01 Junio 2010
Por Unx
¿Qué hacer en una situación así? Estaba a escasos diez metros de aquella cosa, que se encontraba a la altura de su coche con los brazos extendidos buscando a su presa. Roberto subió el ritmo para coger la carrerilla suficiente y apretó los dientes para soportar el dolor del hombro y prepararse para su sorprendente golpe especial que había improvisado para la ocasión. Ahora Roberto corría como si lo estuvieran espoleando, realizando largas zancadas y obviando el dolor del hombro derecho que debido a la excitación, estaba dejando de notar.
Finalmente, a unos tres metros dio la zancada final, apoyó todo su peso en su pierna derecha para impulsarse hacia arriba y Roberto alzó el vuelo en un tremendo salto. Su pierna izquierda, cuya rodilla había alzado para dar algo de inercia extra al salto, se adelantó buscando el cuerpo de aquella joven no-muerta. Roberto no se podía creer lo que estaba ocurriendo. Aquello era una patada voladora en toda regla. Realmente era la patada voladora más impresionante que Roberto hubiera imaginado jamás. Y todo estaba pasando muy pero que muy rápido. Sólo el tiempo pareció detenerse mientras Roberto estaba en el aire, momento en el que Roberto se sintió como un extraño. No podía ni imaginar que fuese él el que estaba viviendo esa escena que podría ser perfectamente el golpe final de la última pelea de una película de Van Damme.
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01 Junio 2010
Por Unx
Roberto era de los que pensaba que las mujeres eran más inteligentes que los hombres. No le cabía ninguna duda. También pensaba que las mujeres eran más pesadas, igual eso era consecuencia de la inteligencia. No lo sabía con certeza. La cuestión era que lo que acababa de presenciar confirmaba sus sospechas sobre la inteligencia humana. Tras coger la última esquina y disponerse a correr como alma que lleva el diablo en dirección a su coche, una voluptuosa figura sobresaltó su marcha.
Roberto paró de correr en seco tras doblar la esquina. Al lado de su coche había alguien, alguien que Roberto reconoció sin ningún tipo de problema. Sus curvas eran muy sensuales, en otros tiempos apetecibles. Unos apretados tejanos marcaban sus piernas de forma extrema y el jersey, que tapaba todo el torso, no evitaba que la forma y el tamaño de sus pechos se mostrasen en todo su esplendor. La piel de su cara era blanca y el pelo negro y liso caía lacio sobre sus hombros y espalda con naturalidad fastuosa. Solamente fallaba una cosa, que por desgracia resultaba ser muy importante. Aquella joven de cuerpo esperpéntico estaba muerta, desde hacía unos días.
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01 Junio 2010
Por Unx
Aquella cuesta se le hizo más correosa de lo que hubiera podido esperar. No sabía bien si lo costoso del esfuerzo era debido a la falta de fondo, el nerviosismo derivado de la situación o la auténtica pendiente de aquella puñetera calle. No importaba, seguramente los tres factores estaban influyendo. Lo realmente importante era no parar y Roberto lo tenía muy claro. Llevaba ya la mitad del recorrido y sus pies se arrastraban rascando por el asfalto. Corría por en medio de la carretera sin ningún miedo a ser atropellado y atento a los portales que pasaban a sus lados, por si aparecían nuevas siluetas que se sumaran a su persecución. Por suerte nadie se había sumado a la fiesta, aunque no podía estar del todo seguro porque Roberto se había autoconvencido de no mirar atrás por lo menos hasta llegar al siguiente cruce, donde la pendiente se estabilizaría y sus pulmones recibirían su merecida ración de oxígeno.
El silencio que imperaba entre aquellas calles propiciaba que Roberto pudiera escuchar como su respiración se hacía más intensa. El aire estaba fresco y su garganta se había quedado seca como una mojama, haciendo que el molesto sonido de su respiración se hiciera más evidente. Hacía ya días que miles de vehículos no soltaban su ración de contaminación a la atmosfera, ¿Sería posible que el sistema respiratorio de Roberto no estuviera acostumbrado a un aire tan puro? No era probable, pero cabía esa posibilidad.
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01 Junio 2010
Por Unx
Roberto intentó incorporarse mientras el fornido zombi de pelo rojizo giraba sobre sí mismo para abalanzarse sobre él e hincarle su mortal dentadura. El no-muerto tenía una fuerza portentosa y Roberto aun no podía llegar a entender cómo podía haberle tumbado con esa facilidad. Con la velocidad que aquellas cosas no parecían poseer, Roberto retrocedió medio arrastrándose por el suelo usando brazos y piernas, intentando poner tierra de por medio respecto a aquel forzudo. Se levantó finalmente con un rápido salto y, como de forma instintiva y sin saber muy bien por qué, Roberto se giró mirando a sus espaldas.
