Episodio XIX

–Muy bien, supongo que es hora de ponerse serio. Esto ya pasa de castaño a oscuro.
–En la cara de Jaramillas no había atisbo de broma. Sus facciones volvían a ser sombrías.

–No eres la primera persona que encuentro. Creo que eso ya quedó claro antes. Lo peor de todo es que tampoco eres la primera persona que me cuenta esta historia ¿Qué coño tiene esa montaña que todos queréis ir allí?

Roberto hizo el ademán de hablar, sin embargo Javier se le adelantó y con una serie de gestos le hizo ver que aun no había terminado de hablar.

–Sí, sí. Lo se ¿Un sueño verdad? No eres el primero en contarme esa cantinela.

La cara de Roberto debió de sorprender al propio Jaramillas, que se apresuró en matizar sus palabras.

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Episodio XVIII

Comieron patatas fritas. Jaramillas y él mismo las pelaron y las frieron en aceite de oliva. El aceite pronto sería como el oro: valioso a la vez que escaso. Sólo fueron unas sencillas patatas fritas, un gran cuenco para los dos, pero a Roberto le parecieron un delicioso bocado que casi había olvidado. Roberto las disfrutó y comió con un ansia que desconocía poseer. No se sentía esa ansia al comer carne enlatada.

Mientras pelaron las patatas, Jaramillas había continuado escupiendo palabras sin que Roberto le prestara la mínima atención. Su mente estaba en otra parte. Él buscaba el momento para dar rienda suelta a su lengua y preguntar. Necesitaba saber cosas. Había más supervivientes, pero entonces ¿Por qué el rictus de Jaramillas se había torcido de aquella manera al recordarlos?

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Episodio XVII

Se bebieron sus copas de vino y, la verdad, el alcohol hizo su efecto. La lengua de Roberto pareció soltarse de manera que entró de forma más enérgica en las conversaciones incesantes del locuaz Jaramillas. De esta forma Roberto se enteró de la historia de su nuevo compañero. También se enteró que Jaramillas en verdad era menor que él, de modo que en su último cumpleaños había cumplido veinticinco. Sin duda el Apocalipsis había echo mella en él.

También se enteró de que fumaba tanto porque estaba en pleno proceso de desintoxicación de la marihuana, ya que hacía semanas que se había terminado su suministro y eso le ponía de los nervios. Debían de ser las once de la mañana y Jaramillas ya llevaba liados unos cuantos cigarros. Liaba dos, ofrecía uno a Roberto y luego se fumaba el suyo. Al principio le siguió el ritmo pero pronto empezó a declinar sus invitaciones, de modo que Jaramillas se fumaba el suyo y luego, el otro.

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Episodio XVI

Por dentro a la casa no le faltaba de nada. El primer piso tenía un salón, un baño, una cocina y un pequeño dormitorio. Arriba, en el segundo piso, había una única habitación de matrimonio amplia. La casa en general era bastante sombría. La pared que daba al oeste estaba unida al muro exterior, de modo que no tenía ventanas. Todas las que había estaban orientadas al este, por donde salía el sol, pero justo el muro delantero impedía que la luz entrada cuando el sol estaba bajo y luego el frondoso y gigantesco pino se encargaba de que la luz llegara a duras penas una vez el astro había tomado altura.

A Roberto le dio la impresión de que aquel quizá fuera el precio de la extrema precaución. Pero ¿Por qué tanta precaución? Roberto no se atrevía a preguntarlo. Aun no.

Pero algo estaba claro: Aquello estaba más allá de los molestos muertos vivientes. Para los muertos con aquellos grandes muros era más que suficiente. Lejos como estaban del núcleo urbano, era improbable que una turba de descompuestos acabara agolpándose en la puerta. Seguramente uno escucharía la moto, o lo vería al ir a buscar algún tipo de alimento, o lo que fuera; y lo intentaría seguir. Otros se sumarían a él poco a poco, como había visto pasar en la casa del hombre muerto, pero los kilómetros de distancia los dispersaría poco a poco, sobretodo cuando llegaran fuera de la ciudad, donde la turba ya no se retroalimentaría a sí misma. De manera que, desatentos como eran los no-muertos, acabarían dispersándose poco a poco atraídos por otros estímulos. Velocidad y distancia, eran los conceptos clave que Jaramillas parecía dominar bien.

