasiado.</p>
<p>En cuanto hizo una pausa para respirar y liarse un cigarrillo, Roberto aprovechó.</p>
<p>–Mañana a primera hora me iré. Son aun unos quince kilómetros desde aquí hasta Barcelona. La ronda litoral es sin duda la mejor opción, pero caminando será lentísimo. Así que más vale tener tiempo ¡Tú mismo me lo has dicho! –Roberto, con ganas de animarle un poco, le golpeó en el hombro en un gesto de camaradería. </p>
<p>– ¿Andando? ¿Quién ha dicho que te vaya a dejar ir andando? –Jaramillas parecía serio y eso era raro. – ¿Has visto la moto esa que ahí fuera?</p>
<p>Era verdad. Jaramillas había llegado en una moto más pequeña, menos potente y no tan impresionante como la otra en la que le había llevado de paquete. Roberto no había prestado demasiada atención a aquel vehículo. Uno más. No era ninguna novedad que Jaramillas era un manitas y disfrutaba de acumular y arreglar cacharros. Roberto, que el único vehículo de dos ruedas que había llevado era un bicicleta de montaña  no podía llegar a comprenderlo, pero quién era él para cambiarlo.</p>
<p>–Pues es tuya, amigo. Tranquilo, no te pongas nervioso. Ya sé que no tienes ni idea de motos, ya lo noté cuando te traje aquí ¡El peor paquete que he llevado nunca! Hasta el perro iba más relajado que tú. –Jaramillas le devolvió el golpecito en el hombro, Roberto, pese al comentario, se alegraba de verlo reponerse. </p>
<p>–Es una motillo de cincuenta centímetros cúbicos y sin marchas. Vamos, una bici con motor. Estoy seguro de que hasta tú podrás llevarla. No corre mucho pero qué importa si en vez de llevarte en veinte minutos te lleva en treinta. Tiene el depósito lleno así que si no le das mucha caña te llevará bastante más lejos que Montjuïc. Incluso te traerá de vuelta, por si te arrepientes, jeje.</p>
<p>Los dos rieron. Roberto no dijo nada, simplemente se rió del comentario, sin más. Luego Jaramillas abrió una botella de vino, de las caras, y brindaron por haberse conocido. Albóndiga fue el primero en quedarse dormido tras comerse los restos de la comida enlatada que hicieron para cenar. Más tarde y algo aturdido por vino, Roberto se subió al cuarto donde había echado la siesta y se tumbó en la cama. Al principio no se durmió, pensando en sus cosas, en Jaramillas y en Montjuïc. Para nada estaba turbado. Extrañamente, y pese a saber que echaría de menos al graciosete de Jaramillas, notaba un sosiego peculiar, como el que ha hecho los deberes con antelación y se siente preparado. Sin darse cuenta, se quedó dormido.</p>
<p>No hubieron sueños para él aquella noche.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxv-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXIV</title>
		<link>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiv-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiv-3/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:04:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=514</guid>
		<description><![CDATA[En el lavabo Roberto se quedó mirándose al espejo durante un buen rato. Su pensamiento estaba en aquella risa, en aquellos muertos y en aquel jodido mundo que le había tocado vivir. Allí, mirándose en el sucio espejo del lavabo, Roberto tenía la impresión de estar aun metido en un sueño extraño y delirante. Una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>En el lavabo Roberto se quedó mirándose al espejo durante un buen rato. Su pensamiento estaba en aquella risa, en aquellos muertos y en aquel jodido mundo que le había tocado vivir. Allí, mirándose en el sucio espejo del lavabo, Roberto tenía la impresión de estar aun metido en un sueño extraño y delirante. Una locura surgida de la peor de las pesadillas y de la cual era imposible despertar.</p>
<p>– “Pero me siento más vivo que nunca”. –Le decía una vocecilla y aquello lo inquietaba ¿Qué tipo de loco perturbado necesitaba de aquel escenario tan macabro para sentirse vivo? No sabía responder a aquella pregunta y pese a saber que al día siguiente debía marchar hacia lo desconocido, ningún atisbo de duda le incordiaba los pensamientos. </p>
<p>– “Yo no soy así”. –Decía la otra parte. –“Siempre he dudado en todo ¡Siempre he sido un indeciso! ¿Por qué ahora no puedo serlo? –Ahora quizás debiera. Si su ciudad, mucho más pequeña que la inmensa y cosmopolita Barcelona, se había convertido en un festival improvisado del mordisco, la gran ciudad sería como el Oktoberfest de los zombis. Salvando las diferencias, claro.<br />
<span id="more-514"></span><br />
Su siesta había durado escasos minutos y pese a eso, se había levantado de la cama con el miembro semi-erecto y la vejiga a reventar. Después de pegar una larga e incomoda meada, mientras se miraba al espejo, Roberto vio un paquete de cuchillas de afeitar desechables. La barba le había crecido ya y ahora que la veía de nuevo, parecía cobrar vida y picar como una condenada. A Roberto le dio la impresión de que a Jaramillas, que aun no había vuelto de su escapada con Albóndiga, no le importaría demasiado que cogiera una de sus cuchillas y decidió que un afeitado no le sentaría nada mal. Tenía que callar unas cuantas voces.</p>
