Episodio XXXXVI

Agua potable. Algo que sin duda nadie se podía permitir el lujo de olvidar. Roberto no dudó ni un momento y giró sobre sus pasos para volver atrás. Si no recordaba mal, las bebidas quedaban a la derecha de su posición. Justo el lado que no había inspeccionado en su anterior acometida. El agua no podía estar muy alejada de él. Cruzó las cajas de nuevo a paso ligero intentando aclimatar su vista de nuevo a la falta de luz. Parecía mentira, pero segundos después de recordar el agua Roberto empezó a notar una sed irrefrenable. Una sed derivada del esfuerzo de una larga y dura mañana invernal.

En el frontal de uno de los pasillos que quedaban a su derecha, Roberto identificó diversas botellas de cristal muy oscuras, que debían de ser de vino de mesa de escasa calidad. Estaba cerca, aquel pasillo debía de ser la sección de bebidas alcohólicas. Miró entrecerrando los ojos, como para forzar su vista al máximo, al siguiente frontal y creyó identificar grandes garrafas de agua. Aquello facilitaba su trabajo, le habían puesto el agua totalmente a tiro y sin ofrecer resistencia, en la cabecera de uno de los pasillos.

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Episodio XXXXV

Roberto dio la espalda con cierto recelo a aquella inmensa oscuridad. Un escalofrío recorrió su espalda, como el que siente un niño cuando se tapa con la manta para evitar las monstruosidades que acechan en la oscuridad del cuarto cuando se tienen esas edades en las que la falta de luz resulta un reto casi insuperable. Imaginó como los duendecillos se reían de él, ahora que no miraba, escondidos detrás de las estanterías repletas de alimentos, protegidos por la oscuridad. Aquellos duendecillos sólo existían en su mente, pero eso no los hacía menos aterradores.

No obstante, había otras criaturas que también existían fuera de su imaginación. Aquellos muertos vivientes sí eran reales, así que Roberto se apresuró a poner en práctica su idea. Antes de que aquello se convirtiera en un hervidero de no-muertos, pues era probable que, como antes, le hubieran seguido. Parecía que rastreaban bastante bien y eso era un punto negativo para Roberto. El punto positivo era que también eran extremadamente lentos. Un punto muy, pero que muy, positivo a favor de su supervivencia.

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Episodio XXXXIV

La gran cristalera ocupaba en toda su extensión el frontal del achatado cubo que formaba el centro comercial. A cada extremo del aparador se encontraban tanto la entrada como la salida del recinto, a unos veinte o veinticinco metros la una de la otra. Las puertas automáticas por las que días atrás la gente se adentraba para realizar su compra semanal ahora se encontraban cerradas y aseguradas mediante sendas verjas metálicas, similares a las que tapiaban la entrada del otro supermercado, que minutos atrás Roberto había intentado vencer. El resto del gran escaparate se usaba para exponer productos del estilo “muebles de exterior” o “mesitas de camping” de bajo coste, que eran los nuevos productos estrella que la compañía francesa pretendía vender para ampliar su mercado más allá de lo puramente alimentario, y no tenían la protección metálica que sí disponían tanto la entrada como la salida.

En medio del acristalado expositor se encontraba un gigantesco agujero, de más de dos metros tanto de alto como de largo. En el suelo, alrededor del tremendo agujero, innumerables trocitos de cristal creaban una tupida alfombra centelleante bajo los rayos del sol. A izquierda y derecha del agujero, cientos de miles de grietas se esparcían por las diferentes planchas de vidrio, creando un estriado gradiente que se iba diluyendo a medida que se alejaban del punto del impacto. No cabía duda, aquello era un alunizaje en toda regla. Como los que había visto en la tele, cuando ésta aun emitía algo. Como los que él mismo había pensado en llevar a cabo. Y allí había alunizado un buen trasto, porque el agujero no era precisamente pequeño.

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Episodio XXXXIII

Aquella zona comercial era una nave industrial gigantesca, construida a base de planchas de metal ligero, cristal y hormigón. Estaba rodeada por otras naves, que hacían las veces de almacenes y concesionarios de famosas marcas de automóviles, de las cuales se diferenciaba por ser más colorida y poseer un cartel luminoso ostentosamente grande de un color rojo intenso. Había cambiado multitud de veces de nombre hasta que finalmente el pasado año fue comprada por una multinacional francesa, que había ampliado el parking esperando una mayor afluencia de clientes. Los Franceses no habían tenido mucha suerte y el mundo se había ido a la mierda mucho antes de lo que ellos hubieran esperado, sin embargo, a Roberto aquel extenso parking le venía de lujo, ya que así tendría campo abierto para ver si alguno de aquellos molestos zombis osaba seguirle.

