20 Mayo 2011
Por Unx
Como era de esperar, el haz de luz desapareció con rapidez y el hueco por el que la luz se colaba fue sellado por otras nubes. En cuestión de minutos el día se había vuelto idéntico al anterior, y al anterior del anterior. Para cuando Roberto estaba listo para emprender su nueva marcha la profética “señal” ya se había esfumado del horizonte. No obstante, eso no le frenaría en su empeño, pues sabía donde tenía que ir. Más o menos.
La distancia se intuía larga, pues desde allí arriba, entre las ruinas del pequeño castillo, solo alcanzaba a vislumbrar la elevación del terreno, en dirección nordeste, por donde el haz de luz se había ocultado. Desde allí no era más grande que su puño. El haz, un fino hilo. Sobre el montículo, la emblemática y futurista torre de una conocidísima empresa de comunicaciones y el palacio de deportes, inaugurado en las olimpiadas del 92, se mostraban como efímeras miniaturas que se pudieran vender en la más cutre tienda de souvenirs.
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25 Abril 2011
Por Unx
Mientras se disponía a salir al aire libre a comprobar como se presentaba la meteorología ese nuevo día, Roberto pensó que quizá “Albóndiga” fuera un bonito nombre para su primera mascota post-apocalíptica. ¿Acaso Albóndiga no había sido el incansable compañero canino de Mel Gibson en la película Mad Max? Roberto encontraba un ligero paralelismo entre su historia y aquel guión hollywoodiense. No recordaba demasiado sobre aquella película que había sido estrenada cuando él era demasiado niño, en todo caso, en ambas historias el mundo se había ido a la mierda.
Salió al aire libre de la mañana cuando el sol apenas se levantaba sobre el este. Rebuscó en sus bolsillos y encontró el paquete de tabaco. Aun quedaban algunos cigarrillos así que se encendió uno indiferente mientras Albóndiga se le metía entre las piernas inquieto. Caminó hacia la parte de atrás de la capilla, donde una roca surgía del suelo con un ángulo de cuarenticinco grados hasta alzarse varios metros sobre el suelo. Roberto se miraba los pies, caminando con cuidado para no tropezar con el juguetón perro, aun así podía comprender que el sol continuaba tapado por el manto de nubes de los días anteriores.
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25 Abril 2011
Por Unx
Un perro escuálido de mediana estatura, pensó Roberto (que nunca había tenido una mascota) con el pelaje sucio, marrón y quebradizo debido a la mala alimentación. Tenía cara de viejo, con el hocico gris gastado, las orejas gachas y la mirada bobalicona y algo desquiciada del que ha visto las locuras más inhumanas y es incapaz de expresarlo. Aun así Roberto no tenía ni idea de cual podía ser realmente la edad del pobre animalillo ¿Cuántos años perrunos podía tener aquella criatura? Para Roberto podía tener tres o trescientos años, pero suponía su aspecto no debía de ser un buen indicativo de su edad, pues seguramente él también estaba muy desmejorado, con las barbas que empezaban a invadir sus facciones de nuevo y el pelo enmarañado tapándole cada vez más la frente.
Pese a todo, sólo habían hecho falta cuatro carantoñas para que ambos se encariñaran el uno del otro. El uno le había rascado tras las orejas al otro y el otro le había lamido la mano al uno, y eso había sido lo más reconfortante que Roberto había sentido en meses. El contacto con otro ser vivo era un recurso tan escaso que ya casi había olvidado lo que era.
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25 Abril 2011
Por Unx
Roberto soñaba y mientras lo hacía se agitaba dentro de su saco de dormir como un niño con terrores nocturnos. En su sueño, miles de manos salían de la nada para agarrarlo y tirar de él hacia abajo, intentando enterrarlo en un campo de muertos fétido y supurante. Era una sensación claustrofóbica y agobiante, que le oprimía el pecho y le dificultaba respirar. No podía ver, pues la luz parecía ahogada en aquella sala de muertos, pero mientras él descendía, una fina lanza de luz blanca parecía despuntar hacia arriba.
Primero sólo un resplandor. Luego, centímetro a centímetro el filo blanco de una espada (que Roberto reconoció de otro sueño) crecía como una semilla a cámara ultra rápida lanzando a su vez un haz de aquella luz tan fino que parecía cortar la negrura como un futurista láser. Cuando la espada surgió del todo, Roberto pudo ver como un puño metálico la sostenía hacia arriba mientras el haz se abría desplegando su luz en todas las direcciones lenta y armoniosamente. Sin saberlo, Roberto sabía sin llegar a verlo que de aquel puño habían colgado húmedas algas de río. Mirarlo era un acto de sublime belleza. Por un segundo todas las manos desaparecieron hasta que, finalmente, unos dedos furtivos se introdujeron en su boca. Sabían a sangre seca y moho, luego otros se aferraron a sus cuencas oculares y a su nariz, y con fuerza abrumadora lo empujaron fatalmente de nuevo a la oscuridad sin darle la opción de oponer resistencia. Quiso gritar, pero aquellos dedos infinitos parecían querer arrancarle la campanilla.
Entre espasmos, Roberto despertó.
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15 Abril 2011
Por Unx
La noche, tal y como había sospechado, era cerrada y tan negra que le hubiera sido imposible ver una pared a un metro de distancia. No obstante, antes de que la noche se le echara encima, le había dado tiempo a desmenuzar el palé en trozos con la ayuda del hacha y convertirlo en alimento para una pequeña hoguera que Roberto dispuso en el centro de la pequeña capilla. La pequeña capilla, bien ventilada por la gran puerta y dos ventanucos redondos dispuestos justo debajo de los amplios ángulos que formaban el grueso techo en uve inversa, se iluminaba en un tenue naranja que parecía bailar sobre la roca de las paredes y los arcaicos graffitis.