<p>Bajó abajo y calentó una hoya de agua al fuego. Luego, llenó la pica del lavabo y metió la cuchilla en el agua caliente. Mientras, con una pastilla de jabón usada Roberto se frotó la áspera barba y la cara con energía. Era reconfortante el olor del jabón después de largos días y más reconfortante fue pasarse la cuchilla insistentemente y apurar el afeitado pese a cortarse diversas veces. No importaba. Cuando terminó de afeitarse, con el cristal empañado, Roberto se desvistió y se aseó más a fondo.  </p>
<p>– “Limpieza completa ¡Sí señor! Buena puesta a punto”. –Aquello le había alejado el pensamiento de irrealidad. Incluso se olvido por un momento del recuerdo vago de aquel sueño perturbador.   </p>
<p>Para cuando terminó ya era de noche y Jaramillas no tardó en llegar. Primero el ruido de un motor, el petardeo inconfundible de una motocicleta, pero de una cilindrada mucho menor que con la que habían llegado a la fortaleza de Jaramillas. Luego la puerta de la entrada se deslizó sobre sus raíles y una luz deslumbrante cruzó el umbral. Roberto, cegado por completo, pudo escuchar la inconfundible voz de su compañero.</p>
<p>–¡Vaya, si es Humphrey Bogart! ¡Menudo afeitado amigo, así me pareces hasta atractivo! –Cuando apagó la luz de la motocicleta sus ojos tardaron unos segundos en poder verlo. Llevaba a Albóndiga metido en la chaqueta, como lo hubiera llevado él aquella mañana al llegar. –No pongas esa cara, hombre, que estaba de broma jeje. Además, ese entrecejo tuyo no me pone nada de nada.</p>
<p>Roberto no dijo nada, pero sí rió. Después de todo, el bueno de Jaramillas no hacía más que animar con sus bromas y comentarios. Ahora incluso le parecían divertidas. Aquella motocicleta que llevaba era nueva para Roberto, mucho más pequeña que la anterior, no dejaba de ser una scooter urbana de lo más vulgar. No reparó más atención en ella y volvió adentro de la casa, donde el ambiente era más cálido que afuera. </p>
<p>Mientras entraban, Roberto se fijó en que Jaramillas llevaba algo en su mano derecha, un pequeño folleto o algo similar. Albóndiga se le acercó y correteó entre sus piernas casi haciendolo tropezar mientras Jaramillas se adelantaba y se sentaba junto a la mesa, decidido a liarse un cigarrillo.</p>
<p>–Siéntate aquí conmigo, que tenemos que hablar. –Le dijo con voz seria, sin siquiera levantar la vista de lo que se traía entre manos. –Bueno, mejor prepárate un café antes mientras yo lío unos cigarrillos. Por lo que me ha parecido entender, mañana te las vas a pirar así que, colega,… –Se tomó una pausa para chupar la tira de cola del papel de fumar. –…Vamos a ver como te puedo ayudar.</p>
<p>Justo a tiempo, Javier Jaramillas acabó el cigarrillo y cogió el fino librillo que había traído, alzándolo hasta la altura de su propio rostro. A Roberto no le costó reconocer lo que era ahora que podía verlo con mayor detalle. Una portada roja, con el nombre de Barcelona serigrafiado en grande y un remix de edificios emblemáticos de la ciudad: Era un mapa.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiv-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXIII</title>
		<link>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiii-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiii-3/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:03:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=512</guid>
		<description><![CDATA[Para cuando terminó su intensa charla, ya estaba bien entrada la tarde. Aun no había empezado a oscurecer pero a Roberto se le antojaba que no debía de faltar demasiado. Desde que hablaron cada uno sobre sus cosas la relación entre los dos se enfrió, como si la despedida inminente se anticipara. Albóndiga hacía poco [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Para cuando terminó su intensa charla, ya estaba bien entrada la tarde. Aun no había empezado a oscurecer pero a Roberto se le antojaba que no debía de faltar demasiado. Desde que hablaron cada uno sobre sus cosas la relación entre los dos se enfrió, como si la despedida inminente se anticipara. Albóndiga hacía poco o ningún caso a la palpable tensión y dormitaba a ratos en cualquier rincón para luego pasar a la acción corriendo entre el desorden de la casa. </p>
<p>– “No quiere que me vaya. Cree que le voy a abandonar como han hecho los demás. Todos con la misma excusa”. –Roberto se sentía mal. Le había cogido cariño pese a su verborrea incesante y a sus bromas pesadas. Suponía que cuando no había muchas opciones, era fácil hacer amigos. </p>
<p>– “Por lo menos yo no voy a robarle nada”. –Era una manera de aliviar aquella pena que sentía.</p>
<p>Roberto intentó descansar y le pidió permiso para tumbarse en una de las camas que había en la casa. Se sentía cansado después de tanto hablar y escuchar y pensaba que dejar madurar toda aquella información con una siestecita le vendría bien. Jaramillas le indicó el cuarto y allí se tumbó. Durante un rato Albóndiga le hizo compañía tumbado a su lado. La cama olía a humedad, como si no se hubiera usado en años, pero era cómoda de la misma manera que el ambiente se mantenía en una calidez muy acogedora. Sin duda, Jaramillas había acertado con su chalecito, era todo lo acogedor que uno pudiera esperar. No obstante, pese a algunas cabezadas, Roberto no conseguía dormirse profundamente.<br />
<span id="more-512"></span><br />