Roberto se aproximó por la carretera mientras veía crecer las letras del cartel de la famosa marca de supermercados hasta contemplarlas en su total grandiosidad. A primera vista, estaba tan desierta como él hubiera deseado. Al llegar a la entrada del parking, las barreras estaban bajadas, salvo una que se encontraba medio levantada y por donde un coche pasaría sin problemas sin rascar su chapa. Se adentró en el parking sin hacerse demasiadas preguntas sobre qué o quién la había levantado y se aproximó hacia el gran aparador acristalado que era la entrada a la zona comercial mientras, concentrado, esquivaba hileras de carritos y finas columnas de acero que aguantaban una especie de techumbre, que protegía con su sombra a los vehículos de la lluvia o del justiciero sol de verano.

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Episodio XXXXII

Avanzó marcha atrás por aquella calle hasta encontrar una entrada de parking. Allí realizó las pertinentes maniobras para dar media vuelta y no tener que salir de aquella calle de culo, mirando por los retrovisores continuamente sabiendo que se había quedado tuerto de uno de ellos. La encontró y no tardó mucho en dar la vuelta a su vehículo y ponerse de nuevo en marcha. Una vez realizada la maniobra, miró por el retrovisor central y vio por última vez a aquella cosa retorcerse en el suelo, sumida en la ligera nube de polvo que el coche levantaba. Roberto se preguntó por cuánto tiempo se tiraría ese ser retorciéndose en el polvo. Era una buena pregunta.

Miró a su derecha y vio el pico a su lado. Era un buen objeto, contundente y robusto. Como un flechazo en su cabeza, una imagen cruzó su mente. Una perla, ligeramente amarillenta y gastada. La perla que había saltado de la cabeza de aquel viejo cuando Roberto le asestó su mortal golpe con un pico igualito al que tenía a su derecha. Una perla que no era tal cosa, sino un viejo y gastado ojo, que cedió cortésmente su lugar para dejar paso al metal del utensilio que brutalmente atravesó el cerebro al cual estaba unido.
La imagen mental hizo que Roberto se estremeciera, alterando la trayectoria de su vehículo hasta tal punto que, de haber estado el retrovisor derecho aun en su sitio, hubiera chocado contra los retrovisores de los coches aparcados al lateral del asfalto, explotando en cientos de trocitos. Roberto, al percatarse de su desvío, corrigió de un volantazo su trazada y volvió al centro de la calzada, alejando la estremecedora imagen de su cabeza. Tragó saliva y continuó su travesía sin rumbo fijo.

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Episodio XXXXI

Se levantó sin quitar ojo a la chica que estaba en el suelo retorciéndose entre espasmos y pataletas. Noto cierto hormigueo en las palmas de las manos y las levantó al aire para observarlas. Roberto no se sorprendió de ver que le sangraban ligeramente y que tenía piedrecitas clavadas en la carne blanda de sus manos. Eran los efectos secundarios de realizar patadas acrobáticas “fuera del ring”. Con un movimiento rápido Roberto se frotó tímidamente las manos y las piedrecitas más superficiales cayeron de forma fácil e indolora. De nuevo compuesto y con el trasero algo dolorido, se acercó a su coche mirando de soslayo a aquella cosa tumbada en el suelo. Seguía retorciéndose y Roberto se tranquilizó al ver las botas de tacón que llevaba. “Con eso en los pies sería imposible que consiguiera volver a levantarse”, pensó. En ese momento sintió una especie de pena, como la que se siente por las tortugas cuando quedan panza arriba, pero para nada pensó en ayudar a esa cosa a levantarse. Tenía claro que aquel perro mordería la mano del que le da de comer.

Llego a la puerta y se dio cuenta de que para entrar en su coche tendría que usar la llave para abrirlo. Entre tanta excitación había olvidado ese pequeño detalle. Miró atrás y se alivió al no ver a nada más que una calle vacía y tan muerta como el mundo en el que ahora se encontraba y al cual empezaba, extrañamente, a acostumbrarse. Empezó a palparse los bolsillos del pantalón y posteriormente los de la chaqueta que llevaba entre abierta y encontró lo que andaba buscando. Abrió el coche y antes de meterse dentro una última idea, algo descabellada, pasó por su cabeza.

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Episodio XXXX

¿Qué hacer en una situación así? Estaba a escasos diez metros de aquella cosa, que se encontraba a la altura de su coche con los brazos extendidos buscando a su presa. Roberto subió el ritmo para coger la carrerilla suficiente y apretó los dientes para soportar el dolor del hombro y prepararse para su sorprendente golpe especial que había improvisado para la ocasión. Ahora Roberto corría como si lo estuvieran espoleando, realizando largas zancadas y obviando el dolor del hombro derecho que debido a la excitación, estaba dejando de notar.

