Episodio IX

La chimenea volvió a echar humo por su tubo mientras las horas que predecían al amanecer se esfumaban minuto a minuto. Ahora dentro de la caseta no había dos sino tres seres vivos, la llegada del tercero había sido toda una sorpresa pero Albóndiga parecía casi tan contento como siempre, siendo ahora el foco de las carantoñas de no una sino dos personas. Por un momento, tras el primer y no muy grato encuentro, Roberto había mantenido una actitud recelosa con aquel colega de profesión (superviviente), pero al ver a Albóndiga aceptarlo con aquella naturalidad pudo relajarse aunque fuera un poquito.

Aun así, no sabía por qué, todavía notaba la sangre ardiendo por sus venas, tensando los músculos y alimentando las partes más primarias de su cerebro.

– “Sí lo sabes, Rober. Estas así porque te puso un cuchillo al cuello y apretó hasta que se te cortó la respiración.” –Le dijo la voz del mismo duendecillo al que hubiera apalizado si hubiera podido. –“¡Menuda presentación! Eso sí que son modales.”-Sin duda lo volvería a apalizar de nuevo. Y de nuevo volvía a tener razón.

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Episodio VIII

Fuera de la caseta, en la parte trasera, había encontrado un grifo adosado con una manguera y un grupo de más cajas de plástico, entre las que había algunas de fina madera. Con las finas láminas y un poco de papel higiénico sacado del pequeño baño consiguió encender un fuego en la chimenea. Primero tímido y pequeño y, a medida que las llamas cogían y vencían a la humedad de la madera, se había vuelto inmenso y caluroso.

La noche se le había echado encima mucho antes de lo que hubiera esperado y el frío había caído sobre él mientras se daba una vuelta por fuera para reconocer el terreno y confirmar que ningún no-muerto le había seguido. Por lo visto el tiempo había pasado más rápido de lo que él había parecido percibir, así que había puesto fin a su reconocimiento y había vuelto a la choza. Una vez dentro, interpuso el sofá ante la puerta, que había perdido el candado, y se aseguró de que las únicas dos ventanas eran seguras.

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Episodio VII

Se partieron la fabada entre Albóndiga y él y luego se volvieron a poner en marcha. Roberto no tenía intención de avanzar mucho más, pero quería encontrar un lugar seguro donde resguardarse del frío de la noche y del improbable ataque de algún zombi horticultor. No avanzaron demasiado para cuando, tras cruzar un invernadero destartalado, una caseta de unos veinte metros cuadrados apareció ante sus ojos.

Igual que la gran mayoría de las casetas de aquella zona, ésta estaba realizada con los más variopintos elementos, pero guardaba la peculiaridad de que sus paredes eran de tocho y del techo (como no, de Uralita), surgía una chimenea cuadrada mirando hacia las nubes. Esta techumbre se alargaba más allá de las cuatro paredes formando un rudimentario porche sobre la puerta de madera de entrada. A Roberto le bastaba, el hecho de que tuviera una estufa de obra era un añadido al cual no le iba a hacer un feo. Sólo tendría que recoger algunos rastrojos y maderos para calentar la casa por la noche. Además, así haría tiempo hasta que llegara la noche pues no tenía intención de continuar caminando hasta la mañana siguiente.

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Episodio VI

Debía de haber recorrido unos cuatro kilómetro desde que cruzó la autopista cuando en su camino se cruzó con una riera. Estaba seca, pues las lluvias habían sido intensas en cantidad pero escasas en el tiempo y no habían dado tiempo a que el agua se acumulara demasiado. Sólo un fino hilillo de agua discurría serpenteando por el centro de los seis metros de amplitud del canal, entre arbustos, cañas y maleza. Los dos muros de hormigón llenos de graffitis prácticamente en el cien por cien de su superficie cruzaban su camino perpendicularmente en dirección al mar.