Al cabo de un rato de estar allí tumbado, escuchó como Jaramillas salía por la puerta de entrada mientras un ligero repiqueteo nervioso le acompañaba a cruzar la puerta. Miró a su alrededor y supo que era Albóndiga que ya se había cansado de sestear y se había puesto en marcha. Por lo visto el perro se había escabullido en una de sus cabezadas. </p>
<p>–“Se llevan bien. Igual debería quedarse con él. Los dos necesitan compañía y cariño. No alguien que los lleve de cabeza a la muerte”. –No lo había pensado antes pero era una crueldad para aquel pobre perro que lo llevaran de nuevo ante los muertos vivientes. Tan sólo había pasado un par de días desde que se habían juntado sus caminos y ya estaba pensando en meterlo de nuevo en medio del meollo. Roberto no tenía ni idea del tipo de penurias por las que habría pasado aquella pobre mascota, pero por su lamentable estado de delgadez y los extraños ronquidos que producía se podía imaginar que su estancia en aquel nuevo mundo post-apocalíptico no había sido como una estancia con todos los gastos pagados en el caribe. </p>
<p>Eso le dio que pensar ¿Acaso los perros soñaban? ¿Y si soñaban, habría Albóndiga soñado con Montjuïc? En resumidas cuentas, Roberto se preguntaba si acaso el perro tendría una vela para aquel entierro. Pensó, con la cabeza medio embotada por el sueño de la siguiente cabezada, que el tiempo decidiría y no él. Partiría mañana por la mañana en cuanto se despertase y la decisión la tomaría él. Si quería acompañarle lo agradecería, si no, que se quedase con Jaramillas. Nadie se lo iba a negar y así ambos se podrían hacer compañía, que no les haría ningún mal. </p>
<p>Intentó pensar en dónde habrían ido los dos en ese momento, pero no tuvo tiempo de más y volvió a caer dormido. Más profundamente que las anteriores. Tanto que le permitió soñar.</p>
<p>En su sueño Roberto estaba en una calle de Barcelona. La Gran Vía de las Cortes Catalanas era una calle muy ancha, con varios carriles para la circulación de vehículos y una de las principales arterias de la capital catalana. Como en un millar de ocasiones, estaba a rebosar. Pero no eran coches lo que sobre el asfalto avanzaba con pesadumbre. Roberto, con la vista borrosa, pareció ver gente, miles y miles de personas.</p>
<p>¿Una manifestación? Sí, debía ser eso ¿Pero dónde estaban las pancartas, dónde las reivindicaciones?</p>
<p>Forzó la vista y se estrujó los parpados con ambas manos, como queriendo desperezarse después de que los ojos se le quedaran a uno pegados por las legañas. Cuando volvió a abrir los ojos vio sus pies calzados con unas zapatillas deportivas que le resultaban familiares. Sus manos, a escasos centímetros de su cara estaban protegidas por unos guantes de lana gruesa con la punta recortada, por donde surgían unos dedos desnudos y curtidos. Sobre sus antebrazos había una especie de malla gruesa metálica, que sin duda era una cota de malla, como las que llevaban los que se bañaban con tiburones. </p>
<p>“Sirve para protegerte de los mordiscos de los tiburones, así que también sirve para los mordiscos de los muertos vivientes”</p>
<p>Se palpó los brazos y el torso y notó como esa protección le cubría los brazos enteros y luego el resto del torso, colgándole luego hasta prácticamente la mitad del muslo. En su cintura, un cinturón de cuero curtido marrón sostenía una sencilla espada que le colgaba en el lado izquierdo de su cadera, anudado en su cintura mediante un nudo y un pasador metálico. Cogió el mango de la espada y levantó la vista.</p>
<p>Ya no había atisbo de duda, la vista borrosa había desaparecido y ahora Roberto veía con total claridad. Moscas, millones de moscas, revoloteaban por encima de cientos, quizá miles, de cabezas de los ciudadanos de la ciudad condal. Sólo que estaban muertos y caminaban. Ahora que había recuperado la vista, el olfato empezó a funcionar. El olor dulzón y nauseabundo de la muerte le entraba por las fosas nasales y no le dejaba pensar con claridad. Con la mano que no agarraba el mango del arma, se subió un pañuelo que llevaba al cuello hasta justo por debajo de los ojos y la cosa cambió. Olía a mujer, aunque no sabría como explicarlo.</p>
<p>Roberto, en su sueño, era a la vez protagonista y espectador. Una parte no tenía miedo, la otra se preguntaba que qué hacía que no huía de allí. Los muertos avanzaban lenta pero incesantemente. Los altos edificios, algunos de ellos con el peculiar estilo modernista tan típico de la zona, que acompañaban en todo su recorrido a la Gran Vía no hacían más que otorgarle un aspecto de riada humana, totalmente claustrofóbica, comiéndose el mobiliario de la acera y hasta los coches aparcados a los dos lados de la calzada. </p>
<p>“¡Huye, huye, huye!” Decía una parte de él mismo. Pero la otra parte, la que mandaba, no se movía. Ya notaba las moscas revolotearle al lado, posarse sobre sus hombros y cabeza. Los muertos estaban cada vez más cerca. Sus gemidos crecían en decibelios, anunciando su llegada. Cincuenta metros, cuarenta metros, treinta metros, veinte metros… Ya podía ver los detalles de cada uno de los zombis que componían la vanguardia. </p>