Finalmente, a unos tres metros dio la zancada final, apoyó todo su peso en su pierna derecha para impulsarse hacia arriba y Roberto alzó el vuelo en un tremendo salto. Su pierna izquierda, cuya rodilla había alzado para dar algo de inercia extra al salto, se adelantó buscando el cuerpo de aquella joven no-muerta. Roberto no se podía creer lo que estaba ocurriendo. Aquello era una patada voladora en toda regla. Realmente era la patada voladora más impresionante que Roberto hubiera imaginado jamás. Y todo estaba pasando muy pero que muy rápido. Sólo el tiempo pareció detenerse mientras Roberto estaba en el aire, momento en el que Roberto se sintió como un extraño. No podía ni imaginar que fuese él el que estaba viviendo esa escena que podría ser perfectamente el golpe final de la última pelea de una película de Van Damme.

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Episodio XXXIX

Roberto era de los que pensaba que las mujeres eran más inteligentes que los hombres. No le cabía ninguna duda. También pensaba que las mujeres eran más pesadas, igual eso era consecuencia de la inteligencia. No lo sabía con certeza. La cuestión era que lo que acababa de presenciar confirmaba sus sospechas sobre la inteligencia humana. Tras coger la última esquina y disponerse a correr como alma que lleva el diablo en dirección a su coche, una voluptuosa figura sobresaltó su marcha.

Roberto paró de correr en seco tras doblar la esquina. Al lado de su coche había alguien, alguien que Roberto reconoció sin ningún tipo de problema. Sus curvas eran muy sensuales, en otros tiempos apetecibles. Unos apretados tejanos marcaban sus piernas de forma extrema y el jersey, que tapaba todo el torso, no evitaba que la forma y el tamaño de sus pechos se mostrasen en todo su esplendor. La piel de su cara era blanca y el pelo negro y liso caía lacio sobre sus hombros y espalda con naturalidad fastuosa. Solamente fallaba una cosa, que por desgracia resultaba ser muy importante. Aquella joven de cuerpo esperpéntico estaba muerta, desde hacía unos días.

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Episodio XXXVIII

Aquella cuesta se le hizo más correosa de lo que hubiera podido esperar. No sabía bien si lo costoso del esfuerzo era debido a la falta de fondo, el nerviosismo derivado de la situación o la auténtica pendiente de aquella puñetera calle. No importaba, seguramente los tres factores estaban influyendo. Lo realmente importante era no parar y Roberto lo tenía muy claro. Llevaba ya la mitad del recorrido y sus pies se arrastraban rascando por el asfalto. Corría por en medio de la carretera sin ningún miedo a ser atropellado y atento a los portales que pasaban a sus lados, por si aparecían nuevas siluetas que se sumaran a su persecución. Por suerte nadie se había sumado a la fiesta, aunque no podía estar del todo seguro porque Roberto se había autoconvencido de no mirar atrás por lo menos hasta llegar al siguiente cruce, donde la pendiente se estabilizaría y sus pulmones recibirían su merecida ración de oxígeno.

El silencio que imperaba entre aquellas calles propiciaba que Roberto pudiera escuchar como su respiración se hacía más intensa. El aire estaba fresco y su garganta se había quedado seca como una mojama, haciendo que el molesto sonido de su respiración se hiciera más evidente. Hacía ya días que miles de vehículos no soltaban su ración de contaminación a la atmosfera, ¿Sería posible que el sistema respiratorio de Roberto no estuviera acostumbrado a un aire tan puro? No era probable, pero cabía esa posibilidad.

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Episodio XXXVII

Roberto intentó incorporarse mientras el fornido zombi de pelo rojizo giraba sobre sí mismo para abalanzarse sobre él e hincarle su mortal dentadura. El no-muerto tenía una fuerza portentosa y Roberto aun no podía llegar a entender cómo podía haberle tumbado con esa facilidad. Con la velocidad que aquellas cosas no parecían poseer, Roberto retrocedió medio arrastrándose por el suelo usando brazos y piernas, intentando poner tierra de por medio respecto a aquel forzudo. Se levantó finalmente con un rápido salto y, como de forma instintiva y sin saber muy bien por qué, Roberto se giró mirando a sus espaldas.

La sorpresa fue mayúscula. Detrás de él, a menos de diez metros, una espectacular chica con un pecho prominente y unas curvas de escándalo junto a un garrulo de pelo rapado, piercings en la ceja y enfundado en un purulento pijama se le acercaban lentamente con los brazos abiertos y sus bocas, sucias de sangre seca, abiertas y desencajadas de forma antinatural. Ambos, al igual que el pelirrojo de gran fuerza, estaban muertos pero ni mucho menos descansaban en paz. Tenían ganas de mucha guerra.
En ese momento Roberto lo entendió. Le habían seguido. Segundos atrás, al mirar alrededor para ver si le seguían, había olvidado mirar a sus espaldas, esas cosas habían acudido hasta él por su retaguardia. Cualquier estratega militar hubiera procurado cubrir ese punto débil, pero Roberto no era militar y ni mucho menos estratega. Y por ese motivo, ahora se encontraba asediado por unos enemigos que jamás hubiera imaginado.

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