La sorpresa fue mayúscula. Detrás de él, a menos de diez metros, una espectacular chica con un pecho prominente y unas curvas de escándalo junto a un garrulo de pelo rapado, piercings en la ceja y enfundado en un purulento pijama se le acercaban lentamente con los brazos abiertos y sus bocas, sucias de sangre seca, abiertas y desencajadas de forma antinatural. Ambos, al igual que el pelirrojo de gran fuerza, estaban muertos pero ni mucho menos descansaban en paz. Tenían ganas de mucha guerra.
En ese momento Roberto lo entendió. Le habían seguido. Segundos atrás, al mirar alrededor para ver si le seguían, había olvidado mirar a sus espaldas, esas cosas habían acudido hasta él por su retaguardia. Cualquier estratega militar hubiera procurado cubrir ese punto débil, pero Roberto no era militar y ni mucho menos estratega. Y por ese motivo, ahora se encontraba asediado por unos enemigos que jamás hubiera imaginado.
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02 Febrero 2010
Por Unx
Finalmente Roberto había quedado satisfecho al introducir un buen trozo de la punta plana del pico por debajo de la persiana. Se enderezó y se colocó las manos en los riñones arqueando la espalda para estirarla pues la sentía algo entumecida por la posición encorvada. Después de estos ejercicios rudimentarios, era el momento de agarrar el mango y hacer palanca con todo su peso para ver si podía hacer saltar el cierre que mantenía la persiana anclada al suelo.
Roberto se aferró al mango con fuerza y tiró todo su cuerpo hacia atrás acompañando con la fuerza de sus brazos. La persiana empezó a levantarse ligeramente por el lado en que el pico estaba introducido, sin embargo el anclaje se resistía a ceder. La persiana metálica se doblaba poco a poco, cediendo centímetro a centímetro, pero Roberto no conseguía que la cerradura saltase, haciendo accesible toda aquella cantidad de bienes que tan útiles le resultarían. Pese a la fuerza que se estaba ejerciendo, la persiana tan sólo se había alzado unos centímetros, por los que no reptaría ni una rata famélica. No había dudas, algo estaba fallando. Su plan magistral no estaba funcionando. Aquella maldita persiana había resultado ser un rival mucho más duro de lo imaginado.
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02 Febrero 2010
Por Unx
Desde aquella diferente perspectiva, Roberto parecía un poseso. Una persona que parecía luchar a patada limpia contra una persiana metálica inofensiva, sin capacidad para devolverse. El ruido que provocaba era ensordecedor. Desde allí, se veía a lo lejos la pequeña figura del hombre que golpeaba a la puerta con furia. Mucho más cerca, como a unos pocos metros había un coche azulado parado delante de una valla de obra metálica con una señal colgando. El motor de aquel coche, aun debía de estar caliente. Sin embargo, la cosa que estaba presenciando la escena no llegaría en ningún momento a fijarse en esos detalles, pues no era ya una persona. Anteriormente sí lo fue, pero ya no era una persona. Ahora era otra cosa, muy parecida y a la vez tan diferente.
A aquella cosa no le importaba la temperatura del motor, tampoco el significado de aquel cartel que colgaba en la valla y ni mucho menos el por qué aquella persona golpeaba con desenfreno la persiana, ni siquiera se había fijado en esas cosas. Simplemente había acudido a una llamada, que no había sido otra que Roberto en su coche conduciendo y parándose allí, al final de la calle.
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02 Febrero 2010
Por Unx
Antes de dirigirse a la entrada del supermercado, la cual estaba protegida por una persiana metálica estándar, igual a la de millones de comercios, Roberto volvió a la caseta para hacerse con otro de aquellos picos. El que acababa de usar estaba bien clavado en aquella maltrecha cabeza y prefería que siguiera allí. Roberto no temía que al recuperarlo aquella cosa intentara atraparle de nuevo, sin embargo sentía una extraña repulsión por aquella cosa. Repulsión inducida por una mezcla de miedo, vergüenza y asco. Roberto evitaría por todos los medios acercarse a aquella cosa, ni tan siquiera osaba mirar en esa dirección.
Por ese motivo sólo recorrió unos metros, sin acercarse lo mas mínimo al inerte señor mayor del extraño apéndice sobresaliendo de su cabeza. Dio un absurdo rodeo respecto a la posición del muerto y se hizo con otro de aquellos picos que permanecían desordenadamente esparcidos por el suelo de la caseta de obra.