<p>Una mujer gorda como ella sola, semidesnuda y con las tetas colgando, gigantescas y moradas. Un viejo calvo y tísico, con un pijama de rayas tan sucio que daba más miedo que su portador. Un hombre joven, de la edad del propio Roberto, velludo y robusto, con horribles heridas en el torso y la ropa hecha jirones. Un niño con el típico pijama de Gormiti, que aun dejaba ver alguno de sus vivos colores bajo capas y capas de roña. Una mujer de larga cabellera enmarañada y camisón sucio, que antaño pudo haber sido atractiva… Todos estaban muertos, pues compartían la palidez y la mirada blanca; las costras de sangre negra y espesa en boca, ropa y heridas. Si uno caía, el resto lo pisaba sin contemplaciones y avanzaban mientras sus brazos se perdían entre el mar de piernas.</p>
<p>Todos le miraban con sus ojos blancos y vacios. Sus bocas se desencajaban y caían colgando, mientras gemían al unísono. Las moscas les revoloteaban a todos lados. Uniendo sus zumbidos a los gemidos en una orquesta aterradora. </p>
<p>La espada aguardaba en su vaina. Entonces la parte aterrada de Roberto lo entendió. En cuanto la espada saliera de su funda la luz les haría retroceder. Ya lo había visto en otra ocasión. Era otro sueño. Si hubiera tenido control sobre su cuerpo hubiera suspirado aliviado. Pero en vez de eso, la mano de la espada estrechó con fuerza el mango y tiró de izquierda a derecha, de abajo a arriba, cruzando la espada por delante de su pecho buscando el cielo con la punta.</p>
<p>La espada refulgió alzada sobre las cabezas con una intensidad cegadora. Las moscas dejaron de zumbar. Los gemidos quedaron acallados… Luego, la luz se contrajo sobre sí misma y el metal se quebró en lo que pareció un rugido gigantesco y ensordecedor, saltando los pedazos de acero por el aire. Los muertos, que por una fracción de segundo habían cesado en su marcha, volvieron a ponerse en marcha en pos de él.  </p>
<p>La perplejidad se hizo dueña y señora de los dos Robertos, pues ninguno esperaba tal resultado. La explosión había quebrado la espada en pedacitos que había salido volando a metros de distancia mientras que él, desconcertado, no había hecho más que bajar la cabeza y cerrar los ojos en un espasmódico movimiento. </p>
<p>Sin tiempo apenas para recomponerse, un segundo rugido cayó del cielo como un relámpago. Como en un acto reflejo Roberto lanzó la espada quebrada al aire, inservible, y se llevó ambas manos a los oídos. </p>
<p>“No es un rugido, es una carcajada. Una carcajada que pone los pelos de punta”. Los zombis se le echaban encima, cada vez más cerca. Pero no le importaba, ya no existían para él. Lo único que importaba era que sus manos habían llegado demasiado tarde. Ya lo había oído.</p>
<p>Roberto se despertó sobresaltado. El sueño era ya algo como muy lejano, más parecido a una idea vaga. Miró por la ventana y aun quedaban algunos atisbos de luz de modo que no podía haber pasado mucho tiempo aunque él mismo hubiera jurado que llevaba durmiendo horas ¿Era posible que sólo hubieran pasado unos minutos desde que cerrara los ojos? Incorporado en la cama, con el corazón desbocado, Roberto se miró el antebrazo. </p>
<p>–“Ahora entiendo lo que me dijo Jaramillas”. –Roberto pudo ver todos los poros de su piel, los pelos de su brazo apuntando al cielo todos ellos. –“Yo también la he escuchado”.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxiii-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXII</title>
		<link>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxii-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxii-3/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 03 Nov 2011 12:02:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=510</guid>
		<description><![CDATA[Sin duda, la parte del relato de Jaramillas que más interesó a Roberto fue lo del viejo y su móvil. Aquello era francamente inquietante. Puede que fuera una invención de su compañero, pero sin duda lo había vivido como algo traumático. Su cara mientras relataba la historia no mentía. Con teléfono o sin él, el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sin duda, la parte del relato de Jaramillas que más interesó a Roberto fue lo del viejo y su móvil. Aquello era francamente inquietante. Puede que fuera una invención de su compañero, pero sin duda lo había vivido como algo traumático. Su cara mientras relataba la historia no mentía. Con teléfono o sin él, el tal Padre Ramón no era trigo limpio. Estaba intranquilo, con una sensación extraña que le costaba reconocer. Era algo así como… intriga.</p>
<p>“¿Qué te pasa Rober? ¿Acaso no sabes bien lo que estas sintiendo? Se llama curiosidad. Y no lo olvides nunca, porque mató al gato”. </p>
<p>Jodidos duendecillos. Tenían toda la razón. Aquello que sentía era malsana curiosidad y le estaba inquiriendo que necesitaba ver más. Que necesitaba acción. Roberto no comprendía el por qué de aquella necesidad, cuál había sido su transformación. De hombre asustadizo a inquieto aventurero. De esconderse en un trastero con el rabo entre las piernas y no tener valor ni de salir a cagar a arquero, guerrero, explorador, … ¿Qué le habían dado en la casa del hombre muerto que le había transformado de aquella manera?<br />
<span id="more-510"></span><br />