Allí dentro permanecía el pequeño altar alzado en honor a la madre de ese al que llamaban Cristo. Varias icónicas figuritas estaban pegadas con algo similar a cemento o masilla a las piedras que hacían de repisa, hundidas en el ancestral muro de piedra, justo unos metros por debajo de uno de aquellos ventanucos redondos. Ninguna de las figuritas había conseguido evitar que algún imbécil las rompiera o mutilara. De una ellas sólo quedaban los pies enganchados a la piedra. Todas estaban mutiladas salvo la figurita de la propia virgen, que pese a estar sucia y gastada, permanecía significativamente bien conservada.
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15 Abril 2011
Por Unx
El camino se había abierto. Por aquella pista forestal podía pasar un coche e incluso había sido aplanada para eliminar el bacheado. A Roberto le daba impresión de que dicho aplanado no duraría mucho. Había ganado altura y ahora la pendiente ya se había esfumado para dar paso a un cómodo sendero plano, que serpenteaba entre las montañas ligeramente.
El día estaba empezando a llegar a su fin. Roberto lo intuía más que notarlo, pero sabía que era inminente. Sus pies volaban sobre la tierra compacta de la pista, el dolor del tobillo se había diluido en un mar de adrenalina y la sensación de ser perseguido le espoleaba hacia delante, como un jinete a su caballo.
Uno de los repechos de la pista forestal se abrió hacia la izquierda de forma exagerada y en cuanto Roberto lo cubrió, el castillo en ruinas apareció en frente de sus narices. Grande, castigado por los años, rojo como las piedras sobre las que se posaba. Estaba muy cerca. Roberto lo había conseguido.
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03 Abril 2011
Por Unx
Sin duda lo que más le molestaba era no saber en qué posición estaba el sol. Desde hacía días, quizá semanas, Roberto había empezado a fijarse más en la posición del sol para orientarse en la hora del día que intentar fijarse en los pocos relojes que aun funcionaban gracias a sus duraderas pilas. Ya no importaba si eran las ocho y cinco minutos, o las siete y cuarto. Ya no tenía que madrugar a una hora exacta para coger un autobús exacto y llegar a su puesto de trabajo exactamente a la misma hora cada día. Y no lo echaba de menos.
Era mucho más informativo ver la posición del sol, fijarte en el hambre que tenías y decir: “Vale, es mediodía, quizá sea hora de comer”.
Pero hoy el cielo estaba de un gris claro mortecino y era imposible saber si serían las doce, las dos o las cuatro de la tarde. Roberto se imaginaba que debían de ser entre las doce y las dos de la tarde, así que suponía que tenía unas seis horas como máximo antes de que la noche se le echara encima. No era mucho tiempo para cubrir la distancia hasta aquel castillo en ruinas que se alzaba sobre su población, coronando la sierra sobre un lecho rojizo de tierra arcillosa. Roberto sabía que no era suficiente tiempo, necesitaría volar.
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03 Abril 2011
Por Unx
Aquel día no duró mucho más. Tras recoger la mochila que había dejado atrás y echársela a la espalda inició la marcha hasta el pino viejo. Una vez hubo llegado aun iba cargado con todos y cada uno de los trastos con los que había iniciado su escapada. El pino se retorcía sobre si mismo. Viejo, pelado, desconchado. Roberto tomó asiento para descansar un rato bajo lo que hubiera sido su sombra si hubiese sido ese un día soleado. Estaba sudando y sabía que en unos minutos quizá empezara a enfriarse, pero necesitaba tomar un descanso y, por qué no, también necesitaba mirar atrás.
Sentado, descansando y con un cigarro en la boca, Roberto contempló la estampa que estaba dejando atrás. La casa quedaba ya a una gran distancia y se difuminaba entre las otras que conformaban aquella barriada. Las llamas parecían haberse apagado por si solas sin causar demasiados estragos. Luego de pensar en su antigua parada, escruto el cielo y el mar con la vana esperanza de ver algún avión, algún barco. Pero tal como pensaba, fue inútil.
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03 Abril 2011
Por Unx
La escopeta aguardaba allí dentro, en el salón. Aunque Roberto no recordaba haberla dejado allí. La enfundó dentro de su bolsa larga y caqui y se la cruzó sobre el pecho, cargándola a la espalda. Antes había revisado la recamara y sacado el cartucho gastado, aun le quedaba otro en su interior y en total, sumando los que quedaban en la mochila, disponía de siete cartuchos.
Volver a estar dentro de la casa era una sensación extraña. Horas antes le hubiera parecido el lugar más seguro del mundo, ahora no era más que una tumba amplia y decorada al estilo inicios del siglo XXI, con su inconfundible tufo modernillo sacado directamente de un catálogo del Ikea.
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21 Marzo 2011
Por Unx
La velocidad era su gran baza. El tobillo le retrasaba, pero no lo suficiente. El primero de los muertos, con las ropas ennegrecidas y quemadas y la piel cuarteada, estaba relativamente cerca y sus brazos casi alcanzan a agarrar a Roberto por la chaqueta. Con un movimiento lateral hacia la derecha, Roberto se alejó lo suficiente mientras lanzaba el palo de madera contra los antebrazos adelantados del zombi por si acaso en un golpe descendente. El zombi se desoriento y giró torpemente mientras Roberto lo dejaba,inevitablemente atrás.
El segundo, más corpulento pero igualmente ennegrecido, gemía con la cabeza ladeada y negra mientras mantenía los brazos extendidos. En su boca faltaban bastantes dientes. A Roberto le pareció ver en una especie de visión como el muerto mordisqueaba un hueso con ahínco, hasta saltarse los propios dientes en el empeño.
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