En cuanto estuvo delante del muro de hormigón, el camino que había estado siguiendo tomó la misma dirección al este otra vez, paralelo a la riera. Saltó uno de los muros con Albóndiga dentro de su chaqueta otra vez, pues no tenía intención de caminar más en aquella dirección. Albóndiga no protesto y aceptó con agrado que su nuevo amo lo levantara y se lo colocara tan cerca y, en cuanto tuvo ocasión, el perro le lanzó un lametazo a la mejilla izquierda y le dedicó su mejor ladrido asmático en lo que pareció una señal de agradecimiento. Al saltar al otro lado del muro, sus pies se posaron sobre tierra húmeda y se hundieron varios centímetros en la tierra sedimentaria que allí se agolpaba.

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Episodio V

Tras la rotonda y luego el puente: otra rotonda. Parecía absurdo que todo estuviera plagado de aquellas islas entre el asfalto. Sin coches todo resultaba extrañamente absurdo. Roberto dudaba ahora si los automóviles estaban al servicio del hombre o era lo contrario.

Tras la rotonda, un edificio de Aena vallado con una verga de reja metálica rematado con alambre de espino y con torre de control propia permanecía abandonado. Entre el aparcamiento y el edificio principal una basta extensión de césped se extendía por decenas de metros, con la hierba tan crecida y frondosa que parecía un trigal verde y fresco. A su izquierda un centro comercial dedicado a la jardinería permanecía cerrado, el edificio de madera y cristal parecía ahora una mole fuera de contexto.

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Episodio IV

Cuatrocientos metros más abajo, una vez dejada atrás la encrucijada, Roberto y su compañero dieron con otra de aquellas rotondas, donde otrora hubiera un cruce, que cortaba la carretera nacional que unía aquellas poblaciones desde tiempos inmemoriales. Roberto creía recordar como su padre le había explicado de pequeño que, como buen emigrante de tierras menos prosperas, cuando él llegó de joven esa era la única manera de ir desde Tarragona hasta más allá de Barcelona. Roberto no sabía si sería verdad o si no era más que otro de esos cuentos que los padres cuentan a sus hijos para dejarlos boquiabiertos, o para hacerlos callar un rato.

Desde allí la altura respecto al mar era cero. Roberto cruzó la carretera como si nada, sin reparar en la gasolinera que quedaba a su izquierda a unos quinientos metros de allí (junto a otra rotonda, las cuales ahora a Roberto se le antojaban sobradamente absurdas) y se dirigió hacia un pequeño túnel que atravesaba las vías del tren por debajo. A partir de allí comenzaban los huertos, los invernaderos y las carreteras destartaladas. Albóndiga parecía haber recuperado la calma y se mantenía tranquilo a su derecha, olfateando con insistencia el terreno, sobretodo las malas hierbas aun húmedas que nacían al borde de la carretera. Roberto pensó que posiblemente aquella era la primera vez que Albóndiga se comportaba como un auténtico perro, ahora que había empezado a pensar que quizá había dado con el último perro retrasado mental de la historia.

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Episodio III

Caminaba por en medio de la carretera bajo el encapotado cielo de un invierno que está llegando a su fin. Era raro caminar por en medio de la carretera aunque agradecía por fin poder pisar un firme liso después de la caminata que se había pegado entre el día anterior y este. Por allí no había coches aparcados, ni estrellados contra los árboles, ni nada. Sólo estaban Roberto y su nuevo acompañante, Albóndiga. Cuando hubo recorrido un kilómetro y medio desde que tomara la carretera, la extraña pareja llegó a una rotonda amplia, con el centro poblado de un césped excesivamente crecido y sobre la cual se podía empezar a ver la población que quedaba a menos de un kilómetro de allí.

De la rotonda, como cuatro puntos cardinales, surgían cuatro carreteras. Caminos no volvería a tomar jamás. El primero, el que accedía desde el sur, era de donde llegaba Roberto. El segundo avanzaba hacia el norte en dirección a Barcelona, pero cruzando todas las poblaciones existentes en los siguientes veinte kilómetros. El tercero era un camino cuesta arriba, en dirección al oeste, y curiosamente subía hasta la ermita del Bruguers justo donde Roberto había tenido aquel encuentro con aquellos incordios andantes que eran los muertos para luego serpentear hasta diversas poblaciones interiores. Roberto había decidido no seguir el descenso por la carretera y, en cuanto pudo, se había introducido de nuevo en el bosque esperando que, si los no-muertos se decidían a perseguirlo, se dieran una buena vuelta disfrutando de aquella preciosa vegetación mediterránea. El último de los cuatro desvíos se dirigía cuesta abajo, hacia el este, en dirección a la costa. Esa era la elección de Roberto, si bien no la primera, sí la que había decidido tomar finalmente. Y ahora allí, parado como si estuviera realizando un “ceda el paso” infinito, aun le parecía mejor idea.