No podía responder a esa pregunta. No bostante, lo otro lo tenía bastante claro: Meterse en Barcelona, aunque sólo fuera hasta Montjuïc que era una zona de relativa facilidad por su cercanía, acabaría desembocando en una más que previsible muerte segura. Jaramillas lo sabía y él también. Entonces ¿Cuándo se había vuelto definitivamente loco? Desde siempre había sido más bien miedoso para todo. Para las entrevistas de trabajo, para expresar sus sentimientos, para intentar ligar con las chicas. Y ahora su cuerpo le pedía la acción que nunca se había atrevido a demandar.</p>
<p>“Igual es que no estabas hecho para ese mundo, Rober. Igual estas hecho para este.”</p>
<p>Igual destrozaría a aquellos duendecillos si pudiera agarrarlos por el cuello. Odiaba aquellas vocecillas y odiaba aun más la manera de remarcar lo obvio ante sus morros. Había creído que esas vocecillas no eran más que fruto de su imaginación, por falta de estimulación sensitiva. Pensó que al haberse encontrado con Javier Jaramillas las voces por fin desaparecerían. Y así había sido, hasta ahora.</p>
<p>–Bueno compañero. Esa es mi historia. –Le espetó Jaramillas bruscamente. –Ahora supongo que es cuando tú pasas de todos mis consejos y te vas igualmente ¿O me equivoco?</p>
<p>Roberto notaba como las palabras de Javier escondían de forma bastante evidente un mucho de desesperación y un poco de tristeza. No quería quedarse solo. En otro momento Roberto no lo hubiera dudado y se hubiera quedado allí ¿Acaso no estaban alejados del peligro de los muertos vivientes? ¿Acaso no estaban allí bien provistos de alimentos y no demasiado lejos de los supermercados del extrarradio de las poblaciones cercanas? </p>
<p>Pero no se quedaría. Ahora sabía que las visiones decían algo. Sus sueños, los caballeros, las espadas y quién sabe qué más poseían un mensaje oculto. Roberto sentía que se habían dispuesto las fichas y él era una de ellas. Por ahora conocía cuatro: La mujer cuarentona, la joven que había fascinado a Jaramillas, el viejo y mentiroso Padre Ramón y él mismo, Roberto, el superviviente. Todo dispuesto sobre el tablero de Montjuïc, una colina pegada al puerto de Barcelona, coronada por una basta fortaleza amurallada y rodeada incluso por un foso. Un reducto de árboles y tranquilidad en el mar de personas y asfalto que era Barcelona. </p>
<p>Entendía a Jaramillas. Era una locura. Posiblemente la muerte para los que lo intentaran ¿Cómo si no cruzaría las calles de la ciudad hasta la montaña sin llevarse una sola dentellada? Era imposible. Posiblemente el joven de los ojos color ceniza tenía razón. Pero claro, él no había soñado, así que para él aquello no era más que el efecto del stress postraumático sobre unos supervivientes de sesos blandos; una extraña coincidencia, no más. Nadie le había dado vela en este entierro, así que tenía claro que su opción era seguir viviendo. Aislado pero vivo.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/11/03/episodio-xxii-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XXI</title>
		<link>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xxi-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xxi-3/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 18 Sep 2011 22:08:34 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=508</guid>
		<description><![CDATA[“Al día siguiente volvió, de día, cuando el sol estaba en lo mas alto del cielo. Era un día algo nubloso y hacía fresco. Aquel hombre apareció vestido con un simple traje negro, sin más abrigo que una camisa y unos pantalones de pinza. Parecía un cura pero no llevaba esa cosa blanca que se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Al día siguiente volvió, de día, cuando el sol estaba en lo mas alto del cielo. Era un día algo nubloso y hacía fresco. Aquel hombre apareció vestido con un simple traje negro, sin más abrigo que una camisa y unos pantalones de pinza. Parecía un cura pero no llevaba esa cosa blanca que se ponen al cuello ¿Cómo coño se llama eso? No tengo ni idea, bueno tú ya sabes a qué me refiero colega. Tampoco importa demasiado.</p>
<p>Yo aquella noche no había podido pegar ojo. Estaba nervioso y no había manera de que se me pegaran los párpados. Como por arte de magia se me habían borrado de la cabeza los zombis y sólo había espacio para aquel hombre que apareció en la noche y su teléfono móvil, del que había salido aquella risa tan… inhumana.<br />
<span id="more-508"></span><br />
Me había quedado medio dormido sentado en una butaca dentro de la caseta cuando escuché como golpeaban la puerta. Había temido que aquello pasara, pero no había sabido reaccionar a tiempo de modo que me pilló desconcertado. Decidí abrir la puerta y hacerme el tonto, como si no supiera nada de lo que había ocurrido aquella misma noche. Sin duda, dude de que pudiera disimular porque me sentía como un flan. Pero al final lo hice. Abrí la puerta, mucho más consciente de los dos cacharros que colgaban de mis caderas. Eso me daba fuerzas, de la misma manera que aquella risa me las quitaba. </p>
<p>En cuanto le vi la cara supe que mentía en cada una de sus palabras ¡Jodido viejo!</p>
<p>Por la noche nunca lo hubiera pensado, aquel hombre podría ser mi abuelo. Tenía el peno canoso y escaso por la coronilla. Era un hombre de cara amistosa, con una gafas grandes de cristal oscuro; no de sol, no; como ahumadas. Eso no se lleva desde los noventa por lo menos. Sus orejas eran bastante grandes y sus cejas grandes y pobladas. Como lo serán las tuyas colega, jeje. Sobre el labio el tío llevaba un bigotito canoso y denso. </p>