Era un comportamiento muy curioso el de los zombis, digno de estudio. También era curioso el comportamiento de Jaramillas.

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Episodio XV

En cuanto cogieron de nuevo la carretera, en dirección a Barcelona, a Roberto se le hizo un nudo en el estómago. Un cartel indicaba que desde ese punto la ciudad condal distaba once kilómetros. Era allí donde quería ir, no obstante, sabía que lo que allí encontraría no sería nada bonito. En aquella moto llegaría demasiado rápido. Sin duda: No estaba preparado para eso.

Roberto se había tomado su viaje a Barcelona como una especie de peregrinaje, o una penitencia. El camino era parte del objetivo. Pensaba que se iría preparando a medida que se acercaba, poco a poco. Muy poco a poco. Pero a ese ritmo podía tardar treinta minutos como mucho.

Sin embargo, tras cinco minutos circulando a una velocidad más bien baja (y de forma mucho más silenciosa) por el asfalto, Jaramillas cogió un pequeño desvío delante de los muros altos de una casa aparentemente abandonada. Las enredaderas habían trepado indistintamente a lo largo de aquel muro, dándole un aspecto de dejadez que hacía que a uno le costara ver aquel edificio como una vivienda ocupada, incluso antes de que la hecatombe zombi aconteciera.

Justo en ese momento Roberto lo entendió. “Es el escondite perfecto”, pensó.

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Episodio XIV

A Roberto no le extrañó nada que hubiera pasado por delante de la caseta donde Javier Jaramillas le había visto pasar sin ser detectado. Era una caseta vieja y destartalada con un vetusto techo de uralita y rodeada de arbustos densos y altos. Ver a través de ellos resultaba imposible y, además, tampoco Roberto estaba demasiado por la labor. Había pasado por allí sin siquiera reparar en la posibilidad que alguien le viera.

Una vez cruzada la franja de arbustos, Roberto pudo contemplar que aquella choza era peor aun que la que había encontrado él la noche anterior. Era más pequeña aun y de peores materiales. También había allí una balsa de agua estancada y verdosa y una mesa de obra hecha con restos de baldosas, construida bajo un porche de la misma uralita. Anexo a la caseta, un pequeño huerto de unos cuarenta metros cuadrados se extendía rectangular en dirección al este. La tierra parecía escarbada, como si hubieran estado extrayendo algún fruto de allí.

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Episodio XIII

Por lo visto, Javier Jaramillas había estado muy ocupado durante los dos meses que
habían transcurrido desde que el mundo había dado su último giro a la mierda. Desde que empezara la desconcertante hecatombe zombi éste lo había tenido muy claro y se había marchado con toda rapidez de su ciudad para instalarse en aquella zona de huertos que, por ser tan deshabitada, era perfecta para huir de los que en otro tiempo hubieran sido sus vecinos.

Buena parte de la culpa de aquella acertada idea la había tenido su abuelo paterno. El mayor en edad de los Jaramillas había sido un emigrante Manchego que, harto de las penurias de la vida pueblerina en la meseta, decidió emigrar a la tan fértil, laboralmente hablando, Barcelona industrial de los años sesenta. La vida desde entonces para la familia Jaramillas no había sido fácil pero habían tirado para adelante como buenamente pudieron. En un giro bastante paradójico de los acontecimientos, el abuelo Jaramillas se había comprado una parcela en el delta del Llobregat, donde empezó a cultivar su propio huerto a modo de hobby de fin de semana. De esta manera, el trabajo del que había huido allá por sus años mozos, resultó ser su afición en
madurez.