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Episodio II

La calle no estaba desierta. Un cuerpo estaba sentado con la espalda apoyada sobre la puerta de un coche que se había estrellado contra otro que permanecía aparcado a un lado de la calzada. Sobre la cabeza del muerto, un ser amorfo ataviado con unas prendas de un color terroso y de aspecto vomitivo de pies a cabeza, la ventanilla rota mostraba lo que otrora hubiera sido un cuerpo de alguien que había perdido la vida mientras conducía, dos meses atrás. Eran restos descompuestos y roídos, algunos permanecían dentro del coche, otros habían sido arrancados por el zombi y yacían al lado del no-muerto. Nada más que huesos y jirones.

El no-muerto permanecía totalmente quieto. Las lluvias de los días anteriores parecían haber podrido un poco más la carne tumefacta, que había tomado un aspecto incluso verdoso. “El color del helado de pistacho” pensó. Era asqueroso. Roberto llegó a pensar que quizá aquel ser llevaba allí sentado semanas, pudriéndose bajo la lluvia, esperando el momento de levantarse de allí sin que este llegara nunca. Al final, fruto de quién sabe qué efectos, su cara era una pasa arrugada de la que colgaban jirones de pelo negro tan finos que Aun así el no-muerto le infundía una compleja sensación, mezcla de una pizca de respeto y un mucho de miedo.

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Episodio I

Como era de esperar, el haz de luz desapareció con rapidez y el hueco por el que la luz se colaba fue sellado por otras nubes. En cuestión de minutos el día se había vuelto idéntico al anterior, y al anterior del anterior. Para cuando Roberto estaba listo para emprender su nueva marcha la profética “señal” ya se había esfumado del horizonte. No obstante, eso no le frenaría en su empeño, pues sabía donde tenía que ir. Más o menos.

La distancia se intuía larga, pues desde allí arriba, entre las ruinas del pequeño castillo, solo alcanzaba a vislumbrar la elevación del terreno, en dirección nordeste, por donde el haz de luz se había ocultado. Desde allí no era más grande que su puño. El haz, un fino hilo. Sobre el montículo, la emblemática y futurista torre de una conocidísima empresa de comunicaciones y el palacio de deportes, inaugurado en las olimpiadas del 92, se mostraban como efímeras miniaturas que se pudieran vender en la más cutre tienda de souvenirs.

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Episodio XXXVII

Mientras se disponía a salir al aire libre a comprobar como se presentaba la meteorología ese nuevo día, Roberto pensó que quizá “Albóndiga” fuera un bonito nombre para su primera mascota post-apocalíptica. ¿Acaso Albóndiga no había sido el incansable compañero canino de Mel Gibson en la película Mad Max? Roberto encontraba un ligero paralelismo entre su historia y aquel guión hollywoodiense. No recordaba demasiado sobre aquella película que había sido estrenada cuando él era demasiado niño, en todo caso, en ambas historias el mundo se había ido a la mierda.

Salió al aire libre de la mañana cuando el sol apenas se levantaba sobre el este. Rebuscó en sus bolsillos y encontró el paquete de tabaco. Aun quedaban algunos cigarrillos así que se encendió uno indiferente mientras Albóndiga se le metía entre las piernas inquieto. Caminó hacia la parte de atrás de la capilla, donde una roca surgía del suelo con un ángulo de cuarenticinco grados hasta alzarse varios metros sobre el suelo. Roberto se miraba los pies, caminando con cuidado para no tropezar con el juguetón perro, aun así podía comprender que el sol continuaba tapado por el manto de nubes de los días anteriores.

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