<p>Hablaba como un predicador. En su boca todas las palabras sonaban bonitas y tentadoras. Sin duda, aquel hombre le hubiera vendido una nevera a un esquimal. Pero a mi no, colega, a mi no. Yo le había visto la noche anterior, había visto el teléfono funcionar. El mismo teléfono que seguro que llevaba oculto en alguno de sus bolsillos.</p>
<p>Se presentó allí, bajo la puerta de la caseta y yo le dejé entrar para no parecer descortés. Estaba cagado de miedo. Tenía la misma estatura y la misma complexión, pero si por la noche aquella figura se mostraba erguida y daba incluso la impresión de ser robusto, ahora se le veía con los hombros caidos y la espalda ligeramente arqueada, como cansada. Sin embargo yo estaba seguro, era él. </p>
<p>Cuando caminó hasta dentro de la caseta lo hizo renqueando, como si la edad le hubiera pasado factura. Estoy seguro de que fingía ¡Seguro no, segurísimo! ¿Quién sospecharía o pensaría mal de un abuelete impedido? Afuera no había ningún vehículo, por lo menos a la vista, un abuelo con problemas de artrosis en las piernas no podría caminar como si nada por aquí. Parece que no, pero las distancias son largas. Se las daba de listo, la noche anterior andaba saltando y brincando y ahora se las daba de pobrecillo. Pero yo estaba preparado. Bueno, o eso creía.</p>
<p>Se hacía llamar Padre Ramón y decía ser el cura de una parroquia en Barcelona. A mi lo de hacerse llamar “Padre” me sonaba un poco a chulería, pero bueno, me hice el loco y como si nada. Me habló de cómo se habían puesto de feas y de que ni él mismo comprendía cómo había podido pasar todo aquello. Que si Dios patatín, que si Dios patatán. Era convincente el tío. No era de los típicos curas pesados que se llenan la boca hablando de Dios y todas esas patrañas. El de mi comunión era uno de esos, joder qué pesado era el tío ¡Mira que yo la hice por los regalos y el cura que si pecados por aquí, que si perdones por allá! </p>
<p>Pero este no. No, él no era de esos. Soltaba su cantinela victimista con cautela, habla de Dios más bien poco y de la gente y los supervivientes más bien mucho. Resumiendo, el abuelo decía ser el líder espiritual de un grupo de supervivientes que se habían instalado… ¿A que no sabes dónde? Exacto, en Montjuïc. Y venía a decirme que me uniera a ellos, que hacía unos días había partido en busca de más supervivientes y que su misión en los días que le quedaban en este mundo era la de ayudar y servir para que los hijos de Dios, una vez purificados sus pecados, volvieran a reinar. Esta última frase es mía, él no me lo dijo así, pero sonaba a eso ¡Todos los curas son iguales!</p>
<p>Me preguntó por las cosas que se me daban bien y yo ahí le dije la verdad. El Padre Ramón me dijo que un mecánico les iría genial y que, sin querer presionar, seguro que me sentía muy realizado ayudando allí. Que la ayuda era un don divino y cosas por el estilo. Me habló de todas las cosas que teníamos por hablar y que de camino a “casa” podríamos contarnos, que serían interesantísimas y que se moría de ganas de escucharlas. Y no paró de dar las gracias por haber tenido la suerte de encontrarme por casualidad.</p>
<p>¡Maldito charlatán! Si casi me convence y todo. Imagina: Todo el mundo que conoces la ha palmado y los que no son muertos vivientes. Estas en plena crisis existencial y aparece un entrañable abuelete renqueante que te promete el oro y el moro. Pensé en sacar la pistola y dispararle a bocajarro en la cara. O mejor aun, en dispararme a mi mismo, delante suyo. Seguro que hubiera flipado en colores. Bueno esto último es mentira. No lo pensé… se me acaba de ocurrir ahora ¡Pero hubiera estado genial! ¡Vaya si no!</p>
<p>No se ni como saque fuerzas para decirle que no. Tenía la impresión de que le iba a dar un infarto del disgusto. Pero luego recordé aquella risa y conseguí mantenerme firme. Sorprendentemente se mostró muy comprensivo y lo único que me pidió fue que compartiera con él un poco de agua o de cualquier bebida. Decía tener sed del viaje y no llevaba ningún alimento para volver. Me supo mal negarle nada así que fui a por dos vasos y una botella de vino de las primeras que había saqueado de los supermercados los primeros días. Me pareció rácano darle agua de una botella. De lo que pasó después no me acuerdo ya que perdí el sentido. </p>
<p>Dejé la botella y las copas y volví a rebuscar entre las cosas que tenía por ahí a ver si podía darle algo para picar. Ahora lo pienso y no le hubiera dado ni un vaso de agua de la charca que había fuera. No encontré nada digno de picar así que cogí una cagetilla de tabaco y le ofrecí un cigarro. </p>
<p>No lo aceptó, así que me lo fumé yo. Él ya había llenado las copas y me tendía la mia con su asquerosa cara de buena persona. Me bebí el vino mientras el viejo me hacía la rosca sobre lo inteligente que había sido al alejarme de la civilización, sobre todas las cosas interesantes que había conseguido recoger en tan pocos días y sobre mil cosas más. Cuando me dí cuenta me estaba quedando dormido, mientras el viejo seguía hablando sobre zombis y desastres. Intenté levantar la mirada para despabilarme, pero no pude. Intenté si quiera abrir los parpados, no pude. Intenté pensar con claridad y tampoco pude.</p>