Al salir de la caseta se percató de la presencia del palo de la escoba que había quedado tumbado en el suelo cuando se dispuso a patear la puerta de la caseta. Había encontrado un utensilio bastante más útil que aquel palo, no obstante no descartó en un primer momento volver a recogerlo cuando volviera al coche, aunque eso implicaría acercarse de nuevo al muerto, cosa que no le hacía la más mínima gracia. Mientras caminaba alejándose de la caseta y del palo de escoba, Roberto decidió olvidarse por un rato del palo y continuó caminando hacia el supermercado. Posiblemente jamás volvería a ver ese palo de escoba al que le guardaba un especial cariño, tenía faena por hacer.
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12 Enero 2010
Por Unx
Un pico puede servir para muchas cosas y siendo originales también, entre ellas, para perforar un cráneo con relativa facilidad. Solamente había que golpear en el sitio adecuado con la fuerza adecuada y el peso y la parte puntiaguda del objeto harían el resto. Por ese motivo Roberto consideró que sería más rápido y menos traumático (para él) usar el pico y no la pala para rematar la faena.
Caminó hasta aquella cosa que aun no parecía entender qué estaba pasando. La bordeó y colocó sus pies a unos cincuenta centímetros de sus hombros, dejando la cabeza de aquella cosa prácticamente entre sus piernas. La arenilla y el polvo del suelo se le habían enganchado a las partes húmedas de la ropa y también en los fluidos sanguinolentos que le resbalaban por la cara. Mantenía la boca abierta pero ningún sonido escapaba de aquel cavernoso orificio. Roberto creyó comprender el por qué: Su cuello, por debajo de la barbilla, había sido seccionado por la pala y el poco aire que los pulmones de aquella cosa pudieran exhalar escapaba por aquel corte, haciendo que con él brotaran pequeñitas gotitas de oscurísima sangre que bien podrían haber sido petróleo.
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12 Enero 2010
Por Unx
El movimiento iniciado por aquel viejo que ahora pasaba las horas convertido en zombi fue más rápido de lo que Roberto hubiera esperado. Esta vez los gestos descoordinados y toscos dejaron paso a un latigazo torpe y espasmódico de sus brazos que se lanzaron hacia delante con ansia, como si el golpe recibido le hubiera despertado de un letargo sobrenatural. No hubo gemido alguno. No en ese momento. Sólo sus brazos y la mandíbula, la cual se descolgó mostrando los gastados dientes de aquella persona, parecían tener un ápice de vida. Era como si actuaran por voluntad propia pues el resto del cuerpo no acompañó para nada, cayendo hacia delante propulsado únicamente por la inercia de los brazos al salir disparados en busca de su presa. En ese momento Roberto recordó a aquella mujer que cayó al suelo tras ser arrollada por el su coche. Pese a perder la movilidad de las piernas, aquella cosa se estremeció y rascó el asfalto con las manos hasta prácticamente lijárselas. Sin duda, aquellas criaturas eran más peligrosas de lo que parecían y, si bajabas la guardia, podían darte caza haciendo gala de unos movimientos sorprendentes.
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03 Enero 2010
Por Unx
¿Cuánto tiempo había pasado? Nadie lo sabía. La escena parecía uno de aquellos duelos que tanto se prodigaban en los Spaghetti Westerns de Sergio Leone. Por desgracia, allí no había un Clint Eastwood agarrando un cigarro con un lateral de la boca y esa mirada de parpados cerrados tan inquietante, ni un Lee Van Cliff vestido totalmente de negro, con el puntiagudo bigote fino y su espectacular mirada maliciosa de suspicacia. Simplemente estaba él, Roberto, en el suelo y aquella cosa bajo el dintel de la puerta.
Roberto, impaciente y dispuesto a dar el primer paso, hizo el ademán de levantarse y en un primer momento no lo consiguió. Los mangos largos de madera de las palas y los picos se cruzaban por el suelo e impedían que Roberto pudiera levantarse de forma cómoda. Pese a que Roberto estaba intentando incorporarse lentamente el ruido que hacían los utensilios y los cascos, que rodaban por el suelo libremente, resultaba atronador. Intentaba ser sigiloso, pero sólo conseguía hacer más ruido del que hubiera hecho incorporándose rápidamente. Paró en seco su intento de incorporarse, quedando apoyado sobre sus pies y sus manos, y afinó su oído. De forma gradual, aquel “zombi de la tercera edad” empezó a emitir aquel molesto sonido monótono y carente de todo, alzando el rostro, que antes había estado ligeramente orientado hacia abajo. Los ojos, que antes permanecían a la sombra se hicieron visibles y Roberto pudo ver la neblina blanca que parecía cubrirlos, mucho más opaca de lo que había visto nunca.
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