Sus costumbres no habían cambiado pese al paso de los años y mientras otros seguían su ejemplo llenando aquel terreno de pequeñas parcelas para cultivar lechugas, tomates y hasta patatas, la familia Jaramillas se aposentaba y crecía, dándole su hijo primogénito un nieto y luego otro.

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Episodio XII

Roberto se había quedado pasmado tras aquella afirmación. Aquello sólo podía decir una cosa: Que había tenido contacto con más supervivientes. Y no sólo eso: No había salido bien parado. Aquello empezó a hacerle hervir la sangre de nuevo. Sentía una rabia desmesurada contra no sabía qué. Era jodido comprobar que lo peor del ser humano siempre destacaba por encima de cualquier otro atributo y, sin darse cuenta, su curiosidad sobre el recién llegado creció a lo loco. Quería saber qué había pasado, quería saber qué se había perdido mientras el quemaba cosas y se escondía de los muertos.

Consiguió, no obstante, controlar el impulso de levantarse, agarrar el cuello de su chaqueta y zarandearlo mientras le gritaba que le contara todo, todo y todo, sin escatimar ni el más mínimo detalle. Cuando finalmente salió del ensimismamiento que lo había retenido por segundos tras aquella frase tan inquietante, alzó su mirada (perdida hasta ese momento en las viejas racholas de piedrecitas del suelo) y se sorprendió al ver cómo el rictus de ese que se hacía llamar Jaramillas había cambiado.

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Episodio XI

El nerviosismo costó de diluir. Aun así Roberto acabó por encender la chimenea de nuevo y poner una cafetera al fuego en cuanto pudo. El recién llegado había sacado un paquetito de un bolsillo de su pantalón y había liado con destreza dos cigarrillos sin boquilla hechos con picadura de tabaco. Por lo visto, el tal Jaramillas había asaltado un estanco y tenía un surtido muy pero que muy variado de tabacos. Cuando los hubo terminado de liar, los encendió y le tendió uno de ellos a Roberto. Roberto le sirvió un vaso gastado con café, de nuevo sin azúcar. Ambos lo bebieron y ninguno de los dos dio muestras de lo amargo que estaba.

El tabaco sin boquilla le supo dulzón en la boca, denso y caliente. El café, trágicamente amargo. Sin azúcar; duro, como se había vuelto su mundo.

Si alguno de los dos tenía ganas de hablar (y las tenían), ninguno dio muestras de ello. Por lo visto, el sarcasmo de Javier Jaramillas ya se había agotado, quizá por comprender que la situación estaba siendo más tensa de lo que ninguno de los dos habría esperado. Finalmente fue Roberto decidió romper el hielo.

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Episodio X

El tal Jaramillas era un hombre de complexión fibrosa, nervuda, y mediana estatura, tirando a bajito. Roberto le sacaba perfectamente unos diez centímetros. Supuso que antes de todo aquello aquel hombre debió de ser bastante atlético. Su pelo era aun más corto que el suyo, y su barba, a diferencia de Roberto, parecía rasurada de aquella misma mañana. Su cabello tenía un color gastado, entre el moreno claro y el color de las canas, que le confería un aspecto especial, diferente. Su mirada era gris, como el color de su pelo, bajo unas cejas finas y más oscuras. Los ángulos de su cara eran agudos y afilados, facultad que debía haber exacerbado el hambre, ni la barba que de su mandíbula nacía hubiera podía siquiera ocultar sus duras facciones.

Antes de que todo esto ocurriera y los supervivientes empezaran a pasar hambre, Javier Jaramillas había sido un tipo fuerte y atlético de facciones severas y mirada inquieta. De pelo rapado y afeitado diario. Su edad, intuía Roberto, debía ser algo mayor que la suya propia, treinta y pocos. Ahora, el hambre y la falta de alimento habían echo de él la mitad de lo que hubiera sido en otros tiempos y sus facciones se habían endurecido como si en vez de dos meses hubieran pasado doscientos años. Su mirada tenía ahora algo más que inquietante: Ahora tenía mirada de loco.

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