<p>¡El jodido viejo me había drogado!</p>
<p>Después de eso supongo que me quedé grogui, de modo que no me acuerdo de nada. Sólo se que al despertarme me habían desvalijado la chabola. Se habían llevado toda mi agua potable, la comida y hasta algunas herramientas del huerto. No me dejaron ni las botas que llevaba puestas. Las dos pistolas tan guapas que me colgaban a la cintura también desaparecieron, por supuesto, pero el coche me lo dejaron. Supongo que al verlo con el morro destrozado decidieron agenciarse uno nuevecito. Eso sí, la gasolina la habían sacado del deposito. Tontos no eran.</p>
<p>Y digo eran, porque era imposible que el viejo aquel se lo llevara todo el solo. Seguro que tenía compinches, incluso un vehículo esperando. Me drogaron, me robaron, y ¿Quién sabe? ¡Puede que incluso me violaran! Hijos de puta… </p>
<p>Y lo peor de todo es que no me acuerdo de nada. Bueno lo peor, lo peor de todo, es que ahora tú te vas a buscar al tipo este. Peor para ti, claro ¿Estás seguro de que eso es lo que quieres hacer?”</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xxi-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
		<item>
		<title>Episodio XX</title>
		<link>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xx-3/</link>
		<comments>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xx-3/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 18 Sep 2011 22:07:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Unx</dc:creator>
		
		<category><![CDATA[Barcelona]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://zombis.net/?p=506</guid>
		<description><![CDATA[“Todo ocurrió a pocos días de que los jodidos zombis dominaran el mundo. Yo aun no había salido del huerto de mi abuelo y estaba bastante desorientado, fumándome la poca marihuana que me quedaba así que cada noche acababa con un cebollazo importante en la cabeza. Por las noches tenía tanto miedo que dormía dentro [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>“Todo ocurrió a pocos días de que los jodidos zombis dominaran el mundo. Yo aun no había salido del huerto de mi abuelo y estaba bastante desorientado, fumándome la poca marihuana que me quedaba así que cada noche acababa con un cebollazo importante en la cabeza. Por las noches tenía tanto miedo que dormía dentro del coche de la policía que ya tenía casi arreglado. Funcionaba perfectamente, salvo que se sobrecalentaba demasiado si estaba demasiado tiempo encendido porque el radiador estaba bien jodido, pero ya le había cambiado los faros y tenía el depósito más o menos lleno, para escapar en caso que esos malditos muertos vivientes me atacaran por la noche. </p>
<p>Poco a poco le he ido perdiendo el miedo a que los zombis lleguen hasta aquí, por lo visto está muy lejos para ellos o tiene demasiadas pocas cosas interesantes como para esforzarse en llegar ¿Quién sabe? La cuestión es que en aquellos momentos tenía tanto miedo que dormía dentro del coche esperando que se produjera un ataque, con las dos pistolas que le había confiscado a los polis muertos en la cintura y suficientes balas para quedarme a gusto pegando tiros. Preparado para darme a la fuga a la mínima.<br />
<span id="more-506"></span><br />
Lo que no me esperaba para nada era lo que ocurriría a continuación. Como ya te he dicho, me acababa de fumar un porro de marihuana, así que iba bastante perjudicado. Algo llamó mi atención a lo lejos, de manera que forcé la vista y me pareció ver una figura en la noche. Era una noche de luna llena así que dentro de lo que cabe se veía bastante bien. Era como un espíritu sobre el camino, refulgiendo una luz blanca y clara. No tenía piernas, de manera que parecía flotar. Estaba lejos, pero se iba acercando.</p>
<p>Imagina, colega, como me puse. Casi se me sale el corazón por la boca, entre la fumada y los nervios notaba el corazón como si me estuviera pegando ostias en el pecho. Intenté tranquilizarme pensando que aquello debía de ser producto de imaginación, que iba desbocada, pero es que era demasiado evidente. Cada vez estaba más cerca y podía ver más y más detalles ¡No quería mirar tío! Pero era imposible dejar de hacerlo. Imagínate la situación, si existen los zombis ¿Por qué coño no iban a existir los fantasmas? Por que eso es lo que parecía, un fantasma flotando en la noche de color blanco, como brillando con luz propia.</p>
<p>Al momento se había acercado tanto que podía ver mucho mejor todos sus detalles. Era como un rostro de un color blanco relampagueante, surcado por tremendas arrugas negras con unos ojos que no eran más que negros fosos. Su cuerpo no era más que una extraña claridad que se iba haciendo tenue hasta que finalmente desaparecía a un metro y pico del suelo. Una cabeza flotante, volando por allí. Buscando algo. Por lo visto no me había visto y cuando parecía que se me iba a echar encima, a unos 15 metros, se desvaneció en frente de mis propios ojos. ¡Casi me doy en el techo del coche con la cabeza del salto que pegué del susto!</p>
<p>Me cogí del volante instintivamente y pegue la cara a la luna del coche, quería ver donde se había metido esa cosa. Al rato, la vista se me volvió a acostumbrar a la oscuridad y pude volver a ver.</p>
<p>Y lo que vi me hizo suspirar de alivio. Pues era un alivio saber que no había recibido la visita de un fantasma. Pero luego de pensarlo, tampoco me gustó mucho lo que allí estaba pasando. Era una persona. Vestida casi totalmente de negro que caminaba a paso rápido en dirección a la caseta de mi abuelo, como si supiera lo que buscaba. No era un zombi porque caminaba con determinación, hasta que cruzó el muro de setos que hay afuera y dejé de verlo. Parecía saber lo que buscaba. No entendía nada lo que allí estaba pasando pero una cosa tenía clara, el ciego de la marihuana se me había pasado totalmente. </p>
<p>Sin pensarlo, mi mano agarró el pomo de la puerta y antes que de pudiera arrepentirme ya estaba afuera, en medio de la oscuridad, cerrando la puerta con el mayor de los sigilos. Me deslicé hasta los setos y busqué un claro entre las tupidas ramas para poder ver lo que pasaba. Pude ver a aquella figura negra acercarse a la puerta de la chabola de mi abuelo e intentar abrir la puerta. No lo consiguió, así que se asomó a una de las pequeñas ventanas intentando ver el interior. La verdad es que era todo aquello era muy desconcertante, pero estaba pasando ¡Vaya si no!</p>
<p>Cuando se dio por vencido volvió sobre sus pasos en dirección, cruzó los setos y se dirigió a mi posición. Las piernas me flojearon pensando que me encontraría y pese a que llevaba las dos pistolas en la cintura, ni se me ocurrió cogerlas. El pánico es lo que tiene, colega. Ahora lo pienso y me arrepiento de no haberle pegado un buen tiro a aquel desgraciado ¡Pum! Y todo se hubiera acabado ahí. Pero ni me pasó por la cabeza aquella idea. Estaba demasiado ocupado en evitar que me meara encima. </p>
<p>Me pegué a los arbustos todo lo que pude, más por miedo que por otra cosa y cuando pensé que se me iba a echar encima definitivamente, giró de nuevo y se dirigió al coche. La luz blanca volvió a aparecer pero ahora no alumbraba a su cuerpo, sino que alumbraba dentro del coche, buscando yo que se qué. En ese momento lo entendí: Era un teléfono móvil.</p>
<p>El mío había dejado de funcionar hacía ya días, sin baterías. Supuse que el suyo había estado apagado durante largos momentos para ahorrar batería, aunque seguía siendo una tontería porque no había línea desde prácticamente el mismo día en que el mundo se fue al carajo. Por suerte no abrió la puerta del coche y se dio por satisfecho con aquella inspección, si llega a abrir la puerta el pestazo a marihuana lo hubiera sentado de culo, jeje. Se alejó poco a poco del coche, mirando atrás en alguna ocasión. </p>
<p>Lo que ocurrió a continuación me dejó flipando. La oscura figura se llevó el teléfono a la oreja y esperó. Al cabo de unos segundos empezó a hablar y yo aluciné en colores. Estaba de espaldas y ya se había alejado lo suficiente como para que no pudiera escuchar con claridad lo que decía de manera que, instintivamente me deslicé hasta el coche sin hacer el mínimo ruido. Escuchaba el murmullo de su voz hablándole al altavoz del teléfono. Aquello era imposible ¡Los teléfonos no funcionaban! Pero aquel tío estaba allí hablando como si cualquier cosa. O yo estaba alucinando o aquel tipo estaba muy loco. </p>
<p>Miré a través de los cristales e intenté concentrarme en lo que decía. Estaba a escasos metros de él, aquello era sin duda una locura, pero que te voy a contar… En aquel momento no tenía control sobre mi cuerpo, el jodido hacía lo que quería y yo no era más que un observador. </p>
<p>No conseguí entender nada de lo que dijo, hablaba demasiado bajo. Sus palabras no eran más que susurros. Lo único que pude escuchar fue una risa estridente. Era una risa que helaba la sangre colega. No te lo puedo explicar con palabras por que no se puede. Sólo se que cada vez que la recuerdo se me ponen los pelos de punta”.</p>
<p>Jaramillas alzó el brazo y lo puso enfrente de la cara de Roberto. Era verdad, el vello de su brazo estaba erizado y los poros de su piel parecían cada uno una diminuta montaña.</p>
<p>“Aquella risa no había salido de los labios de la oscura figura. Era fría y metálica. Tan aguda que casi parecía un chirrido. Estoy cien por cien seguro. Aunque parezca imposible, salió del móvil. Aquella extraña figura pareció sorprenderse igual que a mí por que se alejó el aparatejo de la oreja instantáneamente, como si a él le produjera la misma repugnancia que a mí. Después de eso la luz desapareció y luego de guardarse el teléfono en un bolsillo, la figura se retiró lentamente volviendo por donde había venido.</p>
<p>Ahora creo que lo entiendo, cuando apareció debía de ir mirando la pantalla del móvil ¡Por eso parecía un fantasma sin cuerpo! La luz le iluminaba la cara y poco más. No pudo ser otra cosa. Joder sé que parece una locura, pero es que no puede ser otra cosa. Tenía mi ubicación en el móvil ¡Tuvo que ser eso! ¿Sino cómo sabía donde tenía que ir?”</p>
<p>Jaramillas, visiblemente nervioso, cogió un vaso con algo de vino que Roberto no sabía de dónde había salido y lo apuró de un trago. Parecía que iba a quedarse callado mirando el fondo del vaso como si allí hubiera algo interesantísimo, pero alzó de nuevo la vista y clavó los ojos color ceniza en los oscuros de Roberto antes de continuar con su relato.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://zombis.net/2011/09/19/episodio-xx-3/feed/</wfw:commentRss>
		</item>
	</channel>
</rss>

